Verdad

"Descubrir la verdad,
Puede cambiar tu mundo"

¿Desde cuándo soy un monstruo? ¿Desde cuándo lo acepté?
¿Cuándo dejé de ser humana y débil?

Al principio pensaba que nací para hacer feliz a la humanidad,
que mis obras de arte, mis creaciones, embellecían el mundo,
embellecían a la humanidad, entregaban felicidad para el ojo
que lo contemplaba, pero…

Siempre he sido diferente, siempre he sido mejor.

Lo entendí cuando vi mi reflejo en lo ojos vidriosos y asustados de
aquella criatura. Lo sentí cuando su sangre goteó en mi piel. Lo
supe cuando sus gritos retumbaron en mis oídos, como un dulce
tañir de campanas. Era superior, distinta, fuerte, poderosa, la
gratificación de la felicidad llegó a su culmen en ese momento,
por fin era yo. Era la marionetista que movía los hilos de mi muñeca.
Por fin había logrado una auténtica obra de arte.

Aun recuerdo su cuerpo, su cabello rojo como la sangre, con
esos destellos anaranjados que le daban vida, esa piel de perla
sonrojada por la sangre corriendo en su interior, el sonido de su
corazón bombeando, las delicadas curvas de su frágil cuerpo.
Un cuerpo hermoso y frágil que me pertenecía, tan hermoso…
pero, sobre todo, tan frágil.

No obstante… me aterroricé cuando lo comprendí. Esa verdad,
esa misma que había descubierto y me había fascinado, me aterrorizó.
¿Qué era yo? ¿Un monstruo? ¿Por qué no era como los
demás? ¿Por qué anhelaba la sangre de otros, por qué deseaba
el sufrimiento? Algo en mi cabeza no estaba bien. Me aferré a
mi vida, me aferré a la poca humanidad que había en mí. Y
enloquecí en la prisión que era mi mente.

Pero una vez que descubres la verdad… ésta no puede salir de ti,
y te mordisquea las esquinas del cerebro, te corroe por dentro,
hasta que debes aceptarla y cambiar tu vida.

Mis fantasías eran cada vez más reales, no podía olvidar el destello
de su cabello, el sabor de su sangre, el latir acelerado de
su corazón. Me pasaba las noches en vela, sudando, asfixiada,
enfebrecida, los pinceles batallaban contra el lienzo, dibujando
las formas de aquella bella criatura, pero nunca era suficiente.
Aquello no era vida, aquello no era arte.

Hasta que no pude más, y la poca humanidad que me quedaba,
acuchillándome, se rompió en mil pedazos. Y volvió a ocurrir.
Otra vez me vi extasiada por las curvas, el brillo, la sangre. Otra
vez contemple la verdadera belleza, pero esta vez quise llevármela
conmigo, quise hacer mi mayor obra de arte.

Plasmé la belleza… y ya no pude parar.

Sí, era un monstruo. Lo acepté, comprendí que no era como los
demás, que mi cometido no era el mismo, mi existencia tenía un
por qué, y ese por qué era la belleza. ¿Acaso ellos no compraron
mis obras? ¿No las alabaron? ¿No se volvieron adictos a ellas?
Esa es mi verdad. Esa es mi pasión.