Los Diarios de Grace Andrew

Historias dentro de la historia

Angie Jb /Angelina Velarde

2009 - Editado 2015

Parte 2


Albert resintió su respuesta más bien seca, pero estaba emocionalmente agotado y aceptó calladamente la petición de su tía. Volvió a su sillón, al tiempo que apoyaba su codo en el descansa brazos y giraba una pluma fuente en su mano sin perder de vista a la mujer.

La tía empezó a hablar pausadamente pero casi sin respirar, enfatizando cada palabra con un dejo de altanería que molestó mucho a Albert desde el principio.

- Tú representas a la sexta generación Andrew. El abolengo y la longevidad de tu genealogía son un privilegio del que pocos pueden jactarse. Siendo ahora el único heredero directo, tienes una responsabilidad adicional para consolidar tu descendencia manteniendo el respeto íntegro al pasado que nos precede.

Desde pequeño fuiste educado para ser la cabeza de la familia, y sabes de sobra que cómo tal, hay ciertas atribuciones que se esperan de ti. Una de estas se involucra forzosamente con la cuidadosa elección de la mujer que será tu esposa y futura madre de tus hijos.

Debo recordarte William que seleccionar la esposa de un Andrew, no es meramente un acto romántico digno de un cuento de hadas, ¡estamos hablando de la vida real!... tu deber se impone a las sensiblerías del corazón y a lo que supongas sentir… es innegablemente un asunto serio,… y realmente lamento tener que ser yo quién te ponga los pies en la tierra y te aclare que Candy no es la persona correcta y que no lo será por su temperamento explosivo y digamos un tanto cuanto… "silvestre".

Albert no podía creer todo lo que su tía estaba diciendo. No sabía si reír o llorar. Pasó una mano por su cabello y respiró profundamente decidido a escuchar hasta la última palabra, disparate tras disparate. En un murmullo creciente y claro la tía Elroy continuó exponiendo sus pensamientos sin querer percatarse de la creciente ira que invadía a Albert.

- …Una señora Andrew debe enorgullecer al apellido, debe distinguirse en cualquier círculo social por su belleza, por su refinamiento, por sus exquisitos modales y amplia cultura…

Lleva junto con su esposo el peso de la integridad y continuidad de la familia, la transmisión de las buenas costumbres, la educación de los hijos, la administración de los recursos,… ¡la cara ante la sociedad!

Por generaciones, las señoras Andrew se han caracterizado por ser damas en toda la extensión de la palabra…, con su sola presencia inspiran respeto hacia el apellido Andrew, y no burlas y risotadas a costa de las banalidades de personas como Candy, quién es buena persona nadie lo niega, pero que no está educada ni tiene una personalidad propia para estos menesteres... Una enfermera… ¡por Dios!

Albert crispó una de sus manos sobre la rodilla. Pero la tía ni siquiera lo miraba, hacerlo podía haberla conmovido o alertado y no podía detener el flujo de sus pensamientos ahora, no debía… Terminó parada frente a la ventana desde donde continuó dirigiendo toda su perorata a la oscuridad y la nada, con la intención de que la verdad cayera por su propio peso sobre las fantasías de ese hombre que se comportaba como un muchacho inexperto…

- …En conclusión William, tu deber es casarte bien. Escúchame bien, ¡TU DEBER! Y casarte bien implica elegir con sobriedad y fríamente a la mujer que será la madre de tus hijos, de los futuros Andrew.

No puedes involucrar el corazón William, aunque te parezca difícil y cruel. Felizmente, con tu padre no pasó lo mismo ya que se enamoró de una dama que cubría todas las expectativas del perfil requerido...

Ahora, por duro que te parezca debes anteponer tus deberes a tus sentimientos.

Hiciste todo lo humanamente posible por Candy, e incluso más de lo necesario. Le diste estudios, le diste compañía, ¡le diste tu nombre!.. Es suficiente, y si me lo preguntas hasta excesivo, ella puede darse por bien servida y tú puedes sentirte liberado de cualquier compromiso que imagines tener con ella.

