Disclaimer: Assassins creed no me pertenece, pertenece a Ubisoft, de ser mio, el guion hubiera sido otra cosa XDD creedlo.
Dedicatoria: A mi buena Maki, que seguro que esta por ahi leyendome, por haberme ayudado a crear esta obra.
Advertencias: Lemon, violencia, lenguaje mal sonante, muertes de personajes etc. Lo tipico de AC.
Parejas: Altair x Maria/ Ezio x Cristina.
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Reflejo de un Ausente
La mañana había parecido ser una eternidad.
El sol brillaba con esplendor y el viento soplaba cordialmente refrescándolo todo. En el jardín podían escucharse las risillas de las mujeres que jugueteaban entre ellas o con las plantas y a los pájaros que volaban y piaban por allí; los Assassins se encontraban en sus labores entrenando, haciendo la guardia, o preparándose para salir a alguna misión encomendada. Todo en la fortaleza era tranquilo y pacifico, tal como Altaïr lo deseaba. Aunque para lograr esta momentánea calma y felicidad alguien tenía que trabajar, y ese alguien era él.
Mientras todos disfrutaban de las labores cotidianas él se encontraba en su estudio, había pasado toda la mañana y los últimos dos días revisando los libros y papiros que se encontraban a su alrededor en la biblioteca, y su escritorio estaba a rebosar de hojas antiguas que levantaban polvo por doquier. Podía decirse que no cabía ni siquiera una aguja en aquella mesa, y entre todo ese desorden se destacaba un objeto singular, una esfera de plata que de no ser por los amplios volúmenes de las enciclopedias de Masyaf que lo cercaban ya habría rodado y caído de la mesa.
Y es que era la primera vez que Altaïr tenía una visión tan concreta con el Fruto; aunque no fuera así desde un principio. La primera vez que sucedió fue una medianoche en su dormitorio, hacía casi semana y media. María y él habían yacido hacia unos minutos y estaban desnudos en la cama tan sólo cubiertos por una sabana; ella reposaba dormida en su pecho y él, por extraño que pareciera, no tenía sueño.
Todo era oscuridad a excepción de una cosa.
Un brillo dorado hizo presencia en la habitación, un brillo que Altaïr inmediatamente reconoció como una de las manifestaciones del Fruto. Cuidadosamente se levantó para no despertar a María, se puso la túnica que había quedado en el suelo y se dirigió hasta donde se encontraba la antigua pieza de plata. La tocó e inmediatamente el cuarto cambió, era como si se hubiera transportado a un lugar completamente distinto; sólo había luz, pero de frente un enorme edificio oscuro se levantaba.
Y sin más terminó.
Desde entonces todas las noches Altaïr había pasado revisando el Fruto esperando otra señal, y sucedió, aunque no todas las noches. A veces el Fruto refulgía de nuevo y la visión se aclaraba, mostrando cada vez más detalles. Descubrió que el edificio enorme frente a él se parecía a una casa con un tejado formado por una especie de conchas apiladas unas sobre otras, un "entramado delicado" pensaría él conforme todo se aclaraba. Más adelante ocurrió algo asombroso e imposible, sintió la lluvia, sintió la lluvia que caía a cantaros sobre él, pero era totalmente imposible, dado que se encontraba en su dormitorio bajo un sólido tejado de piedra, y esa extraña lluvia jamás mojaba su ropa en ningún momento.
A pesar de ser una experiencia asombrosa, Altaïr empezaba a molestarse e impacientarse. ¿Por qué el Fruto estaba mostrándole todo eso? no había nada importante a destacar en la visión, y junto con las palabras de María, que no dejaba pasar la oportunidad para hacer comentarios sarcásticos sobre sus noches en vela, empezó a cuestionar si debía prestarle atención a esta visión o no.
No sabía que al siguiente día tendría su deseada respuesta.
En la visión que se mostró aquel día, el Fruto, tras proyectar las imágenes ya conocidas, mostró a una figura que se jugaba la vida en ese tejado de piedra, una mano que resbalaba, una caída hacia una muerte segura. La figura se encontraba rodeada de luz, y Altaïr podía diferenciar perfectamente sus ropas de asesino; unas ropas que nada tenían que ver con los uniformes usados por cualquier facción de Siria u oriente, pero se trataba de un hermano después de todo, y tal vez Altaïr tenía que salvarlo. Ese debía ser el propósito de las visiones.
¿Pero cómo encontrar un hermano de una facción desconocida, en un lugar que no era en absoluto similar a las tierras que él conocía?
Por eso había pasado los últimos días investigando, pues si se trataba de un hermano lo encontraría fuera como fuera. Dado que la visión se repetía siempre, Altaïr estaba seguro que el evento no había sucedido todavía. Por lo tanto era una carrera contra el tiempo, encontrar un lugar y a una persona en el momento exacto, y algo tenía que haber sobre ello entre ese montón de papeles y polvo que leía noche tras noche.
Sin embargo, después de dos días y medio de búsqueda intensa se sentía de nuevo en un callejón sin salida.
