Envidia
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Era bastante pequeño como para entender el sentimiento que amenazaba por salir con forma de un puño sobre la mejilla de su hermano West, y apretó su pequeña manita para retener las ganas. Infló sus mejillas esperando llamar así la atención del austriaco que los cuidaba, pero este se encontraba bastante ocupado costurando la pequeña garrita de algodón que colgaba de un suave osito.
- Prusia lo ha roto – gimoteaba con un fuerte sentimiento de congoja el pequeño alemán, al tiempo que cubría sus ojitos con sus nudillos ocultando el torrente de saladas lágrimas que salían de ellos. Roderich nada más emitió un sonido de comprensión mientras continuaba con su tarea.
- ¡No es verdad! ¡West está mintiendo! – Gritó en defensa el pequeño peliblanco. Austria alzó sus benevolentes ojos y los enfocó entonces en los de tono rubí, el pequeño se cohibió al ver al mayor mirarlo. Y el alemán más pequeño se aferró a la rodilla de su cuidador, mientras este para calmar su llanto palmeaba con amor su cabecita y aquel sentimiento que el pequeño Gilbert no entendía volvió a golpear su corazón con fuerza.
¿Por qué le molestaba tanto que Austria le pusiese más atención a su hermano menor? Sintió más furia por él en ese momento que cuando no le quiso prestar el pequeño osito Teddy.
Entonces Prusia hizo lo único que podía hacer en un momento como ese…
Echó a llorar amargamente.
Esto llamó la atención de Austria que lo miró confundido por la reacción. Miró al pequeño hincarse en el suelo, haciéndose un ovillo y tapar sus ojitos como lo había hecho el más pequeño. Suspiró al tiempo que daba la última puntada al osito y éste quedaba como nuevo, se lo entregó al pequeño alemán que entonces paraba de llorar al ver su juguete arreglado y lo abrazaba con ternura. Roderich se incorporó de donde estaba sentado y tomando de la mano al menor se acercó al otro pequeño llorón, se sentó a su lado y dejó al otro jugar mientras que él tomaba entre sus brazos al pequeño Prusia y dejaba que se desahogara en su hombro.
- No seas envidioso Prusia – Le reprendió con ternura y a la vez con cierta severidad.
Entonces entre gimoteos Prusia entendió lo que era la envidia y también entendió que no quería que el austriaco lo dejase solo nunca más.
