CAPÍTULO 1:
Acostumbrado a la oscuridad supo guiarse entre las estrechas y sinuosas calles de aquel barrio japonés. La luz de la luna proyectaba alargadas y espeluznantes sombras contra los muros que rodeaban las casas pero ninguna de ellas era la suya propia. Solo se escuchaba el soplido del viento al chocar contra los árboles, el crujido de las hojas al deslizarse sobre la acera y el maullido desgarrador de un gato sobre el tejado de una casa.
Él, en cambio, era tan silencioso y tan veloz que resultaba imperceptible para la mente humana. Sus movimientos eran veloces como los de un lince, ágiles como los de un guepardo y elegantes como los de un gato. Tenía todas las características que hacían destacar a los felinos y se guardaba en su repertorio otras muchas. Era capaz de arrancarle los brazos a un ser humano como si se tratara de un gorila, por ejemplo. Sus oídos y su olfato estaban tan agudizados como los de cualquier perro. Aunque su mejor habilidad era la heredada de las arañas: un sexto sentido para predecir los peligros. Su sexto sentido le había salvado en numerosas ocasiones durante su niñez pero hacía siglos que no necesitaba utilizarlo. Era más fuerte y hábil que otros muchos de su especie y su nombre era bien conocido por su extrema crueldad y su falta de compasión.
Esa noche de luna llena quería aprovechar para dar una vuelta sobre los tejados de las casas de una ciudad humana. Tenía sed, muchísima sed y solo la sangre caliente y a la vez fresca que corría por las venas de un ser humano, podría calmarle. Estaba esperando pacientemente mientras saltaba de casa en casa a que apareciera algún patético humano. Podría ser un policía dando una vuelta rutinaria o un ejecutivo volviendo de una de sus estresantes reuniones de negocios o tal vez algún joven después de una fiesta. Alguien terminaría pasando por esa zona y fuera quien fuera, caería en sus manos.
Siempre cumplía una misma rutina a la hora de alimentarse. Primero, se recorría todo el barrio en más de tres ocasiones seguidas para asegurarse de que estuviera en calma, sin bullicio, ni espectadores. Después, daba una vuelta de reconocimiento para cerciorarse de que todas las casas estuvieran ocupadas y sus miembros descansando o lo suficientemente distraídos. A continuación, se ocultaba entre las sombras en busca de la que iba a ser su víctima. Una vez escogida la víctima, tenía que seguirla, vigilar que estuviera sola, deshacerse de posibles percances en el camino y acorralarla. Por último, venía su parte favorita, el momento en que por fin obtenía lo que tanto deseaba: la sangre. Tocaba morder su cuello y sus muñecas si era mujer o morder su nuca y sus oblicuos si era hombre. Lo aconsejable era matar a la víctima antes de beber de ella pero a él le gustaba más el sabor de la sangre cuando la víctima aún se retorcía entre sus brazos de acero intentando escapar. Únicamente debía taparle la boca para evitar que gritara y todo el vecindario se despertara. Podría matar a todos esos humanos; aunque prefería evitar la masacre y no descubrir ante los humanos todo un mundo de oscuridad similar a lo que ellos llamaban el infierno.
El sonido de unos pasos despertó todos sus sentidos. Sus oídos se agudizaron y sus ojos buscaron entre la oscuridad la silueta humana. Sus pasos eran muy ligeros y debía pesar unos cincuenta y ocho kilos. La brisa agitaba sus cabellos largos y rizados a juzgar por su resistencia. ¡Perfecto!, ¡era una chica! Prefería morder a un ser del género femenino ya que disfrutaba más de su sangre, le resultaba más divertida su patética resistencia y le encanta usar su mano libre para manosear su cuerpo. Ojala fuera guapa o tuviera un buen cuerpo para poder divertirse mientras se alimentaba.
Estaba a punto de saltar hacia el lugar del que provenían sus pasos cuando escuchó los pasos de otras cinco personas más. No estaba sola. Maldiciendo su suerte se mordió el puño y abandonó su pose de caza. Iba contra sus reglas atacar grupos, él solo iba a por solitarios. ¡Maldita fuera su suerte! Llevaba horas dando vueltas por aquel dichoso barrio y cuando por fin encontraba algo para alimentarse se lo quitaban. ¡Desgraciados!