Frustrado dejó los papiros sobre la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Suspiró, y se quedó así por un breve momento, con la vista fija en el frente, viendo cómo alguien subía las escaleras y se dirigía hasta él. Con decisión se levantó de su sitio para situarse frente al escritorio y recibir a su visitante, extendiendo los brazos para que llegara a su encuentro. María le sonrió y apuró su paso para acercarse, abrazándolo y apoyando la cabeza en su pecho. Altaïr posó su mano diestra en la cintura de su mujer, y con la mano libre le acarició el rostro bajando por su mejilla hasta el mentón, levantando su rostro para depositar un suave beso en sus labios, beso que ella correspondió con dulzura.
—¿Ocurre algo? —preguntó él suavemente.
Ella le sonrió.
—No, ¿por qué? —dudó—, ¿se te hace extraño que quiera verte?
—Eso no me extraña —respondió—, lo extraño es que vengas aquí y hasta ahora no hayas dicho palabra —la miró entonces fijamente—. ¿A qué se debe tu inusual falta de comentarios?
María en respuesta sólo se acurrucó más en el pecho de Altaïr.
—Sé que estás muy ocupado con tus averiguaciones —murmuró—, sólo quería venir y verte, no interrumpir tus cavilaciones.
Altaïr asintió, frustrado consigo mismo. Debido a las repentinas visiones había pasado los últimos días encerrado en su estudio, y de no ser por María no saldría a comer o a dormir. Por la respuesta que ella le había dado se dio cuenta que empezaba a preocuparla, aunque no se lo dijera abiertamente. Sin deshacerse de su abrazo la giró, aprisionándola contra él escritorio.
—Apenas hemos pasado tiempo juntos últimamente —susurró él contra ella.
María soltó un pequeño quejido afirmativo en respuesta, sin poder evitar la sonrisa que se formaba en sus labios. Altaïr entonces la recostó sobre el escritorio, acariciándola el rostro y cuello con el propio mientras ella se aferraba a él abrazándolo fuertemente.
—Tengo algo en mente para compensarte —le dijo él en tono tentador.
—Suena bien —respondió ella sonriendo, mientras extendía sus piernas para que él se acomodara sobre ella.
Entonces Altaïr la besó apasionadamente y sin titubeos, mientras que ella con sus finos dedos le bajó la capucha y rodeó su cintura con las piernas, él iba moviendo sus caderas sobre ella instintivamente, rozándose cada vez más profundamente, aumentando su pasión. Los besos iban y venían mientras los pergaminos que antes ocupaban la mesa, cayendo poco a poco al suelo… hasta que uno de los objetos del escritorio rodó hacia ellos.
Y se vieron deslumbrados por un resplandor cegador.
Ambos se giraron para encontrarse con que el Fruto resplandecía de nuevo mostrando la misma visión de siempre, pero con un detalle más. Al final de la visión, después de que el hombre cayera al vacío, se mostró ante ellos viva y claramente la cúpula de la Mezquita de la Roca, imponente, brillante y dorada bajo el sol. Luego todo desapareció y el fruto se apagó como si nada hubiera pasado.
Altaïr, que no se había despegado de María, recostó su cabeza en el cuello de ella suspirando con resignación. María no pudo evitar soltar una risa divertida.
—Al parecer esa era la señal que estaba esperando —le dijo él sin moverse de su posición.
—Vamos, ve —le dijo ella mientras le acariciaba el cabello —el Altaïr que conozco no deja sus responsabilidades.
—Y eso no cambiará —dijo Altaïr cerró los ojos, abrazándola.
Suspirando se levantó tendiendo la mano a María para alzarla, ella la aceptó y se levantó, recolocándole la capucha en su lugar, dándole un pequeño beso.
—Prepararé tu viaje, tú sólo preocúpate de dejar las ordenes correspondientes —dicho esto María salió del estudio.
Altaïr entonces se dedico a apilar los pergaminos que habían caído al suelo, mientras decidía que debía hacer con el Fruto. Por un lado era peligroso sacarlo de los muros de la fortaleza, donde era prácticamente imposible que alguien lo robara, pero por otro lado si este continuaba mostrando detalles y fragmentos de información, no podía permitirse dejar pasar esas pistas.
Después de llamar a los eruditos para informarles de su viaje y dejar las debidas indicaciones y órdenes a seguir durante su ausencia se dirigió a su cuarto, para así tomar todas las armas que creía necesarias para la misión, tomó su espada, su cuchillo, se equipó con los cuchillos de lanzamiento, accionó su hoja oculta para comprobar que se encontraba en perfecto estado y finalmente tomó su ballesta… hacía ya muchos años que no usaba esta arma; antes de convertirse en un maestro Assassin le fue de gran ayuda durante distintas misiones en Acre y Jerusalén… pero los virotes que esta usaba no eran tan comunes, y por lo tanto, tan fáciles de conseguir como los cuchillos de lanzamiento, que rápidamente podían robarse a los brabucones de las ciudades, por esto esta útil arma había caído en desuso, aunque le pareció que justo ahora era adecuado llevarla para la misión, pues no sabía con qué o quién se podía encontrar.
