"LA TEMPESTAD Y LA CALMA"
Yo vi del rojo sol la luz serena turbarse,
Y que en un punto desaparece su alegre faz,
Y en torno se oscurece el cielo
Con tiniebla de horror llena.
-Don Juan De Arguijo.-
Triste Ladrón.
Dios tardó un segundo en perdonar al "Buen Ladrón", que se arrepintió en su lecho de muerte abriéndose paso por las puertas del cielo; Esté otro ladrón era diferente.
No es que no creyera en Dios, de hecho creía, pero conocía a la perfección al monstruo que ocultaba su bello rostro y eso disipaba toda posibilidad de perdón.
Era consciente de que las reforzadas puertas del Infierno serían las únicas que se abrirían para él a su "muerte", y también era consciente de lo mucho que ello lo mortificaba a pesar de querer ocultarlo. Después de todo, aún guardaba cierta…esperanza. Y precisamente por ello todo le mortificaba; finalmente, ¿Qué es la esperanza si no la fría y voluble amiga que cae marchita como las hojas de otoño, y en la hojarasca arrastra todos los sueños?
Estaba ahí, con la mirada perdida en el asfalto húmedo del suelo, con las manos metidas en los bolsillos y los hombros relajados, ¡La viva imagen de la despreocupación!, sin embargo, sus ojos estaban ensombrecidos y su ceño se frunció con fuerza, poblando su tersa piel en arrugas.
Me hubiera gustado no saber que mi frío ladrón no estaba ahí de casualidad, que me esperaba, y que debido a su expresión desolada, lo único que yo podía esperar era la muerte. Me hubiera gustado ignorar estas tétricas suposiciones, para poder seguir mi impulso de avanzar un paso y alargar mi mano hasta su fría faz para consolarle.
Pero no era así.
Lo sabía, y mi corazón enloquecido golpeaba con fuerza mi pecho dejándome adolorida y con los pies pegados al asfalto.
La respiración se me aceleró ridículamente y mi resignación escurrió por mis ojos abnegados en lágrimas.
Era totalmente entendible que estuviera temblando de miedo. Después de todo estaba sola en una calle desolada y medio oscura, con un ladrón que no estaba interesado en robar algo tan trivial como el dinero o el celular al fondo de mi bolso. No, él quería algo más, algo mucho más importante que eso, él quería mi vida.
La luz titubeante y débil de una lámpara en la calle, iluminaba a vaivenes la acera mojada. Estaba a punto de caer de su oxidado sostén mientras chirreaba de forma melancólica, de ello que la sombría imagen de mi ladrón quedara oscurecida de a tramos interminables hasta que el titubeante halo regresaba.
No miré dos veces más antes de girarme para escapar.
La imagen a mi espalda se oscureció un segundo y al siguiente, la luz iluminó el vacío.
Sentí el pecho explotar de dolor y escuche mi único par de pasos resonar por el eco mientras corría calle abajo…
† Parte 1 †
El ladrón de las flores de Lilium.
-Maldiciones.
Una crisis de sueño perdido suele ser suficiente para atormentar tu día de forma aún peor de lo que logra una larga discusión antes de ir al trabajo o a la escuela. El santuario de los sueños nos mantiene cuerdos, o al menos a la mayoría. El sueño es parte primordial del humor del ser humano, y no hay nada como una noche de insomnio para producir un inminente efecto de mal humor. El resultado es completamente inevitable.
Alice se estiró de forma distraída sentada en el borde de la cama con los pies colgando como péndulos y los ojos entrecerrados. Se irguió en la totalidad de su metro sesenta saltando furiosa de la cama para mirar con mirada penetrante, al objeto de su tremebundo disgusto. La ventana de su habitación se encontraba abierta, para su gran malestar, con las cortinas de vivo azul rey volando al paso del viento otoñal azotando el marco metálico contra la pared color lila.
La verdad es que Ally tampoco vario el resultado; fulminó la ventana con la mirada mientras enfurruñada escuchaba el "Tac" del reloj de la sala, y miraba con desencanto el 3:27 a.m. que brillaba en rojo en la pantalla del despertador de la mesita de noche.
Se conocía lo suficientemente bien como para tener la esperanza de reconciliar el sueño de nuevo, así que se maldijo con voz ronca de modorra, mientras emprendía el viaje hacia la ventana para cerrarla.
Estupefacta, maldijo de nuevo evocando en su mente al desagradable sujeto que dos semanas atrás había instalado las nuevas ventanas de su departamento, y que había osado cobrar-sin merecerlo, al parecer-unos honorarios exorbitantes.
Como ella lo veía, solo había dos posibilidades:
O aquel incidente se debía al inútil herrero, o alguien más, un "tercero"-y probablemente uno de los malos-había abierto su ventana.
