Capitulo 2 : Amigo, ¡Cuidado!
El séptimo grado trajo cambios consigo, está bien, pero el más grande de ellos no pasó en la escuela — fue en casa. El abuelo Makarao vino a vivir con nosotros. Al principio fue un poco extraño porque ninguno de nosotros lo conocía realmente. Excepto por Mamá, claro. Y a pesar de que ella había pasado el último año tratando de convencernos de que él es un gran hombre, por lo que puedo decir, lo que más le gusta hacer es mirar todo por la ventana de enfrente.
No hay mucho ahí excepto el patio delantero de los Loxer, pero puedes encontrarlo ahí, observando, día o noche, sentado en el gran sillón que vino con él, mirando a través de la ventana.
Bueno, también lee las novelas de Tom Clancy y los periódicos, resuelve los crucigramas y revisa sus facturas, pero todas esas cosas son sólo distracciones. Sin dar ninguna justificación, el hombre miraba a la ventana hasta que se quedaba dormido. No es que haya nada malo en eso, pero parece tan… aburrido.
Mamá dice que mira a la ventana porque extraña a la abuela, pero eso no es algo que el abuelo haya discutido conmigo nunca. De hecho, él nunca había discutido mucho conmigo acerca de nada hasta hace unos meses cuando leyó algo acerca de Juvia en el periódico.
Ahora, Juvia Loxer no había estado en la primera plana del Mayfield Times por ser una Einstein de octavo grado, como se podría sospechar. No, mi amigo, ella apareció en la primera plana porque se negaba a bajarse de un árbol de sicomoro.
No es que yo podría distinguir entre un sicomoro y otros árboles, pero Juvia, claro, sabía qué clase de árbol era y tenía que hacérselo saber a cada criatura viviente mientras estaba despierta.
Así que este árbol, éste árbol de sicomoro, estaba colina arriba en un espacio de estacionamiento vació en la calle Collier, y era enorme. Enorme y feo. Estaba torcido, y lleno de nudos e inclinado, y yo seguía esperando que se lo llevara el viento.
Un día el año pasado, ya tenía suficiente de escucharla hablar acerca del estúpido árbol. Salí y le dije que no era un magnifico árbol de sicomoro, que era, en realidad, el árbol más horrible conocido por el hombre. ¿Y sabes que dijo? Dijo que yo era corto de vista. ¡Corto de vista!
Esto viniendo de la chica que vivía en la casa más fea de todo el vecindario. Tenían plantas creciendo en las ventanas, mala hierba saliendo de todo el lugar y un corral de animales corriendo salvajemente. Hablo de perros, gatos, gallinas, incluso serpientes. Lo juro por Dios, sus hermanos tienen una boa en su cuarto. Ellos me llevaron ahí cuando tenía como diez y me hicieron ver como se comía una rata. Una viva, rata de ojos brillantes y pequeños.
Ellos la levantaron en el aire sosteniéndola de la cola, y se la tragó, la boa se la tragó entera. La serpiente me dio pesadillas por un mes completo.
De todas maneras, normalmente no me preocuparía mucho por el jardín de alguien, pero el desastre de los Loxer molestaba a mi papá demasiado, y canalizaba su frustración en nuestro patio. Él decía que era nuestra obligación como vecinos enseñarles cómo debería lucir un patio.
Así que mientras Bose y Sue estaban ocupados cuidando a su boa, yo tenía que podar nuestro patio, luego barrer las aceras y limpiar la canaleta, lo cual es un poco exagerado si me lo preguntas. Y tú pensarías que el papá de Juvia — el cual es grande, fuerte, y un tipo de albañilería— arreglaría el lugar, pero no. Según mi mamá, el pasa su tiempo libre pintando.
Sus paisajes no me parecían tan especiales, pero a juzgar por el precio, él piensa mucho en ellos. Los vemos cada año en la Feria de Magnolia, y mis padres siempre dicen lo mismo: ―El mundo tendría más belleza si mejor arreglaran su patio.‖
Mamá y la mamá de Juvia hablan un poco. Creo que mi mamá siente lástima por la Sra. Loxer — ella dice que se casó con un soñador, y por eso, uno de los dos siempre será infeliz.
