«La única lucha que se pierde es la que se abandona»

(…)

Apenas despuntaba el sol y mientras improvisaban un escueto desayuno, Levi tocó el tema de los disfraces. Eren lo miraba con la misma fingida indiferencia, tratando de decirse que lo ocurrido hacía pocas horas atrás había sido producto de su imaginación; que ese hombre que le explicaba a un compungido Armin que debería vestirse de mujer, no lo había besado.

El tema es que sí y ¿por qué lo había hecho? Eren no quería pensar en ello, mucho menos quería hacerlo Levi. No era momento para reparar en asuntos tan personales, debían seguir adelante dejando a un lado esa clase de emociones, porque tampoco es que podían dejar de lado todas, eran humanos a fin de cuentas y precisamente estaban en esa encrucijada por ellas. Qué fácil sería la vida si no les importara un comino que la humanidad fuera aplastada.

—Cámbiense ahora, antes de salir —ordenó Levi y de manera automática, aunque perezosa, Armin tomó las prendas que Historia le ofrecía—. ¿A dónde vas, Jean? Armin puede cambiarse solo, no necesita ayuda.
—Es que no me lo quiero perder por nada del mundo —dijo con jocosidad, con una que Levi barrió de la forma más cruel.
—Péinate como Eren y ponte sus ropas.
—Yo no traje prendas de más —murmuró Eren haciéndole reparar que era la primera vez que abría la boca desde que todos se apiñaran en torno a un fuego hecho a las apuradas.
—Mikasa y Sasha, vayan con Historia —les ordenó a las muchachas—. Quítate la ropa y dásela a Jean, Jean… —Lo miró y el aludido entendió que debía desvestirse.
—Parece que Armin ya está, señor. —Connie dejó de prestar atención a la lejanía para voltear y encontrarse con la escena de Jean como Dios lo trajo al mundo.
—¿Qué esperas, Eren? Desnúdate —reprendió Levi sin prestarle atención a Connie.
—S-Sí, señor…
Ja, a Eren le da vergüenza que se la vean —bromeó Connie con malicia y, como era de esperarse, Jean le siguió el hilo.
—Debe tenerla tan chiquita, pobre.
—¡Cállense, imbéciles! —se quejó el vilipendiado levantando un puño. Levi tomó distancia al darse cuenta de que era él la razón por la que a Eren le costaba tanto hacer algo cotidiano que con seguridad había hecho mil veces.
—Cielos, Jean… la tienes como un caballo.
—¡¿Por qué se la estás mirando, Connie?! —Fue inevitable que él también acabara por mirar. Como cuando alguien decía "no pienses en un elefante" era imposible no hacerlo.
—Eso, ¿desde cuándo miras a los hombres? —apuntó Jean con perfidia— Dicen que los que hacen eso terminan trabajando en los burdeles vestidos de mujer.
—¡¿Pueden apurarse?! —El grito de Levi, innecesario, les hizo dar un sobresalto, guardar silencio y apurar la tarea.
—Hablando de vestidos de mujer —murmuró Connie por lo bajo al ver a Armin asomando entre los matorrales.
—Ya, Armin —Levi movió un brazo alentándolo a salir—, no tengas pudor, al que se ría lo bajaré de la loma a patadas —amenazó, de una manera tan seria que Jean se atragantó.
—F-Falta atarme el pelo —dijo cuando ya estuvo cerca; contemplaba el suelo, como si no se atreviera a mirar a sus amigos a los ojos.
—Gracias por hacer esto, Armin —musitó Levi tomándose la libertad de hacerle una coleta similar a la que usaba Historia.
—¿Va a funcionar, capitán? —Se animó a preguntar mientras el hombre le ataba el pelo.
—Si se lucha se puede ganar. Si se abandona la batalla, la derrota es un hecho —contestó con lasitud—. Así que respondiendo a tu pregunta: no tengo ni puta idea… pero si no lo intentamos jamás lo sabremos.

Cuando el chico levantó la cabeza y se cruzó con los ojos de los otros tres, acabó por ser él quien se echó a reír. A diferencia de Eren, que lucía enojado, los otros dos tenían la cara desfigurada en pos de evitar largarse a reír como si fueran chicos de primaria.

—Te ves bien, Armin —se animó a opinar Jean con cierta jocosidad y Connie ya no aguantó más.

El capitán solo tuvo que mirarlo con dureza para que acabara tosiendo y pidiendo perdón. Luego Levi se cruzó con la expresión de Eren y notó el ceño fruncido, que dejó de arrugar cuando le soltó el cabello a Armin. No le costaba entender el mensaje corporal del soldado, después de todo Eren era muy jovencito y pasional, solía dejarse llevar por las emociones más primarias como la ira o los celos.

Cuando fue Historia la que salió de entre los matorrales, con la misma expresión que Armin, levantaron lo que estaba en el suelo para empezar a prepararse y bajar; desde allí podía verse la entrada a la ciudad. Una vez listos descendieron la cuesta manteniendo un silencio sepulcral, apenas interrumpido por el bullicio de la ciudad. En las calles Levi leía carteles buscando insistentemente algo, mientras Eren lo miraba a él.

—¿Qué pasa? —Por un momento, tan alerta al peligro, había olvidado lo del beso. Lo recordó en ese instante, cuando Eren empezó a tartamudear.
—¿C-Cómo está su tobillo?
—Duele un poco, pero pude descansar lo suficiente a la noche. —Frenó al encontrar lo que buscaba, ante ellos había una modesta puerta de hotel—. Esperen afuera. Eren e Historia, síganme.

