II

Un mundo de sombras, de grises y negros. Quizá sería más apropiado comparar lo que veía con un teatro.

Por encima de esa oscuridad se arrastraba un niño pequeño y débil. Se imaginó que las líneas blancas que corrían hacía abajo desde varios puntos en su cuerpo, la cabeza, un brazo y el pecho, representaban sangre. Cayó al suelo, se levantó con un gran esfuerzo. Volvió a caer. Y, aun así, siguió adelante. Siguió esforzándose. Suya era una determinación que rozaba la locura.

Y, ¿todo eso porque?

Se estaba acercando a algo. A alguien.

El charco de sangre debajo de esa persona tenía la forma de la luna fragmentada, la cual observaba todo desde los cielos.

Jadeó, se despertó de repente, de pie.

Había una extraña a su lado, con la mano en su hombro. Le había dicho algo. Jaune gruño y la empujo, sorprendiéndola hasta el punto que perdió el equilibrio.

—Lo siento—dijo, sin saber muy bien porque sintió la necesidad de disculparse—. Me asustaste.

—No pasa nada—dijo la chica, y lo más sorprendente es que parecía que hablaba en serió—. Solo quería decirte que el auditorio está vacío. Los demás ya se han ido.

Jaune pestañeo, miro alrededor. Era cierto. Y había perdido de vista a Ruby.

La chica que le había despertado era más alta que él, una pelirroja con coleta y armadura. Aunque no se parecía en nada a la suya. Reconocía ese estilo de armadura, o al menos creía reconocerlo, pero no sabría decir de donde venía. Bueno, no es que tuviera alguna importancia. No merecía la pena esforzarse por recordarlo. Era inevitable que volvieran a verse, pero seguramente no volverían a hablar.

Muchos la habrían llamado hermosa. El simplemente se preguntó cómo podía quitársela de encima lo más rápido posible sin causar una escena.

Cuando se dio cuenta de que no podía hacer tal cosa, le costó bastante no mostrar su irritación en el rostro.

—Gracias—dijo—. Tú sí que sabes donde tenemos que ir, ¿no?

—Claro. —Asintió—. Te guiare encantada.

Emprendieron el camino a… donde fuera.

—¿No pudiste dormir por los nervios?—le pregunto.

—¿Que?

—La noche anterior, quiero decir.

Jaune resoplo.

—Que va. Estaba nervioso, lo sigo estando. Pero no por venir aquí. Y eso no afecto nada a mis horas de sueño. Es solo que no duermo bien. Hace tiempo que no lo hago.

—¿Por qué estas nervioso?

—Esa es una pregunta demasiado privada, ¿no crees?—añadió—: Sin ánimo de ofender.

—Entonces empezare con una más apropiada. ¿Cómo te llamas?

Cállate, pensó. Cállate de una vez. ¿Es que no ves que no quiero hablar contigo?

—Jaune Arc. ¿Y tú?

—¿Disculpa?

—¿Y tú?—repitió. Tener que hacer solo aumento su irritación. Ella, por alguna razón, parecía asombrada.

—Pyrrha Nikos. Encantada de conocerte.

—Ya. —Era una respuesta ambigua que podía interpretar como quisiera. No iba a ir tan lejos como para dejar que «yo también» pasará por sus labios, eso sí que no. No le gustaban los mentirosos. No lo habían hecho desde siempre, incluso antes de…

Deja de hacer eso, se gritó a sí mismo. Pero eso era tan inútil como intentar parar una ola con las manos. Después de todo, entrar en Beacon era como desenterrar su pasado, solo que no lentamente, poco a poco, trozo de tierra por trozo de tierra, sino que de golpe. Sin darle tiempo a prepararse para lo que encontraría debajo, ya fuera un cadáver pudriéndose, ya fuera un manojo de huesos. O nada más que polvo.

No, era incluso peor que eso. Su pasado y su futuro, su destino, estaban colisionando. Destrozándose entre ellos. Y no había forma de saber que permanecería cuando se disipara el humo.

—Jaune.

Dio un respingo.

—Te estabas volviendo a dormir. O eso me pareció. No me conoces, ¿verdad?

—Pues no.

—¿Lo dices en serió?

—Ya te lo he dicho. No. Antes he tenido que tratar con una niñata que cree que el mundo gira a su alrededor a causa del prestigio de su apellido, así que si eres igual que ella, piérdete.