Se dio la vuelta dispuesto a marcharse cuando escuchó que el ritmo de los pasos de la chica aumentaba. Entonces, se percató de que no iban juntos. Estaban en la misma calle y considerablemente cerca pero no iban juntos. La chica iba sola y los otros, debían ser hombres por su peso y su olor, iban detrás de ella. Era solo una coincidencia y lo más probable era que se separaran en cualquier momento. Su ánimo mejoró debido al cauce que tomaban sus pensamientos y se preparó para seguir a la presa y deshacerse de problemas. Todavía no había logrado verla con claridad cuando las figuras humanas de los hombres empezaron a hablar.
- ¡Ey, muñeca!- gritó uno.
- ¿No te apetece divertirte?- le ofreció otro.
Problemas. Esos hombres no iban con ella pero tampoco parecían dispuestos a dejarla en paz.
- ¡No seas aburrida!
La chica aceleró más el paso consiguiendo llamar su atención. No era muy alta y tenía una larga y oscura melena rizada, tal y como él había predicho. Su vestido de tirantes azul dejaba a la vista sus piernas desde la mitad de los muslos y se ajustaba a la perfección a un perfecto trasero redondeado. Debía ser una auténtica monada y estaba asustada. Podía oler su miedo a kilómetros de distancia.
- Nena, me estás cansando- intervino un tipo con una gorra de béisbol granate- no me gusta que me ignoren.
Esos tipejos no pensaban marcharse. Al contrario, la terminarían violando en cuanto se acercaran a algún sitio lo bastante oscuro y cerrado. Tenían el lívido subido y eran muchos para ella sola. Lo más probable era que se turnaran para gozar de su cuerpo uno tras otro y él no pensaba intervenir. Les seguiría con la esperanza de equivocarse y que la dejaran sola para poder morderla. Sin embargo, si no se equivocaba, se marcharía. Los problemas de los humanos eran suyos y solo suyos y a él no le incumbía que se violara a una chica.
- ¿Por qué estás tan callada?
Uno de ellos se adelantó y supo que no se había equivocado al divisar un callejón justo a la derecha de la joven. Fue empujada hacia la oscuridad y su grito en seguida se vio ahogado por las sudorosas manos de uno de ellos.
- Ya la tengo.
- Este bomboncito no se nos va a escapar esta noche.
Estuvo a punto de marcharse pero no lo hizo porque ocurrió algo que lo detuvo. Los rayos de la luna iluminaron durante unos instantes el rostro de la joven y algo en él cambió por completo. Era la cosa más hermosa que había visto en toda su vida y eso que llevaba cerca de medio milenio con vida. No podía dejar que esos cerdos tocaran su maravilloso cuerpo, ni podía permitir que continuaran asustándola.
- Prepárate muñequita- murmuró uno de ellos- esto es lo mejor que vas a sentir nunca.
¡Y una mierda! Se lanzó sobre él sin dudarlo ni in instante y le derribó. Supo que había roto su cuello por el sonido que había emitido su columna vertebral. No se movió cuando dos de ellos intentaron atacarle por la espalda y tampoco lo necesitó. Agarró sus muñecas de un ágil movimiento y se las retorció hasta romperles el hueso. Un cuarto hombre quiso rajarle con una navaja pero la esquivó con facilidad, se la quitó y se la clavó en la yugular. Mientras escuchaba el gorgoteo de la sangre procedente del cuello de este último, dirigió su mirada hacia el quinto. El desgraciado que osaba cubrir la boca de la joven. Él le observó aterrorizado y terminó soltando a la joven para poder huir. Él no se lo permitió. Le hizo la zancadilla y cuando estaba en el suelo se aseguró de dejarlo bien inmovilizado pisando con fuerza uno de sus tobillos. Con ese hueso roto no iría muy lejos.
Le gustaría decir que la pelea había resultado excitante pero era imposible emitir un juicio similar de una pelea contra humanos. Eran todos tan débiles.
- ¡Patético!
