Todo estaba oscuro. Ya eran casi las diez de la noche y aquella misteriosa chica no tenía ni una sola luz encendida en su casa. Pisaba sobre una blanda moqueta de color granate y podía percibir un extraño olor. El olor de los libros nuevos, sí, algo parecido a eso. Era como si en aquel apartamento no viviera nadie; no había sillones, no había televisión, no había muebles en absoluto. Solo una mesa individual en la cocina y una silla junto a ella.

-La primera puerta a la izquierda. –Dijo Wanheda señalando el pasillo que se encontraba hacia la izquierda de su invitada.

-¿Disculpa? –Se excusó ella por no entender. Estaba demasiado sobresaltada por el impacto de aquel lugar y la voz ronca de su vecina.

-El baño. –Le recordó Wanheda.

-Ah, sí. Gracias. –Sonrió caminando hacia él. La castaña se humedeció un poco la cara. El baño era casi igual que la sala de estar; no había cremas, ni maquillaje, ni medicinas… Solo había una toalla para las manos. La curiosidad pudo con ella y tuvo que asomarse a la bañera, donde había jabón en gel y champú. Nada más, ni colonias, ni sales… No sabía si aquello la asustaba o le inducía aún más ansias por indagar.

Wanheda estaba reclinada sobre el marco de la ventana fumándose un cigarrillo, mirando la fría noche. Esperaba la llamada de Wallace, pero sabía que no llegaría hasta las dos y veintidós de la madrugada. Nunca entendió por qué Wallace hacía eso, pero era una rutina a la que ya no se oponía. Escuchó la puerta del baño abrirse y no se molestó siquiera en darse la vuelta, prefería dejar que su vecina se largara sin cordialidades. Y, aunque esperó, no escuchó a nadie salir de su casa.

La castaña llevaba dos minutos de pie mirando a su anfitriona sin atreverse a interrumpirla en sus cavilaciones. Miraba de un lado a otro con las manos tímidamente enlazadas delante de su cuerpo. Wanheda se giró y la miró durante largo rato, como cuestionándola sin utilizar las palabras.

-¿Necesitas algo más?

-¿Puedo sentarme? –Dijo ella tímidamente señalando la única silla que había.

-Pensé que lo que querías era utilizar el baño. –La castaña la miró extrañada, desviando los ojos hacia los lados y frunciendo el ceño en señal de confusión.

-¿Me estás echando?

-Si estuviera echándote ya lo sabrías. –Respondió con seriedad acercándose a ella. –Pero me dijiste que necesitabas utilizar el baño, y ya lo has utilizado.

-Y quieres que me vaya… -Añadió la castaña.

-Puedes sentarte si quieres. –Respondió Wanheda, creando en su vecina una sensación de náusea intelectual, de no saber hacia dónde encaminarse con aquel encuentro. Jamás había tratado con nadie similar.

La chica caminó hacia la silla y se sentó. Sobre la mesa estaba el suéter negro de Wanheda y un paquete de tabaco. Ojeó el suéter a hurtadillas mientras la especialista miraba de nuevo hacia la ventana. Era de Champion. Esa era una marca muy cara y estaba muy bien cuidado para ser ropa que había conseguido en la caridad. Era tan misteriosa… Además de su atuendo negro y ajustado, llevaba unas agresivas botas negras de esas con la suela de goma dura, cordones que parecen cuerdas de barco y con aspecto de ser las que cubrían los pies de los escaladores.

-¿Me invitas a uno? –Volvió a preguntarle a su vecina, que seguía absorta en la noche, dijo señalando el tabaco.

-No quiero tener problemas con tu padre. –La vecina no pudo evitar sonreír.

-Ya soy mayor para que él decida por mí si fumo o no.

-Pues decide con libertad otras muchas cosas. –Eso había sido indiscreto. Pero la castaña decidió no continuar con aquel fastidioso tema de que su padre era un controlador y un obseso hacia su vida.

-Soy Lexa. –Dijo tras dar una calada. Esperaba una presentación parecida de su vecina que nunca llegó. Solo llegó una mirada de curiosidad. -¿Y tú?

-Wanheda.

-Eso es un apellido, a lo sumo, un pseudónimo, dime tu nombre. –Wanheda dudó. Nunca le daba su nombre a nadie, prefería que la llamaran por su pseudónimo.

-Solo Wanheda. –Insistió.

-Bueno, Wanheda. ¿A qué te dedicas? –Ella había pensado que su curiosa vecina estaría satisfecha con saber su nombre, pero al parecer quedaban muchas preguntas más por responder. Preguntas que no quería responder.

-Soy especialista. –Lexa volvió a fruncir el ceño. Aquella era la cosa más rara que le había pasado jamás. Pero, ¿qué podía esperar? Su vida era lo más aburrido del mundo; todo dictado, todo preparado, no tenía si quiera que tomar decisiones. No solían pasarle cosas divertidas. Quizás aquello fuera más normal de lo que se había figurado.

