Y aquí os dejo la segunda parte de este sencillo trabajo, gracias por leerlo. El shi "Neal y Karen" no ha sido idea mía, sino de mi querida Friditas; en su maravilloso fic "Un Final Esperado".
Charlie asintió solemnemente, y dejó a su jefe en el camerino; porque hay mucho trabajo y el actor necesita un momento de reflexión y descanso en soledad.
CAPÍTULO 2
Mientras tanto, Karen Kleiss aprovecha el entreacto para dirigirse a uno de los sencillos palcos del recinto. En el camino, da algunas instrucciones a sus asistentes, y atiende a periodistas y fans. Pero como tiene prisa, se despide cortésmente de todos.
Su bella melena pelirroja es lo primero que vería cualquier ocupante del palco, siempre que la joven traspase la puerta. Detrás de ella, un empleado del teatro ha recibido alguna instrucción, porque se oye responderle a la actriz.
-Sí, señorita Kleiss, ya tenemos todo preparado. Matherson averiguó el monto de la multa. No es mucho, no se preocupe…
-Señorita Kleiss… señorita Kleiss –gruñe el único hombre ocupante del palco.
Karen sonríe enternecida, y se acerca a besarle.
-Neal, cariño, ya te dije que no lo hacen con mala intención. Simplemente ya están acostumbrados a llamarme Kleiss.
El señorito besa de forma posesiva a su mujer, y contesta malhumorado.
-Ya, Karen, ¡pero es que nos casamos hace más de dos años! Estoy seguro de que ese bastardo de Grandchester les paga para llamarte Kleiss en mi presencia…
Ella se ríe con ganas, liberando un poco de la tensión del estreno.
-No, no, mi amor. Terry está muy ocupado con sus cosas. Y aunque no lo creas, es incapaz de hacer algo que me lastime, aunque tenga que perderse la ocasión de hacerte rabiar…
Siguieron hablando de cosas intrascendentes, aunque es obvio que están muy enamorados. Casarse con Neal Leagan fue aquel salto de valor del que Terry le hablaba. Ella estaba en la cúspide de su carrera pero, contrario a lo que se esperaban prensa y compañeros; su largo noviazgo y posterior matrimonio con el caprichoso heredero la han hecho más famosa… y feliz.
La joven se acurruca al lado de su marido, dispuestos a disfrutar del espectáculo. Ya habrá tiempo de enfrentarse a multas, prensa y quejas de los trabajadores del teatro.
De repente, las luces se apagaron de nuevo. El silencio regresó al teatro, como si fuese un templo sagrado, y esperaran que apareciera un dios. El telón se fue abriendo al ritmo normal, pero el ansia del público hizo eterna la espera.
Y tras él, ahí estaba de nuevo Terry Baker. Con el mismo escenario extremadamente austero –y malfariado-, y con la misma ropa del primer acto. El público pasó por alto aquellos detalles, concentrado en la mirada azul cobalto del actor, en su presencia, expectantes.
Terry acercó una vieja silla de madera, que hacía juego a la desvencijada mesa del atrezzo; y se sentó en ella, apoyando los brazos en el respaldo. Pareció reflexionar un momento, mirando hacia el suelo sin ver nada en particular, con la luz del foco haciendo resplandecer su hermoso cabello castaño. Levantó la cabeza, y comenzó a hablar. No era un monólogo ya escrito y ensayado, sino todo improvisación; aunque el público no lo sabía.
-Que me cuelguen si esa no fue la relación más breve que he tenido; y eso que, como todos los lectores de prensa del corazón saben; nunca me he distinguido por ser un hombre de romances largos.
No hacía falta que dijera el nombre de la dama en cuestión. Fue un romance de dominio público.
Encendió un cigarrillo, que sacó de una elegante pitillera de plata; el único regalo que conserva del viejo duque. Lo encendió con parsimonia, como si el acto formara parte del montaje. Una sonrisa torcida apareció en su rostro, al reconocer en algunas mujeres del público, la misma cara de escándalo que hacían las monjas al verle fumar en el colegio.
«Y la de Candy…»
Gruñó disgustado, pero los espectadores no lo percibieron. Continuó con su monólogo, asegurándose de usar un lenguaje llano, accesible y, a veces, hasta demasiado franco o grosero.
-Yo hacía lo mismo en cada noviazgo: divertirme un tiempo, y después sin variar, comenzaba con mis andanzas; que obviamente causaban peleas. Después, podía engatuzar a la chica para volver o despacharla, según me conviniera. Una cena de lujo, un viaje a París, unas joyas… o nada. Todo dependía de cuánto me gustara la mujer en cuestión; el tamaño del escándalo que me hiciera, o cuánto podría perjudicar a mis intereses.
Torció el gesto con amargura.