Asqueado les dio la espalda y buscó con la mirada a la joven. Había sido empujada sobre unas bolsas de basura y luchaba por ponerse de pies entre todo aquel desastre. Caballerosamente, sujetó sus manos y la levantó con todo el cuidado y la elegancia de la que dispuso. Apartó de su cabello unas hojas que habían quedado enredadas y le levantó el mentón para mirarla mejor. Tenía los ojos más bonitos que había visto nunca. Un par de hermosos ojos color chocolate enmarcados por unas largas y femeninas pestañas. Su nariz era tan pequeña y graciosa que se sintió tentado a restregarla contra la suya propia. Su tez era blanca y suave; lo había podido comprobar cuando la sostuvo para levantarla. Sus labios… sus labios le estaban tentando. Rosados, suaves, carnosos…
Ahora bien, ella le temía a él tanto como a los hombres que la habían atacado. ¿Y cómo no iba a hacerlo? Era un hombre enorme en comparación con ella, vestía completamente de negro, acababa de darles una paliza a cinco hombres sin pestañear tan siquiera y no estaba siendo muy gentil al quedarse mirándola de aquella forma. Tenía que actuar y rápido.
- ¿Quién es usted?
¡Mierda! Ella se le había adelantado. ¡Qué valor tenía la humana! Eso le gustaba y mucho.
- Yo soy Inuyasha- logró articular- y tú eres Kagome, ¿no?
- ¿Co-cómo has… sabido eso?- balbuceó la muchacha.
- Lo pone en tu uniforme.
Ella se miró la ropa como si fuera la primera vez en ese día que se daba cuenta de lo que llevaba puesto. Resulta que lo que le había parecido un vestido anteriormente era un uniforme de trabajo. Un uniforme de color azul marino corto y ajustado que llevaba su nombre bordado en el pecho. Aunque claro, lo más llamativo de ese pecho eran sus voluptuosos y apetecibles senos. Después continuaba una llamativa cintura de avispa. Luego unas redondeadas y apetitosas caderas. Y por último y sin ser por ello menos importante, un par de deliciosas y bien torneadas piernas. Perfecto para atraer la mirada de los hombres, para atraer clientes al negocio y también perfecto para atraer a desgraciados como los que intentaron atacarla.
- Muchísimas gracias.
- ¿Por qué?- preguntó sin entender.
- Por salvarme… claro…
La chica se sonrojó provocando que el olor de su sangre le golpeara y se apartó el cabello para echárselo a la espalda. Otra oleada de delicioso olor le impactó.
- ¿Cómo puedo agradecértelo?
¿Sería educado pedirle que se marcharan a un lugar más íntimo para arrancarle ese vestido calientapollas y poder disfrutar de su cuerpo y su sangre? ¡No! No quería tomar ni un solo centilitro de su sangre, no quería matarla ni convertirla en vampiresa. Nunca querría algo semejante para ella. ¡Se había enamorado de una humana! Tenía que marcharse de allí antes de que sus impulsos le vencieran y mordiera su delicado cuello.
- Tengo que marcharme.
- Pero…
- Tengo prisa.
- Entonces, deja que te lo agradezca apropiadamente.
No pudo impedir que se acercara a él y tampoco fue capaz de impedir que le diera un caliente y húmedo beso en la mejilla. Se sentía conmovido y a la vez frustrado. Ya no podía marcharse sin recibir nada antes.
- Deja que te enseñe cómo se hace realmente.
Agarró su nuca y empujó sus labios hacia los suyos para atraparlos en un apasionado y desbocado beso. Mordió, lamió y succionó sus seductores labios y gimió de puro placer cuando ella abrió la boca para él. Disfrutó de todo lo que le estaba ofreciendo, arrasó con todas sus defensas, saboreó cada milímetro de su boca y finalmente, se vio obligado a rechazar lo que sabía que ella le ofrecería. Podría levantarle la falda, arrancarle las bragas y poseerla allí mismo pero no pensaba hacerlo, no mientras tuviera aquella sed de sangre. Necesitaba alimentarse.
La soltó y disfrutó ante la imagen de aquella Kagome agitada que luchaba por respirar sin dificultad. Sonrió a la joven efusivamente y le guiñó un ojo antes de agarrar el tobillo del hombre cuya pierna había roto y se marchó. Ese desgraciado sería su cena.