Una vez listo y aprovisionado salió de la fortaleza para dirigirse hacia las caballerizas, donde seguramente María ya lo tendría todo listo.
Al llegar allí se dio cuenta que había dos caballos preparados para partir y María estaba terminando de alimentarlos; cuando ella se dio la vuelta vio a Altaïr que a su vez la miraba confundido.
—¿Creías que te librarías de mí tan fácilmente? —dijo ella casi desafiante.
Altaïr ocultó una sonrisa, por fuera seguía tan serio como siempre.
—Me decepcionaría si fuera de otro modo —respondió.
Así que juntos, tomaron sus respectivos caballos y empezaron la travesía.
El viaje pasó sin mayores contratiempos, habían llegado sanos y salvos hasta las puertas de Jerusalén después de dejar los caballos descansando, entrando en la ciudad sin problemas.
La hermosa Jerusalén.
El aire era pesado y el sol quemaba sin contemplaciones, mujeres y niños buscaban las sombras para protegerse del inclemente clima, y aún así las calles estaban abarrotadas de ciudadanos, comerciantes y soldados. Jerusalén era y sería siempre una ciudad llena de vida. Y entre los cientos de personas que poblaban las calles, las dos figuras encapuchadas se movían entre los habitantes, con el rumbo fijo en sus mentes.
La casa de asesinos en esta ciudad.
—¿Cómo planeas iniciar la búsqueda? —pregunto María pensativa.
—Será difícil buscar algo o a alguien que aun no conozco —respondió Altaïr serio—, pero la visión del Fruto mostraba claramente esta ciudad. Si se trata de una persona es posible que los informantes de Malik sepan de quien se trata —dijo—, después de todo es su deber estar informados sobre la llegada de extranjeros o en su defecto de cualquier artefacto con vigilancia extrema.
María asintió, después de todo el viaje se resumía a una larga conversación entre Altaïr y Malik, cosa que ella no deseaba por el momento.
—Adelántate tú —dijo con la mirada fija en la ajetreada calle—, yo iré al mercado a curiosear un poco mientras empezáis las averiguaciones, ya iré mas tarde.
Altaïr asintió y siguió su camino hacia la casa de asesinos, no sin antes darle un rápido beso de despedida a María. Después de escalar los muros y recorrer los tejados Altaïr saltó hacia el pequeño jardín que era la entrada a la casa de asesinos, sin embargo alcanzó a escuchar unos murmullos provenientes desde dentro, y al acercarse más vio algo que le dejo atónito.
Se vio a sí mismo allí de pie, como en un espejo del tiempo.
El hombre encapuchado le era conocido, primero porque le había visto constantemente en las visiones del fruto, y segundo porque su rostro era como el suyo, cosa que de cierta manera puso a Altaïr en estado de duda y alerta.
—¿Qué significa esto, Malik? —inquirió Altaïr.
—Ezio —dijo Malik dirigiéndose al extraño —te presento a tu tatarabuelo, Altaïr Ibn la-Ahad.
Altaïr clavó su mirada atónita en él, y él repitió el mismo gesto.
Y Altaïr lo comprendió todo al instante, las insistentes visiones del fruto, el que lo guiara hasta aquí ¡lo había malinterpretado! No se trataba de salvarlo. Era una alerta. Y sacó su espada en el acto, nadie mejor que él conocía las ilusiones que el fruto podía conseguir, recordó los dobles de Al-Mualim, eran sus propios hermanos, primero simulando los nueve objetivos con los que había acabado y después simulándolo a él.
Malik vio lo que Altaïr pretendía y en seguida se puso al frente de Ezio.
— ¡Altaïr, escúchalo primero! —le grito Malik intentando calmarlo.
Altaïr le dedicó una mirada llena de furia a su hermano ¿acaso le debatía su posición? Malik se dio cuenta que con su acto lo estaba desautorizando, y después de todo él era el gran maestre, podría ser mandado a colgar inmediatamente por lo que había hecho, no es que Altaïr pensara hacerlo, de ahí que su mirada había sido una advertencia, por eso se quitó de en medio y continuó.
—¿Qué debemos hacer con él, maestro? —inquirió finalmente Malik.
—¡Cachéalo! —su voz fue fuerte y autoritaria.
Ezio colaboro con las circunstancias, entendía bien que su tatara-bisabuelo desconfiara de él, en su situación él haría lo mismo, y por lo sucedido sabía que Malik había creído su historia y de cierta manera estaba de su parte, esto era necesario para que Altaïr entendiera todo.
Por supuesto Malik fue indicando una por una todas las armas que Ezio llevaba encima y poco a poco las fue retirando, cuando Ezio ya no suponía un "peligro" Altaïr envaino su espada y se acercó hasta él para iniciar su interrogatorio. Entonces ambos pudieron detallarse mejor.
—Anteriormente he hecho una pregunta —espetó Altaïr, pero fue interrumpido.
—Eres igual que tu estatua en la villa… —murmuró Ezio con una media sonrisa, ganándose una furiosa mirada por parte de Altaïr, que lo oyó.
