¡YO NO SOY EL DUEÑO DE LOS PERSONAJES DE HOTEL TRANSYLVANIA!
Primera parte
Amor
Wayne había oído hacía muchos años de otros licántropos más viejos que cuando se veía a la muerte a la cara, la vida se revelaba. Ahora, mientras se erguía en lo que su agotado cuerpo maltrecho le permitía, por sobre el cadáver que acaba de liquidar, sabía que era cierto. Las patas estaban empapadas de sangre. Varias partes del cuerpo también. En el pecho tenía un corte con una profundidad que rozaba lo peligroso, pero como él era un licántropo, si no lo herían con plata, no debía importarle en mucho grado. Pudo haber muerto, claro, mas al ser un metal corriente, (por la forma en que se quebró entre sus fauces, supuso que debió ser cobre), no había que alarmarse.
Parpadeaba con el único ojo que tenía sano, puesto que en la cuenca contigua al derecho una gran masa acuosa se escapaba por los bordes que el parpado cerrado no podía contener. Malditos humanos. La aldea cercana a la que había estado su reducida manada fue atacada por los habitantes del pueblo hasta que los redujeron a todos.
Sólo quedaba Wayne.
El hocico húmedo por tantas mordidas que dio para matar a sus atacantes lo sentía entumido, como si hubiera dormido mal y un lado del rostro le tomara su tiempo volver a la vida. Se pasó una pata por el rostro, ensuciándoselo más que limpiándolo, y suspiró. Al estar completamente de pie, relajó los brazos y escuchó los crac, crac de algunas articulaciones propias; alzó las cejas, se había excedido en el ataque, pero… Negó con la cabeza para despejarse.
No tenía sentido haberse dejado matar. Por poco no murió, cierto, sin embargo, su orgullo le hubo impedido dejarse matar como una presa. Jamás. Wayne Werewolf era un cazador hasta sus últimos días, y como uno no se dejaría matar como un pobre diablo. El olor metálico de la sangre y dulzón de la muerte le atestaban la nariz y boca, como un abrazo serpentino de su futuro.
Se le había revelado que la última manada de licántropos de la que tenía memoria, había sido aniquilada como una plaga. Con su tercio de siglo de vida, Wayne no había conocido, mucho menos visto, a otra manada u hombre lobo solitario. Y la realidad lo golpeó como una maza; que valga la ironía, hacía un rato una le quebró antebrazo, que ahora estaba casi sano, sólo con una mínima molestia.
Estaba solo.
Era el único de una raza de monstruos a punto de estar extinta.
«No puede ser que sea yo el único», pensó, negociándose si aceptar la realidad o aferrarse a una efímera esperanza. Era improbable, puesto que los licántropos no son como quien dice unos monstruos cautelosos como los vampiros, o que inspiren un respeto ancestral como las momias; eran, en lo que creía, los más obvios para encontrar. Y aún así, razonó Wayne, se le hacía muy osado que los humanos realizaran una empresa tan arriesgada. Fueron sólo cincuenta humanos contra diez hombres lobos; hasta para un ciego era clara la victoria, pero por alguna razón lograron reducirlos y asesinarlos con una precisión increíble.
Fue ahí cuando, por entre el hedor mortuorio, captó el delicado, fino y sagaz olor de la magia. Abrió las aletas de su nariz más, olfateando con ahínco, hasta que dio con el rastro; caminó hasta un cuerpo que identificó como el que estuvo a punto de decapitarle con un hacha, y levantó una de las manos cercenadas que había en el sitio. De ésta, en el dedo pulgar, había un anillo de un metal trabajado con labor, plateado absorbente, tanto como para hacerlo quedar viendo, pero no tanto como para ser ostentoso. En su cara externa tenía una especie de grabado garabateado que no comprendió, y en el centro, una pequeña piedrita, no más grande que la punta de sus garras, de un blanco tan puro que le parecía un insulto a la luna.
