Los personajes de CardCaptor Sakura pertenecen a las CLAMP. Tanto en historia como en diseño.
1
EL PACTO
Ocupaban cada uno su respectivo sillón.
Eran sillones de oscura madera de ébano, envueltos por una suave tapicería y adornados con apliques tallados a mano. Se parecían mucho a los sillones que se mostraban en las películas de Hollywood ambientadas en el siglo XV, y en las que tampoco podrían faltar la inmensa chimenea de piedra y el pelaje de oso extendido sobre el suelo.
Estaban sentados en sus sillones favoritos, fumando la marca favorita de sus cigarros.
El salón en el que se encontraban era amplio y minimal. Medía, aproximadamente, cuarenta metros cuadrados, y estaba escasamente equipado por una mesa rectangular y por un sofá tamaño familiar de lustroso cuero negro. El muro orientado hacia el Oeste –y sobre el cual pendía un simple calendario- conectaba con el recibidor, en donde se encontraba la escalinata que encaminaba hacia los dormitorios.
Una serie de cuadros abstractos adornaban el muro Sur de la habitación, cuyo largo era recorrido por una moderna estantería que se alzaba unos pocos centímetros por encima de la rodilla. Tanto el muro trasero del Norte como el del Este estaban sustituidos por ventanales que vislumbraban hacia el verde jardín, las bancas de hierro forjado, y hacia el viejo sauce inclinado que acariciaba con la punta de sus ligeras lianas danzantes la hierba ondeante por la brisa de la noche.
-No entiendo, Eriol. ¿En qué momento nos convertimos en unos seres tan… detestables? –preguntó Syaoran, para luego proceder a inhalar su cigarro–. Que yo recuerde no éramos así de niños, sino todo lo contrario. Éramos buenas y respetuosas personas en ese entonces.
Syaoran y Eriol diferían, tanto en personalidad como en apariencia física. El primero era delgado, no muy corpulento, y poseía ojos intensos y cabello color castaño. El segundo era desgarbado, de tez pálida y ojos azul brillantes. Llevaba el pelo peinado de medio lado, de color oscuro indeciso: como negro tirando a azul, y el tamaño de sus ojos se veía aumentado por el cristal de los lentes que usaba.
-Bueno, Syaoran. ¿Qué esperas que te diga? Crecimos, empezamos a vivir, y nos convertimos en unos hombres con otro tipo de ocupaciones.
Eriol enfiló el brazo libre por detrás de su cuello en busca de una posición cómoda con la cual mantener la conversación, pero se incorporó al notar la mirada acusativa de Syaoran.
-¡¿Y qué?! ¡Es verdad! –empezó a defenderse–. Crecimos, las hormonas volaron a millón; descubrimos las fiestas, el cigarro y el alcohol… Y lo bien y fácil que se nos hace estar con una chica –esto último lo dijo con tono petulante.
Syaoran ni se molestó en mirar a su compañero. Estaba ensimismado en sus pensamientos y hasta había apagado más de la mitad de su cigarro. Las palabras de Eriol, por muy crueles que fueran eran ciertas, muy ciertas.
A decir verdad, Eriol tenía toda la razón. En cuestiones de años ambos chicos se habían convertido en sementales sin remedio, asistiendo a un sinnúmero de fiestas, fumando, bebiendo y tirando con un sinnúmero de chicas. Todo, sin sentirse lo más mínimamente culpables. Habían perdido todo sentido común y respeto hacia lo ajeno; tiraban como animales sin importar a quién ni con quien.
Sin darse cuenta, Syaoran se había levantado de su asiento dejando a un Eriol con la mirada desorientada. Se dirigió hacia el ventanal, apoyó su frente sobre el antebrazo derecho, y éste último sobre el duro y frío vidrio, ahora empañado por su respiración. La molesta comezón se expandía por los músculos de su cuerpo; le urgía hacer algo. Ya era hora de mejorar su reputación y su promiscuo estilo de vida. Debía de empezar a resistirse a ciertas invitaciones inmorales, encontrar a alguien con quien charlar y compartir algo más que un condón. Y, de tarde o temprano… enamorarse.