Lo mejor para alejarlos del peligro era mantenerlos guarecidos en algún sitio. Pagó por un cuarto y los siguió sin la necesidad de hacerlo, como si buscara asegurarse de que entraban o de que no había amenaza alguna.

—Solo serán un par de horas. Traten de dormir un poco así descansan la mente.
—Sí, señor —dijo Historia oteando el lugar.

Cuando la muchacha encontró la puerta del baño y se metió allí para cambiarse, ambos abrieron la boca como si estuvieran desesperados por ese momento ínfimo de intimidad, admitiendo que había asuntos que no podían tratar frente a los demás.

—Señor…
—Eren…

Hablaron al mismo tiempo, combinando las voces. Levi no quería escuchar nada que lo conmoviera en un momento tan crítico como ese, debía tener la mente despejada, así que se adelantó para ser él quien abriera la boca y zanjar ese tema espinoso.

—Siento mi comportamiento de anoche. No va a volver a suceder. Te pido discreción. —Fue rudo, pero a la vez calmo. Había soltado aquello como quien repite algo pre ensayado durante horas.
—Bien —murmuró tan bajo que Levi tuvo que adivinar lo que había dicho—. Yo… nada más quería decirle que... —Calló de golpe al escuchar la puerta del baño abriéndose.
—No es momento —dijo Levi en un murmullo. Historia miró a uno y a otro sintiendo esa ligera molestia o vibración en el ambiente que le hacía pensar que lo mejor era volver al baño con alguna excusa y dejarlos solos—. Descansen.
—Espero que todo salga bien —dijo Historia, más circunspecta que lo usual.
—Capitán… —Eren lo llamó antes de que cerrara la puerta, pero con su compañera allí no podía hablar con franqueza, así que escondió lo que pretendía decirle con una petición sencilla—: Vuelvan.
—Lo haremos. Hoy no va a morir nadie. —No era el mejor día para hacerlo.

(…)

«Si fuéramos capaces de unirnos, qué hermoso y qué cercano sería el futuro»

(...)

Si igual de todos modos iban a morir pisoteados por los titanes, ¿por qué no levantarse en armas y luchar? Y si no eran los titanes quienes acabaran con ellos, sería el hambre. La ciudad, tarde o temprano, sería condenada a la hambruna y los hombres acabarían por convertirse en lobos. Morir sin dar batalla, sin luchar, no era una opción para Levi.

Entregarle a Dimo Reebs la custodia de Eren e Historia era más que salvar a un puñado de personas o una buena manera de conseguir té. Mikasa era muy temperamental —en especial cuando se trataba de Eren— para lograr entender de buenas a primeras los propósitos del capitán, así que fue la primera en oponerse.

Tres condiciones fueron las que impuso Levi. Una, y quizás la más importante, era la entera cooperación de la compañía. Solo así se aseguraba de atrapar a aquellos que iban tras Eren. La segunda, y que era puramente estratégica, consistía en ganarse la confianza del hombre de negocios. La tercera y última, era necesaria para subsistir desde ese momento en adelante. La comida se les estaba acabando junto con el dinero, no podía contactar con Hanji y Erwin de manera asidua, así que si no hacía ese trato, morirían de hambre y tarde o temprano se verían obligados a robar.

Mikasa estaba indignada al principio, Eren valía más que unos sacos de harina. Sin embargo las perplejidades se disiparon en ella cuando vio que los hombres estrechaban las manos. Ahí comprendió que Dimo Reebs veía en Levi lo mismo que a ellos los llevaba a seguirlo y a confiar en él. Humanidad.

El siguiente paso era claro. No estaban dispuestos a quedarse sentados para ver en primera fila como el mundo en el que vivían se hundía; pero tenían presente que derrocar al gobierno imperial no era algo que se hacía de la noche a la mañana.

A veces, para lograr los objetivos, era necesario estar dispuestos a sacrificar algo, a perder un poco de esa humanidad, la misma que los motivaba a avanzar en ese camino incierto lleno de eventualidades. Capturar con vida a Sanes era solo el principio. No se trataba tampoco de matar al rey y esperar a que el pueblo aceptara una dictadura. La gente común no entendería que no era un simple cambio para trocar al malo de turno y aquellos aristócratas a favor del rey se levantarían en armas. Por otro lado, era ingenuo pensar en lograr la revolución sin derramar una sola gota de sangre.

Cuando esa misma noche Hanji y Levi arribaron al nuevo escondite que le habían cedido la compañía Reebs, los muchachos comprendieron hasta qué punto estaban dispuestos a llegar sus superiores para evitar que no fuera la sangre de inocentes la que se derramara; porque era un hecho que correría mucha.

—Señor —dijo Eren de topetazo cuando lo vio en el pasillo, el hombre llevaba puesto un delantal de cuyo cinturón colgaban unos guantes y la expresión en su rostro era de infinito tedio.
—Ahora no, Eren, no es momento —dijo antes de entrar al cuarto en donde Hanji tenía amordazado a Sanes.

Y Eren lo pensó, aunque no lo dijo: nunca era momento. A ese paso jamás podría decirle que no tenían nada de qué lamentarse y que, de hecho, esperaba que algo así como lo que había ocurrido esa noche, volviera a suceder.

Pero claro, no era momento, nunca lo era. Caminó hasta la sala y se sentó junto a los demás. No pasaron muchos minutos hasta que el silencio fue quebrado por los gritos agonizantes de quien estaba siendo torturado.