Es tiempo de dejar este jueguito sentimental William…, estoy segura que incluso la misma Candy te lo va a agradecer a la larga, porque no resistirá verse sometida permanentemente al escrutinio, a las exigencias y a las críticas certeras de la sociedad en la que deberá desenvolverse...

La anciana calló. No lo reconocería ni a sí misma, pero estaba agotada. El planteamiento de su postura había sido impecable, y aunque sentía sobre sus hombros la mirada densa de su sobrino, esperaba que ni siquiera considerara darle el beneficio de la duda. No estaba ahí para hacer "sugerencias"… saldría de ahí con la reivindicación del buen juicio de su sobrino. Simplemente, no había otra opción.

Albert también guardó silencio un momento mirando fijamente hacia un punto tras su tía, en las sombras del paisaje nevado tras la ventana… La desilusión, la ira, el hartazgo subía y bajaba por su pecho igual que su respiración. Esa "dama" no había escuchado una palabra de todo lo que él dijo, o peor aún, lo escuchó pero no le importó tirar sus más profundos sentimientos a la basura.

Cuán iluso fue al abrir su corazón, para recibir a cambio una bofetada plena de insensibilidad: seca, dura, demasiado lejana para considerar a esa persona como algo suyo…

Elroy por su parte, lo miraba con esa calma que da la autoridad y la convicción, según su criterio, de que todo lo que acababa de decirle era por demás indiscutible y apropiado, y que no había más qué rebatir ante semejantes argumentos. Sostendría su postura por más daño que pareciera resentir Albert. Ya se le pasaría. En un futuro el entendería, se repetía la anciana, en un futuro le daría la razón…

Entonces, sin más, Albert cerró los ojos e inesperadamente recorrió con fuerza su brazo cuan largo era por toda la superficie del escritorio, tirando al suelo lo que encontró a su paso en medio de un desordenado estallido de cristales, chorreo de tinta y volar de documentos que terminaron esparcidos a los pies de la anciana… Elroy parpadeó visiblemente sorprendida, palideciendo. Su corazón latía acelerado y temeroso, aunque hizo lo posible por controlarse y fingir tranquilidad.

Él se puso en pie tras el escritorio y se apoyó inclinándose hacia la tía,… elevando poco a poco el tono de su voz, dio la única respuesta que podía ofrecerle:

- Me parece que no ha entendido el sentido de esta conversación… déjeme explicárselo con brevedad: ¡NO NECESITO SU ANUENCIA, Y DESPUÉS DE ESCUCHAR TODA ÉSTA MONSERGA, NI SIQUIERA DESEO SU OPINIÓN…!

Se irguió sin perderla de vista, y continuó

- La boda se celebrará lo crea o no conveniente... Yo no la estoy relegando, sino al contrario, mi intención ha sido darle su lugar pero… usted… ¡USTED!... - Albert sacudió la cabeza desesperado - …en todo caso, usted decide si se excluye a sí misma y por lo tanto, será su decisión si prescindimos o no de su presencia en uno de los días más importantes de mi vida… ¿queda claro?

La voz de Albert temblaba de impotencia ante la mirada indoblegable de esa mujer, quién irónicamente era, "lo más cercano a una madre que tuvo en los últimos años…" ¡Estupideces! Pasaba pocas veces pero desgraciadamente, George se había equivocado. Solo ella era capaz de sacarlo de sus casillas de esa forma. Furioso, le espetó cruzando los brazos tratando de controlarse.

- No sé de dónde ha sacado que puede dirigir mi vida a su antojo… ¡menos con esos criterios tan obcecados!... Nunca antes lo ha podido lograr… ¿Es tan ilusa en creer que lo permitiré ahora?… pareciera que no me conoce "señora"… Y tía, le ruego… ¡NO!... – Albert empezó a gritar sin darse cuenta -, ¡LE EXIJO QUE NO INTERVENGA MÁS SI ES PARA CONTINUAR OFENDIÉNDONOS CON INSULTOS INDIGNOS DE UNA VERDADERA DAMA! Porque usted lo es ¿no es cierto?...o por lo menos es lo que yo siempre había creído….