—No me mal intérpretes. Es solo que… me sorprendió. En el buen sentido.

—Ajá. —Quizá no debería haber sido tan seco, pero estaba poniendo a prueba su paciencia. De hecho, ya estaba cerca del punto de ebullición.

—Soy un poco famosa —se explicó como si le hubiera hecho una pregunta—, así que estoy acostumbrada a que… bueno…

—A que besen el suelo donde pisas—ofreció Jaune. Cualquier cosa para hacer que se callara más rápidamente.

—Sí. No quería decirlo así, pero tienes razón.

—Puede asegurarte que no tendrás ese problema conmigo, al menos.

Pyrrha sonrió.

—Ya lo estoy viendo—respondió en una voz suave.

Por fin llegaron a su destino, el cual resultó ser un salón de baile. Si no se equivocaba. No era precisamente una persona que acostumbraba a atender a bailes.

Se despidió de ella con un movimiento de la cabeza y se puso a buscar un sitio donde poner sus cosas y dormir cuando llegara la noche.

No pudo evitar fijarse en que muchos ojos siguieron sus movimientos, en los susurros y los comentarios indiscretos. Parecía que esa tal Pyrrha le había mentido. Era bastante famosa, no solo un poco. Tendría que buscar su nombre en su pergamino. Solo por saber.

Proteger a Ruby Rose era su trabajo, pero quizá era alguien a quien le convenía tener al lado de Ruby para hacerlo si él no estaba presente por alguna razón.

Además, siempre merecía la pena saber más sobre las personas con las que viviría durante cuatro años que podían ser una amenaza.

Al principio busco un sitio cerca de Ruby, pero había llegado demasiado tarde, parecía que tendría que conformarse con el que encontrará. Solo podía culparse a sí mismo por eso. Lo sabía, pero… Chasqueo la lengua.

Se sentó sobre la manta, coloco la espalda contra uno de los pilares. Miro alrededor. Como esperando que alguien saliera de su escondite y le atacara. Sacudió la cabeza, saco su pergamino y busco el nombre de Pyrrha en la red. De ese modo descubrió que era cuatro veces campeona de no sé qué torneo en Mistral. De eso le sonaba la armadura. De Mistral.

Parecía que no se había equivocada. Ella sería una aliada conveniente, había valido la pena no seguir su primer impulso. Es decir, mandarla a la mierda. Si podía conseguir que se hiciera amiga de Ruby… como mínimo que acabara en su equipo y ellas dos hicieran el resto, se quedaría más tranquilo.

Pero era inútil pensar sobre eso ahora, pues no tenía ni idea de cómo se distribuían los equipos. Puede que fuera cuestión de elección, puede que lo hicieran al azar. A saber. Especular estaba bien, diría incluso que era saludable. Pero no tanto cuando no se tenía siquiera una pizca de información.

Clavo los ojos en Ruby. Reuniendo el poco valor que poseía un cobarde como él, se puso de pie y se acercó a ella. Tenía que arreglar las cosas. Si las dejaba así hasta mañana… No quería pensar en cómo se solidificaría la opinión de Ruby sobre él.

Estaba hablando con su hermana, con Yang, de algo. No sabría decir el que. Le pitaban los oídos. Sentía que se ahogaba. Después de su primer encuentro, se había sentido aún más atraído a ello. Pero había sido una estupidez pensar que había dejado atrás el miedo. Nunca se iría, no en realidad.

Llego hasta ella. Se detuvo.

—¿Ruby?—la llamó. El pitido se fue disipando, como si su nombre fuese una palabra mágica.

Ella le miró. Parecía sorprendida. Y... Y, ¿qué?

—Ah, hola Jaune. —Por alguna razón, sus mejillas estaban muy rojas. ¿Acaso estaba enferma? Se le hizo un nudo en el estomagó al pensar eso—. ¿Qué tal?

—No me quejo. Oye, quería decirte que… lo siento. Por ponerme como me puse con Weiss. Solo quería defenderte, pero debería haberme comportado de otra manera. Es solo que yo, yo…—Aparto la mirada. Estaba al borde de las lágrimas.

—¿Te pasa algo con ella?—sugirió Ruby suavemente—. ¿O con su familia?

Jaune asintió. Era una buena excusa. Ciertamente mejor que cualquiera que podría habérsele ocurrido en su estado.

Ella con cuidado, tentativamente, le puso una mano en el hombro.