-Pero ella no lloró ni gritó. Ni siquiera se mostró indiferente, como para hacerse la interesante; más bien ¡se rió! ¡La muy pu… -se autocensuró, como si su madre estuviera a punto de reprenderlo, riéndose de su extraño puritanismo- …la muy malvada se rió en toda mi jeta!
Después de levantar un momento la cabeza, echando un vistazo a uno de los palcos; dio una calada a su cigarrillo. Disfrutó tanto del sabor del tabaco, como de la reacción del público. Por las caras de algunos, sabía que eran de esos talibanes antitabaco. Y sonrió con picardía, comprendiendo que al día siguiente su representante se subiría por las paredes, al recibir la denuncia y multa de Sanidad.
«Que se joda. Por una vez no sacará dinero de mí, sino que seré causa de que pague algo…»
Y él se aseguraría de estar presente cuando llegasen la denuncia y la factura para pagar la multa. Pero eso sería después, ahora tocaba continuar con su trabajo.
-Sí señores, se rió. Yo no supe qué hacer, me quedé en blanco escuchando su carcajada cínica y a la vez espontánea. Se supone que soy un actor con cierta experiencia, habituado a improvisar y hablar en público; pero… -suspiró entre sorprendido y triste -la reacción de esta mujer me dejó completamente descolocado. Creí que sería como las demás: que iba a patalear un poco, a llorar mucho y quizás; a enfadarse un tiempo, pero que volvería a mí. Pero con sólo verla, supe que había metido la pata y que no había marcha atrás…
Tal vez relacionando la expresión "meter la pata", con la realidad, movió una de sus sólidas piernas, buscando la comodidad que llevaba años en espera.
-Pero no hizo nada de eso, y es que ella no es como las demás. Me dejó ¡es la primera y única vez que me dejan!... y me sentí como un perro abandonado en la carretera. Y aunque ella es buena, también es muy sincera. Brutalmente sincera: dice lo que piensa, sobre todo cuando está enfadada. –sonríe con tristeza- No se dejó nada, me dijo algunos insultos que ni siquiera sé qué significan exactamente… pero que sin duda mereceré.
Da una calada a su cigarrillo, ante la expectación del público y continúa.
-¿Qué puedo decir? Estaba en mi mejor momento: triunfaba con Hamlet, y me anotaba muchos goles fuera de la cancha. Las mujeres iban y venían, pero todas me dijeron, en un momento u otro, que era un auténtico hijo de… ¿Tenían razón? Seguramente. Pero a ella yo sí quería quererla bien, ¡fue mi amor adolescente! Le había perdido la pista durante años y yo sólo quería… quería…
Notó que perdía un poco los estribos, y no le gustó, porque se suponía que iba a ser un monólogo impersonal y, hasta cierto punto, despreocupado. Respiró profundamente varias veces, para poder proseguir con calma. ¡Era un actor premiado, caramba!
-Sólo que no pensé que su reacción fuera esa. No me hizo un drama: primero se rió y luego enumeró mis infinitos fallos, salpicando sus frases con algunas groserías que parecían aprendidas en una cantina de muelle. Siendo ella, tan sincera, aventurera, descarada, audaz… probablemente las habrá aprendido ahí.
Entornando los ojos al dar otra calada al cigarrillo, la recordó en aquella tarde en que la volvió a ver. Piel blanca y suave, con una pléyade de graciosas pecas… piernas de infarto, los mismos ojos verdes y cautivadores. La masa de rizos rubios, igual de indomables que en San Pablo.
Había ido al hospital infantil por una idea de Karen, hacía ¿cinco, siete años? A él los niños le eran indiferentes, pero como el capullo de Neal le había producido una película infantil a su flamante novia; ella le pidió el favor de promover la cinta visitando a los niños. Pero Terry está seguro de que el marido de Karen eligió el hospital sabiendo que se iba a encontrar con ella.
El encuentro fue épico, tanto, que la cara del desconcertado Terry ocupó cientos de portadas… y la de la afortunada también. Pronto, fue de dominio público su romance adolescente, la profesión de Candy y sus humildes orígenes fueron expuestos. Terry tuvo que llamar personalmente a unas cuantas agencias, para que la dejasen en paz.
Sin embargo, y a pesar de todo y de todos; ella aceptó volver a salir con él. No fue fácil ser la novia de una estrella: no tenían vida privada, y Terry se negó a dejar sus antiguos hábitos. Fiestas, borracheras, excesos, demasiadas "amigas"… ni los consejos de una enferma Eleanor hicieron entrar en razón a su hijo. La echa tanto de menos… las echa de menos a las dos.
-Probablemente, ella es la venganza de todas mis mujeres. No he hecho más que herir a toda mujer que ha pasado por mi vida. Reniego de mi padre, pero… -se quedó callado un momento, sorprendido -me parecía demasiado a él…
Como si la revelación fuese una losa, se dejó caer pesadamente en la banqueta de bar que había al lado de la mesa del escenario. Se quedó un rato cabizbajo, abatido. En el magro atrezzo, había una botella de vino, y Dios sabe que le costó mucho no cogerla y beberla de golpe.