Era horrible, pero al mismo tiempo Eren era muy consciente de que si fallaban, no solo ellos estarían perdidos, sino toda la humanidad. "Ya no somos personas buenas", había dicho Armin y quizás era cierto. Eren nunca se había considerado una buena persona, él solo trataba de hacer lo mejor, pero como Armin una vez le había enseñado, lo que era mejor para algunos, podía ser perjudicial para otros.

No eran personas buenas, pero tampoco malas. Ahí no había bandos de ese estilo. Solo querían lo mejor para el pueblo, a diferencia de esos pocos que solo buscaban un beneficio personal. ¿Eso los hacía altruistas? No, porque también lo hacían por ellos mismos.

Las revelaciones que Hanji y Levi obtuvieran esa tarde, se las reservaron. Sabían que revelar una noticia de ese talante sería como meter un palillo dentro de un avispero. Debían ser cautos incluso entre ellos mismos.

Hanji redactó una nota muy escueta y se la dio a Nifa con la esperanza de obtener pronto la nueva orden para saber qué pasos seguir y cómo actuar. Descubrir los motivos por los que Historia era tan valiosa y con ello comprender quién era la chica en verdad, resultaba ser una esperanza más poderosa que la que en un pasado les había regalado Eren.

Ambos eran cartas importantes a jugar, sin embargo por mucho que Levi se empecinara en verlos de esa manera, no podía dejar de considerarlos humanos y no meras piezas de un ajedrez muy complejo.

Desde el inicio Eren había sido tratado como una cosa, un monstruo, un arma, pero lo cierto es que no dejaba de ser un chiquillo mucho más humano que aquellos que buscaban beneficiarse de él; pero acaso, ¿en la Legión ellos no buscaban lo mismo? ¿Obtener un beneficio de su parte?

Levi se sentía abrumado como hacía mucho no recordaba estarlo. Dejó a Hanji sola diciendo que necesitaba darse un baño, quitarse toda esa sangre y humanidad de encima. Se sentía asqueado, de sí mismo, de la situación, de no saber qué sentir o mejor dicho de no poder controlar sus emociones.

Ya no era un muchacho como para dejarse llevar por impulsos. La meta que se había impuesto la había forjado mucho antes de conocer a Eren. Era injusto. Era muy injusto para un hombre de su edad ser tentado de esa manera por emociones que, creía, no le servían para nada. Lo importunaban, lo distraían y eso no podía permitírselo. Por ese motivo cuando vio que Eren se ponía de pie para ir tras él, se escondió. Huyó como un cobarde con la excusa de que estaba cansado y que iría a bañarse.

Lo peor era que todo eso era su culpa; había sido débil y se había dejado llevar. No podía culpar al chico. Por otro lado, aunque se lo negara a sí mismo, tenía miedo, porque algo le decía que Eren no lo rechazaría como hubiera sido lo mejor; no en vano iba tras él, tratando de encontrar ese momento ideal.

No lo encontraría nunca, al menos Levi intentaría no cederle esa oportunidad. Quizás, cuando todo terminara y pudieran vivir en paz sin el temor de acabar en la horca, podría permitirle unos segundos, pero solo unos segundos.

Fue un iluso, porque lo cierto es que Eren era astuto y se las ingenió para inventar ese momento ideal.

(…)

«Hay que endurecerse sin perder la ternura jamás»

(…)

Lo buscó por las mazmorras sin tener éxito. Hurgó en cada rincón de la fortaleza, hasta se tomó el atrevimiento de husmear en cuartos ajenos. No había ni un rastro de Levi, al menos dentro del lugar. No había mucho donde buscar; al final como sospechaba lo encontró en la entrada, sentado en un enorme cantero. La oscuridad era tan cerrada que, de no ser porque él le habló primero, hubiera creído que solo se trataba de un bulto.

—¿Qué haces afuera? Es hora de dormir, soldado.
—Lo estaba buscando —reveló, sentándose a su lado sin ser invitado.

Poco a poco la penumbra comenzó a darle claridad y podía distinguir las facciones demacradas del hombre. Lo había visto esa noche, durante la cena que nadie probó, con las ojeras más pronunciadas. Llevaba muchos días sin verlo descansar como correspondía. No era para menos si se la pasaban escapando y haciendo guardias.

—¿Crees que está mal? —Fue Levi quien quebró ese silencio no solo para intentar desviar el tema y distraer a Eren de la razón por la que, sospechaba, había ido a buscarlo, también porque le importaba saber lo que él pensaba al respecto.
—¿A qué se refiere? —dijo, y Levi se dio cuenta de que su propia pregunta podría haber sido malinterpretada y que sin pretenderlo hubiera arrastrado a Eren a tocar ese tema tan puntual que buscaba evadir.
—A lo de hoy —aclaró—. No te pregunto si está mal torturar, porque es lógica la respuesta.
—¿Entonces?
—Déjalo, mejor. —No tenía sentido hablar del tema, pero Erwin no estaba allí, así que no tenía con quien quitarse esas molestas espinas.
—No —dijo al darse cuenta de lo que el hombre pretendía preguntar—. Uno tiene que hacer lo que debe hacer. ¿No dice siempre eso?
—Comprendes, ¿verdad? He matado y seguiré matando mientras lo vea necesario. —Lo miró, con algo que no era vergüenza, pero tal vez dolor—. ¿Me ves como a un monstruo?

Eren tardó en responder esa pregunta, estaba tratando de procesar lo que el capitán le había confesado. Se figuraba que ese hombre había cometido algún que otro crimen, no obstante era la primera vez que Levi se atrevía a hablar con él del tema, como modo de advertencia, para dejarle en claro quién era, para que luego no se arrepintiera de haberlo seguido o, peor aún, por atreverse a amarlo.

