Cuando el ascensor paró en el piso deseado, salió de él recorriendo el pasillo a grandes zancadas. Ya se había deshecho del horrible uniforme que le obligaban a ponerse, y ahora llevaba unos pantalones de deporte pegados y una camiseta de tirantes negra. Incluso la ropa de calle humana era mejor que esa monstruosidad negra y plateada.

Avanzó con rapidez con la esperanza de no encontrarse con nadie y poder retirarse a su habitación a descansar. Pero como no recordaba ningún momento de su vida en el que algo le hubiera salido como él lo planeaba, Zarbon apareció delate de él con su usual gesto de asco.

-Lord Freezer quiere hablar contigo, mono.

Resopló mirando al techo, bordeando al alto alien azul sin frenar su marcha. Un fuerte agarre en el brazo lo detuvo.

-No pongas a prueba mi paciencia, mocoso. No me apetece aguantar tu insolencia esta noche.

-¿Qué pasa, Zarbon? ¿Te has hecho demasiado viejo?- le picó con su típica sonrisa ladina, aun sabiendo que se estaba jugando el pellejo.

-¡Cállate, mono! NO tengo ni tiempo ni ganas para tus tonterías infantiles. ¡Largo!- advirtió el peliverde, estrechando sus ojos dorados.

Riéndose entre dientes, el pelinegro fue a paso ligero hacia la habitación del jefe, ya que a esas horas ya habría salido de su sala del trono. Mientras tocaba la puerta, intentó controlar su nerviosismo. ¿Lo llamaría por lo de siempre: para jugar con él y desahogarse? ¿Para informarle sobre algo? ¿Porque estaba furioso y necesitaba un saco de boxeo?... ¿O seria por lo que había pasado esta tarde? Sinceramente, esperaba que no fuese así, porque cuando lo "reñía" siempre acababa por hacerle todo lo anterior junto.

Cuando oyó el permiso para entrar desde el otro lado, abrió y cerró rápidamente la puerta, como le habían enseñado a hacer siempre. Echó un vistazo a los aposentos del lord. Seguían igual que siempre, desde aquellos horribles colores femeninos hasta los muebles más extraños y "chics" que se había encontrado en toda la tierra. Siempre se preguntó a sí mismo como se podía tener una decoración tan extravagante en una habitación hecha de metal y cristal.

El dueño de la habitación (y del edificio entero… y de la ciudad… y del planeta… y , bueno, prácticamente el universo entero XD), la persona que mas odiaba y temía del cosmos, estaba de espaldas a él, mirando por el gran ventanal que ocupaba toda una pared, observando desde lo más alto la vida nocturna de la ciudad.

Siguiendo el protocolo, se llevo una mano al corazón e hizo una reverencia. Ahora solo tenía que quedarse agachado hasta que su señor le dijese que se podía levantar.

-Ah, Vegeta. Hoy hace una noche estupenda, ¿no crees?- preguntó con voz cantarina, sin dejar de mirar por la ventana.

-Sí, Señor.

-¿Y dónde has pasado el día, mmm?

-Después de terminar mis labores diarias, me he tomado la libertad de descansar en un bar del centro.- contestó nerviosamente, deduciendo por donde iban los tiros y tragando duro.

-¿Del centro? ¡Qué casualidad! Justo por esa zona han notado una anomalía los radares, como si alguien hubiera estado cargando ki. ¿No te parece increíble?- preguntó fingiendo incredulidad, girándose poco a poco.

-S-Señor, le juro que no he tenido nada que ver con ese…- empezó, incorporándose.

-¿En serio?- inquirió, clavando sus pequeños ojos carmesíes en los negros del joven.- Yo juraría que si, porque no sé como siempre acabas en medio de todas las salsas.

-Empezó a cargar ki antes de que pudiera detenerlo y…- empezó, suspirando resignadamente y agachando un poco la cabeza.

