Atem subió a la habitación de Yugi en cuanto todos estuvieron en casa, el pequeño tricolor suspiró profundo observando la espalda de su amigo y sintió un vacío en el pecho cuando su Yami cortó la comunicación. Encaró a sus amigos y negó con la cabeza cuando Tea hizo por subir tras él. Con cuidado de no omitir ningún detalle, Yugi relató a sus amigos lo que habían sentido en el puente, y por la expresión de determinación de todos, se preguntó si habría sido buena idea hablar de aquello. Sonrió cuando los vio intercambiar miradas de complicidad, conocía tan bien esas miradas que no pudo evitar sonreír de oreja a oreja y permitir que el calor se extendiera por su pecho ante la certeza de que no los iban a dejar solos, después de todo, sus amigos no eran de los que se asustaban fácilmente.

Arriba, Atem hablaba por teléfono con Ishizu. El faraón suspiró negando con la cabeza.

—No puedo pedirle eso, Ishizu. Sólo estaría poniendo la vida de Odion en peligro y a éstas alturas de la vida, la única que quisiera poner en juego es la mía.

Lo sabemos, pero mis hermanos y yo estamos dispuestos a ayudar.

Tenemos que hacerlo. —Escuchó decir a Odion.

—Si el artículo lo juzga como incapaz para llevar la tarea… —Escuchó ruidos en la bocina y luego se percató de que lo que había oído era a Odion quitarle el teléfono a Ishizu.

Estoy consciente, por eso quiero ponerme a prueba. ¿Qué clase de guardián de la tumba sería si no lo intentara siquiera? Déjame probar que soy digno de ser el nuevo portador del ojo del milenio. Quiero servir con mi vida al faraón de Egipto y no soportaría que el faraón me rechazara.

Atem se sorprendió ante aquellas palabras y luego respiró profundo, sintiendo gratitud y cariño por Odion al mismo tiempo. —Está bien. Supongo que no podría negarte la oportunidad de ser elegido como otros lo han sido. —Sostuvo el ojo del milenio en la mano y sonrió suspirando, pensando en todo lo que había tenido que pasar durante los últimos cinco mil años para conseguirlo. —Supongo que no es justo que todos los Ishtar menos tú tengan un artículo del milenio. Pero lo haremos a mi modo.

Así está escrito. —Murmuró aliviado.

—Así debe hacerse. Debo colgar, mis amigos están esperando una buena explicación por mi ausencia. Mañana me comunicaré con Ishizu para hacerle saber cómo haremos las cosas.

Sí señor.

Atem suspiró mirando a través de su ventana y sonrió al percatarse de la calidez que se anidaba en su pecho, él no estaba esperanzado, pero Yugi sí. Eso sólo quería decir que algo estaba ocurriendo abajo. Suspiró sintiendo una amargura poco conocida para sí mismo. Había sido egoísta irse así sin más, así que bajó las escaleras dispuesto a disculparse.

Vio a sus amigos sentados en la sala y sonrió cuando todos le devolvieron una mirada amable y una sonrisa cálida. —Amigos míos, debo parecer un loco actuando así. Lo siento mucho.

—Lo entendemos. —Comentó Tea poniéndose de pie y avanzando hasta Atem, se sonrojó percatándose de que, a diferencia de Yugi, el faraón tenía su estatura y poco más. Ambos sonrieron cuando ella le tomó la mano y lo invitó a sentarse con el resto del grupo, justo en medio de ella y Yugi, como siempre había estado sin darse cuenta.

Yugi sintió una punzada en el pecho, un sentimiento familiar y desconocido al mismo tiempo que decidió ocultar del faraón, al menos de momento, ya tenía demasiadas cosas en qué pensar como para añadir una más.


2 Los artículos del milenio

Agente C: Me da mucho gusto saber que te gustan mis historias, perdón por la tardanza, pero entre una cosa y otra no me puedo poner a terminar ésto. ¿De verdad te gustó la referencia? La verdad es que morí con todos los memes de Yugi y no podía hacer un fic nuevo sin meter algo jajaj Gracias por leerme


Yugi sonrió cuando se percató de que había logrado despertar antes que Atem por primera vez en mucho tiempo, vio a su yami con la espalda pegada a la pared, con una expresión de tranquilidad que hizo que él mismo se sintiera más tranquilo, sonrió levantándose con cuidado, lo arropó bien y bajó a preparar el desayuno y los bentou. No podía dejar de preguntarse por qué no quería mover su cama a su habitación si de todos modos terminaban durmiendo siempre en la misma cama. Supuso que le tomaría tiempo tomar una decisión, mudarse a su habitación o quedarse en el cuarto de huéspedes de una buena vez. Sonrió deseando que pasara lo primero, se valía soñar.