Sin duda alguna era magia. Así habían logrado dar con ellos y acabarlos. ¿Qué magia tenía el anillo?, esa era una cuestión que no podía responderse. Sin más dilación, le quitó el anillo a la mano y se lo colocó. No le importaba mucho qué efecto tendría en él; si lo mataría o no ya no tenía sentido. Estaba solo.
Lo miró por unos instantes más, dando con que aquella piedra tenía que ser luz de luna condensada y hecha de un mineral con sabe la Luna qué tipo de magia. No había otra explicación.
Se sacudió como un perro, apartándose del pelaje la sangre aún húmeda de los humanos, y partió del sitio en busca de algún arrollo para poder lavarse. Ya después pensaría qué hacer con su solitaria vida.
Y realmente fue solitaria.
Diez años. Diez largos años que Wayne sabía se decían fácil, mas su transcurso le hacían rogar la muerte rápida. Y aún así, no tenía el valor de suicidarse, su orgullo no lo permitía. La parte buena era que en ese tiempo podría decirse, logró madurar y atender todo con más calma, analizando y actuando en consecuencia. La parte mala, que dicha madurez a veces se iba al caño por sus ataques de ira que lo embargaban al no tener a nadie, conocido, amigo, hermano licántropo con quien convivir. El anillo en su dedo medio no reaccionó en todo ese tiempo, incluso llegó a pensar que estaba atrofiado. No fue hasta sino una noche de luna nueva, aquella luna que entre los licántropos, según decía la tradición, traía cambios para ciertos lobos, que el anillo reaccionó.
Wayne suspiró irónico. «Si realmente es así, dame algún cambio. Mátame, por lo menos.» Su anillo brilló. Brilló con un tenue resplandor color crema, casi de la misma tonalidad de la niebla que pulula por el suelo en una noche especialmente fría. El hombre lobo se cubrió la pata con la otra, ahogando el resplandor.
Escuchó pasos: una lucha. El sonido de un grupo de humanos, voces gruesas, altas y bajas, agudas y otras que arrastraban las palabras. Ya conocía ese acontecimiento: estaban persiguiendo para cazar a algún pobre monstruo.
Wayne bajó las orejas y se soltó de hombros al tiempo en que saltó, se subió a un árbol y subió a una rama para ver si valía la pena intervenir o no. No era un justiciero o algo así, sino que no lo gustaba ver cómo, si el monstruo no podía defenderse, lo masacraban sin piedad.
Entonces los gritos de búsqueda y captura cesaron, dando pasos a los de sorpresa y conmoción. Wayne alzó las orejas, más interesado ahora.
—Parece que se puso interesante —susurró para sí, sonriente, desde una elevada rama.
Las sombras humanas se movían titilantes contra el follaje del bosque, distorsionadas por el ángulo que la luz de las antorchas les confería, y por sobre éstas, como un rayo, otra sombra, más delgada y fluida, iba de sombra en sombra y hacía que éstas cayeran, logrando a su vez que las llamas se apagasen al caer al suelo. Era como un espectáculo en el que cada movimiento, trajera un grito que apagara una vela.
Escuchó un chillido distintivo cuando una sombra de un humano corpulento asestó un mamporro a la ágil sombra. El corazón empezó a latirle más veloz a Wayne. Ese chillido en especial era… conocido. Era de lobo. No cabía duda. No lo dudaba ni un momento.
Bajó del árbol y a grandes zancadas avanzó en cuatro patas hacia las sombras tras el follaje y árboles.
Y fue cuando la vio.
Juraría, apostaría su vida en ello, de que el tiempo se detuvo por unos instantes cuando la vio correr en cuatro patas hacia él, reagrupándose y, según el brillo de sus ojos, tal vez preparando su siguiente movimiento. Era una licántropo con un cuerpo ágil y un poco más pequeño que el propio, de piernas fuertes donde se marcaban, de forma escasa, la musculatura; las garras desplegadas y los ojos amarillos como dos piedras. El rostro en sí era como el de cualquier licántropo, sólo que ella tenía un aire más centrada, de cazadora, de previsiva… un aire inteligente o astuto.