—¿Usted me ve como a un monstruo?
—Tú no has… —guardó silencio paulatinamente, porque iba a decirle que no había matado humanos como para que lograra entenderlo, recordando de golpe que sí lo había hecho.
—Si usted nunca me vio como a un monstruo, yo no tengo por qué verlo como a uno.
—Entonces, ¿consideras que es correcto torturar y matar?
—Cuando era chico… usted sabe que… yo maté —dijo, tratando de sincerarse—. En ese momento entendí que si no luchaba perdía. Matar o morir. Solo en esas encrucijadas comprendes que la vida es valiosa. No digo que está bien matar o torturar, desde ya que no, pero… —se quedó callado, entendía lo que quería decirle, pero no sabía cómo hacerlo.

Lo único que tenía en claro era esa imperiosa necesidad de consolar a un hombre que era muy fuerte, de espíritu y de mente, pero que también era humano y por ende tenía derecho a tener un momento de debilidad. Tal vez no era ese el mejor momento para mostrar debilidades, pero no podía culparlo, porque por ese mismo rasgo que lo hacía humano, él lo apreciaba tanto.

Levi sonrió en la oscuridad, maldiciendo su suerte. Porque en su caso, por esa y por tantas otras razones había aprendido a amar tanto a ese muchacho: Eren era maduro a su manera, todavía seguía siendo un chiquillo para algunas cuestiones, pero muy sabio para otras. Parecía ser un chico de otro mundo o de otra época.

—«Nuestra lucha es una lucha a muerte», me dijo una vez alguien que ya no está en este mundo —asintió reflexionando al respecto—. Es importante para mí que tú entiendas lo que significa para la humanidad perder esta batalla.
—Lo entiendo. Todos lo entendemos. Esta noche lo comprendimos con claridad.
—No —negó incluso con la cabeza—, me importa que tú lo entiendas más que tus compañeros. ¿Comprendes? Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de no perder. Con tal de no perderte.

Eren asintió encogiéndose en el sitio. Se mordió los labios, tratando de contenerse. Quería decirle y hacer muchas cosas que quizás eran impropias. En cambio, prefirió poner en palabras una idea sencilla que le venía rondando en la cabeza desde que comenzara la sesión de tortura a Sanes.

—Ni yo ni usted… ni nadie, estamos en esta situación porque en verdad así lo queramos, sino porque el gobierno imperial nos lo impone.
—Sería muy fácil para mí decir eso y lavarme las manos, eso no quita que en el presente he torturado y que en el pasado he matado —dijo con rapidez, demostrando que esperaba esas palabras o al menos adivinaba que en algún momento iría a decirle eso, de todos modos agradecía el consuelo barato—. Pero es cierto… supongo que si no habría titanes yo ahora sería un bandido, de esos que roban bancos y visten de gala.
—Y supongo que yo sería un fenómeno de circo —dijo consiguiendo que el capitán riera apenas en la penumbra. Luego sobrevino un silencio que no resultaba incómodo, pero sí que lograba ponerlos ansiosos. Levi se había prometido a sí mismo no importunar al chico con sus debilidades y por suerte Eren no parecía tener el coraje suficiente para cometer la osadía—. ¿Qué va a pasar ahora?

Levi tardó en responder, porque se preguntaba si lo que buscaba Eren era en verdad conocer la respuesta o simplemente encontrar una excusa para alargar el tiempo y poder estar un poco más en soledad. Era difícil hallar esos instantes de calma, que cuando aparecían duraban un suspiro.

—Supongo que lo mismo. Conociendo a Erwin… decidirá entregarte.

Obvió el gran detalle de quién era Historia, no quería dar un paso en falso y tampoco era necesario revelarlo de momento. Se figuraba que deberían obligarla a ser esa figura que sería tan importante para ellos y para la revolución. Si cometía el error de decirle a Eren y por ello Historia se enteraba, podía desertar o acobardarse; debía agarrarla con la guardia baja.

—A mí y a…
—Claro, a los dos —asintió—. Ya es tarde, Eren… deberías ir a la cama. Mañana será un día largo.
—Sí. —Pese a la afirmación se quedó allí, tratando de reunir valor.
—¿Qué? Si tienes algo para decir, dilo, o estaremos toda la noche haciendo este juego y hay que descansar.
—No tiene por qué sentirlo… quiero decir, yo… quiero que suceda, ¿entiende?

Levi arrugó el ceño, Eren había hablado de una manera muy confusa, pero creía entender que el momento que había buscado evitar, finalmente había llegado. Asintió despacio, siendo un testigo mudo del debacle que había ocasionado.

—Entiendo, pero…
—No ponga peros —se quejó—, usted… no lo hubiera hecho.
—Sé que es mi culpa, por eso te pedí perdón. —Le daba entre gracia y ternura ver a Eren tan nervioso, y decidió darle una tregua, ser él quien hiciera la pregunta que pugnaba por salir de la boca del muchacho— ¿Puedo besarte, entonces? —Acercó la cara, como desafiándolo, encontrando cierto regocijo en verlo cada vez más tembloroso.

Eren se relamió los labios porque los sentía secos y eso fue como una invitación. Levi se encargó de humedecérselos con la lengua. El chico no tardó un segundo en estirarse con cierta desesperación hacia él, lo que le causó inmensa simpatía; era como confirmar la sospecha de que Eren había estado una eternidad juntando valor para pedírselo.