Suspiró pensando en que, cuando sólo tenía su forma espiritual, pasaba más tiempo en la cámara mental del menor que en la suya, por temor a encontrar cosas que no debieran ser descubiertas, aquel pensamiento lo hizo preguntarse si tener su propia habitación en la casa le recordaría a tener su propia cámara mental. Y por enésima vez, suspiró.

—Aibou. —Yugi soltó un grito al escuchar la voz de Atem a sus espaldas, estaba sólo a unos pasos y extendía una mano hacia él con expresión consternada.

— ¡Cómo puedes ser tan silencioso!

— ¿Silencioso? —Repitió confundido. —Te he estado llamando, no me respondías.

— ¿De verdad? —Soltó confundido, recomponiéndose. —Perdona. Tenía la mente puesta en otro lado.

— ¿En qué pensabas?

—En los artículos milenarios. —Prácticamente no estaba mintiendo al emitir aquella respuesta. Se preparó para el interrogatorio al sentir la presencia de Atem en su mente, pero luego recibió una sonrisa del faraón, quien decidió respetar la mente de su Aibou. — ¿Qué haremos con el ojo?

—Odion quiere probar si es digno de ser un cuidador de tumbas. El último portador del ojo del milenio de mi tierra, Aknadin, se volvió contra nosotros. Y Pegasus no fue un portador excepcional, así que tal vez alguien de la familia Ishtar será el mejor guardián… Eso y… Eso y quisiera enseñarte a usar los poderes de la llave a partir de hoy. Después de que entreguemos y pruebe a Odion con el ojo. Quisiera que me acompañaras y llevaras contigo la llave para llevar a cabo la prueba. De hecho lo que estoy pidiendo es que seas tú quien haga la prueba.

—Puedo llevarla. ¿Pero usarla?

—Tú fuiste elegido por el artículo. —Murmuró Atem avanzando hacia él y tomándole una mano. Al tacto, una sensación de duda embargó la mente del faraón. —Tienes una pregunta ¿No es así?

—Sí. —Murmuró Yugi incómodo. —Pero no tiene nada que ver con esto.

—Te escucho.

— ¿Recuerdas el día que casi pierdo el rompecabezas? Cuando enfrenté al Bandido Keith.

—Recuerdo. Sí. ¿Qué hay con eso?

—Esa noche me dijiste que querías quedarte conmigo, aún si eso implicaba no recuperar tu memoria.

—Lo sé, recuerdo bien ésa noche. Tú prometiste que me darías tus recuerdos de ser necesario.

—Me preguntaba cuánto te acuerdas de ése día, cuánto sigue teniendo sentido para ti. —Admitió con la vista en el suelo mientras sostenía el rompecabezas de Atem entre sus manos. Atem puso las suyas sobre las de Yugi, igual que esa noche y sonrió.

—Aibou. Volví para estar a tu lado. Eso no cambia. —Ambos sonrieron mirándose a los ojos, el pequeño supo que en aquellas palabras iba una promesa implícita, y aunque una parte de él se moría de ganas de preguntar, prefirió quedarse con ese momento tal cual estaba.

.

Kaiba sonrió tan ligeramente que sólo Mokuba habría sido capaz de notar aquello, y aun así, Kisara también lo notó. La joven doncella de ojos azules se sonrojó de manera notoria gracias a su piel de alabastro, y se odió a sí misma por ser incapaz de ocultar el color en sus mejillas, preguntándose si no terminaría siendo aborrecida por ésta nueva versión de su Set. Kaiba no se parecía tanto a su ancestro, no era amable, ni leal al faraón, era todo lo contrario. Frío, calculador, retaba a Atem a la menor provocación. Suspiró preguntándose por qué la habría recibido en la mansión Kaiba, pero decidió dejar ésa pregunta para después.

—Mokuba me dijo que estuvieron hablando mucho ayer. —Inició Kaiba cuando la joven se llevó el primer bocado del desayuno a la boca.