—Te entiendo. Bueno, no, no te entiendo. Ni siquiera te conozco. Pero… supongo que lo que quiero decir es que entiendo porque hiciste eso. O eso creo.

Hizo que girara la cabeza hacía ella. Su rostro se volvió una mezcla de vergüenza y preocupación.

—Jaune, estás…

—Lo siento. Sé que es una tontería, pero…—Se enjuago las lágrimas con las manos—. Lo siento. Lo siento. Por favor, perdóname.

(¡por favor, no me odies!)

—No llores. No, no hay nade que perdonar. De verdad. ¿Qué me hiciste? Nada. Debería darte las gracias. Bueno, ya te las di… pero gracias otra vez. Te las mereces—dijo tan atropelladamente que se quedó sin aliento—. Ay, no sé ni lo que estoy diciendo.

Jaune trago saliva. Se esforzó por recuperar el control de sí mismo. ¿Cómo iba a convencer a Ruby de que podía protegerla de lo que fuera si casi lo primero que había hecho delante de ella era derrumbarse como un bebe?

Estúpido. Estúpido.

—No pongas esa cara—murmuro—. Estaré bien. Supongo que habrá sido por los nervios, por el estrés. No tienes que preocuparte por mí.

Ruby asintió lentamente.

—¿Jaune?

—¿Qué?

Ella agacho la cabeza.

—Lo siento. Por juzgarte mal. Y gracias otra vez.

Jaune se quedó sin palabras. ¿Me está pidiendo disculpas a mí? ¿He oído bien? Ruby Rose era demasiado amable.

—No. Gracias a ti. Bueno, te dejó…—Miro a un lado. Yang le estaba mirando como si no llegaba a creerse lo que acaba de pasar. Y no era de extrañar. Después de todo, por lo que ella sabía, había conocido a Ruby hoy mismo. No había tenido tiempo para sentirse unido a ella. Ciertamente no hasta tal punto que se podría a llorar delante de todo el mundo—. Te dejó con tú hermana. Que te vaya bien. A las dos.

Volvió sobre sus pasos, se desplomo sobre su manta. Se sentía como si se hubiera quitado un gran peso de encima, pero no del todo bien. Eso tampoco era de extrañar. Esto, si podía llamarlo algo, solo era el comienzo. El primer día del resto de su vida. Por así decirlo.

Respiro hondo. Miro a la sabana que había debajo de él. Blanca por el lado en el que estaba sentado, y con dibujos de rosas. Por el otro, era de color rojo.

Se preguntó cuánto tiempo sería capaz de dormir esta noche. Y como lo haría.


Se dio cuenta de que estaba soñando, de lo que sentía y sentiría no era más que parte de una pesadilla. Pero eso no significaba que pudiera hacer algo al respecto. En realidad, dentro de su propia mente era más débil que en cualquier otro lugar o tiempo.

Le faltaba el aire.

El olor a sangre que flotaba en el aire estancado era lo bastante fuerte como para ahogarle.

El calor era insoportable. Y la presión de los…

Le faltaba valor para terminar ese pensamiento, aunque sabía de qué se trataba. Pero a su mente no le importaba lo que era capaz de soportar y lo que no, no hacía esas distinciones.

De, de los…

No.

De los cuerpos.

Chilló con todas sus fuerzas, con todo el aire que guardaba en sus pulmones. Se revolvió como loco, luchando por liberarse. De la presión y del calor y de la sangre. Pero por mucho que se moviera, no podía escapar. Y una parte de él lo sabía. Una parte de él era consciente que siempre estaría ahí.

(¡dejadme salir!)

Se sentía como un bicho que había sido atravesado con un palo y dejado en el suelo para morir, sin poder hacer algo al respecto, sin saber porque iba a morir siquiera. Alzo los brazos bien alto, como si pudieran extenderse y atravesar el nubloso tejado. Como si así pudiera aferrar algo en el cielo abierto que había al otro lado de él.

Jaune.

Una araña, ese era el nombre más apropiado para él, por cómo se retorcían sus brazos, todo su cuerpo.

Jaune, tienes que calmarte.

También oía algo, ahora que lo pensaba. Se parecía a la voz de -, pero no podía ser cierto. Estaba solo en su cabeza.

(¡dejadme salir!)

Tienes que calmarte. Solo fue una pesadilla, pero ya estás despierto, todo irá bien.

