Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, pero los amo. Son creación de Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi, y sólo pretendo entretener con ellos nuestras imaginativas mentes…un abrazo.
… … … …
CAPÍTULO II: Estudiando a tu cliente.
− ¡Buenas tardes Sr Andrew!− remarcó estudiadamente la hermosa joven, la cual vestía un impresionante vestido verde que a Albert le pareció que se ceñía como un guante a sus pronunciadas curvas.
−Sr. Andrew, ¿se encuentra Usted bien?− volvió a señalar Candy, juguetonamente −. Esto será tan fácil −pensó.
−Disculpe señorita White. Su belleza me ha dejado literalmente sin aliento. No sabía que trataría directamente con usted el proyecto del Señor Jonas− mintió Albert mirándola seductoramente, mientras la saludaba dándole un sensual beso en el dorso de la mano derecha.
−Por favor Señor Andrew, no nos hagamos perder el tiempo mutuamente. Ambos sabemos que su secretaria llamó directamente a mi casa, así es que no sé a quién esperaba usted en esta reunión, hace bastantes años que ya no vivo con mi padre. Así es que como verá, no es necesario que finjamos que este encuentro fue casual − habló Candy mirándolo de frente, sonriéndole de lado.
−Por favor llámeme Albert, y permítame decirle señorita White, que tiene usted razón. No es necesario que escudemos este encuentro en falsas excusas. ¿Se sirve usted café? − dijo acercando una pequeña tasa recién servida a los ojos de Candy, quien altaneramente negó el ofrecimiento.
− ¿Cómo? ¿No le apetece café? Pensé que usted debía ser una soberana adicta, según tengo entendido la semana anterior pasó más de cuatro horas diarias en la cafetería que se encuentra en esta calle, considerando que la empresa de su padre se ubica a casi una hora a pie de este lugar. Sin duda debe de haber encontrado allí un inigualable sabor…− replicó triunfante.
Candy entreabrió los labios, sorprendida del nivel de detalle que manejaba el sujeto acerca de su supuestamente secreto plan de seducción que había urdido para lograr una entrevista con él. ¡Qué tipo detestable y soberbio! No permitiría por ningún motivo este nivel de humillación. Sin dejar entrever otro segundo más de incomodidad, se sentó cruzando seductoramente sus piernas en el gran sillón frente a su escritorio, y tomó el control de la situación:
−Me parece que prefiero seguir llamándolo Señor Andrew, no me gusta mezclar el placer con los negocios, eso sería muy poco profesional… y claramente en este caso, podría malinterpretarse−. Dijo esto último tocándose la parte trasera del cuello con su mano derecha, movimiento que dejó embobado a su oyente. Luego, continuó:
−Pese a que no tengo por qué darle excusas, sólo en esta oportunidad, y por única vez, le explicaré para que no haya ningún tipo de confusión, que el dueño de aquella cafetería es uno de mis mejores amigos, y suelo venir aquí para sentirme en casa, somos cercanos desde la infancia. Si es que quiere que esta entrevista llegue a buen puerto, le solicito remitirse a lo estrictamente profesional y por favor, no ofender mi buen nombre e integridad insinuando otro tipo de intenciones. Dicho esto, le pido enfocarnos, mi tiempo es escaso − recalcó abriendo su agenda.
Albert estaba atónito, sabía que la había turbado, y que había dejado su pequeño truco de seducción al descubierto, pero estaba maravillado de lo hábil que ella se mostraba para ocultar sus emociones y lo rápido que logró dar vuelta la situación. Si creía que con sólo un par de gestos estudiados lograría que él diese su brazo a torcer estaba completa y absolutamente en lo cierto, quería verla de nuevo y jugar esta especie de duelo hasta ver de lo que era capaz. "Quieres jugar con fuego…veamos qué tan cerca de la llama puedes mantenerte" pensó para sí.
−Por favor Srta. White, no faltaba más. Continúe usted, si es que así le parece pertinente− dijo sonriéndole afablemente.
−Verá usted Sr. Andrew, como representante de Jonas S.A. la mejor empresa de publicidad en esta ciudad, según la Revista Chicago Bussiness, creo mi deber advertirle que su consorcio está dejando escapar una gran veta de negocio, que podría mantener al Grupo Andrew como uno de los líderes de la banca por al menos dos décadas más.
