Welcome to the Akatsuki
2- El genio marionetista, Sasori
Seguía a aquella mujer de pelo azulado que lo había derrotado, aun a pesar de que había usado al tercer Kazekage para vencerla. Sin duda alguna, estaba decepcionado por no haber conseguido matarla y volverla una marioneta, pues hacia mucho que no obtenía algo de calidad. Sin embargo, no todo era malo. Akatsuki no le era realmente algo interesante, pero como había dicho antes, tal vez habría alguien que valiera la pena para agregar a su colección, o quizás alguien que cuando menos estuviera de acuerdo con él, y creyera que el arte lo era todo.
Sí, el arte lo era todo, todo para él. Había estado trabajando mucho en sí mismo desde hacía años, todo para convertirse a sí mismo en una marioneta. Aún no era una marioneta completa, y le faltaba mucho para serlo, pero estaba avanzando. Muy pronto sería la marioneta perfecta.
Recordó por un momento a su "amigo" Komushi. Aunque, a pesar de todo lo que hubiese dicho su abuela y el mismo Komushi, nunca habían sido amigos realmente, o al menos no con la aprobación de Sasori. El chico, al igual que el resto del mundo, no era importante para el pelirrojo. Y la única razón era que, por más que Chiyo y el resto pretendían entenderlo, jamás lo harían realmente.
De cualquier forma, ¿Cómo podrían? Ellos no habían perdido a sus padres, ellos no habían sido inútilmente engañados por la única persona con la que contaban. Porque sí, Chiyo lo había engañado en un intento por evitarle el dolor; pero había sido en vano. Lo único que las acciones de su abuela habían provocado fue que él se ilusionara de forma estúpida, esperando día con día a sus padres, pacientemente, imaginando el día en que llegaran y él los recibiera con un abrazo, que sin duda sería correspondido por ambos. Sí, lo único que hacía era pensar en ese día.
Día que jamás llego.
Fue paciente, lo más paciente que pudo, pero al final, después de meses de espera, se dio cuenta de que las promesas de Chiyo no eran más que mentiras, y que sus padres nunca regresarían de nuevo. Y eso lo había dejado… vacío.
Vacío como sus marionetas. Las primeras que había creado, sus mismos padres, se suponía que ellas también le brindarían calor, cariño, amor. Y sin embargo, no fue así. Eran frías, sin sentimientos u emociones, simples pedazos de madera. No eran capaces de dar aquello que él tanto anhelaba.
Sin embargo, aunque perdió el interés en los sentimientos, no lo perdió en las marionetas. Eran perfectas, no sentían dolor –ni físico, ni emocional– y no podían morir, ni desaparecer como sus padres. Ellos habían sido débiles, pero sus marionetas no.
Se gradúo rápidamente de la academia, a la corta edad de 7 años. Era un genio, todos lo sabían, y en menos de un año se convirtió en Chūnin. Su abuela estaba orgullosa, su tío abuelo estaba orgulloso, toda la aldea se sentía orgullosa de tener a un genio como él.
Sus marionetas eran las mejores, nadie había construido tantas marionetas buenas como él. Sus venenos eran impresionantes, nada que un joven normal de su edad sería capaz de hacer. Era el genio marionetista más grande de la historia, incluso mejor que el mismo creador de la técnica, el gran Monzaemon Chikamatsu.
Él había superado cualquier expectativa. Había que darle crédito a Komushi por ser un hablador y darle la magnífica idea de crear marionetas humanas. En agradecimiento a su cooperación, Sasori le había dado el honor de convertirlo en la primera de estas revolucionarias marionetas.
Aunque esa marioneta ya no valía nada, y debía estar en algún lugar guardada y llenándose de polvo y arena en la aldea. Actualmente, eran pocas las marionetas que realmente eran importantes para Sasori. Aun a pesar de ser su arte, él sabía que les hacía falta algo. Sí, siempre hacía falta algo, pero no sabía qué exactamente. Incluso el tercer Kazekage carecía de perfección. No porque no fuese lo suficientemente fuerte, no. Era algo más.