Jaune atravesó la superficie. Sus pulmones volvieron a llenarse de oxígeno. El mundo recobro la forma que debía tener, la que había visto anoche. Los violentos colores volvieron a su sitio, completando la imagen de lo que resultaron ser personas, no criaturas. Aspirantes a cazadores. Como él. Estaba

(¡no estoy muerto!)

destinado a convertirse en uno.

Notaba la cara caliente. Había estado llorando, lo seguía haciendo, en realidad. La boca torcida, entreabierta y su extraña postura le dijeron que no solo había estado gritando y retorciéndose en sueños.

Ruby Rose estaba encima de él, con las manos en sus hombros. Había estado intentando calmarle todo este tiempo. Parecía asustada, pero por una vez no era de él, sino que por él. Sus ojos estaban muy abiertos. Su respiración agitada.

—Menos mal—murmuro ella.

Jaune se aferró a un lado de su capa y lloro en su hombro. Aun temblaba, pero la razón era muy distinta. Si antes se había rendido al miedo, ahora se rendía al alivio. A la adoración. Si existía alguien en este mundo que pudiera salvarle de si mismo, ese era ella.

Ruby le abrazo con fuerza. No podía ver la expresión que tenía mientras tanto. Por un momento deseo hacerlo.

Oyó las burlas y las risas, indudablemente ella también. Sin embargo, ambos hicieron oídos sordos.


—Lo siento—se volvió a disculpar Jaune, caminando con ella y con su hermana a los casilleros para recoger sus armas—. Sé que no te gusta ser el centro de atención, pero ya es la segunda vez que te empujo ahí mismo.

Ruby aún tenía las mejillas coloradas. Le miro de reojo.

—No te disculpes. ¿Qué clase de amiga sería si te hubiera dejado sufrir solo?

Los engranajes de su cerebro se pararon en seco, con torpeza.

—¿Lo dices en serio? ¿Me consideras tu amigo?

—Por supuesto que sí. ¿Por qué no iba a hacerlo? A no ser que quieras serlo, claro. Que prefieras olvidarte de mí. Lo entendería.

—No, no, no, no. ¡Claro que quiero! Es genial.

No podía creerse que hubiera sido así de fácil, después de preocuparse por esto mismo tan duramente y por tanto tiempo.

Yang miro a su hermana, le guiño un ojo. Ruby se puso aún más roja. A este llegaría hasta el punto en el que podría confundirse con su capa, en el que nadie notaría si tenía la capucha puesta o bajada.

Era realmente preocupante. Algo pasaba aquí.

Se pararon de repente.

—Bueno, supongo que aquí es donde nos separamos—dijo Jaune—. Mi casillero está un poco más adelante. Hasta otra.

—Espera—dijo Ruby, agarrándole la manga de su camisa.

—¿Qué pasa?

—Se lo que se siente tener pesadillas tan horribles. Las tuve durante años, no me dejaban dormir. Así que, ya sabes, si alguna vez quieres hablar de ello, o simplemente desahogarte, siempre puedes contar conmigo.

Era muy amable por su parte, pero ¿cómo podía contarle la verdad? Si lo hacía, no volvería a mirarle con buenos ojos. Nadie podía ser tan amable. Ni siquiera ella.

—¿Jaune?

—No es nada. Creo… Creo que es inevitable que alguna vez se lo cuenta a alguien. Y si tengo que hacerlo, que sea a ti. —Sonrió—. Mi primera y única amiga.

—Eh, ¿y que soy yo?—protesto Yang—. ¿Un cero a la izquierda? Por lo que a mí respecta, los amigos de mi hermana también son amigos míos.

—Es cierto—añadió Ruby—. Eso se lo toma muy en serio.

Él asintió. Cualquiera persona con la que Ruby se llevara bien era una persona que merecía la pena conocer, así que no tenía ningún problema con aceptar eso.

—Gracias. Bueno, me voy.

—Hasta luego, Jaune—dijo Ruby, alegre y simpática como siempre.

—Sí. Hasta otra, Don Juan.

—Es Jaune—la corrigió mientras se iba. Sin darse la vuelta. No entendía porque había sentido la necesidad de referirse a él como Don, así que no comento nada sobre eso.

Especulo que era porque llevaba armadura como la de un antiguo caballero. De hecho, eso es lo que era. Así que en cierto sentido era un titilo apropiado para él. Lo aceptaría. Siempre y cuando no volviera a llamarle Juan. No le gustaba como sonaba ese nombre.