…
Kagome se quedó paralizada en el lugar observando como aquel atractivo hombre desaparecía. Le gustaría correr a su espalda, sujetar su mano e impedir que siguiera avanzando sin ella pero algo la detenía. Tenía la extraña sensación de que no debía acercarse nunca más a ese hombre. ¿Por qué? Acababa de salvarla de haber sido violada y puede que hasta asesinada. Se había comportado de una forma tan gentil y caballerosa con ella. Nunca ningún hombre la había tratado de esa forma; siempre se dirigían a ella como si fuera una prostituta. ¡Pero no lo era! Vale que su empleo como cajera en un supermercado no fuera el mejor del mundo pero era un empleo tan digno como cualquier otro.
- Seré tonta…
Definitivamente era tonta. Acababa de dejar escapar al mejor hombre que se le había cruzado en toda su miserable existencia. Y era tan apuesto. Debía admitir que esos treinta centímetros de estatura que le sacaba, le habían intimidado y eso por no hablar de su cuerpo. No estaba gordo, en absoluto pero tenía una impresionante musculatura. Estaba muy bien musculado como un culturista y ni toda esa ropa que llevaba podía ocultarlo. Ahora bien, en lo único en lo que pudo fijarse particularmente era en sus ojos. Ojos dorados. Jamás había oído que nadie tuviera ojos dorados y eran tan intensos. La tenían totalmente hipnotizada. Su mentón era cuadrado y fuerte como el de cualquier otro hombre. Era de labios finos pero deliciosos como ella misma había podido probar. Aunque claro, otro detalle muy significativo fue el de su cabello. ¡Tenía el pelo plateado! ¿Sería teñido? Porque no podía tratarse de un pelo canoso. Era demasiado joven para tener canas y nadie podía tener ese color natural.
Ese hombre representaba tantas contradicciones para ella y le atraía tanto. Cuanto más pensaba en él, más deseos tenía de salir corriendo en su busca. Cada vez que miraba en la dirección que él había tomado, sentía el irrefrenable impulso de echar a correr. Sin embargo, también sentía el impulso de huir hacia su casa y pasar toda la noche envuelta en una manta con un arma en la mano. ¿Cómo un solo hombre podía inspirar tantos sentimientos y tan contradictorios en ella?
Bajó la vista buscando relajar su mente y fue entonces cuando se fijó en los cuerpos de los hombres que le habían atacado. Dos de ellos estaban muertos. Uno tenía el cuello roto y el otro tenía su propia navaja clavada en el cuello. Otros dos se encontraban a varios metros de ella huyendo con los brazos en una postura que le resultó imposible. El quinto, había desaparecido. El hombre que la salvó lo había agarrado y se lo había llevado arrastrando. ¿Por qué?, ¿por qué se había llevado a ese hombre?
En su mente se formó la idea de que podría ser un policía pero algo le decía que no era el caso. Entonces, ¿por qué no había llamado a la base para pedir que vinieran a recoger los cuerpos?, ¿por qué se había llevado a ése arrastrando?, ¿por qué no se lo había dicho a ella?
Un mal presentimiento empezó a formarse dentro de su cuerpo y un escalofrío recorrió su espalda. Algo le decía que no debía quedarse por más tiempo en ese sitio. Algo le decía que huyera de allí y que nunca volviera a pensar en ese hombre. Debía olvidarle, olvidar que existía, olvidar que le había salvado. Lo más sensato era eso y era justamente lo que pensaba hacer. Iba a tomar aire con fuerza, se iba a marchar corriendo a su casa y después cenaría y se acostaría haciendo como que no había pasado nada en esa noche. ¡Sí, señor!
Dio un paso hacia delante dispuesta a probar sus palabras y lo hizo muy bien hasta que vio en el suelo tirado algo que llamó su atención. Brillaba bastante y parecía valioso. Se agachó junto al objeto y lo tomó entre sus manos. Era un colgante. Un colgante muy extraño. Quiso poder revisar mejor su forma cuando unos ruidos extraños llegaron hasta sus oídos. De repente no le parecía tan buena idea quedarse ahí arrodillada observando aquel extraño objeto. Se incorporó, guardó el colgante en su bolso y empezó a correr hacia su departamento. Siempre había sido muy rápida corriendo, la mejor en todo el orfanato. No se cansaba, mantenía un ritmo constante y le gustaba sentir la brisa contra su rostro. El problema residía en que era pobre, no tenía amigos, la gente tendía a desconfiar de ella, los hombres sólo la querían para una cosa y la luz del sol aunque le resultaba soportable le molestaba. No podía ser una atleta sin sponsor, sin amigos y sin voluntad para resistir los rayos del sol.