Este al sentir que no lo tomaba en serio se acercó para tomarlo por el cuello, pero apenas lo tocó el Fruto que llevaba resguardado en el costado brilló con tal fuerza que cegó a todos. Altaïr inmediatamente soltó a Ezio pues sabía muy bien lo que ocurría, el Fruto se estaba manifestando y lo mejor era ver los nuevos detalles que traía.
Los tres vieron lo mismo ahora. La misma escena que se había estado repitiendo desde hace tanto tiempo. Un edificio, alguien cayendo, esa lluvia etérea.
—¡Venecia! —dijo Ezio reconociendo inmediatamente el lugar.
—Pero esa es la cúpula de la mezquita —intervino Malik.
Altaïr no soportaba esa situación, alguien tenía que explicárselo inmediatamente. Malik notó el estado de tensión de su amigo, y lo mejor era empezar a descifrar todo esto, al menos empezar por lo que ya sabían.
—Altaïr, este hombre que ves aquí no pertenece a este lugar —explicó el moreno— de hecho, aun no ha nacido, su existencia se dará dentro de 300 años.
Ezio asintió para sí mismo y decidió intervenir en ese momento, si alguien podía explicar su llegada aquí era él.
—Ese lugar que se veía en el Fruto esa es la ciudad desde donde vine —dijo Ezio sin mirar a ninguno de los dos, pensativo—, allí robé un Fragmento del Edén que estaba en posesión de los Templarios, soy yo quien está allí, huyendo de la persecución, pero las cosas se pusieron en mi contra, y mientras caía, no sé cómo, el Fruto se activó y me trajo hasta aquí.
—Y ese Fruto, ¿lo tienes contigo? —interrumpió Altaïr.
—No —respondió Ezio bajando la cabeza—, cuando caí y esa luz me cegó no sé qué sucedió con él.
—Si te estaban persiguiendo es seguro que cayó en manos templarías de nuevo —intervino Malik.
Todos hicieron silencio y Altaïr lo meditó un poco. Sin fruto, esta no podía ser una ilusión y el hecho de las continuas reacciones del Fragmento en su posesión indicaban la manifestación de otro Fragmento que se había activado en otro tiempo y lugar, estos artefactos eran cada vez más extraños, no se regían por ninguna ley lógica, tal vez divina.
—Hay algo más Altaïr —dijo Malik muy serio—, él es descendiente tuyo.
Altaïr sintió la sorpresa y estupefacción recorrerlo, mas no lo mostró, reflejando su cara tan seria como una estatua de piedra. Observo al extranjero cuidadosamente, el parecido era innegable, sin embargo se mostró inquisitivo, por lo que Malik le mostro todas las pruebas de su origen. No sólo la ropa, sino la hoja oculta, la marca en su dedo anular, y sin pasar por alto el parecido.
—¿Tu nombre? —interrumpió Altaïr, dirigiéndose a Ezio en medio de la conversación.
—Ezio Auditore da Firenze —le respondió con un acento marcado de algún idioma que Altaïr no conocía, no era árabe, ni griego, ni arameo… sonaba como aquellos idiomas de occidente.
Así pasaron un par de horas en las que Ezio habló sobre diferentes eventos futuros, acerca del códice que Altaïr ya había empezado a escribir y también de la persecución que se cerniría sobre su descendencia, razón por la cual cambiarían de identidad y apellido.
Altaïr sintió una punzada de dolor en el pecho al saber que en un futuro no muy lejano su descendencia sería perseguida por los templarios, sabía que la responsabilidad de mantener el Fruto le deparaba peligros en todo momento, pero no pensó que el enfrentamiento sería en contra de su propia familia; no demostró su preocupación, como siempre, pero Malik se dio cuenta de todo, era como si le leyera la mente, por algo había sido su más intimo amigo desde hace ya tantos años. Malik entonces recomendó que Ezio no develara mucho de los sucesos futuros, no se sabía a ciencia cierta cuanto podía afectar saber este tipo de información al desarrollo normal de los próximos sucesos.
Lo recomendó por eso, y para evitar que Altaïr encontrara más cosas que lo afligieran.
—De hecho, es posible incluso que hayas puesto en peligro tu propia existencia al venir aquí —prosiguió Malik—, Altaïr aún no conoce a su primogénito y tu llegada podría afectar esto.
Los tres acordaron entonces que, a menos que la información fuera demasiado necesaria para la supervivencia de la hermandad, Ezio se reservaría su conocimiento invaluable sobre el futuro.
—¿Qué harás ahora, Ezio? —preguntó Malik.
—Debo buscar la manera de volver —respondió sin titubeos—, este no es mi sitio, y si el fruto ha caído de nuevo en manos templarias es por mi culpa. Yo debería haberlo evitado, era mi responsabilidad —además mis planes no cambian nada, debo recuperarlo por ella —pensó al final para sí mismo.