Lo que sea. Tal vez el sentido de la belleza de Juvia había sido destruido por su padre y nada de esto era su culpa, pero Juvia siempre había pensado que el árbol de sicomoro era un regalo de Dios para los pequeños rincones del universo.
Cuando íbamos en tercero y cuarto grado ella solía jugar alrededor del árbol con sus hermanos, en las ramas o cortando grandes pedazos de corteza para poder deslizarse por debajo de su camioneta. Parecía que jugaban cada vez que mi mamá y yo pasábamos con el carro. Juvia siempre se estaba balanceando en las ramas, lista para caer y romperse cada hueso que había en su cuerpo, mientras nosotros estábamos en el semáforo, y mi mamá movía la cabeza diciendo, ―¡Nunca subas a ese árbol! ¿Me escuchaste, Gray ? ¡Nunca quiero verte haciendo algo así! Y tú tampoco Ultear.
Eso es demasiado peligroso. Mi hermana ponía los ojos en blanco y decía, ―Si, claro‖, mientras me pegaba a la ventana y rezaba que la luz del semáforo cambiara antes de que Juvia dijera mi nombre para que el mundo entero lo escuchara.
Yo sí había intentado trepar el árbol una vez en quinto grado. Fue un día después de que Juvia rescatara a mi cometa de su follaje come-juguetes. Ella trepó millas arriba para salvarla, y cuando bajó, se portó muy bien al respecto. No tomó la cometa como prisionera como temía que lo hiciera.
Solamente me la dio y se fue. Estaba aliviado, pero también me sentí un poco patético. Cuando vi que mi cometa estaba atrapada, estaba seguro que lo dejaría ahí. Pero Juvia no. Ella subió y bajó rápidamente. Hombre, era vergonzoso. Así que hice una imagen mental de qué tan alto había trepado, y al siguiente día me subí y la rebasé por al menos dos ramas.
Subí más allá del tronco, pasé por unas cuantas ramas, y entonces — sólo para saber cómo iba — miré hacia abajo. ¡Error! Se sentía como si estuviera en lo alto del Empire State sin una soga que me sostuviera. Traté de mirar hacia arriba donde había estado la cometa, pero no tenía caso. De verdad era un cobarde cuando se trataba de trepar árboles.
Y entonces la secundaria empezó y mi sueño de librarme de Juvia se hizo polvo. Tuve que tomar el autobús escolar y ya-sabesquién también se subió. Había como ocho niños todos juntos esperando en la parada del autobús, lo cual creó una zona de topes, pero no era una zona de confort. Juvia siempre trataba de pararse a lado de mí, o hablarme, o mortificarme de alguna manera.
Y entonces empezó a trepar. La chica está en séptimo grado, y está trepando un árbol —muy, muy alto. ¿Y por qué hace eso? ¿Para que pueda gritarnos desde arriba que el autobús está a ¡Cinco! ¡Cuatro! ¡Tres! cuadras? Relatar el tráfico detalladamente desde un árbol —lo que cualquier chico quisiera escuchar a la primera hora de la mañana.
Trataba de que me subiera al árbol con ella también. ―¡Gray , ven! ¡No creerás todos los colores que hay! ¡Es absolutamente magnifico! ¡Gray , tienes que venir!‖
Sí, ya podía escucharlo: ―Gray y Juvia sentados en un árbol…‖ ¿Nunca iba a poder dejar el segundo grado atrás?
Una mañana estaba específicamente no mirando hacia arriba cuando de la nada se balancea desde una rama y prácticamente me noquea. ¡Infarto! Tiré mi mochila, me torcí el cuello y eso lo hizo. Me negué a tener que esperar debajo de ese árbol con ese maniático mono en libertad otra vez. Empecé a salir de la casa al último minuto. Inventé mi propia parada del bus, y cuando lo veía estacionarse, corría colina arriba y me subía.