Syaoran giró sobre sus talones decidido a rehacer su vida. Sin embargo, no quería empezar solo.
-Ceo que es tiempo de cambiar, Eriol -anunció mientras el aludido machacaba lo que quedaba de su cigarro.
-¿A qué te refieres con cambiar?
-Dejar a un lado nuestras alborotadas vidas en busca de algo mejor. Algo más sano.
Eriol lo miró con suspicacia.
-¿Cómo qué? –preguntó con el mentón apoyado sobre los puños de sus manos.
-No lo sé… -Syaoran se llevó una mano a su cabellera, desordenando los castaños mechones de pelo con ansiedad. Eriol conocía muy bien ese gesto; y es que solamente surgía delatando las veces en que su amigo se sentía nervioso, desesperado, o incomprendido-. Quiero volver a empezar, darme una segunda oportunidad. Conocer alguna chica como es debido, encariñarme y si es posible… -enmudeció repentinamente.
Había vuelto a sentarse sobre su sillón, pero esta vez cabizbajo con los codos apoyados en las rodillas, soportando la inquisidora mirada de Eriol; consciente de haber hablado demasiado.
-¿Enamorarte? –acertó el de ojos azules-. ¿Acaso Syaoran Li, quiere enamorarse?
-No le veo lo malo –admitió.
Sin embargo, Eriol no lo escuchó. Se levantó de su asiento y empezó a caminar a lo largo de la habitación moviendo pomposamente las manos y usando un tono de voz burlesco para fastidiar a su amigo.
-El lujurioso; altamente deseado; nada se toma en serio, Syaoran Li… ¿Quiere enamorarse? El popular; despreocupado; profanador de cuerpos femeninos, Syaoran Li… ¿Quiere asentarse?
-Bueno, a todos les llega la hora, ¿no?
-¡Por favor, Syaoran! Tienes veintiún años, no treintaicinco. Todavía nos faltan dos años de universidad. Después de eso podrás enseriarte con quien te dé la gana.
Syaoran intentó defenderse, pero Eriol lo interrumpió.
-Pensé que querías aligerarte un poco, tú sabes... disminuir el consumo de alcohol, tirar menos. ¡Pero no privarte del todo!
-No me quiero privar del todo… –volvió a desordenarse el pelo-. Sólo quiero empezar de nuevo y tener una vida correcta. Y si es posible enseriarme con alguien.
Eriol chasqueó sonoramente la lengua ante las palabras de su compañero.
-¿Y tú pretendes que yo te acompañe en esa aburrida faena? –inquirió con sarcasmo. Se había vuelto a sentar.
-Si no te molesta…
Y Syaoran le dirigió la sonrisa. Una sonrisa devastadora, causante de las fáciles entregas y de la poca resistencia jamás ejercida por parte del círculo femenino. Eriol también la conocía, porque al igual que su compañero, la usaba sobre sus presas.
-¡No me mires así que no soy una de tus pollitas! –refunfuñó.
Syaoran rió divertido.
-Deberías animarte, Eriol. Nunca te he visto enamorado.
El aludido había empezado a hurgar en los bolsillos de su pantalón.
-Porque nunca me ha interesado. Debido a ello llegábamos, tirábamos y nos íbamos. No existía otro interés de por medio –aclaró.
-Con más razón deberías aceptar mi propuesta.
Un aire de preponderancia se apoderó de las palabras de Syaoran y abarcaron todo el espacio de la habitación.
-¿Te refieres a una apuesta?
-A un pacto para ser preciso. Un pacto entre tú y yo.
Eriol detuvo su quehacer y permaneció quieto unos cuantos segundos reflexionando las palabras del ambarino, que a pesar de sonar muy concisas, no eran de fiar. Y es que Eriol conocía lo manipulador que podía llegar a ser su mejor amigo.
-Muy bien, ¿cuáles son las condiciones?
