¿Qué es Navidad?

By Ankoku Nosaka.

Seto x Yami // Shounen Ai// Yaoi

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Una helada noche caía en la bella ciudad de Dominó. Las luces navideñas reinaban cada rincón del lugar, los cantos no cesaban, al igual que la multitud bailaba alegre o seguía los villancicos con un tono prudente de voz.

Aunque; para una joven castaña –que pasaba por allí; cargando una bolsa café. Con un suéter celeste y pantalones de mezclilla cabe decir- aquel canto le comenzaba a hartar.

— ¡Quieren callarse de una maldita vez!—gritó colérica, mientras acomodaba la bolsa café llena de pan dulce. Suspiró al ver que la habían ignorado completamente.

— Idiotas... todavía que cantaran bien—comentó, mientras seguía su camino a paso lento.

Era una idiota… ¿por qué demonios les había gritado? Tenía que aprender a NO desquitar su cólera con los demás. Pero… ¡es qué no sabían cantar! Le desesperó… ¡Aquel canto de urraca fue la gota que derramó el vaso!.

¿Por qué Dios no se apiadaba de ella y le mandaba a cupido, para que flechara al amor de su vida? Ese sí sería un regalo de Navidad.

Uno muy bueno…

¡Qué estaba pensando!... Dios, si seguía así, ni siquiera Santa Claus se acordaría de ella.

La joven rió a su pensamiento, fue entonces que, en su trayecto, observó a una pareja de rubios.

— ¿Kujaku-san... queréis casarte con este obstinado, pero atractivo caballero?—preguntó meneando su cabellera con sus manos. La joven mujer sonrió.

— ¿Querrás decir con "este tonto, pero lindo rubio"?—el joven suspiró, con una gota de sudor en su cien— ¡Claro que sí!—la rubia se abalanzó sobre el joven, y le robó miles de besos.

La castaña prosiguió con molestia... que poco a poco fue cambiando por una clara seña de inquietud.

¿Acaso podría ser más miserable?...

Se había enamorado de su mejor amigo... y lo peor era que no era correspondida.

— Si no fuera tan frío... si tan solo...—susurró afligida, pero detuvo sus palabras al ver un viejo edificio, que parecía qué podría caerse en cualquier momento. Tenía un letrero, desgastado y sucio, que descansaba a un lado de la construcción, pero se podía leer claramente la palabra "Orfanato".

Entró, y fingiendo una sonrisa, recibió a la multitud de pequeños que se acercaron a ella.

— Hola... ¿dónde está Yami?—preguntó apurona, necesitaba hablar con él.

— Salió... Yuugi-chan quería ver los adornos navideños de las casas... creo que fueron a visitar la colonia... ¿Maximilian?—contestó una bella niña de cabellos rubios y perspicaz mirada esmeralda.

— Oh... ya veo—habló. Después de un molesto silencio, volvió a tomar la palabra, fingiendo una sonrisa. —Veo que... Yuugi, es el único ser, al qué, Yami... aprecia de verdad—soltó, para después dirigirse a una habitación al final del pasillo.

— Anzu...—susurró afligida la rubia, mientras veía melancólica la vieja y robusta puerta de madera, que se había cerrado segundos atrás.

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Los alegres villancicos eran cantados por unas lindas mujeres, todas vestían de una túnica blanca, con dos esponjosos pares de alas de ángeles en su espalda.

Parecía una sinfonía proveniente de los mismísimos ángeles.

La solista parecía un ángel, tez clara… casi blanca. Bellos lirios de plata caían como cabellos y hermosísimos ojos azules, pero no zafiros… más bien celestes. Llenos de luz.

—Noche de Paz… Noche de Amor, todos duermen en derredor...

Las familias se abrazaban, los niños sonreían. Aquel bello canto, sin duda alguna, tranquilizaba el espíritu y los corazones de las multitudes… que ahora sonreían en paz.

— Yuugi… ¿podemos irnos ya?...—exclamó un joven pelirrojo de cabellos que desafiaban a la gravedad, con una clara seña de fastidio—Me he aburrido… —prosiguió dirigiéndose a otro joven –más pequeño- de cabello semejante al suyo.

—Oh… claro, quiero ver las casas adornadas —exclamó feliz, para después entrecerrar sus grandes ojos amatista— ¿verdad que las vamos a ver?... ¿Verdad Yami?... —susurró amenazante. Y, al recibir un asentimiento por el mayor, sonrió con dulzura. —Vamos pues…—.

Ambos caminaron por las vías vehiculares, admirando los bellos destellos navideños que reinaban en las lujosas mansiones de aquél lugar.

— Es muy hermoso… ¡parecen… parecen luciérnagas…!—exclamó con dicha el menor. Yami sonrió.

Tal vez Yuugi siempre regalaba una radiante sonrisa, o siempre estaba feliz… pero, eran pocas las veces en que Yuugi y él se divirtieran, y que ambos estuvieran contentos de ello.

Le alegraba el hecho de que su pequeño hermano no fuera un desdichado como él. Que aún creyera en la magia, en los demás…

Y… sobretodo, que aún era muy pequeño cuando pasó el accidente, y así no lo recordaba, si no… ¿cómo sería ahora?...

— ¡¡YAMI!!—Protestó el menor, al ver que su compañero se había largado a la tierra de los pensamientos— ¿Sigues allí?...—Al recibir un asentimiento, un tanto exaltado, prosiguió. —Te pregunté si podríamos ir a los columpios… sé que es noche y bla bla bla… pero¿Sí?...—dijo Yuugi, un tanto zalameroso, comenzando a abrir y cerrar sus ojos… en un adorable intento de los famosos "puppy eyes".