Sin Juvia, sin problemas. Y eso, mi amigo, me ayudó lo que restaba del séptimo año y casi el octavo también, hasta un día hace algunos meses. Eso pasó cuando escuché una conmoción a lo alto de la colina y pude ver varios grandes camiones estacionados en la calle Collier, justo donde el autobús se detenía. Ahí estaban algunos hombre gritándole a Juvia, quien estaba, claro, cinco historias arriba en ese árbol.
Todos los otros niños se comenzaron a reunir debajo del árbol también y podía escuchar cómo le gritaban que se tenía que bajar. Ella estaba bien — eso era obvio para cualquier persona que tuviera un par de orejas — pero no podía descifrar por qué se estaban peleando.
Subí la colina, y mientras me estaba acercando, vi qué era lo que los hombres estaban sosteniendo. Me di cuenta rápidamente de cuál era la razón por la que Juvia se negaba a bajar el árbol.
Motosierras. No me malinterpreten, ¿está bien? El árbol era feo, un mutante lleno de ramas hechas nudos. La chica discutiendo con esos hombres era Juvia — la chica más molesta, mandona y sabelotodo del mundo. Pero de la nada mi estómago me falló completamente. Juvia amaba ese árbol. Estúpido, eso era, ella amaba ese árbol, y cortarlo sería como cortar su corazón. Todo mundo trataba de razonar con ella. Incluso yo. Pero ella dijo que no bajaría, nunca, y entonces trató de hablar con nosotros.
—Gray , ¡por favor! Ven arriba conmigo. ¡Ellos no lo cortarán si todos estamos arriba! Por un segundo lo consideré. Pero entonces el autobús llegó y me convencí a mí mismo de no hacerlo. No era mi árbol, y a pesar de que ella actuara como si sí, tampoco era suyo.
Nos subimos al camión y la dejamos ahí, pero la escuela fue un desperdicio. No podía dejar de pensar en Juvia. ¿Seguiría en ese árbol? ¿La arrestarían?
Cuando el autobús nos dejó en la tarde, Juvia se había ido y también la mitad del árbol. La coronilla, donde se había atorado mi cometa, su lugar favorito — se había ido.
Los miramos trabajar por un tiempo, el bombardeo de las motosierras, echando humo como si sólo masticaran madera. El árbol lucía ladeado y desnudo, y después de unos minutos, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que iba a llorar. Llorar. Por el estúpido árbol que odiaba.
Fui a casa y traté de olvidarme de eso, pero seguía preguntándome que pasó. ¿Debí haberme subido al árbol con ella? ¿Habría hecho algún bien al hacer eso? Pensé llamar a Juvia para decirle que me sentía mal porque cortaron el árbol, pero no lo hice. Habría sido muy, no sé, raro.
Ella no apareció la mañana siguiente en la parada del autobús y tampoco lo tomó de regreso en la tarde. Entonces esa noche, después de cenar, mi abuelo me llamó para que fuera a la sala. Él no me llamó mientras yo andaba por ahí (eso habría sido confundido por tratar de ser amistoso). Lo que hizo fue hablar con mi mamá, y luego ella me habló a mí.
— No sé de qué se trata, cariño— me dijo—. Tal vez ya está listo para conocerte un poco más. Genial. El hombre había tenido un año y medio para convertirse en conocido, y decide tratar de hablarme hasta ahora. Pero no podía ignorarlo.
Mi abuelo era un gran hombre con gran nariz y un peinado con su cabello hacia atrás, con sal y pimienta. Se la vive en la casa con pantuflas y una sudadera de deportes, y nunca lo había visto sin bigote. Aparte de tener una nariz abultada sus manos también lo eran, pero lo que te hace darte cuenta de que tan fornido está, es su anillo de bodas. Esa cosa nunca se la va a quitar, y a pesar de que mi mamá me dice que así debería ser, yo creo que tiene que deshacerse de él. Unos kilos más y ese anillo va a hacer que se le caiga el dedo.
