Este two shot lo he basado en algunas escenas de la novela "Hija de las tinieblas" de Kiersten White, pero no esperen una trama idéntica porque no lo verán al principio. Finalmente, he decidido colocarlo en la categoría UA Histórico al mismo tiempo que un crossover, ya que estaremos dentro del universo donde ocurren todos los sucesos de la novela "Hija de las Tinieblas" la cual es considerada una novela histórica por tratar sobre el imperio otomano, la caída de Constantinopla y Vlad Tepes entre otras cosas. Yo no abarcaré tanto. Debo aclarar que Rukia estará muy OoC, pero es necesario ya que el personaje de ella se basa en Vlad Tepes, y este príncipe tiene una reputación muy particular: le gustaba empalar a sus adversarios, por lo que Lada (personaje original de la novela) tiene esta tendencia a la violencia la cual, aunque no comparto en muchas oportunidades, si considero que es justificada dado el desarrollo del personaje y la época en la que se supone están viviendo.
Una ultima aclaratoria, algunos personajes pertenecen a Bleach y otros son propios de La Hija de las Tinieblas, el principado de Zaraki sería Valaquia un principado rumano de la Europa; Rukongai sería tambien Valaquia, sólo que en la primera se referirá a la capital y en la segunda al país completo. Del mismo modo Las Noches (Edirne en la novela) es la capital del sultanato de Hueco Mundo (imperio otomano), y finalmente Amasya sería Karakura.
Sin más espero que les guste.
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Disclaimer: Los personajes de Bleach son propiedad de Kubo Tite, de la misma manera los personajes de "Hija de las tinieblas" le pertenecen a Kiersten White. El uso de estos no tiene fines de lucro, y sus derechos pertenecen a sus respectivos autores.
Fecha publicación capítulo: 06/08/2018
Correspondiente al día 2 de agosto, Crossover, Capítulo 1 de 2. Yo y la oscuridad: La princesa oscura.
El principado de Zaraki está situado en el Distrito 80 del Rukongai, el más salvaje, violento y peligroso de todos en el continente europeo. Kenpachi era el heredero al trono luego de haber matado en combate a su predecesor. Desde muy joven había aprendido a manejar la espada, a sobrevivir y hacerse más fuerte, matando a varios hombres bajo el filo de su espada. Una vez que ascendió al trono tomó por esposa a la viuda de su contrincante, la joven princesa Hisana Kuchiki.
Kenpachi sólo desde tener descendencia masculina, por lo que la noche que su mujer dio a luz a su primogénito se llevó una gran decepción, nunca se hubiera imaginado que su simiente sería tan débil como para engendrar a una mujer, por lo que cuando la comadrona le indicó que era una niña, simplemente perdió el interés y se fue de la estancia maldiciendo el vientre de su esposa. Sólo le consolaba la esperanza que la niña pudiera ser tan hermosa como la madre, en caso tal podría servirle para concertar convenios y alianzas por medio del matrimonio.
Para Hisana, aquella niña era un milagro. Era el fruto del amor que había compartido con su difunto esposo, era un secreto que se llevaría a la tumba con el fin de protegerla. En las noches que se veía obligada a complacer a su captor, la hermosa sonrisa de la niña era lo único que la mantenía cuerda.
A los pocos meses del nacimiento de la princesa Rukia, Hisana descubrió que estaba nuevamente embarazada. En un primer momento llegó a contemplar la idea de interrumpir la gestación, y así evitar traer al mundo al hijo de aquel hombre endemoniado. Fueron varios días en vela mientras meditaba las consecuencias de sus actos. Al final decidió, que, si quería proteger a Rukia y mantenerla fuera de la vista de Kenpachi lo mejor era darle su tan deseado heredero, porque se juró que si daba a luz nuevamente a una mujer ella misma la ahogaría con las sábanas, pero si daba a luz a un varón le suplicaría a Kenpachi que como regalo le permitiera a ella y a Rukia vivir en otro de los castillos para siempre como si fueran exiliadas.