Tal vez no era la mejor propuesta… pero, sabía de antemano, que si no lo obedecía provocaría un berrinche… y sería nuevamente coronado como "Mr. Grinch"…, aunque no tenía nada que ver, el se haría cargo que todo el mundo –o, al menos los niños del orfanato- le llamaran así por no cumplirle su berrinche.

— Sí Yuugi, pero de ahí nos iremos directo a la casa… ¿Correcto?

— Correcto.

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— ¿Hermano?—preguntó un niño, no mayor de 13 años—Seto… ¿estas aquí?— soltó. Sus dedos tocaban con cautela la fina puerta de madera, la cual estaba entreabierta por su misma causa. Pero se dio cuanta de algo; la habitación estaba en penumbras.

Aquella habitación le recordaba una tétrica imagen de una casa embrujada. Algo raro, ya que, estaban en una época de paz y amor. Navidad.

¿Acaso ese cabezón, que tenía como hermano mayor, no le daba miedito la habitación?... Debería ser ciego… o muy valiente para dormir allí.

— Creo… que no está—susurró afligido, mientras cerraba nuevamente la alcoba— ¿Qué estará haciendo?..., mañana es noche buena…

El pequeño de cabello largo y azulado cambió su semblante a uno triste, para después suspirar.

Se sentía solo. Seto estaba ocupado… otra vez. Deseaba tener amigos; para invitarlos a la mansión, pasar un momento agradable… ser feliz.

Bueno, si tenía amigos. Leon y Noa.

Pero… los hermanos mayores de ellos, no se simpatizaban con su hermano. Eran demasiado soberbios y egocéntricos…

Interrumpió sus pasos.

— Esperaré a Seto en la acera…—comentó para sí mismo, al saber que cuando Seto Kaiba entraba en la mansión era –exclusivamente- para dormir. Si quería hablar con el… tendría que esperarlo afuera.

El jovencito se abrigó tomando un chaleco café, una bufanda negra y un par de guantes del mismo color. Sabía que una criada lo estaba vigilando. No por nada su hermano les pagaba tan bien.

Salió de la casona, y cuando observó que –efectivamente- la criada dejaba de seguirle; arrojó la bufanda por los aires y se dirigió a la acera… o más bien a lo que parecían varios columpios.

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— ¡Por favor, un rato más…!—rogó Yuugi. No quería regresar, le era muy difícil abandonar aquella calidez. Las luces, los cantos… ¡Inclusive olía bien!

— No —cortó. Yuugi bajó la cabeza. — Lo siento, pero lo prometiste. ¿Tienes hambre?—Yuugi negó, pero un sonido de tripas lo desmintió— No has comido en todo el día, a excepción del chocolate… y NO trates de negar que tienes hambre, por que escuché aquel sonido… así que… será mejor irnos. La casa está lejos de aquí…—cuando terminó de hablar, vio aquel rostro de niño afligido… como si le hubiesen robado sus ilusiones.

¡Maldición!... ¿Por qué Yuugi tenía que ser así? Si no lo complacía… se sentía un miserable. Tendría que hacerlo por compromiso… no quería llegar a la casa y ser regañado por Anzu por no tratarlo bien…

Sonrió.

No era verdad. No lo haría por compromiso… quería mucho a su hermano. ¿Era malo cumplir un muy inocente capricho?...

— Yuugi… mañana habrá quermés. Prometo traerte.

Yuugi levantó el rostro, algo dudativo.

— Pero…

— Yo también iré contigo… vendremos los dos…— Al recibir una sonrisa, y un asentimiento del menor, él también sonrío.

— Ahora sí… vayámonos…

Una luz los encandiló por segundos. Era una lujosa –y costosa- limosina blanca.

— ¡Seto! —se escuchó. Una voz infantil, con un tono bastante ilusionado.

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De la lujosa limosina bajó un joven empresario –se podría decir, ya que sus ropas daban esos méritos- Su cabello sedoso y del rico color del chocolate se agitó con el compás del viento.

Impresionantes zafiros reposaban en su clara piel. Bellos sin lugar a dudas, con una chispa alegre -muy bien disimulada- sobresaliendo de su mirada ojiazul; al ver a su pequeño hermano menor.

Atractivo, sin lugar a dudas.

— ¿Mokuba?... ¿qué haces a estas horas aquí?—preguntó apresurado, ya que ya daba cerca de la media noche. — ¿Y tu bufanda? —.

Mokuba tembló nervioso. No era la primera vez que se deshacía de la estorbosa bufanda oscura. Aunque siempre la maldita regresaba a su alcoba limpia, planchada y muy bien doblada.

— ¿Y bien?...—prosiguió Seto, al ver que, Mokuba se quedó pensante.

— Eh… ¡Hay Seto!... ¡Hablando de una asquerosa bufanda! Tengo frío—comentó, para meterse rápidamente al vehículo.

El castaño resopló. Lo más lógico era que había tratado de deshacerse otra vez de ella. Era divertido ver la cara llena de fastidio del menor cuando descubría que la odiosa bufanda –lavada y planchada- estaba en el cajón.

Las maldiciones de Mokuba eran tan divertidas que nunca se cansaba de lavar y planchar, el mismo, la bufanda… para volvérsela a colocar otra vez.

Sonrió levemente; pero algo le llamó la atención entre los columpios.

Rojo. No, no era rojo… era más oscuro, pero brillante. ¿Oscuro y brillante? 2 pares de rubíes podrían ser.

Sin lugar a dudas… los más hermosos ojos carmesí que nunca antes había visto.

Su curiosidad era mucha. Pero no caminó.

Sus zafiros observaban el rubí del otro, sin molestarse a parpadear si quiera. Aunque –al parecer- el otro joven también se había quedado igual.

La belleza impresionante de sus ojos, dándole merecedor de el color de sus ojos. Azul rey.

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