Disclaimer: Este fic participa en el reto "Solsticio de invierno" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.
Género: Romance/Drama.
Personajes: Molly Weasley/Amelia Lovegood (Amelia es el nombre que he decidido dar a la madre de Luna.)
Rating: "T".
Palabras: 2000 exactas.
Advertencia: Femmeslash, yuri o relación entre dos mujeres.
2
-¡Bill! Deja ese bastón, por favor-Pidió la mujer con voz solemne.
-Pero… ¡Mamá!-Exclamó el niño de catorce años, que más bien era un adolescente.
-Ni peros ni nada, William Arthur Weasley. O dejas ese bastón de caramelo o…Verás…-Dejó caer ella, colocando sus manos en su cintura.
El chico soltó el bastón con cierto enfurruñamiento, aunque consciente de que mejor era eso y no tentar a la suerte. Bajo la mirada de su madre, se escabulló para buscar a Charles, su hermano pequeño, y así poder distraerse un poco. La mujer suspiró, algo cansada, para acabar sonriendo.
Era feliz con sus hijos, y con su marido, el que llegaba a casa y depositaba un beso en su mejilla con una sonrisa afable. ¿Acaso podía pedir mucho más? Respiró profundamente, pensando para acabar dejando el cuchillo a un lado. Esa noche era la cena de navidad, y tenía que dejarlo perfectamente preparado. A Arthur le gustaba la navidad. Le encantaba. A ella ya no tanto. No con el recuerdo ese en su mente. Se estremeció con tan solo recordarlo, y cuando al final decidió proseguir a lo suyo, sonrió al escuchar a su esposo llegar a casa.
-¡Cariño!-Exclamó entusiasmado, entrando por la cocina y dejando la maleta sobre la mesa-¿Sabes que en el Ministerio han decidido aumentar el presupuesto para el departamento muggle?
-¡Felicidades, cariño! Sabía que tú podrías con ello-Se acercó a él para tomar su rostro entre sus manos y besar apaciblemente esos suaves labios.
-¿A qué huele aquí?
-Estaba preparando todo para la cena de esta noche.
-¿Quieres que te ayude? Pareces un poco agotada-Molly ladeó la cabeza.
-Solamente estate un poco al quite de los niños. Están muy revueltos.
-¿Y cuando no lo han estado? Voy a ver que están haciendo Bill y Charlie-Volvió a besarla-Te quiero.
-Y yo a ti.
Sonrieron los dos, y el hombre abandonó el salón con el fin de ir a buscar a sus hijos. La mujer se quedó allí, con el trapo de la cocina en su mano y su gesto serio. Recordó que tenía que ir a salir a recoger la ropa que había tendido, y sin más demora, cogió a Ginny, la que estaba sentada sobre la mesa y la llevó fuera.
Hacía algo de frío, pero el día era soleado. El aire fresco le agradaba a la mujer Weasley, y su pequeña niña reía estrepitosamente, sobre todo al ver una mariposa revolotear a su alrededor. La pelirroja sonrió ante esa imagen y se puso a quitar la ropa. Pinza por pinza. Se colocó mejor el delantal, aunque se quedó sin respiración cuando, de repente, se percató de la presencia de una mujer en frente de su casa.
Seguía igual que siempre. Con esa sonrisa. Con esa mirada tan pura y sincera. Con ese algo que le hacía temblar en tan solo un instante. Tragó saliva, carraspeando y evitando esa mirada que conseguía dejarla inerme. Sonrió forzosamente un poco, escondiéndose entre las sábanas blanquecinas.
Amelia sonrió un poco por ello. Molly siempre era así. Tan misteriosa. Tan seria y recatada que le hacía preguntarse cómo es que se enamoró de ello. Lo peor de todo es que seguía haciéndolo pese a todos los años que habían pasado. Y esas navidades tan extrañas en las que se veía recordando ese beso y esa confesión que no pudo evitar hacer. Los sentimientos podían con ella, sobre todo cuando esa melena rojiza se encontraba presente en sus pensamientos.
Esa mirada felina de ella seguía intacta, al igual que esos ojos y esa esencia suya. No encontraba nunca la palabra exacta para dirigirse a ella, pero sabía y era consciente de sus sentimientos y de que, si pudiese, la estrecharía contra ella misma para poder susurrarle que la seguía amando, como esa noche, en la que le aseguró que así sería. Y en el fondo, Amelia sabía que Molly era consciente de ese sentimiento. De esa realidad que no se escapaba entre ellas dos.