Altaïr por su parte no lo veía de la misma manera; el hecho de que el fruto que tenía en su poder le diera esas pistas en forma de visiones sobre la llegada de Ezio, inclusive del lugar exacto dónde encontrarlo, sólo podía indicar que había una razón especifica por la cual Ezio se encontraba aquí y ahora. Había un propósito en la activación de dos Frutos al tiempo, si se le podía llamar así. Aunque no podía decir nada aún, no hasta que primero él lo descubriera.
—Lo mejor será que vengas a Masyaf conmigo —le indicó Altaïr a Ezio—, hasta que encontremos la manera de que vuelvas a tu época a salvo estarás más seguro allí, además de poder estudiar el Fruto en mi posesión sin problemas.
A Ezio y Malik les pareció lo correcto, por lo tanto ninguno de los dos lo contradijo. Una vez sentado el paso a seguir debían prepararse para su próximo viaje.
—Supongo que os quedareis esta noche aquí —dijo Malik —, descansad mientras voy por víveres y más cojines, después de todo no esperaba tener tantas visitas esta noche.
—No he venido solo —intervino Altaïr—, sólo que ha preferido caminar un poco por la ciudad. Debo ir a ver que le lleva tanto tiempo.
Malik asintió y juntos salieron de la casa de Asesino dirigiéndose en diferentes direcciones. Ezio no deseaba quedarse encerrado en esas cuatro paredes, pero tampoco tenía un motivo para salir a la ciudad, además el ambiente era más fresco allí dentro; y de paso podría explorar el místico lugar. Aunque su curiosidad quedó satisfecha después de algunos minutos. Después de esto el tedio y aburrimiento se apoderaron de Ezio.
Se encontraba frente a la fuente, el sonido y el correr del agua le refrescaban, además se sentía muy bien cuando las pequeñas gotas rebotaban sobre su rostro y cuello, justamente se encontraba pensando si lo mejor era bajarse la capucha y meter la cabeza en la fuente, después de todo su ropa y armadura no era lo suficientemente confortable y fresca para una ciudad como Jerusalén; con una mano tomó algo de agua y la esparció por su rostro… se sentía tan bien que no se percató de la figura que había descendido hasta el patio y que lo observaba fijamente, alerta.
Cuando Ezio se giró se encontró con una mujer, una que claramente no era del lugar. Su ropa era más de estilo occidental, aunque no podía decir mucho sobre sus facciones ya que su rostro estaba oculto por una capucha. Lo que estaba bien claro es que ella se encontraba a la defensiva, puesto que tenía su mano derecha sobre su espada.
—Estúpido —murmuró ella—, ¿por qué te has cambiado de ropa? he estado a punto de asestarte un golpe.
Ezio claramente se dio cuenta de que lo habían confundido nuevamente con Altaïr, Madona, ¿Eran en realidad tan parecidos? ese hecho ya empezaba a disgustarle.
—Dispiace —empezó Ezio inconscientemente hablando en su lengua materna por la confusión, corrigiéndose a sí mismo al continuar—, señorita me estáis confundiendo con otra persona, pero no temáis, he sido invitado aquí y no supongo ningún peligro para nadie —dijo muy amablemente, aunque su tono cambió a uno más cómico y burlón después—, aunque dudo que pudierais siquiera acercaros a mí si tuvierais esas intenciones.
Aunque tras decirlo Ezio soltó una ligera risa, ni siquiera estaba planteándose la opción, aquellas eran las maneras que utilizaba cuando quería ser encantador y seductor.
María frunció el ceño inmediatamente, nada más el hombre empezó a hablar. Sólo por el tono de voz se había dado cuenta que el que estaba frente a ella no era Altaïr, y en una inspección mas concienzuda notó que a pesar del enorme parecido ambos eran distintos, pero eso no era lo que más la molestaba. ¿Acaso este insolente había osado decir que ella no era capaz de pelear?
Pues ya lo vería. Sacó su espada y se puso en guardia inmediatamente.
—Podréis no ser ningún peligro para la hermandad —le dijo altaneramente—, afortunadamente para mí yo no pertenezco a ella, así que tengo total libertad de enseñarte modales.
Y dicho esto se lanzó con su espada en un potente ataque, no letal, pero sí lo suficientemente fuerte como para demostrar sus cualidades en la lucha; a Ezio le tomó por sorpresa pero se desvió de la trayectoria del golpe, casi al último instante, por lo que sintió como el aire era cortado justo a su lado. El espacio en el que estaban era estrecho, lo que no dejaba maniobrar, aunque tampoco tenía pensado hacer uso de algunas de sus armas, después de todo esta se había convertido en un lucha de honor, pero no en un duelo a muerte.
María soltó un bufido al ver la poca efectividad de su ataque, pero continuó intentándolo, y Ezio sólo esquivaba los golpes o los contenía con la defensa de su brazo. Esto ya no podía continuar así, ella no se rendiría y él ya no debía continuar con este juego. Para el siguiente ataque Ezio logró tomar la espada de su contrincante, deteniéndola en seco, luego con un ligero golpe al brazo le hizo soltar el arma, una vez el movimiento estuvo completado tomó la espada y la lanzó lo más lejos que pudo, dejándola fuera del alcance de ella.
