En casa del minero
-Mamá, ¿quién es?
La voz de la pequeña criatura humana temblaba. Era el menor de los cinco hermanos y se escondía detrás de las faldas de su madre para mirarme. Los otros cuatro simulaban están demasiado preocupados en sus juegos como para prestarme atención, pero se apretujaban en torno a la chimenea y evitaban mirar al otros extremo de la habitación, donde de pie en un rincón yo los observaba.
-Es una niña como tu hermanas mayores -la mujer trató de hablar con calma para tranquilizar al niño. - El padre Ephraim nos pidió que la recibamos en la casa por un par de días. Ahora, ¿por qué no invitan a jugar a la niña?
Añadió en voz más alta para que el resto de sus retoños entendiera que no era un favor lo que pedía sino que era una orden. El mayor se levantó de mala gana y el resto lo siguió después de titubear un momento. Se reunieron en un semicírculo en torno a mí, exceptuando al más pequeño que insistió a esconderse detrás de su madre.
-Yo soy Tom -dijo el mayor. Tenía el pelo oscuro y rizado y era el único que no rehuía mis ojos -Ellas son Rachel y Rebeca , las gemelas.- señaló a dos niñas peinadas con trenzas idénticas que dejaron escapar una risa nerviosa. - Este es Joshua y el que se esconde allá es Benjamin. ¿y tú? ¿cómo te llamas?
A esto siguió una larga pausa. Los humanos como ellos no me llamaban de ninguna forma y aunque nadie me lo había dicho, sabía que el nombre de un hada jamás debe escuchado por oídos mortales; menos aún ensuciado al ser pronunciado por ellos.
-Heulyn -dije finalmente en un murmullo.
-¿Rayo de sol? -Rachel o Rebeca rió de nuevo.
-Pero sí parece que nunca has recibido uno. -coreó su hermana, entre risas.
Tom las hizo callar con un gesto y miró hacia su madre. La mujer no nos miraba, preocupada de vigilar la cocina.
-¿Por qué estás aquí? ¿dónde está tu familia? Dicen que los cruzados te trajeron del castillo de lord Cornwall…
Su voz bajó hasta convertirse en un susurro, mientras sus hermanos se agitaban inquietos, murmurando y mirando de reojo a su madre que se afanaba entre los cacharros.
-Lord Cornwall…
-Dicen que la gente que entra a su castillo no vuelve…
-Dicen que le entregó su alma al demonio a cambio de poderes mágicos…
-Dicen las noche de luna llena se transforma en cuervo y sale a raptar niños…
Tom hizo callar a sus hermanos de nuevo:
-¿Y bien? -dijo mirándome.
-¡Suficiente! -El padre de la familia había vuelvo y había alcanzado a oír las últimas frases. No parecía enojado, pero su tono no admitía réplica -Ya conocieron a su nueva amiga. Ahora, todos a la mesa.
Era un hombre no muy alto, pero fornido. Aunque se había lavado para hablar con el párroco, el tizne del carbón aún persistía en las arrugas que surcaban su rostro.
-Tú también. Ve a la mesa -dijo señalándola.
Obedecí la orden y mientras pasaba por su lado, me rozó el rostro como sin querer y retiró la mano inmediatamente, como si se hubiera quemado. Mi piel estaba helada, más helada que la de humano que aún conservara la vida pudiese estar.
Los hijos y la madre esperaban de pie en torno lo mesa así que los imité. El padre se ubicó en la cabecera y empezó hablar, con la cabeza gacha, repitiendo la misma fórmula una y otra vez, concentrado… ensimismado… y la visión de lord Cornwall, dirigiendo los rituales en los sótanos de su castillos volvió a mi mente. Palabras murmuradas por humanos, palabras repetidas una y otra vez… hasta que los huesos se te cubren de escarcha y la piel se te cubre de un sudor azuloso y resplandeciente, que parece que se lleva consigo toda tu energía, tu esencia, tu vida misma. Y quieres aferrarte a la vida, pero la arrancan de tu carne sin ni siquiera tocarte, tan sólo murmurando, murmurando…
Entonces ocurrió. Fue como ser una hoja seca atrapada en un vendaval o una rama quebrada a la deriva en las aguas de un torrente, pero al mismo yo era la sima a través de la cual soplaba el viento o la roca que encausaba la corriente. El poder fluyó a través de mí y me arrastró con él.
Fui vagamente consciente que el padre de familia calló y que uno de los niños gritó.
Lo siguiente que supe es que el hombre me arrastró tomándome de la ropa y me arrojó la alacena. Antes de que cerrara la puerta pude ver que toda la habitación estaba cubierta de escarcha.
-Es un duende -dijo la mujer con una nota aguda en su voz.
-¡Niños! ¡a la cama! ¡ahora!
La voz del padre temblaba pero los niños le obedecieron sin chistar.
-Llamaremos al padre Ephraim. Los cruzados aún están en el pueblo, ellos sabrán…
-¡No!
El hombre cortó bruscamente la frase de su esposa.
-¡Está maldita, Tom! ¡Hará que los niños enfermen! ¡hará que lo perdamos todo!
Se escuchó el crujido de una puerta al abrise.
-¡No! ¡No harás nada sin que yo lo diga!
Un golpe seco y el sonido de un bulto al caer al suelo precedieron al sollozo ahogado de la mujer.
-Voy a buscar a Adam- dijo el hombre en voz más baja y más lenta. -Con él y los otros muchachos nos llevaremos al duende. Lo devolveremos al Camino Oscuro.
N.d.A.:
Finalmente subí un nuevo capítulo, después de un largo tiempo. Siempre me ocurre lo mismo, no tengo excusas. Lo único que puedo decir es que lo siento mucho.
Saludos,
Mircalla.