Pero, ¿Qué era la perfección en todo caso? La belleza eterna, claro estaba. Y es por eso que él buscaba eso en sí mismo. Mantenerse joven, hermoso, perfecto por siempre; para que todo el mundo pudiese admirarlo y apreciarlo eternamente. Konan pudo haber formado parte de su colección más preciada, y mantenerse tal y como estaba ahora por toda la eternidad. Pero bueno, ella se lo perdía.
Pero si Konan era tan fuerte y tenía una técnica tan especial como esa, ¿qué más habría en Akatsuki? Con solo imaginarse la calidad del material que podría encontrar ahí le daban ganas de llegar de inmediato. Él ya no era una persona paciente, no. Sus padres lo hicieron esperar demasiado, nunca más volvería a esperar tanto; así como tampoco pensaba hacer esperar a otros de esa misma forma. Era algo que odiaba.
Cuando finalmente llegaron a lo que parecía una enorme y lúgubre casa, se preguntó qué clase de personas habría ahí. Aun cuando Konan le había advertido que Akatsuki no tenía muchos miembros y que esa era la razón por la que buscaban a más gente, esperaba encontrar algo interesante.
Entraron y se dirigieron a lo que parecía ser la sala. Hacía tiempo que no entraba a una casa de forma tan tranquila, sin que su mente pensara únicamente en destruir todo lo que encontrara. Fue entonces cuando reparo en una figura recostada en el sillón de aquella sala, leyendo un libro como si nada. Tanto Konan como él fijaron su mirada en aquel hombre grande, hasta que él les devolvió la mirada, dejando ver unos extraños ojos verdes con cornea roja.
-¿Quién es él? –Preguntó irritado ante la mirada que les había dado ese sujeto. Sin embargo, Konan no respondió y en cambio se acercó a donde estaba acostado, sin que el otro dijera absolutamente nada.
-Tú debes ser el ninja inmortal, Kakuzu. Bienvenido.
Al oír eso concluyó que ese sujeto no conocía a Konan por ser uno nuevo –al igual que él– y que alguien más lo había traído antes.
Observó cómo cerraba el libro e ignoraba completamente su presencia, concentrándose únicamente en Konan.
-¿Y tú eres?
-Mi nombre es Konan. Yo soy la compañera de Pain, y él –Le dirigió la mirada tan solo un par de segundos, para después regresarla al frente –Es Akasuna no Sasori, y al igual que tú, acaba de entrar a Akatsuki para ayudarnos a cumplir nuestros objetivos, con ayuda de su fuerza.
Antes de que pudiera pronunciar alguna palabra, el moreno habló interrumpiendo toda clase de pensamientos.
-Akasuna no Sasori, ¿Eh? Creo haber oído hablar de ti, me pregunto cuanto podría ganar se te derrotara.
-¿Qué? –Preguntó frunciendo el ceño. ¿Acaso creía que él sería capaz de derrotarlo? ¿En serio? Le demostraría que él era más fuerte, matándolo y haciéndolo una magnífica marioneta y lo callaría. Sin embargo, antes de poder hacer algo, Konan los interrumpió.
-Me temo que eso es imposible. Ahora, los dos pertenecen a Akatsuki, y requerimos de su servicio. No puedo dejar que se maten entre ustedes.
-Muy bien –Respondió el otro, haciendo que Sasori se molestara un poco. Primero lo provocaba y ahora se retiraba como si nada.
-Como sea –Dijo al fin, diciéndose a sí mismo que no valía la pena pelear ahora. Entonces, recordó algo que había mencionado la chica -¿Quién es Pain?
-Soy yo –Escuchó detrás de él, de forma que al igual que los otros, dirigiera su mirada hacia un hombre de pelo anaranjado y ojos extraños. –Soy el líder de Akatsuki, y soy el Dios que traerá la paz a este mundo.
Lo miro sin decir nada, aunque en su mente en verdad tenía ganas de reír a carcajadas. ¿Dios? ¿Paz? ¿Acaso ese tipo estaba loco? ¿Qué clase de estupidez era esa?
-Konan –Habló de forma que la mujer lo mirara atenta –Dale a Sasori su capa y explícale todo lo que necesite saber.
-Sí, Pain –Respondió esta e inmediatamente le indicó a Sasori que la siguiera. Este solo le dedicó una última mirada curiosa al líder, y después continúo su camino detrás de la peli azul.