Cuando las semanas de gestación se cumplieron y comenzó la labor de parto Hisana ya tenía preparado todo lo que necesitaba para su exilio. No obstante, en el primer momento que vio a su bebé, no le importó que fuera hijo del aquel monstruo, pues era el bebé más hermoso que había visto, y lo amó con toda su alma. Aquel día lloró amargamente, ya que no sería capaz de abandonar a su hijo menor sólo para proteger a Rukia. Esa decisión selló su destino, a los pocos meses, luego de un embarazo fallido Hisana murió dejando a sus dos hijos en manos de Kenpachi.
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Mantener las rebeliones a raya, así como adquirir nuevas tierras mantenía ocupado a Kenpachi, por lo que cuando recibió la noticia de la muerte de su mujer no recordó siquiera que ella le había dado un hijo varón que le sucedería en el trono y que por tanto debía recibir una educación acorde. Sólo giró instrucciones para que la cocinera contratara una nodriza.
Rukia creció junto a su hermano Radu en medio de un clima de tensa calma, donde muchos soldados recorrían las calles. No conoció a Kenpachi hasta que tuvo cuatro años, y ni siquiera a esa tierna edad mostró miedo hacia aquel ser. Su madre había cumplido su promesa de llevarse el secreto al más allá por que la niña era tratada con toda la diplomacia que requería su investidura, pero quien verdaderamente se ganaba las atenciones y el cariño de las personas era su hermano, el príncipe heredero Radu.
Claro que, así como Rukia era terca y violenta, y sin lugar a duda la niña más despiadada que la nodriza había tenido que cuidar, también era fiel protectora del consentido de hermano menor. Así que cuando pudo sostener un cuchillo en su mano comenzó también a entrenarse en el arte de la guerra. Cuando su padre comenzó a enviar tutores para Radu, Rukia decidió que ella también debía recibir educación, aunque los maestros jamás contestaran a sus preguntas o dirigieran sus atenciones a ella. No se desanimaba, aun y cuando cada vez era más patente que por ser mujer no valía lo mismo que su hermano. Nadie espera que una princesa sea brutal, pero Rukia demostró nuevos niveles, así como un gusto por ese estilo de vida.
Radu, por su parte, era un pequeño muy débil y llorón, así que alguien debía cubrir su espalda cuando éste fuera coronado príncipe, algo que por las ultimas noticias podría verse frustrado.
Con todos los enemigos cayendo moscas a la miel en Zaraki, Kenpachi se tuvo que ver en la obligación de crear alianzas con el sultán de Hueco Mundo. Pactos y tratados que favorecían al sultán Isshin pero que le permitían a Kenpachi tener bajo su mando algunas pocas legiones de jenízaros. Pero la traición de la clase noble en su principado le obligó a entregar a sus hijos al sultán para que así este le prestara un importante número de sus legiones a cambio de su lealtad y obediencia si mantenían quedarse con el poder. Y de esta manera Kenpachi entregó a Rukia y a Radu como aval de que jamás traicionarían al sultán.
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La vida en la corte del sultán Isshin hubiese sido muy aburrida para Rukia de no ser porque siempre se colaba en los campos de entrenamiento y observaba desde la distancia las diferentes rutinas y ejercicios militares que llevaban a cabo los jenízaros, las misma que repetía en la soledad de su habitación. Para el sultán aquel par de niños carecían de importancia así que solamente procuraba que el varón pero que tampoco impedía que observara la hembra. Consideraba que si la niña era inteligente podría servir a sus propósitos si la casaba con algún gobernante fiel al sultanato.
Desde que Rukia y su hermano menor, Radu, fueron arrancados de su país natal se sintieron abandonados por su padre, quien jamás escribió o se interesó en ellos durante los años que llevaban viviendo en Las Noches. Esta indiferencia, aunada al desprecio que los otomanos demostraban por sus enemigos, terminaron de forma en Rukia un carácter despiadado, que hasta el momento había sido la clave de su supervivencia. Ella y Radu estaban condenados a actuar como peones en un juego vicioso, donde una perenne una espada invisible se cernía en todo momento sobre sus cabezas.