Cuando sus ojos se cruzaron un destello rosado bailó en los ojos de ambos licántropos, mas ninguno lo advirtió. Wayne, siguiendo el instinto de conservación de la manada, flexionó las piernas y saltó delante de ella, sirviéndole como una distracción. El humano que salió del bosque parecía un oso, dos metros fácil, rollizo y con unos brazos como pequeños bebes. Alzó un hacha para arrojarla, pero cuando éste estuvo a punto de hacerlo, Wayne sintió una presión en su espalda: la mujer lobo lo usó como apoyo para saltar y, en un parpadeo, sus fauces se clavaron en el cuello del humano, y él le dio un corte grueso en el hombro.
El hombre cayó hacia atrás, agitando las manos, para luego detenerse y no moverse más.
El silencio reinó entre ambos, y algunas luciérnagas bailaron perezosamente en su viaje nocturno a quien sabe dónde, mientras aquella mujer lobo se ponía de pie y, como si aquella pelea hubiera sido cosa de todos los días, se lamía con cuidado la herida del hombro, que comenzaba a cerrarse muy despacio.
Dubitativo, se acercó. Ella lo miró de reojo, con precaución.
—¿Qué quieres? —preguntó ella. Su voz era suave, como se esperaría en una hembra, aunque tenía un tono grave, como un gruñido que se formara en su garganta y que le diera pereza salir.
De pronto, los ojos de ella se posaron en su anillo. Frunció el ceño.
—¿Qué haces con una piedra lunar? —le preguntó, con cierto recelo.
—¿Esto? —Wayne levantó la pata, intentando no parecer un imbécil que no pudiera llevar una conversación—. La tomé de un humano que maté —respondió con un poco de enojo—. Uno del grupo que mató a mi manada.
Ella pareció interesada.
—¿Te sucedió lo mismo? —inquirió él—. Digo, por tu reacción.
—Algo así.
—¿Sabes para qué sirve? —quiso saber, de pie, señalándose el anillo—. Sólo lo he visto brillar.
La loba se sentó en el suelo, chequeando si tenía más heridas.
—No lo sé.
De pronto, como si el anillo tuviera mente propia y supiera que estaban hablando de sí, brilló con fuerza; tanto que Wayne tuvo que apretarse la pata con la otra para ahogar la luz.
—¿Qué haces aquí? —se interesó la loba, colocándose de pie y dando unos pasos curiosos hacia él.
—Iba de paso —respondió con sinceridad—. Llevo muchos años vagando sin destino, intentando encontrar algún otro licántropo. Y, para variar, la suerte me sonrió esta vez. —Esbozó una temerosa sonrisa.
Ella se acercó demasiado a Wayne, tanto que pudo captar su ligero olor a sudor, que se mezclaba con el del cansancio, el inconfundible del miedo a la muerte y uno a rocío que, para su sorpresa, enlazaba todo perfecto.
Quiso preguntar lo mismo, el qué hacía allí, sin embargo, Wayne detectó en sus ojos aquel brillo opaco, aquella sombra venenosa del odio que nacía y se potenciaba con el sufrimiento. No necesitó hacerlo: posiblemente a ella también le aniquilaron su propia manada. Tal vez ella tuviera su misma historia, con algunas variantes.
Un destello; y de entre las ramas salió disparada con un siseo una flecha en dirección hacia la loba. Ambos reaccionaron ante el sonido de la flecha rompiendo por entre los arbustos, no obstante, Wayne fue el que comprendió la verdad: a ella no le daría tiempo de volverse y esquivarlo.
Lo que sucedió en la fracción de segundo siguiente pareció ser cosa de magia o algo así. Fue consciente de que su cuerpo se movía, le daba un empujón a ella y recibía el flechazo en el cuello, atravesándolo de lado a lado, muy cerca de la clavícula. Por suerte no cortó alguna vena importante, y mejor aún, no era de plata, sino metal corriente. Aún así, la sensación de estar al borde de la muerte era palpable.