Ciertamente, la casa era grande. Konan le mostró la que sería su habitación temporalmente, pues aseguró que no se quedarían ahí por mucho tiempo. Le entregó el uniforme de la organización, así como su capa.
-¿Podrías darme otra? –Preguntó con seriedad, haciendo que esta lo mirara con cierta duda.
-¿Para qué?
El pelirrojo sonrió y saco un pergamino, provocando que Konan frunciera un poco el entrecejo, preguntándose si intentaría hacerle daño de nuevo. Sin embargo, lo único que hizo fue sacar una marioneta grande y –en opinión de Konan– horrenda.
-Esta es mi marioneta, Hiruko –Dijo con una sonrisa que podía ser calificada como encantadora –Puedo meterme dentro de ella, para evitar ataques, así que me gustaría que tuviera una, al menos para que mientras este dentro de ella aún sepan que soy parte de Akatsuki.
-Está bien –Respondió con total seriedad, entregándole una segunda capa. En realidad no le importaba mucho si quería decorar a esa marioneta con la capa, y le había parecido lógica su petición.
-Por cierto –El pelirrojo seguía con esa sonrisa simple, pero para nada verdadera –Supongo que no importa si mis subordinados conocen un poco sobre Akatsuki, ¿Verdad?
-Mientras no le causen problemas a la organización, puedes contarles lo que quieras
-No hay problema –Dijo sonriendo de forma un poco más amplia –Te aseguro que serán de mucha ayuda.
-Si tú lo dices –Concluyó dispuesta a salir de la habitación –Bienvenido, Akasuna no Sasori
Cuando salió del lugar Sasori se cambió. Una vez que tenía puesta la capa soltó una pequeña carcajada.
-Esto va a ser interesante.
No podía creerlo. ¿Cómo había ocurrido esto? Se suponía que iban a matar a Orochimaru. ¿Cómo había terminado aquel sujeto en la organización?
Cuando uno de sus subordinados le había advertido que ese tipo estaba metiendo su nariz dentro de Akatsuki, le pareció que era una completa tontería. Aun así, Pain le ordenó que lo acompañara a buscarlo y deshacerse de él. Bueno, al menos podría divertirse un rato.
Sin embargo, en ningún momento pasó por su mente que esa asquerosa serpiente entraría a la organización. Pain debía estar mal de la cabeza, pero él no.
No le agradaba mucho –después de todo, lo había dejado en ridículo frente al líder– pero aun así, decidió tomarlo como su compañero. Lo tendría vigilado, asegurándose de que no robara información que no tenía por qué importarle.
Había resultado un poco molesto, pues Orochimaru terminó autoproclamándose el superior en esa "relación". Sin embargo, debía admitir que no había sido tan malo como creía que sería. Sorprendentemente, trabajaban bien juntos, y aunque no tenían los mismos ideales, si compartían algunas ideas. La eternidad era una de ellas.
Sabía que Orochimaru no compartía su ideal de belleza, pero sí entendía lo importante que era la inmortalidad. Ser eterno implicaba algo completamente importante. La fragilidad humana era sorprendente, y ambos lo sabían. Por eso, ambos hicieron lo posible por terminar con esa fragilidad.
Los experimentos de Orochimaru para desarrollar su técnica del cambio de cuerpo no eran de su interés, así como sus esfuerzos convirtiendo su cuerpo en una verdadera marioneta tenían a la serpiente totalmente sin cuidado. Los dos trabajaban en lo suyo, sin meterse en los asuntos del otro. Y así estaban bien.
Mentiría si dijera que no había llegado a llevarse bien con el Sannin. A diferencia de muchas personas, Orochimaru entendía eso que lo había llevado a ser como era ahora. No estaba seguro de los detalles en cuanto a la pérdida de sus padres, pero sabía que de alguna forma eran similares. Los dos eran genios, genios que habían sido abandonados en una eterna y horrenda soledad sin sus padres, sin las personas a las que amaban. Y ahora los dos tenían un mismo objetivo, que había derivado de la misma pérdida.
Por eso, cuando tiempo después le dijeron que tendría un nuevo compañero –esta vez decidido por el líder, y no por él mismo– se sintió algo decepcionado. Hacían un buen equipo, ¿Por qué no dejarlo como estaba? Lo peor fue cuando se enteró de quién sería su compañero. ¿Acaso creían que era una niñera?