-¿¡Y para eso te he entrenado!? ¿¡Para que algún imbécil borracho de un bar se te adelante y te pille por sorpresa!?- el emperador apareció delante suyo sin previo aviso y, con una rapidez mas allá de su nivel, le dio una bofetada que lo mandó al suelo.- Me decepcionas, Vegeta, a veces me parece que he perdido mi tiempo y esfuerzo contigo. Creía haberte explicado por qué no puede usarse el ki en la ciudad, ¿no?

-S-si- susurró el joven, limpiándose la sangre que salía libremente de su labio partido.

-¿¡Entonces por qué cojones no lo paraste antes!?- gritó pateando sus costillas. El joven se abrazó el torso y se mordió el labio hasta sangrar para no gritar, pero aun así, un gemido de dolor se le escapó. El lord pareció sobreponerse a su enfado y se agachó frente a él.- No sé qué voy a hacer contigo. A veces pienso que tu cerebro de mono es tan subdesarrollado y pequeño que no tiene solución. Sin embargo, ya sé que, en realidad, eres la excepción de tu raza en lo que a inteligencia se refiere, pero te haces el tonto. ¿No es así, saru-chan?

La pregunta la hizo mientras pasaba la yema del pulgar por los labios manchados de sangre del joven.

-Te haces el tonto para que pierda la confianza en ti y no te mande hacer el trabajo que tienes ahora, ¿verdad?- el Icejin soltó una risa que le puso los pelos de punta.- Que bajo has caído, Vegeta, que ya ni lo único saiyan que te queda, ese estúpido orgullo simio, lo respetas.

El pelinegro sentía como le ardían las entrañas al escuchar eso. ¿Qué coño se creía ese estúpido lagarto? Por supuesto que no se hacia el tonto para que perdiera la confianza él y pudiera dejar de trabajar así. Era verdad que no le gustaba nada este trabajo en la Tierra, pero tampoco dejaría a un lado su orgullo por eso. Además, no era tan idiota como para creer que si perdía la confianza de Freezer seguiría vivo. Si no era eficaz en su trabajo, ¿Para qué le iba a mantener con vida? Siempre existía la posibilidad de que le usara como prostituta en un harem, pero tenía un serio problema de opiniones dentro de su mente respecto a ese tema. ¿Era mejor vivir esa vida de humillación perpetua (más) y tener la posibilidad de vengarse algún día, o era mejor librarse de tal deshonra y morir como un guerrero?

Dejando a un lado sus pensamientos e intentando controlarse un poco, el joven apretó la mandíbula con furia y se obligó a bajar la mirada para que no viera el odio que danzaba en ellos. Su señor, en cambio, lo tomó del mentón, obligándolo a mirarle. El lord sonrió al ver las emociones contenidas en esos profundos ojos negros. Acercó sus rostros y lamió la sangre de su barbilla y labio inferior. El joven tembló y se intentó apartar, pero el agarre en su mandíbula se volvió más fuerte y lo mantuvo donde estaba.

-Mmmm… Saru-chan, no deberías provocarme de esta forma…- susurró con voz melosa el emperador, acercando mas sus cuerpos para tocar su oreja con sus labios carmesíes.

El joven se tensó a más no poder, hasta que sus músculos le dolieron. Maldijo todo lo que se le paso por la cabeza, porque recordaba perfectamente lo que esas palabras significaban, y se maldijo a sí mismo al escuchar su propio gemido sorprendido cuando Freezer le mordió el lóbulo. Chasqueando la lengua con asco, se deshizo del agarre en su barbilla con un manotazo. Antes de que pudiera siquiera alejarse un paso hacia atrás sintió una presión en el torso que lo aplastó contra el suelo, haciéndole gritar de dolor. Se oyeron un par de crujidos enfermizos cuando las costillas cedieron ante la fuerza del impacto causado por el pie del emperador, que lo miraba con una mezcla de enfado y diversión macabra. Finalmente levanto su pierna, permitiéndole al joven respirar de nuevo. Este, después de coger una gran bocanada de aire con que llenar sus ardientes pulmones, tosió de manera desenfrenada erguiéndose un poco cuando la sangre empezó a salir por su boca. Un gruñido se escapó de entre sus labios cuando una mano despiadada tiró de sus negros cabellos para incorporarle casi completamente. Abrió sus ojos oscuros para encerar dos orbes carmesíes.

