Al fin en casa

Bilbo no podía creerlo, durante la mitad de su viaje, se había preguntado si Thorin sentía lo mismo por él; el mismo amor. Y ahora que lo sabía, de algún modo lo había despreciado.

Aun así, él no tenía por qué haberle gritado que nunca más sería bienvenido en Erebor. Hubo muchas discusiones por el literalmente "primer mandato del Rey bajo la Montaña", pero era el rey, y eso nadie lo iba a cambiar, y menos él, un simple hobbit que regresaba a su vida hogareña y pacífica, sentado ahora en su cómodo sillón frente a la chimenea en donde Thorin cantó aquella triste y a la vez poderosa canción.

Se preguntaba, qué estaría haciendo justo en esos instantes, qué pensaría, qué sentiría, y todo lo llevaba a la misma respuesta: en él, no.

Suspiro diciéndose a sí mismo que debía olvidar cuanto antes ese asunto. Tal vez… no sentía amor por Thorin, sino una tremenda admiración por aquel enano fuerte, noble, inteligente, de hermosa cabellera cana, de voz profunda y atrapante y uno ojos azules que… De acuerdo, si era amor, pero no por eso iba a abandonar la vida que él añoró durante ése viaje inesperado.

Quizás lo que pudo haber entre Thorin y él, quedó atrás, pero debía haber un modo en el que no terminaran tan mal.

Primero pensó en ir a visitar, pero estaba demasiado lejos como para arriesgarse a que Thorin lo dejara afuera muriendo de frío y hambre, luego pensó en Gandalf; tal vez su viejo amigo podría darle un mensaje a Thorin, pero casi se va de espaldas al imaginar el sermón del mago cuando cayera en cuenta de que lo usaría de recadero.

Tembló de sólo pensar en lo que le pasaría.

Y pasando a otros asuntos ¿Cómo reparar su relación con Thorin? Creía que al menos podrían quedar como compañeros y viejos conocidos, y al mismo tiempo, Bilbo recordaba que cuando se marchó, lo último que oyó decir a Balin fue: en donde hubo fuego, cenizas quedan. Y dudaba que se refiriera a Smaug y al desastre que hizo en Erebor durante sesenta años.

Sabía que a Thorin le dolía su separación tanto como a él, pero su orgullo lo haría; como ya dijo antes, sentarse sobre su oro y morir de hambre, antes que dar su brazo a torcer.

No le dolía; es más, le daba risa y lo hacía esbozar una sonrisa en su rostro, esa forma tan peculiar que tenía de ser.

Tal vez, con el tiempo aprendería a cargar con su amor y reprimir esas ganas de salir corriendo a tratar inútilmente de competir con esas montañas de oro y esa endemoniada Piedra del Arca por el corazón de Thorin. Lo cual, era ridículo sin importar por donde se le viera.


Mientras tanto, en los grandes salones de la legendaria Montaña Solitaria, Throrin necesitaba evitar cualquier rostro familiar o conocido, en especial a Fili y a Kili, ese par no dejaba de reprocharle el modo en que le grito a ese mediano traidor.

Mira que humillarlo a él, despreciar su amor con una mano en la cintura, tomar ese beso como una simple disculpa y repudiar su propuesta de matrimonio, todo por una simple Comarca que por lo menos él, en ningún mapa había visto antes ¡Vaya vergüenza que se cargaba ese mediano!

Pero estúpido negar que no le dolía, por primera vez, tenía el corazón roto, había experimentado el desamor. Era horrible sentirse así, pocas veces prestaba atención a los asuntos que debería tener al tope de su lista de preocupaciones; aun así, se negaba rotundamente a solucionar algo que él no había arruinado.

Por ningún lado había solución, no pasaba un día sin que ambos pensaran en el otro, sin que se preguntaran qué estaba habiendo y si tenían intenciones de olvidarse, y había dos hermanos y un mago que lo sabían mejor que nadie, y no iban a permitir que el orgullo de Thorin y la mentalidad de Bilbo por negarse a dejar su hogar, interviniera en un amor que atravesaba La Ciudad del Lago Largo, Mirkwood, la Caroca, las Montañas Nubledas y Rivendell.