Kuroshitsuji no me pertenece, es propiedad de Yana Toboso

Esta historia está desarrollada en un Universo Alterno (AU). Yaoi, shonen-ai, shota, lime y lemon. Inspirada en "Fijación" por Lissa D'Angelo y adaptada para Kuroshitsuji y sus personajes principales. Espero, les guste esta versión.

Lil Joker.


El anhelo de lo prohibido

Capitulo 1: Ellos

- ¡Maldita sea! - masculló Vincent, insultando a la televisión – 300 dólares directos a la basura…

Sebastian observó de reojo a su amigo, quien intentaba ocultar todo su enojo por haber perdido una apuesta, tomando grandes sorbos de su cerveza. Desde que la carrera había comenzando, Vincent camufló su nerviosismo botella tras botella. Por otro lado, Sebastian miró la suya, esta apenas llevaba más de la mitad de su cerveza y había sido la primera en toda la velada.

- Sabes, creí que solo los mafiosos y personas con problemas financieros recurrían a las apuestas de caballos pero… Tú, Vincent, has roto los estándares de ese estereotipo – tomó un sorbo de su cerveza y la dejó en la pequeña mesita de café frente a él – Te felicito

- No me jodas – gruñó cabreado hacia su amigo

- ¿Por qué te desquitas conmigo? El que desperdicia el dinero aquí eres tú, no yo

- ¡¿Crees que no lo sé?! – gritó – En todo este tiempo he perdido más de medio millón gracias a ese estúpido caballo

Sin más, terminó su sexta botella de cerveza y la arrojó al suelo. Sebastian ni siquiera se inmutó, simplemente se dedicó a contemplar en silencio la furia de Vincent. El hombre podía tener una apariencia tranquila a simple vista, pero detrás de aquella corteza de serenidad y amabilidad, se encontraba un hombre manipulador, prepotente y de un humor muy inestable.

Michaelis conocía muy bien todas las facetas de ese hombre, sabía como soportarlas, evadirlas y tratar con ellas. Y la faceta colérica de Phantomhive le era indiferente para Sebastian.

- ¿Rachel sabe de esto? – consultó el pelinegro, contando los trozos de botella, esparcidos por el piso.

- No – respondió – Cree que ya lo dejé. Pero me las he arreglado bastante bien. Cuando ella visita a Madame Red, yo saco mi billetera.

- ¿Y Ciel? ¿Cómo te las arreglas para que él no se entere?

Vincent le miró y sonrió. Sacó su teléfono y buscó un número entre sus contactos

- El dejó de ser una preocupación para mi hace mucho, Sebastian. Y lo sabes – susurró con una arrogante sonrisa en su rostro.

Oh, pero por supuesto que Sebastian lo sabía. Durante 10 años, ese niño había sido más hijo de Sebastian que de Vincent. Y nadie lo negaba. Todos eran testigos de la inmensa diferencia entre el cariño de Ciel por Sebastian y por su propio padre. Sin embargo, para Vincent aquello no era problema. Con dinero, todo se arreglaba… O al menos eso creía.

- ¿A quién llamas? – preguntó el ojirojo al ver como su amigo de pronto guardó silencio mientras se concentraba en el tono de marcado.

- Hannah.

Hannah Anafeloz, 23 años, la asistente de Vincent. Era una mujer bastante atractiva, ojos azulados, cuerpo de proporciones increíblemente perfectas, pechos prominentes, una cadera imposible, trasero firme. Por consecuencia, la amante de Vincent. Todos los viernes por la noche, cuando Rachel visitaba a su hermana, Vincent pasaba a saludar a esa mujer. Y Sebastian era cómplice de ello.

Sebastian era cómplice de eso y mucho más, pero él sabía que a veces, era mejor bajar la cabeza y hacer oídos sordos. No era su vida la que estaba en juego, no era su familia la que sufría. Cada vez que pensaba en tomar cartas en el asunto, pensaba en todo el daño que podría causarle a una personita en particular, entonces solo sonreía y se tragaba todo aquello que tenía por decir.

- Hoy cuidarás de Ciel

El ojirojo subió la mirada y encontró a Vincent abotonando el cuello de su camisa y subiendo su corbata.

- ¿Disculpa? – dijo. Creyó haber entendido mal, ¿cuidar de Ciel?

- Iré a casa de Hannah, y tú cuidarás de Ciel. ¿Se te olvidaba?

Michaelis frunció el entrecejo, ¿de niñera? ¿En un viernes por la noche?