De camino a recoger su espada, se encontró con una agradable sorpresa y una desagradable, una justo al lado de la otra. Pyrrha Nikos, la famosa campeona. Y Weiss Schnee, mejor conocida como Blanca Nieves. ¿Y la guinda del pastel? Su casillero estaba entre esas dos.

Quizá estoy maldito, pensó no del todo en broma.

En fin. Valor y al Ursa. O como se dijera.

—…Estoy segura de que a cualquiera le gustaría unirse a alguien tan fuerte y conocido como tú—escucho a Weiss y no pudo creerse que alguna vez hubiera pensado que tenía una voz hermosa, aunque solo fuese por un segundo. La de Ruby era la verdadera belleza, todas las demás palidecían ante ella.

—Pensé depender de la suerte—respondió Pyrrha. Ni un asomo de irritación apareció en su rostro. Supuso que tenía práctica con eso, siendo quien era.

—¿Humm? ¿Significa eso que sabes cómo se asignaran los equipos?

—No a ciencia cierta. Pero tengo mis sospechas de que será algo aleatorio. Hasta cierto punto.

—Eso… eso sería horrible.

Jaune se colocó entre ellas en silencio. Inserto la llave en el agujero del casillero, giro, lo abrió. Ahí estaba su escudo y su espada. Justo donde los había dejado. Dejo escapar un suspiro de alivio.

Se conocían en conjunto como Crocea Mors, pero él no tenía ningún apego a ese nombre. ¿Reliquia familiar? No era más que una herramienta para matar.

Hola otra vez, Jaune.

Se ató la funda a la cadera. No metió la espada, sin embargo, sino que la levanto en alto, sujetándola con las dos manos.

—Una bonita espada, ¿no crees?—pregunto mirando a Weiss—. Es una reliquia familiar. Puede cortar lo que sea, eso te lo puedo asegurar. Madera, acero, metal…—Clavo los ojos en su cuello—. O la piel. Solo por poner un ejemplo.

El rostro de Weiss se ensombreció, pero era obvio que no tenía ganas de pelea, que la había acobardado.

—No tienes por qué jugar conmigo—su voz era inestable—. Lo entiendo, ¿vale? No volveré a molestar a esa chica. Ni a ti. Y espero que me concedas la misma cortesía.

Vale, se había equivocado. Aun le quedaba un poco de agallas.

—Que no te quepa duda—dijo Jaune, envainando la espada—. Espero que esta sea la última vez que nuestros caminos se cruzan.

—Lo mismo digo.

Weiss se dio la vuelta sobre un tacón, elegante como una bailarina. Y se alejó apretando los puños en un pobre intento de contener su ira.

—Debería agradecerte sin más—dijo Pyrrha—, pero… ¿qué paso ahí? ¿Qué tienes contra ella?

—La pille agrediendo a una persona que me importa profundamente—respondió sencillamente. Había decidido ser más amable con ella porque le convenía, pero eso no significaba que tuviera que darle tantas explicaciones.

—Esa chica de rojo. Como se llamaba… ¿Ruby?

Se había enterado. Claro que sí, todo el mundo le había visto derrumbarse y delante de quien lo había hecho. Y sino en la primera vez, seguro que en la segunda todos habían estado presentes y despiertos.

—Si—admitió.

—Debéis estar muy unidos. Sé que es feo por mi parte…, pero os envidio por eso.

Jaune se negó a responder, a hacer la pregunta que ella quería que hiciera.

—Aun así—dijo Pyrrha—, no tenías por qué recurrir a las amenazas. No quise unirme a ella a causa de su actitud, pero no creo que sea débil. Probablemente pasara la prueba de iniciación y se convertirá en nuestra compañera como cazadora. Todos estamos en esto juntos, incluso ella. No tenemos por qué llevarnos bien, pero al menos deberíamos ser corteses.

Cerró la tapa del casillero bruscamente.

—Pyrrha, no te ofendas… Pero no recuerdo haber pedido tu opinión. Manejare a ella y las personas como ella según como mejor me parezca. —Aunque sorprendida, por alguna extraña razón parecía contenta. Quizá sería mejor mantenerse alejado de ella, y mantenerla alejada de Ruby, después de todo—. Y me parece que ella no comparte tu opinión. Buena suerte, Pyrrha. Y adiós.