En numerosas ocasiones había visitado diferentes médicos para que trataran su problema. Al final, su problema se había reducido a un dermatólogo y a un oftalmólogo de la seguridad social. ¡Bendita seguridad social! Sin ella no podría pagarse los tratamientos. El dermatólogo le había prescrito la receta de una crema muy fuerte para las quemaduras del sol; una crema que debía usar a diario. El oftalmólogo vigilaba su vista y le recomendaba utilizar gafas de sol. Al parecer, sus pupilas se encontraban fuera de lo que se considera normal, necesitaban una atención especial. Aun así, no sabía explicarle qué tenía y se limitaba a vigilar que no empeorara.
Dio la vuelta a la esquina y se detuvo al divisar a unos pocos metros el edificio de departamentos en el que vivía. Era un edificio viejo, con la fachada que se caía a cachos y una vieja caldera para calentar todo el edificio pero era barato. Aquel sitio era el único que podía permitirse con su sueldo de cajera si quería seguir alimentándose. ¡La vida era un asco! Sin estudios que le ayudaran a conseguir un buen empleo. Sin amigos que le apoyaran en los peores momentos. Sin un novio que también trabajara y contribuyera a que entre los dos pudieran pagar una vivienda digna. Sin familia a la que ir a llorar cuando se sintiera mal. Sin nada, ni nadie que pudiera ayudarla. Completamente sola en el mundo.
- ¡Ey, Kagome!- la llamó el casero- ¿qué horas son estas de llegar?
¿Y a él qué le importaba? Ella pagaba su departamento todos los meses sin retrasos, no molestaba a nadie y cumplía todas las normas del edificio. ¿Por qué demonios estaba siempre persiguiéndola por todas partes como un perro cabreado? No le dejaba respirar ni un solo segundo y parecía no quedarle claro que tampoco se iba a acostar con él porque se comportara como un auténtico hijo de puta.
- ¿La señorita se cree muy importante para contestar?
Se dirigió hacia las escaleras y cerró los puños a los costados para intentar calmar el mal genio que le provocaba aquel individuo.
- Vengo de trabajar, he salido tarde- mintió.
- ¿Te crees que eso me importa?- le espetó- aquí tenemos unas normas y una de ellas es que todos los inquilinos deben estar en su departamento a las diez de la noche- señaló su reloj- son las once y media, ¿te dice eso algo?
- Sí- le decía que era un capullo integral- que esa norma te la acabas de inventar por lo que todavía no es aplicable así que si no te importa- pasó junto a él- me voy a dormir.
- Un día de estos muñequita…
Un día de estos le iba a dar un puñetazo y le iba a romper la nariz para que aprendiera a meterse en sus asuntos y a dejarla en paz de una maldita vez. Al principio, era amable y educado con ella porque buscaba que le invitara al departamento y poder aprovecharse de ella. Ahora bien, ella estaba curtida en años con degenerados como esos y sabía cuál era su juego por lo que le había esquivado sin dificultades. Sin embargo, aquel energúmeno debía de haberlo interpretado como que no le gustaba que la trataran bien y se pensaba que tendría más posibilidades de follar si la puteaba. ¡Iluso! Había aguantado demasiadas vejaciones en su vida como para rendirse ante semejantes estupideces.
Abrió la puerta de su departamento con su ya oxidada llave y encendió la luz del salón que también era la de la entrada. El departamento no era gran cosa tampoco. Un salón del tamaño de un dormitorio, una pequeña cocina en la que apenas podía girarse sin chocar con nada, un baño que por suerte era de un buen tamaño y estaba bien puesto y un dormitorio más pequeño que el salón. Aquello era todo lo que podía permitirse trabajando ocho horas diarias, seis días a la semana.
Sintió el pelaje de su gato restregándose contra sus tobillos y se inclinó para cogerlo entre sus brazos.
- Buenas noches, Buyo.