-¿Especialista? ¿En qué?

-En mecánica. –No, aquello era total y completamente falso. Había visto sus manos cuando le abrió la puerta. No tenía ni una sola mancha o indicio de suciedad. Estaba pulcra, pulcrísima. No podía ser que se dedicara a toquetear un motor. –Bueno, yo estoy estudiando.

-Sí, lo sé. –Interrumpió Wanheda. –Psicología.

-Vaya. –Sonrió Lexa. –Parece que sabes mucho más de mí de lo que yo esperaba para alguien de quien no sé prácticamente nada.

-Deberías intentar no hablar si no quieres que nadie sepa nada sobre ti.

-¿Eso es lo que tú haces?

-Funciona. –Sonrió Wanheda. Fue una sonrisa muy… Fue rara. Porque era adorable, demasiado para alguien que lo primero que inspira es soledad y misterio. Pero sí, su sonrisa era muy bonita. La hacía lucir como una niña.

Ding-Dong. El timbre.

-Ah, debe de ser el cerrajero. –Dijo Lexa mientras veía sorprendida como Wanheda se deslizaba hacia la puerta con cierto aire de cacería. Volvió a adherirse a la pared con sigilo y luego se asomó por la mirilla. Lexa no daba crédito a lo que veía. -¿Eso es lo que haces cada vez que alguien llama a la puerta?

-Shh. –Susurró Wanheda mientras contemplaba al otro lado a un hombre que, efectivamente vestía como cerrajero, pero algo en su estructura le hacía pensar que no lo era. Oh, Wanheda conocía muy bien al tipo de personas en los que no debía de confiar.

Ding-Dong. Insistió el hombre. Llevaba guantes, primera cosa atípica en un cerrajero de verdad. Aunque vestía el uniforme, parecía quedarle pequeño en cuanto a la longitud de las extremidades. Definitivamente aquel tipo no era de fiar.

-Wanheda, solo es el cerrajero que viene a arreglarme la puerta.

-Cállate. –Susurró. –Dame la llave rota y ponte ahí. –Ordenó señalando la pared en la que Wanheda siempre se apoyaba antes de abrir la puerta, que, al abrirla, quedaba totalmente tapada. Lexa no entendía a qué venía tanto revuelo. Definitivamente, Wanheda era una excéntrica, pero no iba a oponerse. Iba a esperar a que se le pasara la paranoia con el cerrajero y luego se iría a su casa. Aquello definitivamente era extraño. Wanheda tomó la llave y abrió, con una mano a la espalda, donde, justo bajo la costura del pantalón vaquero, llevaba una pistola con silenciador.

-Buenas noches. –Dijo Wanheda desafiando con la mirada a aquel hombre que sobrepasaba su estatura en treinta centímetros.

-Vengo a arreglar la puerta de al lado. ¿Está aquí la chica?

-Soy yo. –Respondió Wanheda agitando la llave. Lexa frunció el ceño, ¿qué diablos estaba ocurriendo? Aun así pensó que lo más prudente era permanecer callada, no quería sobresaltar a su vecina, que parecía una verdadera loca de clínica.

-¿Tú eres Alexandria Woods? –Lexa se llevó la mano a la boca. Las piernas le flojeaban, había empezado a sentir el miedo recorrerle el cuerpo. Ese señor no era cerrajero; no había manera posible de que pudieran saber su nombre porque ella no se lo había dicho a la cerrajería en ningún momento.

-Ya te he dicho que sí. –Insistió Wanheda, justo en posición, con la mano empuñando el arma. El cerrajero notó ese gesto.

-¡No mientas! –Gritó. -¿Dónde está Alexandria Woods?

-Soy yo. –Insistió provocando una furia desbordada en el cerrajero que lo llevó a soltar el maletín de trabajo y abalanzarse con las manos crispadas sobre el cuerpo de Wanheda, empujándola hasta la superficie más cercana, que resultó ser la mesa.

-¡HABLA! ¿DÓNDE LA TIENES? –Gritó él, haciendo presión sobre el cuello de Wanheda, quien había perdido la oportunidad para desenfundar el arma. Su brazo había quedado aprisionado tras su espalda y sentía que estaba a punto de quebrarse. Algo en la habitación del fondo empezó a hacer revuelo ante el primer signo de conflicto, golpeaba la puerta y… ladraba. ¡Era un perro!

-¡Ve y ábrele! –Le ordenó a Lexa, que estaba petrificada tras la enorme figura del cerrajero, quien no había reparado en su presencia. Pero cuando Wanheda se dirigió a ella, el cerrajero solo tuvo que girar la cabeza para encontrarla allí, encogida y con el rostro lleno de lágrimas de terror. -¡Lexa! ¡Ve a abrirle al perro! –Insistió Wanheda intentando retener las manos del cerrajero, quien insistía en correr hacia la castaña y vaciarle un cargador en la cabeza. Lexa sacó valor del fondo de su pecho y obligó a sus piernas a obedecerla, emprendiendo una carrera a tal velocidad que pensó que la ansiedad la llevaría a tropezar y rodar por el suelo. Pero no, consiguió llegar a la habitación de la que provenían los ruidos de un perro y le dio un empujón a la puerta.