—Que a ti también te siga—respondió. Y le vio marcharse.


Volvió sobre sus pasos. A Ruby, su salvadora. Habían estado hablando de algo, pero se callaron en cuanto le vieron acercarse. Jaune aumento no haberse escondido para escuchar la conversación. Si resultaba que era importante… Pero ya era demasiado tarde para arrepentirse.

Se obligó a sonreír. Espero que le hubiera salido natural, pero le faltaba la práctica, así que no podía confiar en ello.

—¿Qué? ¿Estáis preparadas?

—Por favor. —Yang bufó. —Yo nací preparada.

—¿Para matar a Grimm? Sí, por supuesto. ¿Para conocer a gente nueva? En absoluto.

—No te preocupes—respondió—. Hare lo que pueda para que acabemos en el mismo equipo. Así al menos me tendrás a mí.

Ruby se puso roja. Vale, ahora estaba convencido de que pasaba algo de verdad. ¿Acaso estaba enferma? Se acercó, le puso la mano en la frente.

—¿Q-que estás…?

—Calla. —No tenía fiebre. La miró de arriba abajo. Decidió ser un poco más directo—. ¿Estás bien?

—Claro que estoy bien. ¿Por qué lo dices?

—Bueno, últimamente te pones muy roja. Y me estás preocupando. Si estás enferma, estoy seguro de que el Director te pondrá otra prueba en cuanto te mejores. No tienes por qué forzarte.

—No, no. —Le quitó la mano de la frente, se levantó la capucha. —En serió, estoy bien. No te preocupes.

No era muy convincente con sus mejillas ardiendo aún más intensamente que antes, pero lo dejo estar, asintió afablemente. Si quería afrontar la prueba de iniciación estando enferma, no podía hacer nada para detenerla. De todos modos, era admirable. Justo lo que se esperaba de ella.

Yang estaba luchando para contener la risa, a saber porque. ¿Era Ruby la única persona que había conocido en Beacon? Esto se estaba poniendo ridículo.

—Si estás segura. Vamos, entonces. Sería desagradable que nos castigaran o incluso expulsaran por no llegar a tiempo.

Ruby asintió varias veces seguidas. Tan rápidamente que se le cayó la capucha y tuvo que volver a ajustarla.

Jaune esperó de pie en su plataforma.

Ozpin estaba hablando, pero hacía caso omiso de sus palabras. Ya había oído todo lo que necesitaba saber. La prueba sería en el bosque Esmeralda, se formaban equipos de dos a base de primer contacto visual, en medió de los arboles había un templo con reliquias y había que recuperarlas. Probablemente así era como completarían los equipos.

Tal y como había pensado, no supondría ningún problema. De hecho, sería casi relajante.

Miro alrededor, escaneando los rostros y cuerpos de los que podrían llegar a ser sus compañeros. ¿Algunos de ellos habían salido a cazar a la tierra de los Grimm, sin nadie del que depender, nadie que les sacara las castañas del fuego en el último momento? Lo dudaba. Pero el sí, para él había sido una experiencia diaria. Había vuelto a nacer en

(¡Dejadme salir!)

esa sucia oscuridad.

Se miró las manos. Las movió, las apretó, hizo sonar sus nudillos. Sí. En comparación, esto sería un juego de niños.

Levantó la cabeza.

Ruby estaba justo a su lado. Parecía preocupada, probablemente por la de la asignación de los equipos. Se le paso por la cabeza que a lo mejor estaba pensando en él, en sus pesadillas… Ese pensamiento, al mismo tiempo, le lleno el pecho de esperanza y un cálido sentimiento que no supo identificar y le hundió en la más absoluta miseria. Lo último que quería era que sufriera por él.

La cogió de la mano, apretó.

Ruby le miró. Sorprendida.

Le regalo una suave sonrisa. Y un firme asentimiento. Cuando le soltó la mano, se puso más recta. Eso le hizo sonreír.

El mensaje que quiso transmitir era sencillo. Estoy aquí para ti. Te encontrare.

Oyó la activación de la primera de las plataformas, vio como el estudiante en cuestión volaba por los aires. El respiro hondo, se preparó para el lanzamiento. De verdad que no le gustaban las alturas.

Dentro de nada, quedaba muy poco para su turno. Un segundo después de que Ruby se alzara por los aires, empuñando su arma personal, una guadaña, por fin llegó.

Vergonzosamente, no pudo reprimir un grito.