El gato maulló de felicidad entre sus brazos y empezó a restregarse contra ella en busca de los mimos que tanto le gustaban. Buyo se estaba poniendo bastante gordo, podía notarlo al sostenerlo entre sus brazos. ¡Dichoso gato! Se alimentaba mejor que ella y todo porque ella no podía evitar mimarlo de todas las formas posibles. Lo había encontrado vagando por la calle en el mismo día que salió del orfanato y se había sentido tan identificada con él que lo había adoptado. Se gastaba verdaderas fortunas en pagar su veterinario, darle de comer y comprarle juguetitos pero no le importaba. Buyo era lo más cercano que iba a tener nunca a un hijo y pensaba consentirle en todos sus caprichos.
Dejó a Buyo sobre el pequeño sofá de color turquesa y fue hacia su dormitorio a cambiarse de ropa. Sustituyó el uniforme por una camiseta blanca de tirantes y unos short grises y se dirigió hacia la cocina mientras se ponía una chaqueta de chándal también gris. No le apetecía recogerse el pelo para cenar, ni darse una ducha antes de acostarse. Estaba muy cansada.
- Parece que Buyo ya se ha dado un atracón…
Como de costumbre, el plato del gato estaba impoluto mientras que ella se lo dejaba lleno hasta los topes cada vez que se marchaba.
- Vamos a ver qué hay en la nevera.
Al abrir la nevera se encontró con que no estaba especialmente llena, como de costumbre. Cenaría un vaso de zumo y un tapperware de ensaladilla rusa que tenía guardado. Por suerte, a Buyo no le gustaba la mahonesa por lo que no intentaría robarle algo de comida mientras cenaba.
- Hoy ha sido un día extraño, Buyo.
Se sentó sobre el sofá y probó su ensaladilla antes de continuar.
- Han intentado violarme cinco hombres- masticó- ¿te lo puedes creer? – le preguntó indignada.
El gato maulló como si estuviera dando su desacuerdo y se sentó sobre su regazo mientras escuchaba atentamente.
- Pero no han podido hacerme nada- sintió como sus mejillas empezaban a arder- apareció un hombre muy apuesto y me salvó.
No pudo evitar sonreír y sonrojarse como una quinceañera al pensar en Inuyasha. Había prometido olvidarse de él, hacer como que nada de lo ocurrido en aquella noche no hubiera sucedido, ignorar por completo su existencia. Sin embargo, no podía olvidarse de Inuyasha, era una imposibilidad absoluta. Necesitaba volver a verle, escuchar su ronca y sensual voz, perderse en las profundidades de sus ojos y sentir una vez más la suavidad de sus labios contra los de ella.
- Buyo, ¿crees en el amor a primera vista?
Buyo giró la cabeza hacia la derecha como si no entendiera lo que acababa de preguntarle. Tampoco es que esperara que el gato fuera a contestarle.
¿Podía estar enamorada de Inuyasha? Nunca se había enamorado de nadie o por lo menos no en serio. En el orfanato le gustaba otro niño y sabía que ella a él también pero cuando se descubrió la verdad se dedicó a tirarle de las trenzas y a empujarla por los pasillos. Era extraño porque estaba completamente segura de que le gustaba a todos los niños del orfanato pero ninguno de ellos quería saber nada de ella. Siempre le había ocurrido eso en todos los sitios a los que iba. Las mujeres la observaban con envidia y repulsión y los hombres con deseo totalmente contenido. Era como si desearan poseerla tanto como alejarse de ella. Inuyasha, en cambio, parecía dispuesto a arriesgarse con ella hasta el final. Parecía querer algo en serio con ella, no lo que buscaban la mayor parte de los hombres.
¿Estaba enamorada? Eso era aún un misterio. Lo que sí que estaba claro es que Inuyasha provocaba un efecto muy fuerte en ella y que no podría olvidarlo tan fácilmente. Ahora bien, ¿volvería a verle? No le había pedido un número de teléfono (aunque ella no tenía), ni su dirección. A lo mejor no le interesaba tanto como ella pensaba.
- Buyo, estoy hecha un lío.
Se terminó su ensaladilla rusa y agarró el mando de su viejo televisor para intentar desconectar un poco con algún programa. Había películas ya empezadas, programas de cotilleos realmente aburrido y tele tienda. Sí, la tele tienda derretiría lo suficiente su cerebro como para hacerle olvidar a Inuyasha durante unos minutos. Escogió el canal treinta y cuatro porque siempre sacaban objetos de joyería. Le encantaba ver esas joyas tan bonitas aunque ella nunca pudiera tener unas.