Rukia había comenzado a sentir un profundo desprecio por sus captores, por lo que valiéndose de algunas artimañas se preparaba pacientemente para tomar su venganza, el cual no sólo pagarían los turcos, sino que también los nobles de Zaraki probarían el filo de su espada.
Tenía un plan, inamovible e infalible para acabar de una vez por toda con todos sus enemigos. Nada la hubiera podido detener. Y entonces conoció a Ichigo, el desafiante y solitario hijo del sultán, por quien Radu sentía haber encontrado a un verdadero amigo, mientras que Rukia se preguntaba si finalmente había encontrado a alguien digno de su pasión.
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El amor y la vida eran dos elementos que, por la implacable búsqueda de poder, se podían ganar y perder en un santiamén. Ella jamás podría renunciar a la chispa de la vida, pero al amor… eso era harina de otro costal. Tal como había descubierto gracias a su padre, el amor sólo le crearía lazos innecesarios con las personas, los mismos lazos con los cuales sus enemigos prepararían el nudo de la soga para ahorcarla si se los permitía. Por ello habían tenido que huir.
Desde el comienzo de su travesía, Radu se había comportado como si estuviera de vacaciones y se hacía amigo de los soldados… que eran sus enemigos. Rukia consideraba, que definitivamente, su hermano debió caerse de la cuna de bebé o era estúpido de manera natural, si era incapaz de darse cuenta que no estaban de viaje, sino que se habían dado a la fuga y habían dejado el trono en manos de Mircea, el hijo bastardo de su padre, quien hacía tiempo se había ganado el favor de los boyardos y Hunyadi, y además había prometido retener el título de príncipe a la espera del regreso de su padre.
Por ello, Rukia trataba con desdén a Radu, y mostraba indiferencia ante los castigos y humillaciones que él padecía por su causa. Incluso había llegado a disfrutar secretamente de cada intento en vano de los tutores al castigarla por medio de Radu. Cada azote, cada latigazo, cada palabra sólo afianzaban su voluntad y avivaban el fuego de su odio.
Siempre recuperaba la compostura ante que aquellos maestros se dieran cuenta de odio y su enojo, estaba segura de que, si matara a alguno de ellos, la matarían también a ella y nadie podría proteger al estúpido y débil de Radu. Su estúpido y débil Radu. Y, si se mostraba enfadada, el tutor y todos los otros habitantes de la región se darían cuenta de cómo controlarla, al igual que habían descubierto cómo castigar a su padre y al igual que los jenízaros había descifrado su punto débil, en el pasado al llevarse a Renji. Por lo tanto, solamente se limitaba alzar las cejas con aparente indiferencia.
Al final de cuenta las lecciones nunca eran para ella, siempre se centraban en Radu, pero Rukia tenía siempre un hambre de conocimientos. Sabía que el poder real iba de la mano con la inteligencia y la educación, su principal problema radicaba que, para los otomanos, educar a las mujeres era una pérdida de tiempo y recursos. Rukia conocía bien el papel que las mujeres desempeñabas en la sociedad: aparearse, cargar con los hijos y sellar pactos a través de matrimonios. Odiaba haber nacido mujer, y la debilidad física que ello conllevaba, por eso desde que tuvo uso de razón había luchado contra su naturaleza, aprendiendo primero a empuñar un cuchillo para defenderse, y luego a montar a caballos como los hombres. Todo esto antes de cumplir los seis años, cuando comenzó a molestar a los soldados de su padre para que le enseñaran a manejar el arco y la flecha. No fue fácil, pero a base de insistir y molestar había conseguido recibir algunas instrucciones y uno que otro golpe gratis.
En el imperio otomano las cosas fueron más relajadas, ya que al ser una niña sólo era tratada como si de un mueble estorboso se tratara. En vez de desistir, esta situación le otorgaba una mayor libertad para ir por los salones comunes del palacio del sultán, donde sólo tenía prohibido entrar al harén, claro que el jefe de los eunucos siempre estaba al pendiente de ella. Como esperando el momento adecuado para llevarla ante su señor. Ese hombre, que se supone que no era hombre, la ponía nerviosa, como si se tratara de una serpiente capaz de saltar en el menor descuido.