El público lo contemplaba atónito, en silencio, admirando lo que creían era una ensayada coreografía. Pero Terry en verdad se estaba debatiendo entre el coger o no la botella, y perderse de nuevo en su fondo.
Quitándose con mucho trabajo tal pensamiento, se reincorporó para seguir con su acto.
-Se fue, llevándose hasta su espejo, ¿ridículo, no? Pero más ridículo fue sentirme más huérfano con tal acto, como si algo dentro de mí pensara que el jodido espejo me devolvería su imagen. Imbécil. Los cajones estaban vacíos, la casa también. Y a pesar de que sólo estuvo conmigo un par de meses, jamás había caído en la terrible soledad en que vivía.
De nuevo apretó el puño, se encendió un nuevo cigarrillo y suspiró. Ha perdido la cuenta de los que se ha fumado en poco más de una hora, quizá más de los que haya fumado en el último año.
-Y en vez de pedirle perdón, me di al vicio con más fuerza. De todas formas, pedirle perdón no tenía sentido: sé que si se había ido era porque ya no le importaba; y no iba a humillarme, ni siquiera por ella…
Por supuesto, ese descenso a los infiernos fue cubierto oficiosamente por la prensa. Dejó de trabajar en el teatro, se le veía más en bares y discotecas; donde era conocido por invitar cocaína a todo el que quisiera, aunque a veces ellos o él mismo acabaran en comisaría por meterse en peleas.
Tuvo decenas de falsos amigas por el mundo que, a cambio de fama, droga y publicidad; le presentaron mujeres hermosas, y así el sexo sin amor fluía como un pestilente río contaminado. Pensaba que la castigaba, pero realmente se estaba torturando a sí mismo. Siempre lo supo, pero el orgullo le impidió parar mucho tiempo. Quería olvidarla, pero cada mujer, por muy diferente que fuera, le recordaba a ella.
Si no hubiera sido por su madre, por Karen y por Charlie, jamás habría salido del pozo.
-Estoy seguro de que ella leyó todas las noticias que salían sobre mí, pero no me importa; porque esa historia ya quedó atrás. Es historia, señores. Y sí, la amé tanto, que me dejé media vida en olvidarla. Días llenos de trabajo frenético, y… -baja la voz hasta apenas ser audible- y… y noches larguísimas tirado en esa maldita cama, que tenía más de ella que mi misma piel.
Se agachó de nuevo, mirando fijamente al suelo, y se hizo un largo silencio en el que no se oían siquiera la respiración de nadie. El encargado de las luces, después de varios minutos sin respuesta, entendió que Terry había terminado su actuación. Al tiempo que iba atenuando la luz del foco, iba en aumento la reacción del público.
Primero fueron unos tibios aplausos, como si no quisieran perturbar el ensimismamiento del actor, o como si aún estuvieran procesando las palabras dichas por él. Pero a los pocos segundos, una rabiosa ovación de pie inundó el teatro, llenándolo de una magia sanadora que cubrió al actor.
-Gracias… -musitó apenas audiblemente. Hizo la reverencia al público entre una lluvia de rosas y aplausos, y se retiró a su camerino con paso firme y solemne.
Una vez hubo atravesado el pasillo que llevaba al rincón más íntimo del teatro, a su camerino santuario; se dio cuenta de que sudaba frío, y de que el último cigarrillo aún iba prendido entre sus dedos. Abrió la puerta al mismo tiempo que daba otra calada, y mientras buscaba el interruptor de luz, lo que escuchó lo dejó helado.
-¿No te he dicho que fumar es malo para la salud, Terry?
No, no podía ser. De seguro se trata de una alucinación por la intensidad del momento en el escenario. Sí, eso debía ser.
Encendió las luces del espejo, y el cristal le devolvió la imagen que tantos meses había añorado. Esos preciosos ojos verdes que jamás olvidaría, pero que, gracias a Dios, ahora le miraban sin pizca de enfado, aunque arrasados en lágrimas.
-Gracias por venir… -atinó a decir, arrobado con la visión.
Ella sonrió dulcemente antes de responder.
-No podía faltar a tu vuelta al teatro. Se lo prometí a tu madre… y a ti… y a mí misma.
Pero antes de terminar su última frase, él ya la abrazaba con fuerza, repartiendo besos por la cara, por todas las diminutas pecas que la adornaban.
Charlie estaba a punto de entrar, pero vio que esta vez la bandeja de agua y su conversación, serían innecesarias.
Cerró delicadamente la puerta del camerino, quitó la placa de Terry Baker, puso una con el suyo propio; y se alejó sonriendo satisfecho.
FIN
©Stear's Girl
Ojalá este fic sea del agrado de todas, y lo hayan sentido como yo. Gracias.