—Sí, señor. —Murmuró casi como una disculpa. —No debí interrumpirlo y alejarlo de sus tareas.

— ¿Interrumpirlo? —Respondió Kaiba confundido. —No, le pedí que se hiciera cargo de ti el día de ayer. Tenía muchos pendientes en la compañía por lo que no podía quedarme contigo. Mokuba me dijo un par de cosas interesantes respecto a ti.

—Como qué.

—Dijo que te interesa el conocimiento y las artes.

—Pero el conocimiento y arte de éste tiempo no tiene nada que ver con lo que yo conocí tanto tiempo atrás. No sé absolutamente nada de éste mundo ni de ésta realidad.

—Lo sé. Y yo no tengo tanto tiempo disponible como para cuidar de ti y enseñarte, así que Mokuba me dio una buena idea. Tú conoces al faraón ¿No es así?

Kisara se sonrojó ante la afirmación. ¿Atem? No, nunca.

Había oído que era el más poderoso faraón de todos los tiempos, el elegido para convocar a los dioses a la batalla, benevolente y al mismo tiempo despiadado con los enemigos. No. No conocía al faraón. —No, mi señor.

Y aunque Kaiba no supo cómo interpretar el sonrojo en sus mejillas y sintió una punzada de celos en lo profundo del pecho, añadió. —A partir de ésta mañana irás a la escuela junto con Mana.

— ¿Escuela? —Murmuró incrédula. Cuando su pueblo había sido destrozado y ella había sido tomada presa, nunca imaginó que podría asistir a ningún lugar en el que se le enseñara nada. Estaba destinada a vagar por las calles de los pueblos y a vivir de la limosna de quien se apiadara de ella, no a ser la consentida del sacerdote Set.

Tal vez, sólo tal vez, Seto no era tan distinto.

—Sí. Ishizu se encargó de conseguir sus uniformes para que la pequeña hechicera no esté haciendo estragos en la compañía y deje al Mago oscuro hacer su trabajo. Ishizu será tu tutora, ella te enseñará lo que debas saber, y puedes hacerte amiga del faraón si quieres. Él puede dedicarte tiempo para enseñarte y acompañarte los días que yo no esté en la escuela. Hoy no iré contigo, tal vez mañana. Por lo pronto, Mokuba te acompañará en la limusina.

—Señor… —Murmuró confundida.

—Y deja de llamarme "señor", no soy el sacerdote Set. Soy Seto Kaiba. CEO de Kaiba Corp.

— ¿Cómo podría yo pagar su generosidad? —Murmuró la chica con una sonrisa diáfana y las mejillas ruborizadas. Seto sintió un vuelco en el corazón ante aquella imagen y tuvo que ocultarse tras el periódico para poder pensar su respuesta. Y aunque trató de sonar frío y distante, Kisara supo que al menos su alma estaba sonriendo cuando él habló.

—Aprende bien. Saca buenas calificaciones y luego tal vez puedas tener un puesto en KC y pagar tus alimentos o algo. La universidad no te la voy a pagar. Si quieres estudiar alguna carrera en específico, tendrá que ser por tu propio… —Sintió los labios de Kisara rozar su mejilla y, aunque estaba oculto detrás del periódico y la chica ya casi había llegado a la puerta de la cocina, se ruborizó hasta las orejas. —Esfuerzo.

—Gracias, Kaiba-San. —Exclamó antes de salir del comedor para buscar su uniforme escolar.

Kaiba suspiró bajando el periódico, pero lo volvió a subir al instante al ver a Mokuba de pie en la puerta, viendo hacia el lugar en el que Kisara se había metido.

— ¿Kaiba-San? —Inquirió divertido el pequeño mientras se encaminaba a arrebatarle el periódico de las manos a su hermano. — ¿Ella es el dragón blanco de ojos azules? ¿Es la enamorada de Set?

Kaiba, fingiendo estar furioso, se levantó casi empujando a su hermano y se dirigió hacia la puerta del comedor. — ¿Ya están listos los informes que te pedí? Quiero lanzar la convocatoria al torneo de éste año lo antes posible.

Mokuba soltó una risa por lo bajo y asintió. —Te lo enviaré antes del mediodía.