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Eran pocas cosas las que perturbaban el frío carácter de la niña, en sus primeros años dentro de la corte del sultán se había hecho de una reputación entre sus tutores, sobre todo a la hora de criticar y sugerir nuevo y eficaces métodos de tortura. No era que disfrutara completamente de aquello, pero sabía que si mostraba ante ellos cuanto le afectaba que la llevaran presenciar durante horas las ejecuciones y a visitar los calabozos, aquellos hombres –los ridículos tutores y todos los demás miembros de esa corte obscena– jamás podrían controlarla, a menos que la asesinaran. Y, como hasta los momentos su maestro no la había ahorcado, era evidente que aún no tenían pensado hacerlo. Por tanto, Rukia se sentía segura, toda vez que sabía que Radu también lo estaría.
Todo cambió una madrugada, grandes manchas de sangre cubrían sus sabanas. En un primer momento se asustó. Hizo un examen de su cuerpo a ver si tenía alguna herida, pero la única rareza era la sangre en sus muslos y piernas. Revisó la habitación por completo en un intento de descubrir si se trataba de alguna broma.
Una fugaz imagen cruzó su mente, finalmente se sentó de nuevo en la cama. Recordó vagamente las palabras de su nodriza. El hecho que su sangre bajara, pues ya no tenía dudas que era suya, significaba que se había convertido en una mujer. Apenas si tenía unos pequeños montículos en el pecho, y era más que pequeña que Radu o cualquier otro niño que hubiera visto, pero eso no importaría. Delante de los hombres ella sería tomada como una mujer, y ellos podrían disponer de ella para casarla con quien quisiera y sirviera a los propósitos del sultán Isshin, e incluso convertirla en una de las concubinas del anciano regente.
Rukia no lo permitiría. Comenzó con ocultar la evidencia, así que tomó todas sus sabanas y cobertores y los arrojó a la chimenea, salvo algunos trozos que cortó para así poder limpiarse las manchas en el cuerpo, pero que finalmente tuvieron el mismo destino dentro de la hoguera.
Cuando hubo acabado se dirigió a la habitación de Radu y robó todas sus sabanas. Aprendió a esconder la huella de su crecimiento lo mejor que pudo al mismo tiempo que más sabanas desaparecían de los almacenes del palacio. Sin embargo, no sabía por cuánto tiempo más iba a poder robar sábanas de las camas que tenía al alcance de la mano, no sabía exactamente cuánto tiempo sangraría, pero cuando su primer periodo había terminado fue muy feliz, e incluso se convenció a si misma que se podría tratar de una falsa alarma, por lo que regresó a su vida normal los siguientes cuatro meses hasta que un día Radu la descubrió mientras rasgaba las sábanas. Nuevamente estaba sangrando y desde entonces había vivido con miedo de que la descubrieran. Cada vez que los criados se acercaban a la puerta de su habitación, ella los espantaba con gritos despavoridos y, cuando eso no era suficiente, con sus propios puños. Nadie podía enterarse de lo que le había sucedido.
Claro que solo era cuestión de tiempo que la descubriera. La puerta que daba a las pequeñas recámaras de ella y de Radu no se podía cerrar con llave. Pero en esta nueva situación, Radu se había convertido en su mayor aliado. Era consiente que, si descubrían que Rukia era ya una mujer, terminarían casándola y alejándola, dejándole indefenso y más sólo que nunca en su vida.
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Un día, en medio de una de sus largas clases, la cual consistía en ver la ejecución de un ladrón, Rukia consideró que era el momento oportuno para escabullirse de las lecciones, además que le dolían los pies por tantas horas a la espera que el condenado muriera empalado; estaba cansada de esa clase de lecciones, porque ya no había nada más para aprender. El sultán controlaba todo, y quien se atreviera a insultarlo, tenía los días contados.