Pasaron instantes de gran tensión entre ambos. La tía sentía como la indignación y el coraje invadía todo su ser. Las lágrimas pugnaban por salir pero su orgullo, su enorme orgullo que era su mayor fortaleza, las contuvo. No iba a mostrarse débil precisamente ahora.

Después de unos segundos de denso y hosco silencio, Albert sonrió sarcásticamente, y viéndola con desprecio añadió con voz clara:

- ¿Sabe? De antemano sabía cuál era su postura en todo esto, pero tenía la necia esperanza de estar equivocado… Le agradezco que haya mostrado sus cartas… ahora sé a qué atenerme… y creo que usted también lo sabe.

Iba a decir más pero no pudo continuar, seguir en la misma habitación le provocaba náuseas. Ni siquiera le dispensó una última mirada de desdén antes de salir del despacho y de la Mansión Andrew.

En cuanto Albert abandonó la habitación, Elroy se cubrió la cara con ambas manos. Lloró en silencio por horas hasta ya avanzada la noche, cuando no tuvo más fuerzas para continuar. William no regresó a dormir a la mansión ese día, ni el siguiente. Una semana después, su habitación continuaba vacía. Sin noticias del joven y más sola que nunca, una remota posibilidad de haberse equivocado cruzó por la mente de la tía Elroy… tan brevemente que justo al momento lo olvidó, reinstalándose en su resentimiento por la ofensa de la que creía fue objeto, "por el simple y natural hecho de hacer lo correcto…"

Aquella noche, Albert salió con una tristeza amarga en el pecho de la cual no podía deshacerse, porque algo más fuerte que la angustia le impedía llorar. Manejó su automóvil tratando de no pensar. Le agobiaba la respuesta de su tía. Y ese agobio le encolerizaba aún más. Había apostado a la posibilidad de un cambio, de un atisbo de humanidad, de poder sensibilizar su corazón… y ahora se recriminaba incluso haberlo intentado…

Como autómata condujo recorriendo ese conocido trayecto sin titubear un momento. No había otro lugar a donde quisiera ir.

Media hora después, estacionó su auto cerca del viejo edificio de departamentos que tantos años compartió con ella, y descendió cerrando la puerta de golpe. Sus pasos al principio comedidos, fueron aumentando en velocidad y recorrió escaleras y pasillos corriendo hasta llegar a su puerta. Ahí se detuvo, jadeando. ¿Qué estaba haciendo? Candy se preocuparía al verlo en ese estado… lo más prudente era irse, pensar bien las cosas, calmarse…

La joven apareció en el umbral abriendo la puerta sin ningún aviso previo sorprendiendo a Albert en medio de sus cavilaciones. Ella reconoció sus pasos y esperó en vano que tocara la puerta para anunciarse. Entonces lo supo. Algo estaba mal. Candy se angustió al corroborar su presentimiento en el semblante sombrío de su novio, pero no era momento de derrumbarse… debía ser fuerte para él.

Albert se introdujo en silencio al departamento cerrando la puerta tras él. Atrajo a la chica arropándola en su pecho y besando su cabello, en un intento por tranquilizarse. Ella sintió su cuerpo helado y tenso, y empezó a acariciarlo para hacerlo entrar en calor. Sus manos suaves recorrían despacio la espalda de Albert, mientras descansaba su cabeza sobre su pecho escuchando como se normalizaba poco a poco el ritmo de sus latidos. No intercambiaron una palabra, y permanecieron abrazados escuchando sus respiraciones hasta que Albert se hubo serenado lo suficiente. Entonces la separó un poco y atrapó su boca desahogando sus angustias en un beso ávido y poderoso que no parecía terminar…

Candy sonrió enamorada y tomó por sorpresa su labio inferior para regalarse un cálido beso, aunque más breve.

- Ven… – dijo ella con ese tono tan íntimo que le encantaba a Albert, invitándolo a pasar tomando su mano y jalándolo con sutileza lentamente hasta la pequeña salita.

Cuando ya estaban instalados en el sofá Albert la abrazó de nuevo con mayor tranquilidad. Tras una profunda exhalación se reanimó… Todo estaría bien.