En cuanto lo vio, lo primero que pensó fue que ese mocoso no servía para ser un Akatsuki. Lo segundo que pasó por su mente –y esta vez lo dijo abiertamente, permitiendo que Itachi y Kisame lo escucharan– era que moriría joven. Y definitivamente no estaba equivocado, en cuanto el Uchiha lo venció, había quedado claro que el niñato moriría sin remedio.
Aunque debía admitir que por un momento aquel mocoso lo había dejado pasmado. En cuanto se negó a unirse diciendo que solo quería concentrarse en su arte, de inmediato captó su atención. Sin embargo, tan solo fue necesario que ese idiota dijera que el arte era una explosión para dejar a Sasori sin habla. ¿El arte? ¿Una explosión? No podía hablar en serio… jamás, en sus 30 años de vida, había escuchado algo tan absurdo como eso.
Ni siquiera se molestó en decirle algo a Itachi cuando este decidió que sería él quien derrotaría al rubio. De todas formas, sabía que ganaría de forma fácil y rápida; y así fue. El niño había perdido y, lamentablemente para ambos, él sería su nuevo compañero.
Había pensado en reclamar, asegurando que si no le quitaban al mocoso de encima lo iba a matar. De hecho, un par de veces dejaron al menor a cargo de Kakuzu. Lamentablemente, no hubo una gran diferencia; ambos eran igual de intolerantes. Él quería trabajar con Orochimaru, las cosas estaban bien cuando ellos estaban juntos. Sin embargo, nada lo preparó para lo que ocurrió tiempo después.
Él lo había previsto. Se lo advirtió a Pain. Intentó evitarlo. Y aun así, a pesar de todo eso, Orochimaru los había traicionado.
No sabía a quién echarle la culpa. Tal vez a Itachi, ya que si él no hubiese llegado, Orochimaru jamás habría intentado quitarle el Sharingan y jamás habría tenido que dejar Akatsuki. Sin embargo, no era como si el peli negro lo hubiera planeado. Tenía que admitir, muy a su pesar, que realmente Itachi no tenía la culpa, y que habría sido una simple víctima de no ser porque Orochimaru había bajado la guardia al creer que podía tomarlo desprevenido fácilmente.
De hecho, lo mismo había sucedido con Pain el día que ese maldito traidor se les había unido. Creyó que sería fácil quitarle el Rinnegan, aunque al final el líder de la organización lo había mandado a volar con su Shinra Tensei.
Eso era, la culpa era de Pain. Él había sido quien dejo que Orochimaru se uniera a ellos, y era él quien había alejado a ambos. Si nunca lo hubieran emparejado con el inútil de Deidara, Sasori podría haber mantenido un buen ojo sobre el renegado de Konoha y nada de eso habría pasado.
Sin embargo, eso ya no importaba. Aún mantendría un ojo sobre Orochimaru con la ayuda de Kabuto. De algún modo haría que se arrepintiese de lo hecho.
En realidad, no sabía porque estaba tan molesto, ya que en un principio él no quería para nada estar cerca de aquel sujeto. De hecho, debería estar agradecido con Itachi por haberle ahorrado el deshacerse de él. Sin embargo, se sentía un completo estúpido por haber quedado en ridículo cuando Orochimaru los abandonó, importándole muy poco que a Sasori no le gustara cuidar de Deidara.
Y, en cuento al artista que tenía ahora de compañero, supuso que tendría que acostumbrarse a él. Se preguntaba como Itachi, siendo solo un par de años más grande que el rubio, era simplemente tan callado y tranquilo, mientras que su alumno era un total escándalo. Definitivamente, Akatsuki no era lugar para un adolecente.
Aun así, había algo a favor del niño, y eso era su gran amor por el arte. No tenían las mismas ideas, para nada. Pero, aunque difiriesen mucho en el concepto, ambos sabían lo importante que era aquello.
Y su arte era el arte supremo. Las marionetas eran lo más importante en su vida, y él sería su propia obra maestra, la belleza suprema y la perfección absoluta.
Próximo Capítulo: El cuervo de Konoha, Itachi