La gente no obedecía por el amor que sentía hacia él, sino porque el castigo era rápido, severo y extremadamente público. La justicia era muy eficaz, e incluso, admirable a sus ojos. Sólo que no podía decir los mismo de su impresionable hermano, quien por el color amarillento que estaba tomando su rostro seguro terminaría con el estómago revuelto. Rukia se aprovechó de esta excusa para pedir permiso de retirarse.
En lugar de dirigirse a sus habitaciones, Rukia lo arrastró por los corredores del castillo en dirección a la calle. Ella ya había recorrido la mayoría de los rincones del palacio en los que les permitían entrar. Pasaron junto a una alta muralla que rodeaba un jardín muy frondoso, cuyos árboles dejaban caer sus pesadas ramas verdes como una invitación a que se les acercaran. Cuando Rukia vio una higuera cargada de frutos maduros que estaban fuera de su alcance, le rugió el estómago.
Estaban en ramadán y se suponía que ellos también tenían que respetar el ayuno. Cada vez que podía, robaba comida y la ocultaba en su habitación, pero la mayoría de los días pasaba hambre desde el amanecer hasta el ocaso. De una de las esquinas en las que el muro se juntaba con un pequeño edificio, colgaba una inmensa y antigua parra. Ella tomó impulso, trepó por el árbol y se encaramó a la pared.
–Deberíamos regresar –se quejó Radu, al tiempo que miraba hacia ambos lados y se frotaba las costillas con ansiedad. Imaginando un gancho metálico que le desgarraría los músculos y órganos, pago que le daban a los infieles por el delito robar y que precisamente acababan de presenciar.
Rukia había aprendido a no temer las represalias, además que no era tonta. Si se atrevía a explorar este lugar era porque estaba segura que nadie más estaría cerca.
–De acuerdo. Espérame allí.
Por primera vez en su vida no lo obedeció, sino que subió a toda prisa tras su hermana y estuvo a punto de caerse de la pared. Se deslizaron por una de las ramas hasta que lograron bajar a la tierra. Rukia ya había comenzado a paseare por el terreno mientras recolectaba varios higos. Cuando le ofreció uno a Radu y él se negó, ella se lo arrojó por la cabeza. Al mismo tiempo que daba un mordisco a su fruto y lo saboreaba se escuchó un sonido.
–Escucha –susurró él–. Hay alguien que está llorando.
–Y no eres tú, ¡qué sorpresa!
Después de lanzar una mirada fulminante a su hermana, Radu dio un paso hacia delante con determinación. Rukia lanzó un silbido y corrió detrás de él. Además del temor que sentía porque estaban invadiendo una propiedad donde no tenían permitido entrar, estaba el hecho de que su hermano era un tonto y podría hacer algo que terminara en su captura arrastrándola sin duda. Ella dobló en una esquina y lo sujetó del chaleco, pero frenó en seco cuando vio a un niño de unos doce o trece años que estaba llorando acurrucado contra el borde de un pequeño estanque.
–¿Te hiciste daño? –le preguntó Radu.
El desconocido alzó la vista, y en medio de una rebelde cabellera naranja pronto apreciaron unos ojos marrones que le recordaron a ambos hermanos la textura espesa del chocolate. Tenía las manos cubiertas de marcas brutales de color púrpura. En el rostro también había recibido golpes y, en una de las mejillas, se le estaba formando un magullón.
Radu se quitó el chaleco, lo humedeció con el agua del estanque y lo colocó gentilmente sobre las manos del muchacho para aliviar su dolor. Rukia jamás le había permitido que hiciera lo mismo por ella y, definitivamente, ella nunca había hecho algo similar por él.
–Mi tutor –expresó el desconocido con la espalda erguida, bajando los ojos hasta la punta de su nariz larga y recta. Había fruncido los labios carnosos por el dolor que sentía–. Padre le dio permiso para que me golpeara si lo desobedecía.
Radu sumergió la mano en el agua y, luego, la apoyó suavemente sobre la mejilla del chico, quien parecía sorprendido y observaba a Rukia con arrogancia, como si estuviera esperando que ella también lo atendiera.