Su pobre intento de risa permitió que la lengua de Eren le acariciara el paladar, ese simple toque lo electrizó, a tal punto que se olvidó que estaba con un muchacho que poco podía saber sobre lo que pretendía hacer con la dureza que crecía entre las piernas.

Recién pudo bloquear esa parte salvaje en él cuando Eren dio un respingo. Sentía las manos del hombre apretándole las nalgas y aunque la sensación era vivificante, también un poco vertiginosa y por lo tanto aterradora.

—Igual no podemos hacerlo aquí —dijo Levi a modo de serenarlo. Eren tuvo una actitud que no esperó, le mordió el cuello, para luego arrancarle gemidos de satisfacción al empezar a besarlo allí. Quería demostrarle con actos lo muy dispuesto que estaba, así que se sentó a horcajadas sobre él, comprobando lo excitado que el capitán estaba. Podía sentir el pene endurecido entre los glúteos, contra la tela del pantalón— ¿Ya lo hiciste? Con hombres, me refiero… —No pudo evitar que la pregunta naciera con un ligero tono de sorpresa.
—Ni con hombres ni con mujeres.
—¿Estás seguro?
—Cuando estoy con usted… siempre me siento seguro.

Fue todo lo que Levi necesitó para atacarlo sin remordimiento alguno, pero había puntos por aclarar, así que entre mordidas al cuello y a cada zona de piel expuesta que la ropa no tapaba, y besos torpes y desesperados, trató de hacerlo.

—Mira que los tipos como nosotros podemos terminar trabajando en burdeles vestidos de mujer —dijo, y Eren empezó a reír con ganas al recordar la sarta de idioteces que sus compañeros habían dicho hacía pocos días atrás, pero Levi no rió, ese asunto era uno serio si no sabían sobrellevarlo—. Entiendes, ¿verdad? Estas cosas se hacen, son comunes, pero no se hablan de ellas. No es como ir los domingos a misa de la mano de una mujer.
—Lo sé. —Sintió la mano de Levi escabulléndose dentro de los pantalones para alcanzarle el pene y tembló, como si reparara en ese instante que el capitán ya era un hombre, que iría al punto, que no habría marcha atrás. Quería, oh, Dios, quería… pero necesitaba una pausa o…
—Vaya, eso fue rápido. —Trató de no reír, pero sentía la mano llena de semen y podía ver en la penumbra la expresión de espanto que tenía Eren—. Es bueno, eso significa que te gustó. Que te gusta estar así conmigo.

Eren asintió a la vez que Levi aflojaba el agarre y quitaba la mano para, en cambio, tomar la del muchacho y guiarla hasta su pantalón. Eren no lo dudó ni un segundo, masturbó al capitán con ansiedad por descubrir esos nuevos placeres. Levi lo tomó de la nuca y lo besó, hundiéndole la lengua en la boca, jadeando y reprimiendo los gemidos cuando el orgasmo fue inminente.

Luego la paz, una superficial.

Eren estaba callado como un muerto, así que él habló mientras se secaba la mano con la camisa del chico.

—Quiero estar contigo, pero no es este el lugar ni el momento.

Eren no supo si con eso se refería a tener intimidad o estar con él en el sentido de… ir a misa de la mano los domingos. Claro que ninguno de los dos era la clase de persona que iba a misa, hasta podían considerarse felices pecadores por lo que habían hecho recién.

—Mañana…
—Mañana es un día largo. —Levi se apresuró a callarlo. Que ni se le ocurriera insinuar lo que sabía acabaría por insinuar; Eren era así, al igual que él no sabía quedarse callado.
—Mañana —continuó impasible— hay que contabilizar las provisiones que nos entregó Reebs.
—Vale, me encargaré personalmente —asintió, dándose por vencido. Sabía, intuía que no tenían mucho tiempo, que el "ahora o nunca" era una realidad irrebatible—. Lo haré a la noche, cuando todos estén descansando.
—Bien… yo lo ayudaré —concluyó con cierta complicidad.

Mañana… Levi suspiró, sería un día duro, llegarían las indicaciones nuevas de Erwin y debería enfrentar lo que dichas ordenes representaran para todos, para él y para Eren. En algún momento, y sabía que sería "mañana", debería decirles quién era Historia y cuál era el nuevo propósito de la Legión.

Antes de que Eren se pusiera de pie, lo tomó de la camisa, con tanta fuerza que le clavó los dedos en los brazos. El chico lo miró con algo de asombro por esa actitud. Sin pedírselo con palabras Levi le exigió un abrazo.

Eren lo permitió, lo tomó por el cuello y lo atrajo hasta su pecho y Levi se aferró a él enredándole los brazos en la cintura, buscando un poco de calor y de confort humano. No estaba acostumbrado a esa clase de gestos y quizás por eso sentía tantas ganas de llorar.

Lo positivo de descubrir esa nueva debilidad era que lo ayudaba a demostrarse a sí mismo que todavía no había perdido toda su humanidad. Que por mucho que fusilara y torturara, se le tenía permitido amar.

(…)

«Sepan los nacidos y los que van a nacer que nacimos para vencer y no para ser vencidos»

(…)

Si uno no está dispuesto a aceptar el destino que le toca, debe pelear para torcerlo. Eso entendió Historia esa mañana. Ingenua, así se sentía ella y de alguna forma todos fueron conscientes de su propia inocencia.

Eran soldados muy jóvenes para entender las palabras de Levi, pero comprendían que el lugar que les había tocado no se trataba de destino. Ellos habían elegido estar ahí, nadie les había impuesto sacrificarse por la humanidad.

