Hola chicas como están ps aquí esta el primer capitulo espero que les guste ya saben cualquier cosita háganmelo saber porfas.
Hasta la prox……. Atte. KEKIS CULLEN
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CAPITULO UNO: un gran cierre del negocio
. Parte I.
Solo había algo peor que llevar aburrida ropa interior de algodón cuando por fin conseguía acostarse con el hombre de sus sueños: que él se fuera antes del amanecer.
Bella Swan sintió como su cuerpo se tensaba bajo la sabana. Con los ojos aun entrecerrados, observo silenciosa como se vestía. Había sido lo suficientemente imprudente como para acostarse con Edward Cullen la noche anterior, pero lo cierto era que este tipo de conducta no era propio de ella.
Su cuerpo aun evocaba las maravillosas sensaciones y no se arrepentía de nada. Pero su sentido común le recordaba que había sido un error. Para colmo de males, el error lo había Cometido con uno de los más prometedores candidatos a ser senador por el estado de Carolina del Sur.
Se fijo en su pelo color bronce, y alborotado. La limpia e inmaculada camisa blanca cubrían una espalda de anchos y fuertes hombros. Recordó como se la había quitado ella horas antes, mientras organizaban una cena para recaudar fondos que iban a tener lugar en su restaurante, donde también vivía. La reunión había dado un giro inesperado que los había llevado por el pasillo y hasta su dormitorio.
Siempre le había gustado Edward, pero no había pasado de lo platónico. Nunca se había imaginado que algo así pudiera llegar a pasar entre los dos. A ella le gustaba su vida tranquila y sedentaria disfrutaba dirigiendo su propio negocio y con los simples placeres que tenía a su alcance. Eran cosas que valoraba especialmente por su experiencia personal. Se había criado en hogares de adopción. El en cambio, estaba siempre en el punto de mira por su trabajo. Era uno de los miembros más poderosos del congreso. Y tan pronto tenía que negociar una nueva e importante ley como participaban en algún acto benéfico. La gente lo seguía con entusiasmo, era un hombre con mucho carisma y empuje.
Se pregunto si se despediría de ella o si se limitaría a desaparecer.
- La tabla de madera que está justo frente a la puerta cruje al pisarla, así que será mejor que la evites si lo que pretendes es irte sin que te oiga - le digo bella.
El se detuvo y la miro. Sus ojos, verdes y brillantes, los que le habían ayudad a ganar su puesto de diputado, parecían estar llenos de culpabilidad. En unos meses podría conseguir el cargo en el Senado que su madre estaba a punto de dejar vacante.
- ¿qué dices? Yo no me escapo de los sitios – se defendió el – me estaba vistiendo, eso es todo.
- Claro, perdona - repuso ella con sarcasmo – así que, desde anoche, has empezado a andar de puntillas y sin zapatos, ¿no?
- Estabas profundamente dormida – repuso Edward.
- Vaya, ¡que considerado eres!
Edward soltó los zapatos y se los puso.
- Bella, lo de anoche fue genial…
- No sigas – lo interrumpió ella- no necesito explicaciones. los dos somos adultos y solteros. La verdad es que ni siquiera somos amigos. Solo somos dos conocidos con una relación comercial entre manos y parece que nos hemos dejado llevar por un momento de momentánea atracción
- Veo que entonces pensamos igual - repuso él.
- Deberías irte ya o no vas a tener tiempo para cambiare de ropa.
Edward dio media vuelta y salió.
Ella lo siguió hasta el vestíbulo de la grandiosa mansión sureña. Era una de las pocas casas que se conservaban en pie desde antes de la guerra civil y el restaurante que habían instalado allí se había convertido en la forma de vida para sus dos hermanastras y para ella.
Hacía poco que vivía en la habitación contigua a su despacho, en la parte de atrás de la mansión.
Después de que sus dos hermanas se casaran y se mudaran a otras casas, ella era la que se encargaba de la contabilidad y el mantenimiento.
Más de un tablón crujió bajo los seguros pasos de Edward mientras pasaban al lado de la tienda de regalos y llegaban al vestíbulo. Abrió el cerrojo de la gran puerta sin mirarlo a los ojos.
