Gale.
¡Carajo! ¡Mierda, mierda! Mi mente es un remolino y aprovecho a maldecir en ella todo lo que no puedo en voz alta. Odio al Capitolio, odio al estúpido Undersee, odio a esa perra de cabello rosa que se encarga de asegurar que la suerte va a estar siempre de mi parte. Porque no lo está, y mientras la maldita dice el nombre de Katniss, me pregunto qué pasará si me le tiro encima para matarla. Sin embargo, no lo hago, porque estoy demasiado pendiente de mi mejor amiga para pensar en el plan más rápido para conseguir asesinarlos a todos los del Capitolio antes de que estos juegos se celebren.
Ella empieza a caminar hacía el escenario y todos a mi alrededor murmuran. Todos somos conscientes de que ella es fantástica, de que ha hecho todo para sacar adelante a su familia, de que se merece mucho más de la mierda que está apunto de recibir por parte de la basura del Capitolio y entonces... entonces pasa la cosa más inesperada del mundo. Primero, veo la cabellera rubia deshacerse de todas las manos que la sujetan, la veo plantarse frente al escenario con ademán protector.
El mismo ademán protector que pone cada vez que alguien quiere herir a Lady o a Buttercup. Entonces, alza la voz con una fuerza que jamás pensé que aquella pequeña niña tuviera. Mis ojos se abren como platos y corro a través la multitud, tratando de evitarlo, pero sé que llego tarde cuando todos murmuran con asombro, con miedo, con tristeza. —¡Me presento voluntaria!— grita, y se le va un poco la voz, así que confirma una vez más mientras el terror sube a través de mi pecho. —¡Me presento voluntaria como tributo!—.
Me siento repentinamente mareado y los ojos de Katniss me buscan para que la ayude a parar esta locura, pero sé que una vez que lo ha dicho, no hay vuelta atrás. ¿Qué haré? ¿Cómo podré ayudarla? La bilis sube hasta mi garganta mientras pienso qué haría si fuera Rory quien se presentara voluntario por mí. Mi pequeño hermanito de once años, que aún no puede estar en la cosecha. Trago en seco y me aferro a mis manos con fuerza, el dolor me ayuda a recordar.
—¡Espléndido!—exclama Effie Trinket—. Pero creo que queda el pequeño detalle de presentar a la ganadora de la cosecha y después pedir voluntarios, y, si aparece uno, entonces... —. deja la frase en el aire, insegura. Pienso que quizás, eso será más que suficiente para evitar que la catástrofe ocurra, pero entonces, el alcalde interviene.
—¿Qué más da?—. Puedo ver en sus ojos la pena que le conlleva el aceptar a la menor de las Everdeen como tributo. Porque no está bien, no se supone que siquiera pase en nuestras pesadillas. Si /nosotros/ caíamos en los juegos, el otro tenía la obligación de mantener a la familia del otro, pero, ¿qué hago para proteger a la pequeña, dulce, Prim, de esos horribles juegos? Trago en seco y espero, presa de todo pánico imaginable. —¿Qué más da?—. Su tono es brusco, desafiando a la perra de la peluca. —Que suba—.
—¡NO!— El rugido atronador de Catnip se escucha, pero Prim no la voltea a ver, subiendo cada paso con rapidez, como si temiera que fueran a arrepentirse, a permitir que su hermana termine en la arena. —¡NO, PRIM!— Corro, sujetando a mi mejor amiga entre mis brazos, y ya sé qué es lo que tengo que hacer, pero asusta. Asusta tanto que temo perder mi oportunidad por el miedo, además de la distracción que supone tomar tan fuerte a la castaña que forcejea e intenta golpearme para que la deje ir.
—Me apuesto los calcetines a que esa era tu hermana—. Asegura la... Effie. —No querías que te robara la gloria, ¿eh? Vamos a darle un aplauso a nuestro último tributo—. Me le quedo viendo tan fríamente que espero que se congele, le arrancaría la cabeza, juro que lo haría, pero no le haría bien a nadie. Cuando consigo poner a Katniss, aún desesperada entre los brazos de su madre, me volteo para ver la reacción de nuestra gente.
Nadie está aplaudiendo, ni siquiera aquellos que se atreven a apostar con los resultados de los niños, aquellos que no tienen nada que perder. Es obvia la razón: Quien haya intercambiado al menos una sola palabra con Prim, sabe que quererla es automático. Es probablemente mejor persona que todos los que alguna vez haya conocido, tierna, joven... tan pequeña. Suspiro con resignación cuando algo inconcebible pasa: primero una persona, después otra y al final, casi todos los que se encuentran en la multitud se llevan los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y después, señalan a Prim con ellos. No puedo decir que los sigo, estoy demasiado conmocionado; es un gesto antiguo de nuestro distrito que a veces se ve en los funerales; es un gesto de dar gracias, de admiración, de despedida a un ser querido.
En ese momento, el maldito ebrio que será mentor de la niña, se alza. Primrose no ha llorado y es algo que admiro profundamente, pero quiero asesinar al bastardo por acercársele. ¿No ve que está ya en un estado demasiado roto como para además, acercarse a molestarla?
—¡Mírenla! ¡Mírenla bien!—. bramó, abrazándola y el rechinar de mis dientes me sorprendió. Sí, ya había tomado la tarea de proteger a Primrose contra todo, pero, ¿eso incluía a su futuro mentor? —¡Me gusta... mucho! —Estaba tan borracho que apenas se le distinguían las palabras y el asco subió a través de mi garganta como si fuera bilis. —¡Coraje... más que ustedes! — la soltó, sólo para robarle el micrófono y entonces, hablar de nuevo. —¡Más que todos ustedes! — Señaló a la cámara, pero no era tan idiota para dirigirse así el capitolio en voz alta. ¿O sí? Me pregunto si yo habría hecho lo mismo estando en su posición.