No serían los primeros ni los últimos en morir por una causa que muchos tildarían de estúpida o utópica; eran una gota más en ese enorme océano y tal vez muchos de ellos no fueran recordados en libros de historia.

Fue esa misma mañana que cayeron en la cuenta: no lo hacían solo por la humanidad, lo hacían por ellos mismos. La decisión no contemplaba otras opciones, era personal, tal como Jean había dicho momentos previos a enlistarse en la Legión. Nadie podía decidir por ellos. Resistir o dejarse abusar era una opción personal.

Levi podía ver en los ojos, no solo de los jóvenes también de algunos veteranos, cierto recelo por su trato hacia Historia; pero era algo que tanto Erwin como él llamaban un mal necesario, porque a veces era ineludible ser inflexible y no mostrar blandura, sin embargo eso no opacaba lo que podía llegar a sentir por dentro.

Levi era bueno para separar las emociones de sus tareas como superior; no obstante tenía muy en claro que jamás podía ni debía disociarse de sus principios. Para él estos eran los pilares que erigían a las personas. Si dejaba de lado sus principios, no sería más que un monstruo, esa clase de monstruo que nunca había pretendido ser por mucho que la vida se hubiera empecinado en moldearlo.

De la misma forma no podía hacer una revolución o seguir a Erwin, ni siquiera estar en la Legión, sin ser un hombre de principios. Todos los que estaban allí, de alguna manera, eran la misma clase de idiotas, esos que se aferraban a sus valores.

Y la orden llegó, la voz dulce de Nifa no había amortiguado el peso con la que cayó. Debían entregar a Historia y a Eren a la compañía Reebs. Levi no movió un músculo ante la revelación, de cierta manera entendía cómo pensaba Erwin y se había adelantado a las conclusiones. Eren lo miró, como si reconociera esa capacidad para anticiparse.

La meta era llegar a Rod Reiss. Solo ese hombre podría explicarles las razones que orillaban a la humanidad a permanecer encerrada en jaulas. Y si Reiss tenía una buena razón, ellos darían un paso al costado.

¿Lo darían? ¿Qué tan poderosa podía ser esa razón para evitar que el humano buscara su propia emancipación? ¿Existía acaso alguna razón lo suficientemente poderosa que fuera capaz de suprimir ese anhelo?

"Los libertadores no existen, son los pueblos quienes se liberan a sí mismos"

No se trataba de solo sellar el agujero de la Muralla María, y saberlo agobiaba a Eren más de lo que a simple vista parecía. No podía siquiera seguir el hilo de la conversación que Mikasa y Armin sostenían y el día se le hizo agotadoramente largo.

Como imaginó, Levi se mantuvo muy ocupado sin darle espacio para preguntarle sobre su nuevo destino, y lo juzgó, creyendo que incluso escaparía a la noche, que al llegar al depósito de la mazmorra no lo encontraría.

Sin embargo cuando se presentó en ese húmedo y maloliente lugar, ahí estaba el capitán. Mientras todos dormían él se encontraba arrojando cajas sobre el piso, pateando lo que se caía, contabilizando con furia en una hoja borroneada la cantidad de elementos, haciendo el trabajo que cualquier otro podía hacer.

Estaba de un humor intolerable y Eren sabía que cuando el capitán estaba así lo mejor era no hablarle y esperar a que él lo hiciera primero. Sin embargo cuando se hizo notar, Levi solo se limitó a ignorarlo y a seguir con su trabajo.

Eren se acercó, porque más allá del estado turbulento en el que se encontraba el hombre comprendía que si estaba allí haciendo ese trabajo mundano era porque, de cierta forma, quería estar con él.

Y vaya que sí, Levi no se consideraba una persona dependiente de otras, pero esa noche en verdad necesitaba de Eren, como nunca antes había necesitado a alguien, ni siquiera cuando era un niño.

Era patético sentirse así, lo hacía vulnerable y no era un buen momento, aunque tenía presente que en el estilo de vida que llevaban nunca era un buen momento para sentirse de esa manera.

Al final fue Eren quien dio el primer paso. Levi sintió una mano en el brazo y se dejó llevar para permitir el abrazo. En silencio. Era aliviador poder estar así. No pudo evitar reparar en el gran detalle de que había sido el muchacho quien se había atrevido a sortear esa barrera que inútilmente había erigido a su alrededor. Debía darle crédito, por la valentía y por su gran corazón.

—¿Por qué está de mal humor, capitán? —cuestionó con suavidad, dejándole un beso en la oreja.
—¿De verdad me lo preguntas? —Suspiró, para después tomar distancia, apartarse de él y señalar el lugar— Estaré toda la puta noche contabilizando esto. No son capaces siquiera de tener un mínimo orden, solo vinieron y arrojaron todo aquí. —Escondió su evidente malestar tras una excusa cutre, Eren lo sabía.
—Puede hacerlo otro, no tiene por qué ocuparse usted. —Lo tomó de una mano con cierta duda o temor al rechazo—. Venga.
—Esto es… —murmuró pegando la boca sobre los labios del chico, ansioso por besarlo— muy difícil.

El agobio con el que había soltado esas dos últimas palabras le confirmaron lo que sospechaba. Eren se quedó unos segundos inmóvil, reflexionando al respecto. Se sentía un poco egoísta, porque solo podía pensar en estar con Levi cuando era evidente que lo que ese hombre necesitaba en ese instante era un poco de compresión.

—Capitán… sé que es difícil para usted.
—Sería más… reconfortante —pensó la palabra idónea— si me lo cuestionaras.
—No son sus decisiones —dijo dándole un pequeño beso en la mejilla—, y aunque así fuera… uno debe hacer lo que tiene que hacer, ¿cierto? Nadie dijo que sería fácil.
—A veces me sorprendes —confesó sin decir más.