–Si eres demasiado débil como para no tolerar que te golpeen y demasiado estúpido como para no evitarlo, entonces mereces más sufrimiento naranjito –ella se cruzó de brazos y lo miró apuntándolo con su nariz aguileña.
–¿Quién eres enana? –al niño se le abrieron las fosas nasales por la ira que comenzaba a invadirlo.
¿Enana? Pensó Rukia con desdén. Odiaba que todos la subestimaran por su estatura.
– ¿Acaso el golpe ha dejado mal tu cabeza que esa es la única afrenta que se te ocurre? Pues para que sepas quien ha osado ponerte en tu sitio te lo diré. Yo soy Rukia Zaraki, del Rukongai–la chica se acomodó contra un árbol, arrancó otro higo y dio el mordisco más grande y desagradable que pudo.
–No hagas eso niña. Deberías estar haciendo ayuno.
Ella escupió la cáscara pulposa a los pies del chico y dio otro bocado al fruto.
–Podría hacer que te condenaran a muerte por eso que has hecho –el desconocido frunció el ceño con seriedad.
Radu comenzó a temblar al oír aquellas palabras, mientras empezaba a inclinarse en una reverencia.
–Oh, ponte de pie, Radu –Rukia lo tomó de la camisa y lo impulsó hacia arriba, aunque Radu era más alto que ella–. Es un niño estúpido. Si hasta los tutores pueden golpearlo, dudo que el jefe de los jardineros esté bajo su mando. Probablemente sea un cautivo consentido, al igual que nosotros –ella no sentía compasión por el desconocido, sino que, como le recordaba a sí misma por su falta de poder y juventud, le generaba fastidio y enojo.
–No soy ningún esclavo –el chico se puso de pie y dio un zapatazo contra el suelo–. ¡Esta es mi ciudad!
–Entonces yo soy la reina de Karakura Rukia lanzó un resoplido, le dio la espalda y arrastró a Radu consigo.
–¡Te volveré a ver! –gritó el muchacho. No se trataba de un interrogante, sino de una orden.
–Me parece bien porque eso será cuando vengas a servirme, ya que yo… ¡Yo reduciré a cenizas a tu ciudad! –exclamó Rukia por encima de su hombro. Como única respuesta, el chico rio a carcajadas y, por primera vez desde hacía varias semanas, la niña esbozó una sonrisa, lo cual la dejó estupefacta.
Estaba segura, ese muchacho nunca más se dejaría golpear por sus tutores. Le agradaba la idea de ser ella quien, de una manera poco ortodoxa para una mujer, le plantara cara. Tenía esperanzas, pero no en él sino en ella misma y en el propósito que cumpliría, aunque él lo tomara como una broma ella realmente conquistaría esa ciudad y haría caer el sultanato. Era algo que le debía a su patria, Rukongai.
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Notas de la autora: La primera vez que leí la novela La Hija de las Tinieblas acababa de tener una discusión (en el buen sentido de la palabra) con un IchiHime que se había dedicado a despotricar sobre lo sobre-valorada (en su opinión) que era Rukia, aludiendo a que no era bella físicamente ya que carecía de estatura, bustos, mal carácter, entre otras cosas. Por ello no pude dejar de asociar a Lada con Rukia ya que las dos son malhumoradas (Lada mil veces mas que la taichou), son planas, bajitas y feas. Esa parte me encantó, Lada no es la típica chica buena, ese papel lo ocupa su hermano Radu, ella cuenta con muchas cualidades así como una infinita lista de defectos. Es uno de mis personajes favoritos, ya que al igual que Deadpool, rompen el esquema predestinado de la protagonista.
Si han sentido en este capítulo que Rukia no es nuestra dulce y tierna Rukia, pues es culpa de Lada, ya que ella se ha metido en piel y se ha apoderado del cuerpo y de la mente de la pequeña shinigami con el fin de no dejarse conquistar por nadie, asumiendo para ello la oscuridad en su alma.
Les recomiendo que lean esa novela, es parte de una trilogía pero aún no publican el último libro, pero amaran los dos primeros.