Cuando lo fui a ver, sus grandes manos estaban entrelazadas, con el periódico descansando en sus piernas, y dije:— ¿Abuelo? ¿Querías verme?
— Siéntate hijo. ¿Hijo? La mitad del tiempo parece que no sabe quién soy, y
¿ahora de repente me dice ―Hijo‖? Me senté en la silla opuesta a él y esperé.
— Cuéntame sobre tu amiga Juvia Loxer.
— ¿Juvia? Ella no es exactamente mi amiga…
— ¿Por qué? — preguntó. Calmado. Como si tuviera un conocimiento previo de eso.
Empecé a justificarlo todo, entonces me detuve y pregunté:— ¿Por qué quieres saber?
Él abrió el periódico y presionó sobre un pliegue, y ahí fue cuando me di cuenta que Juvia había salido en la primera plana del Magnolia Times. Había una enorme foto de ella sobre el árbol rodeada de la brigada de bomberos y de policías, y luego unas fotos más pequeñas que no podía ver bien.
— ¿Puedo ver eso?
Lo dobló y me lo dio.
— ¿Por qué ella no es tu amiga, Gray ?
— Porque ella es…— sacudí mi cabeza y dije—Tienes que conocer a Juvia.
— Me gustaría.
— ¿Qué? ¿Por qué?
— Porque esa niña tiene agallas de hierro. ¿Por qué no la invitas a la casa alguna vez?
— ¿Agallas de hierro? Abuelo, no entiendes. Esa chica es un dolor de cabeza. ¡Es una presumida, es una sabelotodo y es insistente más allá de la razón!
— No me digas.
— ¡Sí! ¡Así es! ¡Y me ha estado acosando desde segundo grado!
Frunció el ceño, miró a la ventana y preguntó:
— ¿Han vivido aquí todo ese tiempo?
— ¡Creo que todos nacieron ahí!
Frunció el ceño un poco más antes de que me volviera a mirar.
— Una chica como esa no es vecina de cualquiera, ¿sabes?
— ¡Qué suerte tienen!
Me examinó, larga y fuertemente.
— ¿Qué? — pero no se estremeció. Sólo seguía mirándome, y no pude aguantar su mirada; tuve que voltearme.
Ten en cuenta que esta era la primera verdadera conversación que habíamos tenido. Era la primera vez que había hecho el esfuerzo de hablar conmigo acerca de otra cosa que no fuera pasarle la sal. ¿Y lo que quiere es conocerme? ¡No! ¡Quiere saber de Juvia!
No podía solo levantarme e irme, a pesar de que eso era lo que quería hacer. De alguna manera sabía que si lo hacía, él renunciaría a hablarme en lo absoluto. Incluso acerca de la sal.
Así que me quedé ahí, sentado, sintiéndome torturado de alguna forma. ¿Estaba enojado conmigo? ¿Cómo podría estar enojado conmigo? ¡No había hecho nada malo!
Cuando volteé a verlo, él solo estaba sentado ahí sosteniendo el periódico hacía mí. —Lee esto — dijo—. Sin prejuicios. Lo tomé, y cuando volvió a ver a la ventana, ya lo sabía —Había sido despedido.
Cuando llegué a mi habitación, estaba enojado. Azoté la puerta de mi cuarto y me tendí en la cama, y después de echar humo por los oídos acerca de mi excusa con el abuelo, puse el periódico debajo del último cajón de mi escritorio. Como si necesitara saber más acerca de Juvia Loxer.
En la cena mi mamá me preguntó por qué estaba de mal humor, y dirigía su mirada hacia mí y luego hacía el abuelo. Parecía que el abuelo no necesitaba sal, lo cual era algo bueno porque tal vez se la hubiera aventado.