No tenía ganas de hablar aunque lo necesitara, simplemente quería quitarse de encima ese enorme peso, eso que lo limitaba, tanto para amar como para dejarse amar. Así que le mordió los labios, mientras le levantaba la camisa para poder tocarle la piel.

—¿P-Puedo desnudarlo? —preguntó con torpeza, sin darse cuenta de que era lo que estaba haciendo, al menos había alcanzado el botón del pantalón para poder bajárselo.
—Si te soy sincero —murmuró, permitiéndole que le quitara incluso la camisa para quedar desnudo por completo porque no tardó mucho en encargarse personalmente de las botas—, no tengo ganas de hacerlo, pero sí quiero estar contigo.

Eren se quedó tieso en el sitio, tratando de procesar esas palabras. No sabía cómo tomarlas, no tenía el tipo de experiencia que podía llegar a tener Levi en esos terrenos. En lo personal sentía la inmensa necesidad de tenerlo así, desnudo, y en lo posible poder tocarlo.

—¿Entonces? —Acabó por preguntar.
—Quítate la ropa y acuéstate. —Casi fue una orden más que una respuesta.

Un par de mantas apiladas no hacían la mejor cama del mundo, pero era lo ideal en esas circunstancias y en ese lugar. Podían sorprenderlos, cualquier soldado podía entrar y verlos en esa situación, pero a ninguno de los dos parecía importarles las consecuencias, no ese día, quizás en otro momento podrían llegar a ser más cautos.

Cuando Eren se acostó sobre las telas, Levi pudo verlo por primera vez como lo que era: un muchacho joven, demasiado. Le inspiró ternura, pero también amor. Se acostó sobre él, plegando la erección contra el vientre para que la sintiera. Eren temblaba, pero no mostraba estar dispuesto a dejarse vencer por su inexperiencia y sus temores, eso era claro porque tenía más apetito sexual que Levi.

Y de golpe, sintiendo las manos de Eren sobre el pene y la fogosidad con la que lo tocaba, se dio cuenta de que su deseo volvía con una intensidad que desconocía. Tal vez por pensar en lo irremediable, en que quizás todo saliera mal y en que nunca volvería a tener esa oportunidad.

Eren así pudo sentir como le correspondía con más pasión; los besos eran más impetuosos e incluso las manos del hombre se escabullían por zonas de su anatomía que nunca nadie había recorrido antes.

Sentir los dedos curtidos del capitán entre las nalgas, solo eso, lo hizo gemir. Abrió las piernas, como si fuera un reflejo involuntario, y levantó la cadera buscando aquello que nunca había sentido, pero que, tenía en claro, buscaba experimentar.

Levi no tenía ganas de instruirle al respecto, solía ser salvaje y un poco desconsiderado, después de todo no había tenido muchos amantes y menos sin experiencia, sin embargo comprendía que Eren estaba dispuesto a llegar muy lejos esa noche por las mismas razones que lo orillaban a él a dejar de lado hechos irrefutables, como que él era un adulto, como que no convenía involucrarse emocionalmente con alguien a quien no dudaba entregar en bandeja de plata al enemigo.

Y no lo haría nunca por mucho que aprendiera apreciarlo. Si debía matar a Eren, si alguien le daba la orden y le demostraba que de esa manera todo el drama se solucionaría, lo haría sin titubear. ¿Lo haría?

—Duele —gruñó Eren y entonces Levi se dio cuenta de que se estaba dejando llevar demasiado. Salió del lugar, o al menos lo intentó, porque Eren lo aferró con fuerza evitando que tomara más distancia.
—Espera —pidió desenredando las piernas del chico para poder estirarse y tomar lo que Eren identificó como aceite vegetal—. Quizás no podamos hacerlo hoy.
—¿Por qué? —Esa afirmación lo había decepcionado, no entendía entonces por qué el capitán abría el frasco con la tranquilidad de quien va a preparar una tarta y no a untarse unas gotas en la punta del pene— Yo quiero hacerlo —reclamó, sin comprender aún.
—Y yo también, pero no quiero lastimarte. A veces… no entra —dijo sin saber cómo explicarle que el sexo de ese estilo era más complicado de lo que a simple vista parecía o de lo que podía llegar a suponer—. Hacen falta dedos, paciencia… no es que yo no tenga dedos, pero tampoco me sobra paciencia —dijo bromeando.
—Yo sí —retrucó de manera estúpida, pero enseguida trató de aclarar a qué se refería demostrándoselo con el cuerpo en vez de usar las palabras, que tan mal se le daban en esa situación—. Hágalo, por favor…

Levi hizo caso y se acomodó de vuelta sobre él, sintiendo la reconfortante caricia de la piel contra piel. Ubicó el pene entre las nalgas sorprendiéndose al comprobar la facilidad con la que podía abrirse camino a través del cuerpo de Eren. No era sencillo, pero sí mucho más de lo que había supuesto.

Recordaba su primera vez anal como una tortura sin parangón, sin embargo Eren estaba allí, con las piernas abiertas, elevando la cintura para ayudarlo, disfrutándolo en verdad. Llorando tal vez de dolor o de tristeza por saber que no tendrían tantas oportunidades para poder estar así de cerca, tan juntos.

—Espero que esto no sea alguna forma estúpida de demostrar amor —murmuró Levi, tomándolo de la cabeza como si así tuviera un punto de agarre para poder empujar con más fuerza y quebrar la barrera natural que el cuerpo imponía.