En el rostro de Syaoran se dibujó una sonrisa esquinera. No era una sonrisa maliciosa, al contrario, era una sonrisa triunfante; la cual, para repugnancia de Eriol -al igual que muchas sonrisas más- también conocía.
-Nos propondremos enamorar a una chica –empezó a decir, acaparando la atención de su pálido amigo-. No tendremos sexo. El juego consistirá en inocentes coqueteos con una duración de… -se dirigió hacia el calendario tendido en una de las paredes-, digamos… ¿unos treintaicinco días?
-No me preocupa enamorar a una chica en cinco semanas. ¡¿Pero, nada de sexo?! Bueno, al menos existen otros tristes pero útiles recursos.
-¡No! Nada de manos en el asunto.
Eriol abrió la boca por la sorpresa.
-¡Pero, ni siquiera he durado tres días sin absolutamente nada! -farfulló. ¿Acaso Syaoran se estaba volviendo loco?
-Lo siento Eriol, querías condiciones y te las estoy dando.
Eriol suspiró resignado.
-Bien, al menos no son 40 días y 40 noches –se apresuró a calcular- ¿Son treintaicinco días y treintaicinco noches? ¿O la noche del trigésimo quinto día no cuenta?
Syaoran caviló la pregunta por varios segundos.
-No, no cuenta -sentenció, arrebatándole un suspiro de alivio a su compañero.
-Entonces, son treintaicinco días y treintaicuatro noches; teniendo la trigésima quinta noche libre de compromisos.
-No del todo. Si se nos es posible, ésa noche tendremos relaciones con la chica elegida. Por primera vez sabremos qué se siente "hacer el amor".
Aquella cursilería hizo que Eriol emitiese una estruendosa carcajada.
-¡¿Qué carajo te fumaste, Syaoran?! –exclamó, burlándose-. ¡¿Cómo es eso de que por primera vez sabremos qué se siente tirar?! Claro que sabemos, por Dios. Lo hemos hecho tantas veces… ¡hasta cuatro veces al día, y con cuatro chicas diferentes! Y si no me equivoco, aquella vez… -prosiguió con picardía-, tú lo hiciste cinco veces y con seis chicas diferentes, maldito bastardo.
Syaoran exhaló aire con amargura. Se apretó el puente de la nariz con las yemas de sus dedos, intentando disipar todo pérfido recuerdo.
-No me lo menciones, Eriol. No me siento orgulloso de ello… –suplicó entre dientes-. Aquello fue un error. Un grave, egoísta y ocioso error.
Efectivamente, Syaoran había cometido muchos "errores". Tantos, que le era urgente de una vez por todas enmendarse.
No conservaba recuerdos de ninguna de sus acompañantes; a duras penas las reconocía por sus facciones o sus nombres. Claramente se trataban de hermosas mujeres algunas, lamentablemente, más ingenuas que otras. Era cierto que se había divertido… Sin embargo, un sentimiento de soledad y nostalgia lo perturbaba cuantas veces poseía a una mujer. Y es que, eso era lo que venía estando haciendo desde hace años: poseer mujeres. Tomarlas sin siquiera luchar por el consentimiento. Usarlas para propósitos tan insulsos tales como: diversión, matar el aburrimiento, pasar el rato, entre otros.
Sumido por el sentimiento de culpabilidad, decidió recostarse sobre el espaldar de su asiento e hizo memoria. Durante todos sus encuentros nunca llegó a experimentar la calidez de la piel femenina al momento de ser acariciada, su tersa textura, ni vislumbrar el tenue color rosado que se pintaba en ciertas zonas al sembrar húmedos besos. No recordaba los gemidos de ninguna mujer en particular, ni la placentera última sonrisa que decoraba sus rostros. Habían sido tantas mujeres que cualquier gesto, textura, o tono de piel carecía de importancia. Porque, al fin y al cabo, desconocía a quién pertenecían. Era muy tarde para buscar dentro de aquel mar de mujeres la posible causante de aquellas sensaciones, de modo que debía empezar desde cero.