Mi hermana y mi papá estaban en su mundo, como usualmente. Excepto que Ultear comió dos pasas de su ensalada de zanahoria, y después peló la piel y la carne de la ala de su pollo y comió el cartílago del hueso, mientras que mi papá llenaba el aire hablando sobre unas políticas de la oficina y como era necesario cambiar los cargos de administración.
Nadie lo estaba escuchando — nadie lo hace cuando él empieza a hablar sobre si-yo-mandara-en-el-circo — pero por primera vez mamá ni siquiera estaba pretendiendo. Por primera vez no estaba tratando de convencer a Ultear de que la cena estaba deliciosa. Sólo seguía viéndome a mí y al abuelo, tratando de descifrar por qué estábamos enojados entre nosotros.
No es que hubiera algo por lo cual enojarnos. ¿Qué le había hecho de todas maneras? Nada. Pero lo estaba, lo sabía. Y ahora yo estaba evitando a toda costa el contacto visual hasta la mitad de la cena, cuando le eché un vistazo. Él estaba examinándome, bien. Y a pesar de que no era una mala mirada, o una pesada mirada, era, ya sabes, firme.
Continua. Y me parecía extraño. ¿Qué le pasaba? No lo volví a ver otra vez. Ni a mi mamá. Sólo volví a comer y pretendí que escuchaba a mi papá. Y en la primera oportunidad que tuve, me levanté y me fui a mi cuarto.
Estaba planeando llamar a mi amigo Loke como usualmente lo hacía cuando me sentía mal acerca de algo. Incluso le marqué, pero, no sé. Sólo colgué.Y después mi mama entró, y pretendí que estaba durmiendo. No había hecho eso en años. Toda la noche fue así de rara. Sólo quería que me dejaran solo.
Juvia no estaba en la parada del autobús al día siguiente. O la mañana del viernes. Ella estaba en la escuela, pero nunca lo sabías si es que no observabas de verdad. Ella no levantaba su mano intentando que el profesor le hiciera caso o que estuviera a cargo en el cambio de clases por los pasillos. No hacía una opinión no solicitada para los comentarios del profesor o trataba de pelear con los que se metían a la fila de la leche. Solo se sentaba. Callada.
Me dije a mi mismo que debería estar agradecido por eso — era como si ella no estuviera ahí, ¿no era eso lo que siempre quise?
Pero de todas maneras, me sentía mal. Acerca de su árbol, acerca de cómo se apresuraba para comer en la librería sola, por cómo sus ojos estaban hinchados. Y quería decirle, hombre, lo siento por tu árbol de sicomoro, pero las palabras parecían no salir. Para la mitad de la siguiente semana, ya habían terminado de quitar el árbol. Ellos limpiaron el espacio y aún trataron de tirar todo, pero aquel imbécil no se movería, entonces terminaron moliéndolo abajo en la suciedad.
Juvia seguía sin aparecer en la parada del autobús, y para cuando se terminó la semana, Loke me dijo que se iba en bicicleta. Que la había visto por el camino dos veces en la semana, poniéndole la cadena a su bicicleta vieja de diez velocidades.
Pensé que volvería. Era un camino largo hasta la escuela secundaria Fairy Tail, y una vez que superara lo del árbol, empezaría a tomar el autobús otra vez. Incluso me encontraba a mí mismo buscándola. Sin vigilar, sólo mirando.
Entonces un día llovió y pensé que era seguro que ella tomara el autobús, pero no. Loke dijo que la había visto andar en su bici con un gran poncho amarillo, y en matemáticas me di cuenta que sus pantalones seguían mojados rodillas para abajo.
Cuando salimos de matemáticas, la comencé a seguir para decirle que debería optar por el bus otra vez, pero me detuve a mí mismo justo a tiempo. ¿Qué estaba pensando? ¿Qué Juvia no malinterpretaría cualquier pequeño comentario amistoso? Wow, espera, amigo, ¡cuídate! Era mejor dejarlo así. Después de todo, lo último que necesitaba era que Juvia Loxer pensara que yo la extrañaba.