- Enviare a tu ayudante un par de copias del contrato que hemos firmado para la cena.
La noche anterior y tras la cena de negocios que habían tenido, Edward se había quedado un buen rato para repasar con ella algunos detalles de la misma. Nunca se hubiera imaginado lo incendiario que podía llegar a ser un simple y accidental roce de cuerpos.
Pero se daba cuenta de que no podía haber nada mas, no se le había pasado por alto lo rápido que había querido salir de su dormitorio.
Era la historia de su vida. Había sido rechazada por familias de acogida desde temprana edad. Ese pasado la había marcado y se había convertido en una mujer independiente y llena de orgullo. Ese sentimiento era el que mantenía su cabeza alta y su espalda recta, una postura que se había visto forzada a mantener durante toda su infancia por culpa de un duro corsé que le habían colocado para corregir su escoliosis*.
- Te llamare.
- sí, claro que me llamaras, pensó ella con incredulidad.
- No, nada de llamadas. Terminemos este encuentro como lo empezamos. Solo se trata de negocios – repuso ella mientras le ofrecía con profesionalidad la mano.
Edward la miro con cautela. Después la acepto sin sacudirla y se inclino para besarla… Pero, muy a su pesar, lo hizo en la mejilla.
- Aun es de noche, deberías volver a la cama y dormir un poco mas – le aconsejo Edward.
Lo último que tenía en mente era dormir un poco más. Entre otras razones porque sabía que no la conseguiría, no después de haber pasado una noche como aquella con Edward Cullen.
Entro y cerró la puerta con fuerza. Fue entonces cuando el orgullo dejo de mantenerla en pie y se derritió. Se acerco al mostrador de la entrada y se derrumbo sobre él.
La verdad era que no podía culparlo de nada, ella había estado tan dispuesta como él. La llama se había encendido entre ellos de repente y, en ese momento, lo último que había tenido en mente había sido su aburrida ropa interior de algodón.
Se sentía algo herida y confusa. Tenía que animarse de alguna manera. Miro el escaparate de la tienda de regalos que tenían en el vestíbulo y se fijo en la zona donde tenían la lencería fina. Eran modelos inspirados en diseños antiguos. Entro y fue directa al camisón de satén rosa pálido que siempre le había llamado la atención.
Se había pasado toda la infancia soñando contener prendas delicadas y femeninas como aquellas.
Nunca había podido llevar nada parecido, solo prendas de algodón blanco, un tejido mucho más resistente que su duro corsé corrector no podía dañar. Ya no necesitaba llevar nada parecido. Su escoliosis* se había corregido y la única consecuencia de esa condición era que tenía un hombre algo más alto que el otro, algo apenas perceptible.
En un impulso, tomo la percha con el camisón y salió de la tienda. Se dirigió con paso decidido al aseo público. Le hubiera encantado llevar algo así puesto la noche anterior.
Se quito el albornoz* y dejo que cayera al suelo.
El satén se deslizo sobre su cuerpo desnudo como una refrescante ducha tras una noche de pasión con Edward.
Se dejo caer sobre el diván francés que decoraba el tocador y encendió una vela para intentar relajarse y crear algo más de ambiente. Se tapo con la delicada colcha que había sobre el diván y cerró los ojos. Pensó que no estaría mal dormir unos segundos….
Paso el tiempo sin que se diera cuenta. Respiro entonces, de manera más profunda, y comenzó a toser. Se incorporo deprisa en el diván. Ya no olía el aroma de la vela. Olía a humo.
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Escoliosis'
es la deformidad de la columna
vertebral caracterizada por
una curvatura mayor de 10° en el plano frontal o coronal. La
escoliosis congénita (presente al nacer) se debe a un problema en la
formación de los huesos de la columna (vértebras) o costillas
fusionadas durante el desarrollo en el útero.
El
albornoz
(del árabe Al'burnus (البرنس)
) es una prenda de lana usada por los campesinos del Magreb. También
se dice así a la bata de baño en España