- ¿Desde cuándo soy la niñera de tu hijo?

- Vamos – insistió el hombre – Rachel no está y alguien debe cuidarlo

- Pues entonces cuídalo tú, olvídate de Hannah y preocúpate por tu hijo – increpó.

El empresario se colocó la chaqueta de su traje y le sonrió. Tomó sus llaves y con un gesto de despedida, dejó a su amigo solo.

Sebastian no podía creerlo. Una vez más, aquel hombre se había salido con la suya. Una vez más, pasaría un viernes por la noche junto a Ciel.

No era que le desagradara la idea, todo lo contrario, de tan solo pensar que aquel niño estaría bajo su cuidado toda la noche le fascinaba en demasía… Y eso, era lo que fastidiaba a Sebastian.

Su admiración por ese niño, su asquerosa admiración por ese niño. Tan devota, tan sublime, simplemente llegaba a límites enfermizos.

Cada vez que le tenía en frente, que tenía a esos grandes y preciosos ojos azules sobre los suyos, Sebastian perdía la cordura. Su corazón se disparaba, a veces llegaba a creer que este atravesaría su cuerpo y saldría de su interior, golpeaba tan fuerte, solo por él.

Era su rostro, como el de una muñeca, de rasgos finos. Su piel, blanca y suave como la de un infante. Su cuerpo, pequeño y puro. Siempre que tenía la oportunidad de apreciarle, podía imaginarlo… Desnudo, sudoroso, cansado y completamente a su merced. Aquello hacía despertar ese peligroso apetito en el pelinegro. Pero eran sus ojos, si, los ojos de Ciel que traían completamente loco al ojirojo. Desde que los vio, algo en él cambió.

Enfermizo, asqueroso, impuro, sucio, prohibido… Prohibido… Que palabra más estimulante… Iba como dedo al anillo para describir lo que sentía por Ciel. Sin duda era algo prohibido, era su secreto, su más importante secreto…

Pero, ¿por cuánto tiempo lo sería?


- ¡Estoy en casa!

Avisó el muchacho, guardando sus llaves en el bolsillo de su pantalón. Con paso lento, recorrió el pasillo en busca de alguna cara familiar, lo cual fue solo una perdida de tiempo. Una vez más, estaba solo.

Acostumbrado a la situación, se resignó a quedarse un minuto más en el primer piso y subió directamente a su cuarto. Al menos estaba solo, así podría conectar su iPod al reproductor con bocinas, era una buena forma de pasar un viernes por la noche. Nadie lo molestaría, ni le regañaría por el volumen de la música.

Estaba a pocos metros de su cuarto, cuando su camino se vio interrumpido por la imagen de un torso desnudo, bien esculpido, cubierto con pequeñas gotas de agua y emanando una ligera capa de vapor a su alrededor.

Ciel se detuvo en seco ante la escena, y con un evidente sonrojo en su rostro, subió la mirada lentamente hasta llegar al rostro de aquel individuo.

- ¡T-Tío S-Sebastian! – balbuceó ruborizado, desviando rápidamente la mirada. Tener a su tío en esas condiciones, con solo una toalla cubriendo sus partes nobles, no era algo bastante cómodo.

El pelinegro, al observar la reacción del menor, simplemente sonrió. No esperaba verlo tan temprano en casa, pero eso no hizo más que acrecentar su alegría… Tal vez demasiado.

- Bienvenido a casa, Ciel – susurró suavemente, con esa voz que solo solía usar con el pequeño. Rápidamente, se quitó fuera del camino del muchacho para retirarse a su habitación antes de que este se diera cuenta del problema que yacía en su entrepierna al ver ese delicioso sonrojo en su rostro.

En un solo movimiento, entró en su habitación y cerró la puerta tras de si, no sin antes ponerle cerrojo.

- Demonios – masculló al sentir aquella parte de su anatomía palpitar con dolor – Esto no puede estar pasándome…

Sin demora, quitó la toalla de su cuerpo, dejando a la vista su enorme miembro, erecto y palpitante. Aquello sería más fácil de llevar si mente no le recordara una y otra vez el ruborizado y hermoso rostro de Ciel hace unos minutos atrás. Tenía que solucionar aquel problema entre sus piernas ya.