Pero no se conformó con eso. Sin soltarla el brazo lo dirigió a su espalda, dejándola inmovilizada, mientras que con la mano libre le sostuvo el cuello. La tenía aprisionada, con la espalda de ella contra su pecho.
María intentó liberarse del agarre con su mano libre, pero le fue imposible porque él la aprisionaba cada vez con más fuerza.
—Sue… suéltame mm maldito —alcanzó a musitar ella.
Ezio rió tranquilamente.
—Habéis probado vuestro punto, señorita —dijo—, definitivamente sois capaz de acercaros a mí y asestar un fuerte golpe, tenéis capacidades para la pelea, pero no las suficientes para enfrentaros a alguien como yo.
Entonces, con un giro rápido de sus manos Ezio puso a María de frente a él para luego aprisionarla de nuevo contra la pared cercana, el brazo que antes le sostenía el cuello ahora le servía para levantarle el mentón a ella… dejándola completamente a su merced, María estaba tan cerca de él que pudo observar perfectamente la cicatriz que este tenía en el labio.
"Demasiado parecido a Altaïr —pensó ella —, esto ya es demasiado."
—Aunque —continuó Ezio con voz más ronca, pasando a tutearla y dejando las cortesías de lado—, si una mujer con tu habilidad se me acercara con otras intenciones en mente, no me resistiría tanto —con cada palabra se había ido acercando más a ella, sus rostros ahora se encontraban a unos cuantos milímetros de distancia.
María enrojeció, no sólo por el doble sentido de sus palabras, sino por la ira que la embargaba al estar en esta situación, prácticamente dominada.
Ezio notó esto completamente satisfecho, lo había dicho por diversión y por puro ego, no porque ella le interesara realmente en ese sentido; aunque por un mínimo instante le pareció que ella desviaba un poco su mirada antes de recomponer completamente la compostura, se asombró al escuchar sus siguientes palabras.
—Cuéntame más sobre las intenciones que tienes en mente y puede que me replantee mi posición —le había dicho ella con un tono que a Ezio le parecía una invitación.
Él sonrió más satisfecho aún de si mismo, si es que podía, después de todo él contaba con que gracias a sus encantos ninguna mujer se le había resistido, y al parecer esta no sería la excepción.
—Bueno, eso depende de hasta donde estas dispuesta a llegar, y de cuanto estas dispuesta a darme —susurró roncamente—, nos lo podríamos pasar muy bien aquí si tu…
Y Ezio no pudo terminar lo que decía porque rápidamente todo cambió.
Un virote de ballesta se clavó justo en la pared, había pasado tan cerca de él que un hilillo de sangre ahora decoraba su mejilla derecha, y aprovechando esta distracción la mujer le había plantado un rodillazo en el estomago para deshacerse de su agarre. Ezio tosió con fuerza, agradecido internamente de que la mujer hubiera sido condescendiente y no hubiera dirigido su ataque unos centímetros más abajo; después se giró y vio al autor de su desdicha caer limpiamente de un salto al pequeño patio.
Altaïr lo sujetó por la túnica furioso y lo levantó de un tirón, aprisionándolo contra la pared en la que él había tenido el control de todo hace apenas unos segundos, tal era la fuerza que lo sostenía que incluso sus pies no tocaban el suelo por unos pocos milímetros.
—Vuelve siquiera a intentar acercarte a ella para hacerle una proposición como esa y te juro que me olvido de todo y te devuelvo como eunuco de regreso a donde perteneces —advirtió de forma peligrosa y con ira contenida—, ¿te ha quedado claro? —Altaïr usó un tono calmado, pero lleno de furia implícita en cada palabra.
Ezio entonces calvó su mirada en la mujer, quien le sonreía socarronamente, y entonces lo entendió todo. Había sido un necio había caído en una trampa, y para su desgracia Altaïr sólo había escuchado la última parte de su conversación.
—¿Te ha quedado claro!? —repitió Altaïr, impaciente y furioso.
No valía la pena llevarle la contraria en ese momento, tendría que aceptar la derrota esta vez.
—Está bien, está bien, lo he entendido todo —respondió Ezio tratando de apaciguarlo.
Altaïr lo soltó haciéndolo caer pesadamente contra el suelo, luego se dirigió hasta dónde se encontraba María, le levantó el mentón para ver si tenía marcas en el cuello, pero ella le restó importancia y con su mano, suavemente retiró la de Altaïr, luego juntos entraron al estudio de Malik no sin que antes María le dirigiera una sonrisa llena de triunfo a Ezio, sin que Altaïr se diera cuenta.
Ezio suspiró y se quedó un momento en el suelo para recuperar sus fuerzas, luego se levantó y vio el virote que se había clavado en la pared, se tocó la mejilla comprobando que sólo era un rasguño, claramente se notaba que Altaïr tenía gran precisión con esta arma.
"Debería conseguir una de estas yo también" pensó para sí mismo.