−Srta. White, nuestra empresa ya es la número uno del mercado bancario. Sin embargo, estoy dispuesto a escuchar su propuesta, tiene usted totalmente mi atención.
−Sr. Andrew, hoy en día, es imprescindible que los líderes del mercado incorporen un modelo de sustentabilidad en sus operaciones cotidianas, así como una estrategia publicitaria que les permita comunicar al mercado su preocupación por el entorno.
−La entiendo Srta. White, pero créame, es una de mis mayores preocupaciones, y en este sentido, nuestro personal y los recursos que usamos consideran el menor impacto al medio ambiente. ¿Qué estaría sugiriendo usted que no hayamos hecho ya?
−Nuestra empresa le propone un salto cualitativo al del resto del mercado, sugerimos una estrategia de posicionamiento distinta, creando un fondo especial para financiar proyectos y acciones que causen un efecto positivo en el desarrollo sostenible. No se trataría solo de cuidar la basura que producen, sino de financiar proyectos que contribuyan al mejoramiento social y ambiental, innovaciones que puedan transformarse en un área de oportunidad para expandir el negocio de los bancos. Tenemos contactos y experiencia en este ámbito, puedo mostrarle lo que estamos haciendo en otros sectores productivos…− señaló Candy seriamente, mirando las notas de su agenda y ajustándose un par de gafas con el dedo anular. Que dicho sea de paso, eran un préstamo de su hermana Patty para verse más intelectual.
−Gracias por esta primera aproximación, Srta. White. Me encantaría tener más tiempo para hablar de su propuesta. Sin duda suena muy interesante, pero existe otra razón por la cual la he invitado a reunirnos hoy. La verdad es que yo también tengo una oferta que hacerle… − Albert la miraba de reojo, sin dejar entrever el más mínimo gesto que delatase lo que diría a continuación.
Candy abrió sus pupilas esmeraldas tanto que parecieron brillar con mayor intensidad, e hizo un gesto con el mentón para que el hombre a cargo prosiguiera con su objetivo.
−Señorita… ¿es usted feliz?
−¿Eh? ¿Qué dice usted Señor Andrew? Por favor disculpe, pero no entiendo dónde quiere llegar con esa pregunta.
−Lo digo en serio señorita White. ¿Cuánto tiempo cree usted que su padre pueda continuar al mando de Jonas S.A.? ¿Qué edad tiene usted, veinte años?
−Si cree que no somos una empresa solvente se equivoca Sr. Andrew, y mi edad a usted no le incumbe, no es parte de esta negociación.
Albert comenzó a pasearse felinamente por la amplia oficina, como si estuviese a punto de lanzarse sobre una novata gacela.
−Disculpe usted señorita, pero la oferta esta tarde quiero hacérsela yo. Sepa usted que normalmente los tratos financieros son cerrados por mi personal a cargo, sin embargo, usted posee algo que deseo con locura−. Dijo esto último acercándose tanto a su rostro que Candy percibió sutilmente el aroma a madera y bergamota que expiraba desde el cuello de su camisa.
−Nuestro consorcio necesita con urgencia el terreno donde su ubica su compañía. Hemos cerrado un trato con uno de los bancos más prestigiosos de Nueva York, y requerimos ampliar nuestras filiales en Chicago para incorporar personal que vendrá a ser parte de esta nueva fusión. El terreno donde se ubica Jonas S.A. es estratégicamente perfecto para nuestros propósitos. Estoy dispuesto a doblar el valor del terreno, y pagar con muy buena liquidez…− señaló confiado, tomándola del hombro derecho, como un profesor a su pupila.
−¡Pero qué se ha imaginado Sr. Andrew! ¡La empresa de mi padre no está a la venta! −Gritó Candy enfurecida, quitándole bruscamente la mano desde donde él había osado posarla.
−¡Mi familia no está en venta!− siseó apuntándole al pecho con el dedo índice, y avanzando luego a paso raudo hacia la puerta, cerró tan bruscamente que logró botar algunas fotografías que se encontraban colgadas en la pared contigua.
−¡Vaya carácter!− dijo Albert, asombrado. Tal parece que esta negociación no sería tan fácil como la había planificado. Ensimismado revivió algunos pasajes del encuentro y se maravilló nuevamente con el reto que tenía por delante. Sólo había una cosa que le daba más placer que cerrar un negocio difícil, y era una hembra indiferente.