Wanheda seguía luchando por retener al cerrajero, quien estaba llevándose la mano a la cintura. Iba a sacar un arma.

-Suéltame, zorra. –Le gritó a Wanheda sacudiéndose y pegándole un soberano revés en la boca. Ella no se quejó, al contrario, luchó con más empeño por evitar que el cerrajero sacara su arma. Pero él la agarró de los pelos y estrelló violentamente su cabeza contra la mesa, al igual que lo hubiera hecho con un huevo contra el mango de una sartén, provocando que a Wanheda se le partiera la ceja derecha. Pero vio aparecer a su perro pastor belga, y se sintió a salvo.

-¡Leon, cuatro! –Exclamó. Provocando una súbita furia en aquella bestia negra que se abalanzó sobre el cerrajero, clavando sus colmillos en el brazo que utilizaba para aprisionar a Wanheda de bruces sobre la mesa. Se estiró imperialmente hasta alcanzar su extremidad. El cerrajero sintió un dolor tan profundo que sus fuerzas flaquearon y Wanheda pudo aprovechar para deshacerse de su puño, desenfundar su arma y meterle una bala directamente en el corazón. Algo corto, algo que no hiciera brotar demasiada sangre. –Leon, uno. –Dijo firmemente. El perro, en ese instante, se sentó sobre sus dos patas traseras y miró a su dueña, quien luchaba por mantener de pie el cuerpo casi muerto del cerrajero.

Lexa estaba de pie, descuidada, absorta en la escena que acababa de presenciar e incapaz de asimilar toda esa información en tan corto tiempo. Veía a Wanheda empujar un cadáver fresco sobre la mesa en la que ella apoyaba el codo hacía apenas unos minutos. Intentó entender cómo alguien de su porte y su estatura podría haber sobrevivido a una situación como esa, pero algo le dijo que esa no era la primera vez que Wanheda había estado envuelta en algo así.

-Dame tu móvil. –Volvió a ordenarle Wanheda. Lexa obedeció sin rechistar, aunque se movía algo entumecida. La especialista desmontó el artefacto en una serie de rápidos movimientos y miró atentamente un recoveco entre la batería y la tarjeta.

-¿Q-qué haces? –Balbuceó Lexa, todavía presa de una agitada respiración y un sollozo constante.

-Te han puesto un localizador. –Le respondió sin mirarla. Algo vibró contra la mesa, y Wanheda rebuscó entre los bolsillos del cerrajero hasta encontrar otro móvil con un mensaje reciente: "Baja cuando hayas acabado. Camina treinta metros hacia la derecha por esa calle y allí encontrarás a Emerson. No te desvíes, te tenemos vigilado." –Y a este también. Añadió.

-¿Un localizador? ¿Por qué? –Preguntó alarmada.

-Alguien quiere matarte.

-¿A mí? Yo no he hecho nada. –Lloró implorando por una respuesta que ella pudiera comprender.

-Debe de ser por tu padre. –Afirmó Wanheda categóricamente.

-¿Mi padre? ¿Está bien?

-No lo sé. Pero tengo que dejarte en un lugar seguro, y después tengo que mudarme.

-No puedes dejarme. Tienes que llevarme contigo. –Repuso nerviosa.

-No te preocupes, estarás a salvo a donde voy a llevarte.

-¿Por qué no puedo ir contigo? –Wanheda la miró a los ojos. Barajó esa posibilidad por un instante.

-¿Tienes idea de todo lo que está ocurriendo? Vinieron a matarte, y ahora vendrán y querrán matarme a mí también. Es mejor que estés en un lugar seguro.

-No, contigo estoy segura. –Insistió secándose las lágrimas con el dorso de la mano, irguiéndose y dejando de llorar, como si esa súbita valentía fuera a convencer a la especialista.

-Si te vas conmigo esta noche, nada volverá a ser lo mismo. –Advirtió Wanheda, que, sin saber por qué, sintió deseo de que aquello ocurriera. Quería irse con Lexa, aunque sabía que era una verdadera estupidez. Pero lo que estaba sintiendo en aquel momento, esa emoción infantil, ese entusiasmo irracional, era algo que no sentía desde hacía años. Lexa miró a los profundos ojos de Wanheda. Todo aquello había sucedido demasiado rápido como para intentar saber qué sentía en aquel momento. Pero tenía dos cosas por seguro, la primera era que sabía que Wanheda la protegería mejor que nadie. Y la segunda, era que de solo pensar en lo que podría pasar desde entonces si atravesaba la puerta con Wanheda, se le aceleraba el corazón y se le agitaba la respiración.

-Quiero ir contigo.