-No te tomes tantas libertades solo porque seas mi favorito.- le murmuró con voz fría antes de agarrarlo del brazo y lanzarle hacia la cama.

Aunque en cualquier otra ocasión hubiera sido fácil aterrizar de pie y encarando al enemigo que lo había lanzado, el dolor en su torso no le permitió maniobrar bien en el aire y lo máximo que consiguió fue aterrizar en su costado. Abrió los ojos maldiciendo por el dolor que la caída había causado a sus costillas rotas, y apretó los dientes cuando vio como el lord se acercaba con una sonrisa divertida. Su cerebro, dejándose llevar por el instinto y dejando a un lado el razonamiento lógico, hizo un inútil intento de huida, medio arrastrándose por las sabanas rosas hacia la puerta. Antes de que pudiera reaccionar, como una mano le empotró la cabeza contra el colchón. Sintió el aliento frío del emperador en su nuca cuando este se agachó encima suyo.

-Tsk, tsk, tsk. ¿Adónde vas, Saru-chan? Lo más divertido está por llegar…- le susurró cantarín, lamiéndole el cuello.

El pelinegro rechinó los dientes y agrandó los ojos presa del pánico y el asco. Al de unos segundos, en cambio, su expresión se volvió serena- si no algo triste- antes de suspirar y enterrar la cara en las sabanas.

La presencia del lord se alejó de su cuello, y sintió una uña afilada recorriéndole el cuello en vertical. Al llegar al cuello de la camisa, la garra la rasgó sin problemas y el dedo siguió su trayecto bajando por la columna vertebral, abriendo la prenda humana como si fuese un paquete. Un escalofrió recorrió su desnuda espalda, pero tampoco tuvo mucho tiempo para recrearse en esa sensación cuando fue violentamente sobado hacia arriba por sus negros cabellos. El lagarto lo tiró al centro de la inmensa cama, boca arriba. La prenda destrozada se quedo por el camino.

Se situó encima del muchacho, recorriendo su torso con sus frías manos mientras le sonreía con sádica dulzura.

-No puedo decidirme si me gusta más verte sumiso o rebelde.- le confesó acercando sus rostros. El joven arrugó la nariz cuando el alien blanco le lamió la mandíbula.- Lo que si se es que siempre logras ponerme cachondo, Saru~chan.

El pelinegro solo atinó a coger una bocanada de aire antes de que sus labios fuesen devorados por los suyos carmesíes.

Se despertó a la hora de siempre. Bostezando, se quedo mirando a la pared de enfrente, todavía medio dormido. Al recordar de sopetón que día era, se levantó de un salto y fue al baño para lavarse la cara con agua. Después, se vistió a toda prisa su uniforme y salió corriendo de casa. Estaba emocionadísimo, porque hoy iban a empezar su entrenamiento con el maestro Mutenroshi, justo dos días después de su salida con él por las calles de la Ciudad de Plata ya que el anciano había tenido una reunión y otras tareas el anterior día.

Por el rabillo del ojo notó un movimiento que le hizo girar la cabeza. No había nada, pero por el rabillo del ojo volvió a percibir una sombre que deambulaba por los tejados de los edificios con movimientos rápidos y zigzagueantes.

-Mmm… ¿Y a mí porque me suena…?-se dijo en voz alta, pensativo.

Dándose palmadas en los mofletes para salir de su trance, decidió no desviarse de su preocupación principal y siguió corriendo hacia el cuartel, listo para entrenar.

TBC

XD