-Syaoran, ¿en qué estás pensando?
La voz conocida interrumpió su repentina distracción. Se volteó y observó a un relajado Eriol inhalando un nuevo cigarro.
-¿Estás fumando otra vez? Es tu tercer cigarro en menos de una hora.
-¿Acaso hay algún problema? Tengo que aprovechar. No vaya a ser que una de tus ridículas condiciones me prohíba seguir fumando.
De pronto, Syaoran recordó en lo que estaba y continuó con su plan.
-En efecto, nos abstendremos de bebida y cigarro en lo que queda de días.
-¡Ya lo sospechaba!
-Es para nuestro bien, Eriol. Procuraremos confortarnos sanamente; haciendo algún deporte, estudiando...
-Claro, claro… sanamente. ¿Podremos besarla?
Eriol estuvo a punto de llevarse la colilla del cigarro a sus labios, pero se detuvo al notar el rostro lleno de incomprensión de Syaoran.
-A la chica elegida, la podemos besar ¿no?
-Sólo a partir de la quinta semana, ni un día antes.
-¡¿Te has vuelto loco?! Saldremos con una chica, y no se nos está permitido besarla sino después de un mes. ¡Es imposible!
-No lo es –aclaró Syaoran-, porque la futura chica será una completa extraña. Tenemos prohibido elegir alguna conocida, ya sea por parte tuya o por parte mía. Para facilitar las cosas, tendrá que ser estudiante de ésta universidad. Y no será ninguna con la cual nos hayamos acostado –agregó con tono preventivo.
-¡Vaya! Un tanto difícil… –Eriol frunció los labios en gesto pensativo-. En tal caso, tendré que empezar a hacer memoria. No recuerdo a todas las chicas con la que estuve -exhaló la última bocanada de humo de cigarro y con voz divertida añadió-: ¡Maldición, sabía que tenía que anotarlas en una lista!
Syaoran hizo caso omiso al último comentario. Se levantó, seguido de su amigo, y sacó unas llaves del bolsillo trasero de su pantalón.
-Hay una fiesta en la residencia de Kitagawa, a unas pocas cuadras de aquí. ¿Te apetece ir? Así llevamos en marcha el plan.
-Un momento Syaoran, tú pusiste condiciones y yo como un idiota acepté. Déjame, al menos, decidir cuándo empezar con el plan -arremangando el puño izquierdo de la camisa, Eriol chequeó su reloj de mano-. Empezaremos con tu plan mañana temprano. Es el primer día de clases y tendremos varias horas libres, las aprovecharemos para elegir a la afortunada.
-Recuerda que el plan consiste en enamorar a una futura pareja, Eriol.
-Lo sé, y si en tal caso no funciona... –depositó el cigarro sobre el cenicero que estaba apoyado en la mesa rectangular. Se apresuró a extender un brazo-, seguiremos con nuestras deshonestas, canallas e indecorosas vidas. ¿Trato hecho?
-Trato hecho.
Sin dudarlo, Syaoran estrechó la blanca mano. A diferencia de Eriol, confiaba que no volvería a pisar terrenos clandestinos. Tenía dignidad y, aunque muchos pensaran lo contrario, se preocupaba por el bienestar de sus tantas chicas. A estas alturas no podía excusar su comportamiento ni sanar los innumerables corazones rotos. Pero evitaría volver a ser el culpable de la ruptura de algún frágil corazón, y del derrame de amargas lágrimas.
-Muy bien, vayamos a la fiesta de Kitagawa. Nos concederemos la última tirada del día.
-Eres un desgraciado, Eriol Hiiragizawa –le reprochó mientras ambos se encaminaban para abandonar la casa.
-Y tú un maldito eunuco, Syaoran Li.
(N. del A): ¡A gusto con el primer capítulo!. Y éste es el comienzo de mi historia, ¿Qué les parece?
Me sentí obligada a colocar los personajes OOC, por ahora. Ya tengo el segundo capítulo listo, y en aquel encontraremos a Sakura.
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