-Quizás la pequeña se ha hecho daño-Susurró la mujer cuando se percató de que la niña hacía un mohín de desagrado.
Parecía que había ido a perseguir a la mariposa y, finalmente, acabó cayéndose sobre la yerba helada. No lloraba, ni tan siquiera parecía padecer dolor alguno, pero se veía disgustada. Molly clavó su mirada en la niña para acabar sonriendo tiernamente.
-Buenos días, Amelia-Pronunció entonces, levantando su mirada con algo de timidez.
Se colocó un momento el cabello, atusándolo para salir de entre las sábanas y acercarse a ella, tocando así ese anillo dorado que marcaba lo que era su matrimonio con Arthur.
-¿Cómo está la niña?-Preguntó entonces-Luna, ¿no?
-Molly, deberías fijarte en si le ha pasado algo a la pequeña.
-Solo se ha caído, Amelia. No es para tanto-Acabó diciendo con una sonrisa en el rostro.
La aludida se sonrojó, sobre todo al ver como la señora Weasley se acercaba. Seguía igual de hermosa, qué diantres. Mucho más de lo que jamás hubiese creído. Y es que, Molly siempre le había parecido hermosa. En todo momento. Igual que a la pelirroja le fascinaba la rubia en todas sus formas.
-Puede ser…-Logró pronunciar, mirando detenidamente a la mujer que se encontraba en frente suyo.
El amor parecía ser un juego cruel. Allí estaban. Las dos mujeres que se besaron en pleno baile de navidad con dieciséis años. Una Gryffindor y una Ravenclaw. Dos personas que habían acariciado plenamente el delirio, aunque solamente fuera en una noche. Dos mujeres que se habían querido. Dos mujeres que habían saboreado la despedida. Y también el reencuentro.
-¿Y cómo está la pequeña Luna?
-Bien, bien. Ya sabes. Es un poco revoltosa, aunque en el fondo creo que es Xeno, que la vuelve un poco loca-Bromeó con buen humor.
-Me gustaría saber a quién se parece más, si a su madre o a su padre.
-Creo que a su padre, aunque mi madre dice que se parece físicamente a mí.
-Entonces…-Se detuvo justo a tiempo de decir ninguna tontería, aunque se sobresaltó al pensarlo.
-¿Entonces?-Pidió con el tono de voz que prosiguiese, con un corazón acelerado.
-Entonces tiene que ser igual de hermosa que su madre.
Esas palabras hicieron que ambas se incomodasen. ¿Era justo el mundo? Era lo adecuado y lo correcto. Eran las dos cobardes por negar lo evidente. Pero ya no quedaba nada. Ya no podían hacer nada. Solamente callar y permanecer así, fingiendo cordialidad, fingiendo un cariño amistoso que cubría la verdadera realidad: Ese juego eterno que aún seguía vivo, y que a veces, su llama parecía abrasarlas a las dos.
-Supongo-Logró contestar la otra-A ver si un día traigo a Luna y se hace amiga de Ginevra.
-Ginny-Corrigió la señora Weasley-Arthur dice que suena más dulce y cariñoso.
-Y tiene razón.
-Pues sí. Deberíamos quedar algún día para que las niñas se hagan amigas-Corroboró Molly.
En ese preciso instante en el que ambas sonrieron, conectando como siempre, apareció el señor Weasley con Ron correteando detrás de él. Sonrió un poco al reconocer a su vecina y esposa de su antiguo compañero. La señora Lovegood clavó su mirada en él con cordialidad. Admiraba a ese hombre con buen fondo. Y sobre todo, envidiaba que él la tuviese a ella.
-¡Buenos días, Amelia!-Exclamó el hombre, tendiéndole la mano a modo de saludo-¡Qué grata sorpresa encontrarte por aquí! ¿Vienes de la compra?-Señaló la bolsa que portaba la rubia.
-Sí. Para la noche. Ya sabéis-Se encogió de hombros.
-¿Y qué tal está Xenophilius? ¿Y Luna?
-Todos estamos bien. Muchas gracias por preocuparte, Arthur. ¿Y vosotros?
-Geniales, como siempre. Tenemos que quedar un día para que se conozcan las niñas.