Tras el momento de tensión la cena se había desarrollado de manera pacífica entre los cuatro. De vez en cuando María miraba fijamente a Ezio tratando de disimular su curiosidad sin éxito, este último dedujo que Altaïr ya la había puesto al tanto de todo y en especial de su origen, así que lo dejó pasar.
Pero ahora que tenía la oportunidad de verla mejor, sin la capucha sobre el rostro y justo desde la posición en la que se encontraba, le pareció estar en una especie de deja vu. La había visto antes y creía saber bien en donde; en el códice de Altaïr, no obstante la recordaba con la cruz templaria en el retrato, lo cual era extraño.
Todos estaban en silencio, y Malik por su parte, aunque pareciera todo tranquilo, sentía que se estaba perdiendo de algo.
Al terminar la cena se preparó lo necesario para el viaje del día siguiente y después todos se dispusieron a descansar, a excepción de Ezio quien subió al techo de la casa de asesinos para relajarse y pensar un poco en su actual situación. La luna y las estrellas lo iluminaban todo, y por primera vez Ezio podía admirar la extensión de la ciudad. La imponente Jerusalén con sus inalcanzables murallas, una ciudad verdaderamente hermosa y con esa sensación de magia en el aire su interiorse llenó de nostalgia, encontrándose en un lugar tan hermoso y distinto.
Extrañó su hogar.
Monteriggioni, Florencia, sus amigos, su familia… no podía desfallecer. No ahora, tenía esperanzas de regresar con ellos y esperaba que su destino final no fuera quedarse atascado aquí.
Decidió pues que mientras durara su estancia aprovecharía para aprender todo lo que le fuera posible sobre la hermandad, y lo haría del mejor maestro de asesinos que había existido dentro de la misma. Altaïr. Una experiencia muy provechosa si se lograba verlo desde ese punto de vista. Después de que lo hubiera pensado todo de manera lógica y calmada, dejó que su mente se volcara en ella.
Cristina.
Todo lo había hecho por ella, y no tenía permitido fallar; tenía que regresar lo más pronto posible para recuperar el Fruto, la misión no había cambiado… sólo se trataba de un pequeño tropiezo en sus planes pero en su mente el objetivo seguía siendo el mismo, recuperarla a ella.
Unos pasos suaves lo sacaron de sus pensamientos. María se sentó a su lado entonces, no muy cerca de él, y ninguno dijo palabra ambos con la vista al frente.
—Escucha… —dijo ella después de un silencio incomodo—, no sabía quién eras. Empecemos de nuevo y olvidemos lo que ha pasado ¿de acuerdo?
—Me parece bien —respondió él—, únicamente jugaste bien tus cartas y lo acepto —y sonrió ligeramente incomodo antes de hablar de nuevo—. Yo tampoco habría actuado de esa forma de saber que tú eres mi… bueno… pariente.
—Tal vez no lo sea —le dijo ella secamente.
Ezio estaba confundido. La reacción de Altaïr y el retrato en el códice indicaban que ella era su mujer, su esposa, ya había deducido que no eran parientes cercanos y eso era comprobable por las facciones europeas de la mujer. Y porque negarlo, por los obvios celos de Altaïr.
—No lo entiendo —dijo él, por fin girándose para mirarla—, me dejó bien claro que tú eres su mujer.
—Estamos juntos, sí —le interrumpió ella—, pero nada más, jamás hemos mencionado nada sobre tener hijos… y mucho menos una familia.
Al terminar se giró hacia él, mirándolo detenidamente, pareciera como si buscara algo en su rostro, algo que por más que lo intentara no encontraba, y él en la oscuridad pudo observar esos enormes ojos claros, de un azul tan intenso y hermoso que inmediatamente entendió la razón por la cual su antepasado la quería sólo para él. Ella no era el tipo de mujer que a Ezio le gustaba cortejar, pero era hermosa, fuerte y muy inteligente, como desafortunadamente ya había comprobado.
Pero había algo más. Esos ojos brillaban, brillaban con nostalgia, nostalgia al decir esas últimas palabras.
—Pero eso no viene al caso —continuó ella prosiguiendo al extender su mano—, como vamos a comenzar de nuevo lo mejor será presentarse de la manera correcta esta vez. Soy María Thorpe.
A Ezio se le formó una media sonrisa en la comisura de la boca.
—Y yo Ezio Auditore —respondió, extendiendo su mano para apretar la de ella.
Al siguiente día los ánimos estaban más calmados ya, Altaïr siempre era frio, serio y simplista, por lo que Ezio aun no sabía en qué tan buenas condiciones se encontraba su… amistad, por decirlo así. Se despidieron de Malik quien ya les había organizado los víveres y los caballos a las afueras de la ciudad, que estaban esperándolos para partir hacia Masyaf.
Antes de partir Malik llamó a Ezio.
—Toma —le dijo el joven Rafik entregándole algo que tenía guardado en el estudio—, un recuerdo de tu corta visita a Jerusalén.
Ezio contempló la hermosa espada Siria que Malik le ofrecía. La tomó y la desenvainó para apreciar la hoja.
—Muchas gracias —le respondió con una sonrisa—, ha llegado en el momento justo.