Ella se volvió como un rayo y saltó a los arbustos, acto seguido oyó un chillido infantil, tal vez un adolescente, ahogado por un gruñido grave. Wayne supo lo que pasó sin necesidad de ver.
Cayó de rodillas, agarrando el cuerpo de la flecha que le atravesaba el cuello bajo, sintiendo la sangre burbujearle en la boca y el sabor metálico inundándole la lengua. Ella salió de los arbustos y buscó sus ojos con culpa. Llegó a su lado y se arrodillo a su altura.
—No te muevas —le ordenó con voz potente. Wayne abrió mucho los ojos, como diciéndole que no tenía muchas opciones—. Intentaré sacarla.
Ella ladeó la cabeza un poco, mirándolo a los ojos, inspirándole confianza y Wayne por alguna razón sintió algo brincándole en el pecho. Estaba seguro que no eran pulgas, era muy metódico en la eliminación de éstas.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó con un murmullo, tocando con dedos cuidadosos el cuerpo de la flecha. Casi que podía sentir el pulso de ella en su cuello a través de la flecha.
—Wayne —logró murmurar, con voz grave, escupiendo un hilo de sangre.
—Yo Wanda. —Y antes de que pudiera darse cuenta, ella quebró la flecha y la sacó con un ágil movimiento.
Wayne gritó y se llevó las patas al cuello, sintiendo cómo la herida cerraba con rapidez. Sanaba, pero dolió un demonio. Una vez sin abertura, frunció el ceño y casi le rugió a la loba sobre por qué lo hizo tan rudo.
Wanda sonrió y le dio un pequeño golpe en el pecho con el dorso de su pata.
—Se dice gracias.
—¡Pero dolió demasiado! —Qué bien se sentía volver a hablar con un semejante, y con ella era más sencillo aún. Como si sus labios tuvieran algo que le hiciera hablar con soltura—. Aunque... gracias.
—Igualmente. Si no me hubieras empujado, con facilidad esa flecha me hubiera dado en la nuca y fuera luces. Hay ciertos lugares que, supongo sabes, matan licántropos. —Wayne se percató de pequeñas cicatrices en sus mejillas, en sus patas, en uno de sus dedos, las cuales se encubrían con el pelaje marrón chocolate, mas con su vista de hombre lobo podía distinguirlas.
No supo cómo, no supo cuándo, pero lo que sí, era ser consciente de que ambos empezaron a caminar juntos hacia donde ella le indicó había un lago para que se lavase el cuello sólo por si acaso, en una tácito acuerdo de mantenerse unidos para conseguir a más de los suyos, porque si ambos dieron con el otro, ¿qué les negaba que no hubieran más hombres lobos por ahí, esperándolos?
Y de la misma manera, como un susurro traído por el viento que ululaba con calma en aquella noche sin luna, sabían que no encontrarían a nadie más, que sólo eran ellos dos.
Wayne había oído hacía muchos años de otros licántropos más viejos que cuando se veía a la muerte a la cara, la vida se revelaba. Ahora, con una nueva perspectiva de ésta, sabía que era cierto. Porque cuando la primera parte de su vida murió con su manada, pensó que moriría de la misma manera: solo y único. Y sin embargo, su amor propio, porque realmente el orgullo no llegaba a esos extremos, le impidió quitarse la vida o dejarse matar. Y ya con una nueva parte de su vida transcurriendo, no dudaba que los viejos tenían razón.
Su nuevo sentido de vivir, además de su búsqueda de fantasía de otros lobos, era Wanda. Y comenzó a preguntarse si aquellas sensaciones en el pecho como aleteos furiosos, aquel pum, pum acelerado de su corazón al ver sus ojos o sonrisa, o simplemente la sonrisa de bobalicón cuando la veía alegre, podrían ser esa misteriosa emoción a la que los licántropos mayores hacían alusión.
Semanas después, cuando la oyó reír por primera vez, no le cupo duda de que era amor.