Podía sentir el pene atrapado por el calor y la estrechez del cuerpo de Eren, pero había más detrás del mero acto físico, una sensación diferente que solamente Eren sabía provocarle cuando lo tocaba, lo abrazaba o lo besaba, solo que en ese instante podía sentirlo de una manera más intensa.

—¿Vio que íbamos a poder? —dijo, de manera entrecortada y a modo de desafío. Cerró los ojos, pero los abrió para poder mirarlo a la cara mientras se movía. Levi empezó lento, siguió y se mantuvo así, como disfrutando de la penetración, de cada palmo ganado, de cada suspiro, de cada gota de sudor.
—¿Puedo preguntar si… no soy el primero? —Le llamaba la atención, porque recién el día anterior habían hablado del tema y aunque admitía que el chico era bellísimo y que pretendientes nunca le faltarían, era un poco difícil imaginárselo capaz de llegar tan lejos solo por poder estar con él de una manera rápida e indolora.
—Sí lo es, sabe bien que es el primero… soy un niño todavía —dijo con una sonrisa, mortificando al hombre— pero… recordé lo que dijo, sobre que no era fácil y pensé mucho a la noche sobre lo que hacen los hombres cuando están juntos de esta manera, y… tengo dedos.

Levi ahogó una carcajada, porque pese a que Eren cuando hablaba muy nervioso tendía a hacer una sopa de letras, lograba hacerse entender a la perfección, o al menos él podía comprenderlo.

—Eso quiere decir que… ¿te preparaste para mí? —Vio que Eren asentía y se quedó quieto, mirándolo, reflexionando sobre el gran detalle de lo dispuesto que estaba a entregarse, en todo sentido, no solo en uno sexual.
—Muévase, ¿por qué se queda quieto?
—Ya va… qué desesperado —se quejó, besándolo en el cuello— ¿Sabes? A mí me gusta que me la metan.
—¿Y eso a qué viene? —parpadeó, confundido y adolorido, podía sentir como el pene de Levi entraba y salía de su interior con una cadencia más intensa— ¿Quiere que se la meta?
—No, me refiero a que… no tenías por qué…
—Yo quería —lo interrumpió al entender—. Yo quería estar con usted… así. Quería tenerlo conmigo, cerca… adentro.

Levi logró colar los brazos por debajo de la cintura de Eren para estrecharlo con fuerza, ahogando las ganas de llorar; sublimando esa necesidad por otra empezó a arremeter con furia y no frenó hasta el orgasmo.

Ese peso que creyó que desaparecía al eyacular no lo hizo, por supuesto, era muy ingenuo de su parte creer que así se desvanecería como por arte de magia. De hecho volvió con más ímpetu, en especial al levantarse y comprobar que si bien la humedad entre ambos era el semen de Eren, la de sus mejillas eran sus lágrimas.

—Eren…
—Mañana… —murmuró, pero no pudo seguir. Sintió los dedos firmes del capitán tomándolo del mentón.
—Mañana es mañana —dijo entre dientes, mirándolo con ojos rabiosos, pero también humedecidos por la misma tristeza que le generaba la incertidumbre de no poder predecir el futuro, su futuro, el de ambos—. Debemos concentrarnos en el presente para hallar un poco de paz, si pensamos en el futuro que nos aguarda nos llenaremos de ansiedad, y no se puede vivir así.
—Comprendo. —Asintió con una tenue sonrisa, sintiendo los dedos de Levi secándole las lágrimas con profundo amor—. Entonces… no se vista y quédese un rato más así conmigo.

Levi asintió, porque era lo mejor, era lo único que podían hacer. Disfrutar el presente, sin agobiarse por el mañana. Se quedaron echados, en silencio, buscando calor en el cuerpo del otro hasta que el movimiento en el exterior los alertó. Por mucho que intentaron retrasarlo, el sol salió y el nuevo día, tan nefasto para ambos, dio comienzo.

No hubo despedidas o palabras de confort, tampoco besos apasionados. Eren no los reclamó porque entendía, quizás mejor que nadie y quizás mejor que nunca, el lugar que Levi ocupaba. Y lo amaba por eso, porque él no se creía capaz de poder sacrificarlo todo, la felicidad o el amor, por el propósito que los había llevado a conocerse. Pero comprendía que si se habían cruzado en el camino era por esos motivos que los llevaban a apreciarse. Ambos habían escogido el mismo destino.

Levi debía concentrarse en la seguridad de Eren e Historia, cerciorarse de que todo marchara según los planes. Sin embargo se permitió un segundo de debilidad cuando todo salió mal; una debilidad que se esfumó en un parpadeo, porque podía reprocharse el no haber supuesto que otro grupo podía intervenir, pero lo cierto era que eso, lamentarse, no les devolverían a Eren y a Historia.

Podía, en cambio, valerse de la fuerza de su espíritu y de su deseo de luchar al comprender la razón por la que lo hacía. Sin importar el enemigo o las condiciones desfavorables en las que se encontraban, debía sacar ventaja de ello para triunfar.

Debía separar lo que sentía de lo que era mejor para el equipo y los propósitos de la Legión. Cierto, no podía ser egoísta y dejarse llevar por sus emociones. Sin embargo sabía que también podía hacer uso de ellas, porque el amor que le tenía, resultaba ser un motor para avanzar.

Esa misma debilidad podía ser su fortaleza.


(FIN)


«Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor… de amor por la humanidad, por la justicia y la verdad. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizá sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado, una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se le contraiga un músculo»