—Noté ayer que no tenías una —asintió el moreno—, y será de gran ayuda en el camino, créeme.
Ezio le dio unas palmadas a modo de despedida a Malik y salió con sus acompañantes del lugar.
El camino del desierto era verdaderamente insoportable.
Ezio casi no veía nada debido a la continua arena que se filtraba en el aire, y recurrentemente bebía del agua que afortunadamente Malik le había entregado en grandes cantidades. De vez en cuando María le hacía uno que otro comentario sobre su inexperiencia en tierras lejanas, y de la falta de entrenamiento en campos hostiles que se notaba, le haría falta a la hermandad de asesinos en el futuro.
Se gano las miradas serias de Altaïr y Ezio, aunque por motivos distintos.
Pasados algunos minutos de haber partido de Jerusalén se encontraron un grupo de bandoleros que atacaban un carruaje, no había caballos, lo que indicaba que lo habían desviado del camino para robarlo. Inmediatamente los tres se dispusieron a salvar a las víctimas. Altaïr y María que iban al frente se enfrentaron con los tres bandoleros que se encontraron primero, mientras que Ezio se acercó al carruaje; uno de los atacantes abría la portezuela e intentaba arrastrar afuera a una mujer que estaba dentro, forcejeando violentamente mientras ella se aferraba a algo que Ezio no pudo ver, y el bandolero sólo atinó a arrancar una cadena que esta tenía alrededor del cuello.
Inmediatamente Ezio reaccionó y se enfrento a él. Era una bajeza tratar así a cualquiera, y mucho menos a una mujer indefensa; no había ningún honor en ello, y lo pagarían con sus vidas. Ezio le arrebató la cadena de las manos al bandolero y se dispuso a entregársela a la joven que se apoyaba contra el carruaje, respirando entrecortadamente.
—¿Señorita, os encontráis bien? —preguntó Ezio suavemente, para no asustarla—, no os haremos daño.
Entonces la muchacha, que era joven y hermosa, ataviada con ropas europeas y finas joyas, salió del lugar acompañada por otra mujer anciana, su antigua nodriza y actual dama de compañía seguramente. Lo que impactó a Ezio es que, además de las marcadas facciones que se asemejaban a las mujeres Florentinas, poseía un asombroso, no asombroso, sobrenatural, hipnótico, irreal parecido con Cristina Vespuccio.
Con su Cristina.
Eran idénticas, parecían la misma persona. Si Ezio no hubiera sabido que era dolorosamente cierto que Cristina estaba muerta, pondría la mano en el fuego afirmando que era ella... pero era imposible, ya que ella había muerto entre sus brazos, y esa era la razón de que él estuviera ahí en ese preciso momento y lugar.
Ella evitaba mirarlo de frente, conmocionada, parecía muy asustada todavía, así que la nodriza habló primero.
—Agradecemos enormemente vuestra ayuda, señor —dijo la mujer mayor, con un árabe de acento extraño, similar al de Ezio.
La joven se acerco al oído de la nodriza y susurró algo.
—Mi señora se disculpa por no conocer palabras en su idioma para agradeceros vuestra valentía —dijo la anciana.
—Grazie mille, signore —dijo la señorita, con ojos tristes.
Ezio se había quedado estupefacto con esta visión. Palideció al comprobar que su voz era idéntica también, melodiosa suave y dulce, como ella... el destino le estaba jugando una broma cruel. María y Altaïr no entendían qué lo tenía tan sorprendido. Pero al observar al horizonte vieron una escuadra de soldados con estandartes templarios que se acercaban al lugar.
—Rápido —gritó Altaïr—, hay que partir ahora.
Ezio no reaccionó y María tuvo que acercarse hasta él para agitarle el hombro.
—Templarios —le susurró al oído.
Ezio, que hasta ahora había tenido su vista fija en la hermosa joven, miró al horizonte y lo entendió.
Los tres entonces subieron en sus caballos y salieron rápidamente del lugar a toda marcha, mientras Ezio no sacaba de su mente aquella hermosa aparición que había estado frente a él hace tan poco, su cabeza no podía organizar sus ideas de manera lógica y su boca no podía articular palabra, tomó fuertemente las riendas y algo le incomodó en la mano. Al abrirla para ver de qué se trataba Ezio recordó la cadena que le había quitado al bandolero y que este a su vez había arrancado del cuello de la muchacha; era una pesada y lujosa cadena de oro puro.
Con la Cruz Templaria decorándola.
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Bien, hasta aquí llega este segundo capitulo, ojala os esté gustando.
Que puedo deciros, como veis Ezio ya ha tenido sus primeros inconvenientes, ha conocido a María, y a ese personaje femenino misterioso. De ahora en adelante, la cosa se pone muy interesante y no va a parar XDD
No puedo dejar de agradecer sus comentarios a Xepes, AthenaExclamation y ScorpioNicole97, muchisimas gracias chicas, por leer y tomaros la molestia de comentar, ojala no os decepcione!
Besitos lectores, nos vemos el proximo fin de semana con mas :D
