II


Cuando habían pocas personas en el comedor, Kanda solía pedirle a Jerry que dejara una taza de té verde en algún lugar estratégico; pasada la medianoche, cuando ya estuviera cansado de soñar con mucho azul o lotos opacos, iría por la bebida caliente situada en la esquina más solitaria, saboreando el silencio, la calma y la soledad. Lavi lo había visto una vez, mientras andaba como alma en pena en busca de café, o cualquier cosa que sirviera para quitarse el sabor persistente a ceniza y carne chamuscada ajena, recuerdo de guerras pasadas. No causaba una especial agitación dentro de su pecho, pero la cafeína era mejor a soñar con las tripas de uno de los tantos jóvenes que aún con las mismas resposando a su lado, extendía la mano hacia él en busca del golpe de gracia.

Había sido sigiloso al salir de la habitación, eludiendo libros y documentos esparcidos por el suelo; a pesar de la edad ancestral de Panda, el viejo tenía un oído fino, y al menor crujir de uno de los papeles podía despertar de golpe, con las venas adornando sus escleróticas y una fuerza monstruosa que lo dejaría fuera de juego en alguna esquina de la orden.

Al llegar a su destino, se dio cuenta que ni a esa hora, estaba salvado de terminar con alguna contusión, pues su despreocupado tarareo se ahogó en medio de toda la saliva que tragó por reflejo, cuando vio al pálido espectro iluminado por la débil luz de una vela levantar la mirada de golpe.

—¿Yuu?—tuvo que parpadear para enfocar todo lo que le permitiera su visión limitada. Los cabellos obscuros de Kanda caían sueltos sobre su espalda, sin ninguna liga robada de Lenalee que los sostuviera, vestía con ropas casi en su totalidad blancas, y la escasa iluminación acentuaba sombras en los lugares menos apropiados de su rostro; cualquiera hubiese trastabillado ante su presencia. Lo vio hacer el ademán de desenfundar a Mugen, pero su mano no encontró el arma, y chasqueó la lengua con enojo.

—¿Qué quieres estúpido conejo?

—Yo... solo vengo por un café—dijo con una sonrisa incómoda, mientras señalaba la cocina; el ceño fruncido del asiático se acentuó aún más, y notó cómo apretó los dedos alrededor de la taza aún humeante. Algo dubitativo, y con la convicción de prepararse algo, caminó a través del comedor, lanzando alguna que otra ojeada a Yuu, no fuera a ser que de repente la porcelana se convirtiera en una nueva técnica de asesinato a distancia.

Una vez puso el agua a hervir en la vieja cafetera de aluminio, recostó el peso de su cuerpo contra uno de los muebles cercanos; Jerry era quisquilloso con todo lo que tuviera que ver con su cocina, pero mientras estuviera descansando, daba el permiso para que alguien se hiciera algún bocadillo nocturno, en caso de ser necesario, con la condición de que dejaran todo limpio y ordenado (El único sin el derecho era Allen, por el bien de las reservas de comida)

Bostezó, aún con las burbujas del sueño flotando en su mente, y enredó los dedos en su pelo, mientras movía la nuca circularmente para tratar de despejarse un poco.

—Hey, Yuu—no obtuvo respuesta, pero a sus oídos llegó el resoplido de un animal encolerizado—.Sobre lo de aquella vez... contra el akuma.

—No necesito que me expliques nada, no me interesa—respondió desde el otro lado. Lavi miró hacia el techo, no había razón para comentarlo, lo sabía, siquiera tenía la intención de hacerlo en un principio, solo se deslizó de sus labios sin permiso.

—Creí que podría aclarar mi comportamiento—insistió, con un tono que no indicaba preocupación o arrepentimiento, solo monotonía. De repente, el estruendo de la taza al estrellarse contra el suelo provocó que el puño sobre su cabeza apretara aún más las hebras rojizas.

—Ya dije, conejo. Si tuviste un puto mal día, un dolor estomacal o lo que sea, no me importa; puedes contarle todos tus problemas al brote de frijol o a la mujer, pero no soy tu almohadón para llorar, o lo que sea—lo escuchó retirarse, y permaneció unos segundos en silencio, siendo interrumpido por el pitar de la cafetera al hervir.

Suspiró, sin ganas de tomar café y con un lío por recoger antes de que Jerry despertara. Se incorporó, extendiendo la mano que capturaba sus cabellos, dejando un hormigueo a través de su piel por el tacto del mismo, se dio cuenta que había crecido bastante.

Tal vez le diría a Lenalee que lo cortara por él.