−Creo que esta Srta. White es justo lo que me ha recetado el doctor− sonrió ladino.
… … … … …
Veinte años atrás…
−¡Escúchame bien William! Por muy ingenuo o inexperto que aún seas, ninguna mujer vale el estado actual en que te encuentras. ¡Demonios, qué te pasa niño, eres un Andrew! −Le dijo el anciano zamarreándolo de los hombros.
−Aprenderás un par de trucos del gran Tío Wickham, ¡jajajaja! − El octogenario fumador lo tomó del mentón obligándolo a levantar el rostro.
−¡Dignidad niño! Que jamás vean dentro de ti, sólo lo que tú quieras mostrarles. Verás…la cara no es más que una simple carcasa, no permitas que se transforme en el espejo de tu alma. A mis trece años yo ya era el rey de los salones, vamos por nuestra primera lección, veamos qué tan bueno eres con ese uniforme tuyo de baloncesto.
−¡Bien muchacho! ¡Eres bueno encestando! ¡Practica, practica! ¡eso, eso!
Durante los siguientes años, Albert no sólo se cambió de instituto, sino que entrenó duro y se convirtió en un eximio basquetbolista. Su cuerpo se estiró, las redondeces adolescentes se perdieron, al mismo tiempo que sus músculos se tonificaban, fue aprendiendo de las vivencias de su loco pariente, acerca de su particular visión del sexo femenino, de las tácticas de conquista, su experiencia y resolución ante el mundo. El desparpajo con que se relacionaba con las mujeres se hizo un sello particular de su carácter como estudiante universitario, así como el amor por su libertad, su elocuencia, y la consecuente fama de conquistador lo acompañaron de pronto por el resto de su vida.
… … … …
Candy se detuvo en el café frente al edificio del gran Consorcio Andrew, desplomándose frente al mesón de la barra, abatida.
−¡Maldición!, ¡Toooooom!−llamó la rubia hacia el interior de la cocina.
Un joven cercano a los veinticinco años de edad, apuesto, moreno, alto y fornido, se acercó alegremente a ella.
−¡Candy! ¿Cómo te fue?, ¿por qué traes esa cara de funeral? ¿Es que acaso no escucharon tu propuesta? ¿No dijiste que este plan era infalible?
−No me hables Tom, ¡sólo quiero desplomarme aquí, varar como una ballena, comer hasta la gula y desaparecer! ¡Tráeme un trozo enorme del pastel de chocolate más espeso y calórico que tengas! − dijo sin levantar su frente del mesón.
−No puedo creer que haya dejado que ese tipo me humillara de esa manera ¡Debí simplemente pegarle en la entrepierna, abofetearle el rostro, apretarle la quijada! −Mientras decía esto pegaba puñetazos al mostrador.
−Señorita, va usted a provocar un accidente con las tazas de café que aún no se reparten. Le ruego me de unos minutos extra antes de que intente acriminarse conmigo de la manera descrita.
Candy levantó la vista lentamente y allí estaba, el Adonis del averno, con su sonrisa cínica que simulaba fraternidad. Se incorporó pausadamente y cuando estuvo a un costado suyo, le plantó una cachetada tan fuerte que logró moverle la cara de su sitio.
… … … … … … …
¡HOLA A TODOS! Disculpen la tardanza, avanzar con dos fics ha sido más difícil de lo que creía, ¡soy demasiado lenta! Jejejeje. Eso sí, prometo no dejar ninguno sin terminar, ténganme un poco de paciencia. Ya empiezan a salir chispas de esta parejita, quedan muchas aventuras por compartir, espero que les guste esta particular historia, que busca sacarles un suspiro por allí, y sobre todo una sonrisa. Gracias miles por su apoyo, y por todos sus comentarios, me sirven para aprender, mejorar y también son gasolina para el alma. UN GRAN ABRAZO, EN ESPECIAL A YULENI, QUE NO HA DEJADO DE CREER EN MÍ Y DARME LATIGAZOS PARA QUE AVANCE. ESTA HISTORIA NO EXISTIRÍA SIN SU AUSPICIO, NI SUS CONSEJOS BETA. CARIÑOS MILES.
¡VIVA EL CANDYMUNDO Y LOS ALBERTFICS!
Saludos, Cordovezza.
