Capítulo 2: Una cena de cumpleaños.

-Lo sé, lo sé. Llego tarde. –gritaba Silvia mientras entraba en casa de Lola.

-Feliz cumpleaños, tita –Sara se abalanzó sobre ella dándole besos.

-Sarita, deja a tu tía, que la vas a gastar. Feliz cumpleaños, hermana. Ya pensé que nos tocaba celebrar tu cumpleaños sin ti.

-No me hables, que vaya día que llevo –dijo ella con disgusto, mientras dejaba el abrigo y el bolso en la percha.

-He oído lo del esqueleto en comisaría, tita. ¿Es verdad que está entero?

-Pues sí, eso parece. Y también parece que lo mataron, aunque va a ser difícil averiguar nada, porque no quedan restos orgánicos.

-¡Por Dios! Dejadlo ya –exclamó Lola asustada- que esas cosas me ponen los pelos de punta. Yo no se como puedes trabajar con muertos. Nunca lo he entendido. Y dejad de hablar de trabajo. Piensa en algo alegre, que es tu cumpleaños.

-Eso no sería alegre –dijo Sara entre carcajadas- porque ya entras en la treintena.

-Sobrina, ¿es que no te sabes las reglas básicas de la buena educación? –Silvia enumeró con los dedos- Camina erguida, siéntate con las piernas juntas, come como la gente, y recuerda que las mujeres no tienen edad ni peso.

Lola y Sara estallaron en carcajadas. Ante el escándalo se acercó Don Lorenzo, que estaba en el salón viendo la tele.

-¿Se puede saber que os pasa? ¿A qué viene el escándalo?

-Nada abuelo, es que Silvia no tiene edad.

-¿Cómo que no tiene edad? Si hoy cumple treinta. –dijo Don Lorenzo indignado.

Las chicas se rieron con más fuerza, y él se marchó de vuelta al sofá entre murmullos indignados.

-Venga, venga, dejaos de bromas y poned la mesa –instó Lola volviendo su atención a la comida- que cuando venga Paquito estará muerto de hambre.

-¿Dónde se ha metido? –preguntó Silvia.

-Ni idea. Salió hace dos horas para ir a correos a enviar el regalo de su hermana, pero aún no ha vuelto.

Por una de esas casualidades de la vida, Pepa y ella nacieron el mismo día, aunque sólo se habían visto una vez, cuando aún eran niñas, en la boda de Paco y Lola. Ni siquiera había llegado a hablar con ella. Pepa había dejado la casa de sus padres en cuanto cumplió los 18, huyendo del clima crispado que allí se respiraba. Mantenía contacto con Paco, aunque rara vez había subido a Madrid. Ella tenía su vida en Sevilla, donde se había echo policía, y aunque ambos hermanos se invitaban mutuamente a visitarse, siempre estaban demasiado ocupados.

-Ya está la mesa, mamá –dijo Sarita.

-Pues ala, a sentarse.

-¿No esperamos a Paco? –preguntó Silvia.

-A saber dónde se ha metido. Nosotros vamos picando algo y ya, cuando él llegue, sirvo los canelones.

Lola había preparado ensalada riojana, patés variados y espárragos a la vinagreta. Casi todo había desaparecido ya cuando entró Paco bufando por el esfuerzo de haber subido las escaleras, y dejando el abrigo tirado sobre el sofá.

-Hola a todos –Paco se acercó a darle un beso a su mujer y luego rodeó la mesa para abrazar a su cuñada-. Hola Silvia, perdona el retraso, pero es que ha sido un lío… Feliz cumpleaños.

-Gracias, cuñado ¿Qué te ha pasado?

-Es que me han pedido un montón de papeles para enviar lo de mi hermana, y los permisos…

-¿Qué le has comprado? –Silvia se extrañó. ¿Papeles? ¿Permisos?

-Una mágnum –contestó Paco orgulloso- hace tiempo que está enamorada de esa pistola, pero ella no se decidía a comprársela, así que pensé en regalársela.

-¡Qué guay! –exclamó Sara-, yo también quiero una, papá.

-¡Ni hablar! –intervino Lola tajante- Además, aún no tienes la placa, de momento, sólo puedes llevar la reglamentaria, ¿no?

-Bueno sí –admitió Sara-, pero cuando tenga la placa sería un regalo estupendo.

-He dicho que no –insistió Lola-, que manía hay en esta familia con las armas.

-Mujer, -dijo Paco- somos policías…

-¿Y qué? –Lola se estaba enfadando por momentos- ¿por ser policías tenéis que andar todo el día pistolita va, pistolita viene?

-Ya está bien de discutir en la mesa, cojones –intervino Don Lorenzo-. Y sirve los canelones, hija, que se van a enfriar. ¿Y tú qué Silvia? ¿Qué tal en el almacén?

-Ni hablar –dijo Lola exasperada- no se habla de trabajo en la mesa, que además es su cumpleaños. Vamos a cenar tranquilamente, y luego saco el postre. He hecho tarta de manzana.

Silvia agradeció en silencio la intervención de su hermana. No quería hablar de lo que había encontrado, ni siquiera pensar en ello, porque cada vez que recordaba la lámina de metal, su estómago se encogía. Se repetía lo absurdo de aquello, y se recordaba una y otra vez que fue fruto del hambre. "Fue el ambiente, allí sola, en el almacén abandonado, no había comido... Mañana cuando lo examine en el laboratorio será diferente", pensaba. Se concentró en la cena; al fin y al cabo, era su cumpleaños.