- ¿Tío Sebas? – llamó el niño del otro lado. El adulto abrió los ojos de golpe, pero sin dejar de auto complacerse

"No, por favor… No hables…" rogó el pelinegro, al escuchar la voz de Ciel. Su mano recorría de arriba abajo toda la extensión de su erecto amigo. Y escuchar la suave voz de Ciel, con ese tono, le complicaba bastante las cosas a Sebastian

- ¿Tío Sebas? ¿Te encuentras bien?

El ojirojo se mordió el labio, intentando ahogar un gemido

- S-Si… E-Estoy bien… - trató de modular, moviendo su mano más rápido

- ¿Estás listo? Voy a preparar la cena

La imagen del ruborizado niño fue inmediatamente remplazada por la de un Ciel desnudo, vestido simplemente con un delantal de cocina, sus mejillas cubiertas de chocolate y crema, al igual que sus manos. Las que Ciel lamía lentamente…

- M-Mierda… -

Aquella fantasía tan sugestiva puso más duro a Sebastian. Su mente definitivamente no estaba esta vez de su lado. Solo se dedicaba a repasar cada detalle del desnudo cuerpo de Ciel, de la forma en que la lengua del niño recorría con parsimonia cada uno de sus dedos. De pronto esos dedos fueron remplazados por la dura hombría de Sebastian.

- ¿Tío Sebas?

- A-Ah… Ciel – gruñó este, una pequeña descarga eléctrica recorrió su espalda, incitándole a aumentar el ritmo de sus movimientos. Podía sentir, el final estaba cerca.

- ¿Tío Sebastian?...

"… Sebastian" era lo que decía ese niño. Lo que gemía ese niño. Su niño, mientras lamía gustoso su falo. Ese fue el punto, en el que Michaelis alcanzó un pequeño pedazo de cielo, y se vino en su mano.

- Ya… - murmuró – Ya voy… Ciel


La cena estaba servida, no era algo muy elaborado, un simple plato de spaghetti y salsa bolognesa. Sebastian sabía que tenía dinero de sobra como para llevar a Ciel a cenar a un lugar bastante refinado, con comida de primera, pero también sabía lo mucho que ese niño disfrutaba de cocinar. Y lo mejor de todo… Ciel solo disfrutaba de cocinar para él…

- Esto está exquisito – halagó el mayor.

Ciel forzó una sonrisa, y volvió a mantener la vista fija en su plato, jugando con su comida. No tenía interés en probar un bocado de su creación. Esta noche, solo había cocinado para que Sebastian no pasara hambre.

- ¿Pasa algo? – Escuchó el ojiazul por parte de su tío. Solo atinó a negar con la cabeza, mientras movía de un extremo del plato a otro una albóndiga. De verdad no tenía ánimos de comer, ni siquiera de hablar. Era un milagro que pudiera mantener los ojos abiertos y la cabeza en alto… Casi.

Michaelis observó el triste semblante de su "sobrino" y dejó caer el tenedor sobre su plato.

- Bien, ¿qué sucede? – interrogó con voz firme, muy pocas veces podía ver esa expresión en el rostro del menor.

- No es nada…

- Vamos Ciel, te conozco muy bien – aseguró Sebastian

- Ya te dije que no es nada

- Ciel

- Va en serio, tío - dijo, elevando el tono.

- Nunca has sido bueno con las mentiras… - se burló el mayor

- ¡No me pasa nada! – Vociferó Ciel, golpeando la mesa - ¡Ya no soy un maldito niño! ¡Cuando digo que no es nada, debes creerme! ¡No seas…! – se detuvo bruscamente, las palabras se ahogaron en su garganta, y ahí guardó silencio.

- Que no sea qué, Ciel – consultó el mayor, con voz tranquila y segura

- No… - dudó por unos segundos de sus palabras, pero eso no le detuvo – No seas como ellos, tío Sebas…

El adulto sabía que con "ellos" se refería a sus padres. Ciel era el único hijo del matrimonio, pero eso no significaba que tenía toda la atención de ellos. Años atrás tal vez, Ciel era lo único en la vida de los Phantomhive, pero entonces los problemas surgieron, el muchacho creció y con el tiempo se fue quedando solo… Aún con la compañía de esa persona de ojos escarlata, era soledad lo que Ciel sentía. Un vacío, un desesperante y horrible vacío.

- No, Ciel… Jamás lo seré…

Y así como esas palabras tuvieron un significado para Ciel, para Sebastian no era más que una mera afirmación. A pesar de los defectos, de los errores de Rachel y Vincent, Sebastian seguía siendo el único diferente ahí… El único monstruo.