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— ¡Yugi! —Gritó Mokuba alcanzando al tricolor antes de que entrara a la escuela. Tanto él como Atem voltearon, el faraón estaba demasiado acostumbrado a ser llamado Yugi como para ignorar el grito de Mokuba. —Necesito pedirte un favor.

—Hola Mokuba. Claro, ¿Qué pasa?

—Es Kisara.

— ¿Le pasa algo al dragón blanco? —Inquirió Atem tratando de ocultar su angustia. Cualquier cosa que le pasara a la gente de su época, él lo cargaría en su memoria. Sin embargo se relajó cuando vio a Kisara bajar de la limosina con el saco rosa y la falda azul. Ella caminó con pasos firmes pero tímidos hasta pararse al lado de Mokuba, con ambas manos aferradas a su maletín y la vista fija en el suelo.

—Es su primer día de clases, y creo que le vendría bien un amigo.

—Será un placer. —Comentó el pequeño tendiendo una mano para la peliblanca. —Yugi Muto, no nos conocíamos, pero sabemos quién eres. Mucho gusto.

—Hola. —Murmuró aceptando tímidamente el apretón de Yugi. Atem la miró con curiosidad, ambos brazos cruzados fuertemente sobre el pecho. Cuando la chica lo miró, él apenas tuvo tiempo para sostenerla por los codos y evitar que hiciera una reverencia hasta el suelo. —Alteza… —Murmuró confundida ante el tacto del mayor.

—Kisara. No es necesario.

—Pero… Es usted el sol de Egipto y yo sólo soy…

—Eres el alma guardián de mi primo. Y a partir de ahora, una buena amiga.

—Pero…

—Si quieres conservar nuestra identidad de Egipto, estaré feliz y muy complacido de saber que lo haces por amor a nuestro reino y no por la obligación inculcada por nuestros padres. Pero te voy a pedir que recuerdes que no estamos en nuestro hogar, sino en Dominó, en un mundo que no nos pertenece, en una época que no nos vio nacer. Aquí no soy el sol de Egipto. Sólo soy Atem.

—Para mí, usted es el sol de Egipto. —Murmuró con una sonrisa diáfana, aún incapaz de mirarlo a los ojos. —Su palabra es ley para mí.

—Entonces, que quede escrito que tú y yo nos volveremos buenos amigos. —Kisara levantó la mirada sorprendida. —Así ha sido escrito… —Murmuró como si esperara la respuesta de la joven de ojos azules. Ella retrocedió soltándose del agarre de Atem y asintió.

—Así debe hacerse.

—Buenos días. —Espetó Tea llegando al lugar, dejando en claro que no creía que lo fueran. Pasó entre ambos tricolores y siguió de filo hasta el edificio de su salón.

— ¿Qué le pasa? —Soltó Mokuba confundido.

—Buenos días. —Dijo Joey en tono coqueto viendo a Kisara.

— ¿Eres nueva? —Complementó Tristán en el mismo tono. —Porque si quieres, puedo darte un tour por la escuela.

—Sí, nosotros somos los que mejor la conocemos.

— ¿De dónde vienes?

Yugi y Atem intercambiaron una sonrisa cómplice, y el pequeño soltó una risita por lo bajo mientras el faraón encaró a sus amigos. —Chicos, les presento al dragón blanco de ojos azules.

— ¡Ella es… ¿Ella es el otro espíritu?! —Soltaron ambos muchachos al unísono, retrocediendo.

—No me digan que olvidaron su rostro después de la tumba en Egipto.

—Bueno, es que ella, llevaba el rostro oculto entre sus…

— ¿Cabellos blancos?

Ambos muchachos juntaron las manos y bajaron la cabeza frente a la chica. —No nos achicharres con tu fuego azul. —Suplicó Tristán.

—Ni le digas a Kaiba que te hablamos así. —Añadió Joey. Kisara soltó una risa tintineante, como cristal rompiéndose y luego le dedicó una sonrisa a ambos.

—Gracias chicos. —Murmuró. —Acaban de hacer muy feliz mi día.

—Vamos a clases. —Pidió Yugi avanzando medio paso en dirección a la escuela. —Ya es tarde.

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Mahad miró a Mana, tan concentrada, con ambos ojos cerrados y flotando ligeramente sobre el suelo, tenía ambas manos extendidas hacia el frente y el anillo del milenio flotaba entre ellas con sus cinco péndulos apuntando en distintas direcciones.

