Ariadne estaba sentada en la butaca, disfrutando de las peripecias de un fantástico libro.

"Sol, luna y estrellas".

-¿Interesante el libo, madre?-Ariadne pego un respingo y levanto la cabeza. Sobre ella estaba el feliz rostro de su querido hijo y rey de Bereth, Adhárel.

-Sí, hijo mío. Este libro es maravilloso, la verdad. Será mi calmante cuándo haya noches tan horribles cómo esta.-De un cabezazo señalo la ventana del castillo, que dejaba ver en el exterior una intensa lluvia acompañada de una espantosa tormenta.

Adhárel rió.

-Pronto me deberás dejar el libro, madre. Yo también quiero ver ese mundo que tanto te absorbe.

Y ahora te dejo, Duna me esta esperando arriba.

-Sí, hijo mío, no te…-En ese momento la puerta se abrió de par en par y por ella entró Mosdem, fiel soldado de la familia. Esa noche le tocaba hacer guardia, y por esa razón estaba calado de pies a cabeza. Su castaño pelo chorreaba agua.

Venía muy alterado, y sus verdes ojos estaban a punto de salírsele de las órbitas.

-Alteza, un salvaje acaba de venir reclamando la presencia…

-¿Un salvaje?-pregunto Adhárel.

-Sí, alteza, pero…

-Dile que en seguida bajo…

-Esa es la cuestión, majestad. No quiere veros a vos, si no a la reina madre.

-¿A mí?-Pregunto Ariadne, extrañada. Ya no era reina, no tenía que aguantar cosas de negocios o de política. Y no había recibido cartas de amigos diciendo que la fuesen a visitar.¿Sería una visita sorpresa?

-Voy con vos, madre.-Dijo Adhárel, desconfiado. Ariadne asistió con la cabeza, conforme.

Bajaron en compañía de Mosdem, que los llevó al recibidor del castillo, dónde había una figura envuelta en una capa encima de un gran charco de agua. Estaba empapada hasta el fondo, que hacía que el negro de la capa fuese más negro aún.

La capucha ocultaba el rostro y el cabello y realmente daba bastante miedo. Parecía que Mosdem no confiaba lo bastante cómo para invitarlo a entrar mucho en el palacio.

El soldado salió al tormentoso y lluvioso exterior volviendo de nuevo a su puesto, dejándoles solo.

-¿y bien?-pregunto Adhárel al extraño. Pero cuándo el invitado habló no fue para dirigirse a él.

-¿No me recuerdas?-Ariadne se tapo la boca con la mano, con los ojos saliéndose de las órbitas e incapaz de creérselo. Su hijo la miraba impresionado. Nunca la había visto comportarse así.

Después de mucho intentarlo, Ariadne al fin pudo pronunciar.

-¿A…Ada…Adai…ir?

-Soy yo, Ariadne. He vuelto.-Sin poderse contener y sin que Adhárel lo pudiese evitar, Ariadne corrió hacia el encapuchado, quién se quito la capa mostrando un rostro moreno, con ojos negros y pelo espeso, rizado y castaño oscuro, de unos cuarenta años.

Cuándo Ariadne llegó a él, se fundieron en un beso. Un beso largo y apasionado, ansiado y esperado.

Un beso que les juntaba para no volverse ha separar.