Capítulo 1

Bella iba a cruzar la calle por el paso de cebra. Diluviaba y el viento agitaba la protección del cochecito de Tony. Había mirado en ambas direcciones antes de empezar a cruzar, pero al avanzar, con los ojos aguijoneados por el agua y la cabeza inclinada ante el viento, débil y extenuada pero con una urgencia desesperada, volvió a recordarlo, como siempre.

Un chirrido de ruedas, el rugido de un motor, y luego un golpe tan violento que la alzó en el aire y la lanzó de costado al encuentro del alquitrán. Y luego el ruido sordo del impacto causado por su cuerpo... y la oscuridad. Una oscuridad total.

Se sacudió mientras su cerebro revivía una vez más el momento en que el coche la había atropellado en un paso de peatones. El movimiento le causó dolor, pero lo que siguió al dolor era peor... mucho peor.

Una voz que gritaba... dentro de su cabeza. Angustiada. Enloquecida.

¡Tony! ¡Tony! ¡Tony!

Una y otra vez. Anegándola con terror, miedo y horror. Una y otra vez...

Una mano en su hombro. Abrió los ojos. Una de las enfermeras le hablaba.

—Su pequeño se encuentra a salvo... ya se lo he dicho. Está sano. No resultó herido.

Bella miró la cara que la observaba, los ojos estanques de angustia.

—Tony —susurró otra vez con voz temerosa—. Tony... ¿dónde estás? ¿Dónde estás?

La enfermera habló de nuevo con voz serena y tranquilizadora.

—Lo están cuidando hasta que usted se ponga mejor. Y ahora relájese y duerma un poco. Eso es lo que necesita en este momento. ¿Quiere algo que la ayude a dormir?

Intentó mover la cabeza, pero cualquier movimiento era una agonía.

—No puedo dormir... ¡no debo! He de encontrar a Tony... lo tienen ellos. No me lo devolverán. Lo sé... ¡lo sé, lo sé!

—Claro que lo recuperará —afirmó la enfermera—. Sólo lo cuidan mientras usted permanezca aquí. En cuanto le den el alta, se lo entregarán...

Pero el terror llenó los ojos de Bella.

—No... se lo ha llevado ella. La asistente social. Dijo que no podía cuidar de él, que estaría mejor en los servicios sociales —cerró la mano sobre los dedos de la enfermera y los ojos se le dilataron—. He de recuperarlo. ¡Es mi hijo!

—Le traeré un sedante —la enfermera se marchó.

La angustia dominó a Bella. Tony no estaba. Lo cuidaban otros. Tal como dijo la asistente social.

«Es evidente que usted no puede ocuparse de la tarea de cuidar a un niño», oyó el tono de condena en su memoria. «Su hijo no vive en condiciones idóneas».

«Oh, Dios... ¿por qué? ¿Por qué?», pensó. ¿Por qué la mujer había tenido que presentarse justo en aquel momento en que se había sentido enferma y apenas unos días después del funeral de su padre.

Había tomado una dosis doble contra la gripe y eso la había dejado aturdida, de modo que cuando la asistente social se presentó, había sido Tony, aún con el pijama puesto y viendo un programa infantil en la tele, quien había abierto la puerta mientras ella estaba tumbada en la cama, respirando dificultosamente y prácticamente sin sentido...

Sabía que esa mujer la había puesto entre ceja y ceja la primera vez que se presentó en el destartalado apartamento propiedad del ayuntamiento para evaluar si la petición de Bella de ayuda en el hogar para su padre era válida o no. La mujer le había soltado sin rodeos que su padre necesitaba ser hospitalizado hasta que le llegara el fin, que un hombre moribundo no debía estar cerca de un niño, y que si Bella se negaba a proporcionar el nombre del padre del pequeño, no tenía derecho a esperar que el estado pagara la educación del niño en vez del padre. Tony debía estar en una guardería y ella volver a trabajar, porque ésa era la política oficial.

Después de aquello, todo había ido cuesta abajo. La vida de su padre había llegado a un atormentado final y al final había tenido que llamar a una ambulancia para que lo llevara al hospital, donde un ataque al corazón le había puesto fin. Su agotamiento, su enfermedad, su necesidad desesperada de proteger a Tony de lo que sucedía alrededor de él, la habían llevado más bajo que nunca había estado en los cinco sombríos años desde que su mundo se había desmoronado a su alrededor.

Y la gota que había colmado el vaso se produjo cuando la asistente social había llegado aquella aciaga mañana para encontrar a Tony sin supervisión de un adulto y a Bella en la cama.

Después de decirle que iba a solicitar una orden para dejar al niño bajo los cuidados de los servicios sociales, tomó las pastillas para la gripe que había en la mesilla, afirmando que las haría analizar, ya que sospechaba que ella se drogaba.

Había salido de su dormitorio y, de algún modo, Bella había encontrado las fuerzas para levantarse de la cama y seguirla casi a trompicones, pero se había golpeado contra el marco de la puerta, reafirmándole, de ese modo, la creencia de que se hallaba bajo la influencia de alguna droga en vez de enferma con una infección en el pecho que apenas le permitía respirar.

Cuando la mujer se marchó, informándole de que regresaría en breve con la documentación necesaria para quitarle a Tony, Bella, dominada por el terror, se había puesto algo de ropa para ir a la consulta del médico, desesperada por conseguir unos antibióticos al igual que una declaración de un especialista de que no era drogadicta... cualquier cosa que pudiera oponer a los servicios sociales. Pero antes de poder llegar a la consulta, la había atropellado un coche en un cruce para peatones.

Al recobrar la conciencia, se había encontrado en un pabellón de un hospital, el cuerpo dolorido, las extremidades y el torso vendados, con un goteo en el brazo y los pulmones en llamas.

Y Tony ausente.

Tony... su única razón para vivir, la única luz en la cueva negra en la que se hallaba, la única alegría de su vida.

¡Debía recuperarlo! Sin él moriría.

¡Tony!

El grito silencioso y angustiado se repitió una y otra vez a medida que entraba y salía a la deriva de la conciencia, reviviendo constantemente el momento en que el coche la había golpeado y había pensado que el impacto había matado a su hijo...

¡Pero no estaba muerto! Dios le había evitado eso. Estaba vivo, pero ausente, y la aterraba no poder recuperarlo jamás. Nunca. Lo entregarían en adopción... se lo quitarían...

Las enfermeras habían tratado de ayudar.

—¿No hay nadie que pueda cuidarlo por usted? ¿Amigos, vecinos, parientes?

Ella había cerrado las manos en la manta.

—Nadie.

No tenía parientes... no desde que enterrara a su padre. No le quedaban amigos. Todos perdidos. Y los vecinos... nunca se había hecho amiga de ninguno en las reuniones vecinales, demasiado enfrascada en los problemas que la agobiaban como para fijarse en alguien. Horrorizada de que su vida se hubiera hundido de esa manera.

Una de las enfermeras había vuelto a hablar con suavidad.

—¿Y qué me dice del padre del pequeño?

Sus ojos se habían endurecido de forma automática.

—No tiene padre.

Con tacto, la enfermera no había vuelto a hablar, pero mientras se marchaba, sus propias palabras le habían marcado la mente a fuego.

No tiene padre...

Una imagen surgió en su cerebro.

Quemándole la piel, la carne.

Su recuerdo...