El primer anuncio que vio trataba sobre una preciosa sortija con zafiros incrustados. Era una auténtica belleza y le hizo desear tenerla en uno de sus dedos. Estaba imaginando cómo sería llevarla puesta cuando el anuncio cambió y salió un precioso colgante de oro blanco. ¡El colgante!
Dejó su vaso de zumo sobre la mesa y salió corriendo hacia su dormitorio, el lugar en el que había dejado su bolso. Rebuscó dentro del bolso y sonrió triunfante al palpar la cadena del colgante. Se había olvidado completamente del colgante cuando aquel ruido en la calle la asustó tanto. Por suerte, no le había asustado lo suficiente como para no guardarlo. Parecía un objeto muy caro y muy raro al mismo tiempo. La cadena era de oro macizo y seguro que era de muchos kilates. Pero el colgante parecía alguna clase de símbolo, como si fuera sacado de una hermandad. La forma de una daga con diamantes incrustados en la empuñadura y enmarcada por una perfecta circunferencia de oro. ¿Quién llevaría eso en el cuello? No necesitaba ningún experto para saber que era carísimo, ni ningún simbolista para asegurar que pertenecía a alguna clase de secta o hermandad.
- Nunca había visto nada parecido…
De repente escuchó un maullido de Buyo y se giró. El gato había sacado las uñas, tenía el pelaje en punta y observaba con los colmillos sacados el colgante que tenía entre sus manos. ¿Tanto alteraba ese artefacto a su gato? Nerviosa porque pudiera intentar atacar guardó el colgante dentro de su bolso y lo cerró. Buyo pareció calmarse al no poder verlo y se fue de nuevo hacia el salón.
Aquello había sido extraño. Sólo había visto a Buyo reaccionar de esa forma ante otros animales pero nunca hacia un objeto. Decían que los gatos eran inteligentes y sensatos además de astutos. ¿Debería hacerle caso y deshacerse del colgante?, ¿o solo la estaba engañando para añadirlo a su colección de objetos brillantes? ¡No! ¡No podía deshacerse del colgante! Podría ser de Inuyasha y gracias él se le presentaba una buena excusa para poder volver a verle. ¿Qué estaba diciendo? Si no sabía nada de él. ¿Cómo iba a localizarle? Tenía la cabeza echa un lío y encima estaba empezando a tener sed. Necesitaba tomar sus vitaminas.
- ¿Cuándo podré volver a verle?
Salió de su habitación con una mano en su frente por el terrible dolor de cabeza que la asaltaba y no le quitó el ojo de encima a Buyo mientras se dirigía hacia la cocina. El gato no parecía interesado en robarle el colgante pero ella le conocía bien y no pensaba confiarse ni un poquito mientras estuviera tan reciente.
Encendió la luz de la cocina y sacó de un armario una aspirina. Iba a tomársela con agua pero por qué no tomarla al mismo tiempo que las vitaminas. Total, eran líquidas y tomar agua antes le quitaría espacio. Abrió la nevera y sacó la botella que tenía reservada para las vitaminas. La rellenaba todas las semanas para asegurarse de que nunca le faltara y aunque era un poco caro, su cuerpo se lo agradecía cada vez que las tomaba. Se metió la aspirina en la boca y se llevó la botella a la boca para empezar a beber. Sabía muy bien y le costaba contenerse cada vez que las tomaba pero siempre encontraba el autocontrol suficiente para detenerse y guardar para el día siguiente.
- ¡Qué bueno!
Volvió a dejar la botella dentro de la nevera y se dirigió hacia su dormitorio para dormir y descansar el largo día. Al día siguiente empezaba a trabajar a las dos y tenía que preparar comida, ordenar su piso y lavar la ropa antes de marcharse de casa.
Apartó su futon para meterse dentro de él y sonrió cuando vio a Buyo acomodándose a sus pies. Iba a apagar la luz cuando en su espejo pudo ver que tenía los labios manchados. Manchas rojas de un líquido espeso y dulce. Se relamió los labios y se lamió los dedos con los que se había ayudado. A veces se sentía un poco vampiro y bromeaba consigo misma sobre el tema. Nunca había escuchado de ninguna persona que tomara sangre de vaca como complemento vitamínico. Aunque claro, los vampiros no existían, ¿no? No tenía nada de lo que preocuparse.
Continuará…