Candy sabía que Albert se había entrevistado con la tía Elroy horas antes, ambos habían coincidido en no demorar más esa reunión… y aunque reconocían que no sería fácil, sucediera lo que sucediera era claro que ninguno estaba dispuesto a renunciar al otro. Ella intentó sonreír a pesar de la preocupación que la invadía. Conocía muy bien a la tía Elroy, le enfurecía tan solo imaginar todo lo que seguramente le había dicho a Albert para ponerlo en ese estado…. Esa señora no se daría por vencida así nada más… pero no podía decirle eso a Albert por más obvio que pareciera…

- La tía entenderá amor… algún día lo hará… - dijo Candy sobre su pecho, tratando de convencerse a sí misma de sus palabras. El empezó a jugar con su cabello, enredándolo y desenredándolo entre sus dedos con delicadeza.

- Lo dudo linda, pero ya no me importa que entienda. Por lo menos lo intenté… - su voz se endureció al añadir -… No dejaré que nadie te moleste.

- Nadie me molestará Albert…- respondió Candy con seguridad

- Y si ella te busca para convencerte… - insistió Albert

- No me convencerá… – le dijo sonriendo y tocando levemente su barbilla con el índice. Albert la miraba intensamente - …cariño, la única persona que me puede apartar de ti, eres tú mismo… y creo que no tienes esa intención ¿verdad?

- Pues, no sé… ¡esto se está complicando excesivamente!… francamente ya no estoy tan seguro…– contestó titubeando y contemplando el techo, al tiempo que sonreía esperando la reacción de Candy, relajado por primera vez en aquel día…

Antes de que Candy protestara golpeándolo con el cojín de la sala, Albert atrapó nuevamente sus labios en un largo beso, deleitándose en el sabor y la suavidad de la joven. Lenta y profundamente el calor los invadió, envueltos en un abrazo posesivo. Albert no la soltaba. Sus grandes manos sobre la espalda de Candy la sostenían firmemente pegada a él, mientras pretendía forcejear y finalmente se rendía abrazada a su cuello, acariciando su nuca, su sedoso cabello, sus mejillas y luego otra vez sus hombros, su cabello…. A Albert lo hechizaba la adorable entrega de Candy, quien correspondía a todos y cada uno de sus besos… Sintiéndose observado abrió los ojos y ese verde profundo lo embriagó arrancándole un hondo suspiro… Ella ocultó un poco su cara sofocada en el pecho de Albert… el calor en sus mejillas era intenso pero su sonrisa coqueta delataba cuánto le encantaba perderse continuamente en esas situaciones... Él se acercó nuevamente a su boca, pero no la besó… apenas un poco alejado de sus labios le dijo correspondiendo a su sonrisa

-…Jovencita, yo seguiré junto a ti y a tus pies, mientras tenga vida,… y aún después…


Albert se mudó por un par de días a la casa de George y luego rentó un piso en uno de los edificios más céntricos aunque aústeros de Chicago. Ordenó que enviaran parte de su ropa desde la Mansión, para eliminar la posibilidad de encontrarse con la tía. Había tenido suficiente de esa "fina dama". Estaba muy dolido y harto de ella, como para darle la oportunidad de marearlo nuevamente con sus alegatos sin sentido, por lo menos para él.

George no tuvo más remedio que concederle la razón a Albert. La tía había sobrepasado varios límites y el consecuente alejamiento sería duro pero, como sea lo merecía. El tiempo la volvería a la cordura, estaba seguro, aunque esperaba que no fuera demasiado tarde para limar asperezas con su sobrino. Las palabras mal intencionadas, continúan haciendo estragos en la mente mucho tiempo después de haberlas escuchado. Más aún cuando no media ni una disculpa sincera. Y lo peor del caso, era que la tía Elroy no admitía culpa alguna, más al contrario consideraba que la ofendida era ella…

Para George era evidente que el anuncio oficial del compromiso de Albert y Candy se complicaría con la postura en contra de la tía Elroy. Muy a su pesar, incluso Albert admitía que la ausencia de la señora pesaría sin dudarlo. La situación se dificultaría mucho, a menos que alguien interviniera….

George sonrió levantándose de improviso de su sillón ejecutivo… ¿cómo no lo pensó antes?