-Eso mismo le estaba comentando a Molly-Dijo entonces Amelia, dirigiendo una sonrisa incómoda hacia la pelirroja, la que apartaba su mirada-En fin, me tengo que ir. Quizás mi marido se encuentre preocupado.
-Por supuesto. Además, los tiempos andan aún confusos después de todo-Contestó Arthur, rodeando el hombro de su mujer-Mándale saludos de mi parte. Bueno, de la familia.
-Lo haré, Arthur, lo haré. Buenos días a los dos.
Y tras estas palabras, la mujer prosiguió por su camino, sin poder evitar soltar una lágrima débil, rodando por su blanquecina mejilla. El dolor se apoderaba de ella, pero ya no tenía nada que hacer. Todo ya estaba preparado desde hacía mucho tiempo. El destino ya las había marcado a las dos. Ya solamente quedaba dejarse vencer. Y sabía que en esa noche de navidad, acabaría llorando bajo la risa de su hija y el empeño de su marido de ir bajo las estrellas para comer manzanas de caramelo.
Arthur se adentró en la casa con los niños en sus brazos. Molly observaba a lo lejos como Amelia se alejaba. Como siempre. La observaba en silencio, pidiéndose que se resistiese a ese impulso que crecía en ella.
En otra vida, quizás, saldría corriendo tras ella para detenerla. Sonreír y besarla. Besarla sin importar nada más. Amándola sin reprimirse. Ser libre de verdad. Era feliz. Por supuesto que lo era. Sus hijos eran lo que más quería en su vida, y no podría vivir sin ellos. Pero moría cada día, cada segundo, al verla y saber que no era suya. Caía al ser consciente de que no era libre. De que ella se obligó a esa prisión. Y que su alma siempre seguiría a esa rubia de mirada clara y profunda.
Se adentró en la casa, llegando a la cocina para dejarse caer sobre la silla. Era desesperante. ¿Acaso Merlín no podía compadecerse de ella? Dejó que el aire se escapase de su cuerpo.
Aún recordaba ese beso que le arrebató, de ese encuentro en el que se dejó hacer. Un momento de pura felicidad. Un amor de esos imposibles.
Ella tuvo que elegir lo que su familia pensaría que sería adecuado. No podía darles ese disgusto, y menos en un mundo donde ese tipo de amores eran pecados, eran algo que no estaba aceptado ni asimilado. Y no podía darles ese disgusto, y menos después de la muerte de sus dos hermanos. No.
Y ya era demasiado tarde. Sus hijos, que no habían hecho nada para merecer eso. Su marido, Arthur, que la quería y ella también le quería a él pese a todo. Ese hombre que le había dado todo aquello, y que le hacía sonreír cada mañana, de alguna manera u otra. Esa niña que era la hija de Amelia, que no se merecía eso. Y tampoco el señor Lovegood, que era un hombre amable después de todo.
¡Saldrían tantas personas perjudicadas! ¿Y para qué? Para un amor que ya no era posible.
Empezó a nevar. Molly Weasley, de soltera Prewett, posó su mirada en esos copos de nieve que se cernían sobre la tierra. Ese frío que empezaba a amainar. Y una sonrisa triste. Recuerdo de una noche de navidad presente en sus pensamientos todos los días.
Y Molly Weasley comprendió que se había equivocado. Si hubiese sido un poco más valiente, quizás estaría con ella. Si no fuese una cobarde, no se estaría haciendo daño a Amelia, ni a ella misma. Si, fuese un poco más honesta, no mentiría a su marido al decirle que le amaba. Si fuese una buena persona, seguramente que no estaría pensando en cada noche como sería dejarlo todo por ella.
Pero también sabía que eso ya no era una posibilidad. Y por eso, y porque ambas lo comprendían, habían decidido fingir y solamente verse en los momentos justos, y de casualidad. Porque si no Molly enloquecería al igual que Amelia Lovegood.
Por lo que, ese sería su pequeño secreto. Al igual que tendría que fingir sentir un poco de dolor ante la muerte de la mujer años después, cuando en ese preciso momento, moriría, y se quedaría muerta en vida. Pero esa noche de navidad, se permitió no fingir. Y lloró. Lloró por ese maldito secreto. Por ese maldito secreto que se llevaría a la tumba. Por ese secreto que le hacía sollozar todas las noches.
Su amor hacia Amelia Lovegood.
El secreto de Molly Prewett.