—Enfócate, Mana. —Murmuró el mago mientras la chica fruncía el entrecejo. —Siente cómo la magia fluye hacia afuera y hacia adentro. Respira profundo, no dejes de respirar.

Ishizu entró a la habitación en silencio, seguida de Marik. La egipcia miró a Mahad señalando su collar, como haciéndole una pregunta. El mago oscuro asintió una vez y ella avanzó hasta pararse tras Mana. Puso sus manos a los costados del collar y cerró los ojos.

—Veo algo oscuro tomar forma. —Murmuró Mana sintiendo la energía a sus espaldas fluyendo hacia adelante. —Es un Ka muy poderoso. Pero su portador… parece familiar.

—Concéntrate, Mana. Escucha y recibe la información, no trates de entenderla.

—A, es una A, A, Anem, Aknan… Es una A. —Apretó los ojos, un zumbido se escuchó a lo lejos, seguido por un grito muy fuerte, incluso Ishizu lo escuchó y ambas egipcias retrocedieron un paso abriendo los ojos. Mana cayendo sobre sus propios pies e Ishizu chocando contra la pared. —No logro verlo, algo me lo impide.

—El faraón está siendo acosado por algo que no podremos combatir hasta que lo veamos. —Dijo Marik con pesar, sosteniendo la balanza en sus manos. — ¿Podrá ser posible que alguien encontrara la manera de hacer volver el juego de las sombras?

—No lo sé. —Admitió Mahad. —El mundo del que vengo está lleno de mitos y magia. Y en ése entonces sólo el faraón tenía un poder suficiente para traer los juegos de las sombras a éste mundo, lo que sacerdotes y reyes podían hacer era transportarse a sí mismos a ese reino oscuro para jugar los duelos ahí, pero no eran capaces de traerlo a éste mundo.

—Bueno. —Murmuró Odion pensativo. —Hasta donde sabemos, Bakura era capaz de traer los monstruos del juego a ésta tierra con ayuda del anillo.

—Pero seguimos hablando de los artículos milenarios. —Apuntó Mana entregando el colgante a Mahad con precaución.

—Cada cultura tiene su magia. —Comentó Mahad mirando a su aprendiz con intensidad, como si aquello fuera parte de la lección de ése día. —Con la magia vienen los conjuros y los artículos. En la nuestra están éstos. —Comentó mostrando la sortija y señalando la balanza. —Y tenemos nuestras palabras y ritos para convocar nuestra magia, pero aunque fuimos los primeros en dominar éstas artes, no fuimos los únicos.

—Cada cultura tiene su magia. —Repitió Mana diligente. —Entendido.

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La tierra a Atem… llamó Yugi por enésima vez. Atem parpadeó un par de veces y miró al frente, en busca del profesor. Él seguía de espaldas al grupo apuntando algunas frases y consignas para la clase. El faraón comenzó a copiar lo escrito y agradeció internamente a su Aibou el regresarlo a la tierra.

Perdóname, Yugi. Pienso en lo que pasó ayer.

Yo también estoy preocupado, pero no podemos hacer nada. Creo que lo mejor sería mantenernos tranquilos y esperar a que Mahad o Ishizu vean algo, mientras no sepamos qué ocurre no tiene sentido estar pensando en ello, nos quitará fuerzas para la batalla en caso que tengamos que pelear, y aunque no tengo ningún problema con prestarte mis fuerzas para la batalla, será mejor que ambos estemos en forma y en condición de pelear. Nunca lo hemos hecho solos ¿Verdad?

Yugi sintió un apretón en el hombro y sonrió al percatarse de que el contacto no era físico. Gracias Aibou. Tienes razón.

Atem carraspeó tallándose el puente de la nariz y miró por la ventana. Tenía padeciendo dolores de cabeza casi desde que había vuelto de Egipto. Suspiró pensando en que tenía cita en la enfermería de la escuela para un examen general y pidió a Yugi (Tratando con todas sus fuerzas de ocultar su desesperación) que lo acompañara. Nunca le gustaron los brebajes que los sacerdotes de Aknadin le preparaban cuando se sentía mal, no esperaba que el mundo moderno fuese diferente. Sonrió al sentir el apretón de manos de Yugi y perdió la mirada al frente, sintiendo de nuevo aquella presencia oscura cernirse sobre ellos.