Sin embargo, eso no puede durar por siempre, y acaban llevándose al borracho en una camilla, mientras la mujerzuela del Capitolio da un paso al frente y vuelve a hablar, tratando de recuperar una atención que jamás fue suya. Me sudan las manos porque el momento se acerca y las limpio rápidamente sobre mi pantalón, con mis ojos fijos en los de Prim. Ella me ve con pánico y sé que ha tenido que leer mi mirada, porque ahora parece incluso más desecha que antes.
—¡Qué día tan emocionante! —exclama, mientras manosea su peluca para ponerla en su sitio, ya que se ha torcido notablemente hacia la derecha—. ¡Pero todavía queda más emoción! ¡Ha llegado el momento de elegir a nuestro tributo masculino! —Con la clara intención de contener la precaria situación de su pelo, avanza hacia la bol de los chicos con una mano en la cabeza; después coge la primera papeleta que se encuentra, vuelve rápidamente al podio y yo ni siquiera tengo tiempo para pensar—. Peeta Mellark.
Vaya. El panadero. Me imagino a Katniss teniendo que competir contra aquél sujeto, ella podría haberlo hecho fácilmente, asesinarlo y no mirar atrás, en cambio, Primrose no tendrá tanta suerte porque doy un paso al frente y exclamo: —Me presento voluntario como tributo—.
Rory, Vick y Posy. Ellos estarán bien, Katniss cazará para ellos y a cambio, yo haré lo único que me queda por hacer: Moriré para que Primrose vuelva a casa. La miro y veo la debilidad en sus ojos, es tan joven, tan linda. Conseguiré patrocinadores para ella. Haré que sea la estrella de esos bastardos, porque prefiero morirme a que la joven más dulce que jamás haya conocido, termine siendo una asesina despiadada como todos ellos.
Avanzo hacía el podio con toda la seguridad que puedo reunir. No lloro, ni lloraría jamás por esto, sabía que algún día iba a suceder, sabía que jamás me libraría de los juegos del hambre, así que sólo aumenta mi odio al Capitolio mientras camino hasta quedar frente a todos. Una vez más, todos repiten el saludo, pero esta vez es para mí. Volteo a ver a Prim y le guiño un ojo para hacerle sentir que todo irá mejor, aunque sé que es una sensación inútil.
El alcalde empieza a leer el largo y aburrido Tratado de la Traición, como hace todos los años en este momento (es obligatorio), pero no escucho ni una palabra. No puedo ver a mi madre, pero sé que debería. Hazelle, así se llama ella, tiene la edad de la mamá de Catnip y Prim, su cabello es castaño y tiene gestos amables. Esa mujer es una de las pocas personas a las que amo, mi ejemplo a seguir. Sé que entenderá por qué me iré y nunca volveré, pero no quiero ver su comprensión ahora mismo, o acabaré llorando en vez de juntar rabia.
Debe ser difícil comprender cómo vivimos para todos los que están afuera de este escenario, nadie debe entender, en los demás distritos, porque alguien como yo se presenta como tributo, porque tampoco deben de imaginar que estoy yendo a morir. Desde que tengo 13 años, yo soy la cabeza de mi familia, es porque he tenido que serlo. Mi papá era un minero, un hombre honrado y trabajador que me había enseñado a cazar con cuchillos, yo aprendí a hacer trampas por mí mismo.
Cerca de la Veta hay un lugar conocido como "La Pradera", ahí, todos aquellos que tienen agallas se acercan a recoger frutos. Yo tuve que hacer más que eso, adentrándome en los bosques y matando cualquier animal para poner comida en el plato de mi familia; mi mamá se puso a trabajar a los dos días de la muerte de mi padre, y por ende, yo también. En ese aspecto, siendo lástima por Catnip, espero que el perdernos a nosotros dos sea suficiente para reconciliarla con su madre.
Yo, por otro lado, no podría reprocharle nada a la mía. Me adentré en el bosque el primer día, soy silencioso, rápido y veloz. Las trampas mortíferas se me dan bien. Tendría una oportunidad de sobrevivir, si la quisiera. Pero no la quiero, porque es a la niña rubia de la cabra a la que mantendré viva. Prim me mira y hace algo qué, nadie jamás en los distritos, ha hecho hasta ahora. Toma mi mano mientras el gobernador habla, y yo aprieto la suya con cariño real. La protegeré, no cabe duda de eso, pero: ¿estará pensando ella en matarme? No. Sé que no, la conozco... ¿qué pasaba por su cabeza al ofrecerse voluntaria?
Sé que quería salvar a Katniss, pero mi mejor amiga tenía más probabilidades de sobrevivir que su tierna hermana. Primrose no mata a una mosca, la he visto llorar cuando alguna vez la tratamos de enseñar a cazar. Esto va a ser difícil. El alcalde termina su discurso y nos indica que nos demos la mano, pero en vez de eso, atraigo a la pequeña rubia hacía mi y la abrazo hasta que me indican que tengo que soltarla.
—Eres valiente, Prim—. Susurro, aunque tengo miedo de que ella se rompa. No lo hace, pero me mira a los ojos con una intensidad que quita el aliento mientras retrocedo una vez más. La voy a salvar, cueste lo que cueste, y sé que mi mente ya planea como asesinar a otros veintidós jóvenes desconocidos sin que ella tenga que ensuciar sus manos.