Azorada maldijo al comprender que lo más probable era lo segundo, y esta vez el frío halo del temor se expandió por su cuerpo.
De puntitas y aterrada cómo a la espera de que un asesino saltara sobre ella, Ally asomó la cabeza por el lindel de la ventana y al mismo tiempo dos sucesos le esclarecieron la mente; una corriente de helado viento invernal le golpeó la cara mientras miraba el abismo de dieciocho pisos al pavimento que separaba su habitación de la avenida.
Casi se río de sí misma.
¿Qué ladrón podría entrar por una ventana a esa vertiginosa altura?
Cerró la ventana ya mucho más tranquila, haciéndose el juramento de no volver a solicitar servicio del estúpido herrero y cuando paseaba la mano por el alero sus dedos tocaron un símbolo de dulce maldad.
Era pequeño, no más de grande que su puño, atado al cortinaje con un listón celeste. Su suave aroma dulzón se alzó hasta su rostro, y Ally reconoció alucinada la selección de sus flores favoritas que conformaba el pequeño ramito.
Olvidó al instante lo obvio: que la existencia de aquel ramo era inexplicable e imposible. Acalló la voz que le advertía sobre el peligro y la arrojó al olvido a medida que el fulgor del enamoramiento la atontaba.
En su deslumbramiento se convenció incluso de que era lo obvio, lo que seguía a continuación de la serie de eventos.
Flotó en una nube de ensueño de regreso a su cama, olvidando su enojo, su mal madrugada, y añorando a suspiros al que, posiblemente la estimaba.
Olfateó el ramito por última vez, recostada en la almohada cuando ya marcaban las 4:05. Emocionada cerró los ojos y durmió hasta el despuntar de la mañana, ignorando el peligro, dejándolo estar a su alrededor…
…Duerme, querida Alice, al fin y al cabo, es sólo un simple ramo.
El "Ding-dang" del reloj resonó de nuevo con igual potencia. 60 minutos habían pasado desde el último y sin embargo sus oídos se retorcieron con fuerza al resonar de las campanadas. A lo lejos, el reloj de la torre norte, centro de todo el pueblo, resonó a su vez, con 12 lentas campanadas que repicaban con un ruido ensordecedor a sus claros oídos. La copa de vidrio fino en su mano se tambaleó peligrosamente, el líquido ámbar en su interior brilló entre las sombras y se revolvió con soltura desprendiendo su olor a manzana; licor de manzana, su favorito, o al menos eso podía recordar.
Giró la copa lentamente provocando que el licor bailara en su interior describiendo ligeras ondas en su superficie. En la oscuridad parecía encantador. Su absolutamente perceptiva vista lo volvía asombrosamente visible y además de todo exquisitamente agradable. El olor se elevaba por el viento y el ligero susurro del licor al girar en la copa llegaba a sus oídos nítidamente. Pronto había olvidado lo terrible que le parecía el continuo repicar del reloj en la torre, del reloj en aquel cuarto. Todo se había vuelto calmo.
Respiró profundamente controlando la adrenalina que recorría sus venas…lo único que recorría sus venas en realidad. Espero a que su reparación colérica retornara a la normal y a que sus ojos dilatados regresaran a ese color esmeralda tan llamativo que le fascinaba. Siendo un «hombre» como él, no debería provocarle tanto el simple repicar de las campanas en la iglesia, o el sonsonete absurdo de un simple reloj. Si bien todos sus sentidos estaban altamente desarrollados y sus percepciones eran mucho más altas que las de los demás, en sus ya muy bastos años debería haberse acostumbrado, ¿no?
Con descuido miró hacia el exterior que bailaba su propio ritmo. Las ramas se tambaleaban con el viento y su susurrar acariciaba sus oídos aclamando las punzantes campanadas. El mundo solía tener cierto….encanto. O lo tuvo alguna vez. El sol salía siempre por el mismo sitio variando apenas en unas cuantas minucias insulsas que solían enloquecer la imaginación del perfeccionista. Y en aquel mismísimo instante su resplandor entró por la ventana golpeando su rostro y su figura, la luz penetró en sus ojos y le invadió el cuerpo…aquello también había dejado de ser…interesante.
Tendría que esperar toda la tarde, hasta la muerte de aquel día soleado, para que el ardor se detuviera, pero estaba bien, le hacía sentirse…vivido.
Con paso sigiloso se acercó a la ventana y miró a través de ella, la puerta que quedaba justo en frente se abrió con sincronía asombrosa, y por ella salió una chica que por primera vez desde que él la mirara, sonreía. Entre sus manos la cálida Alice sostenía un ramillo, lo olfateaba constantemente y lo contemplaba enamorada. Triunfante su sigiloso espía esbozó una sonrisa de replica y desapareció como un suspiro entre las sombras de su alquilada habitación.
