A los nueve años…

Siempre juraba y perjuraba que jamás volvería a hacerlo, pero nunca cumplía su promesa. Era caótico acudir al supermercado con toda su prole de hijos. Molly Weasley empujaba pacientemente el carrito de la compra mientras sus ojos parecían moverse independientemente, como los de un camaleón, tratando de mantener localizados en todo momento a cada uno de sus retoños; que a pesar de las recomendaciones de sus padres, solían desperdigarse sin control por el establecimiento. Arthur llevaba a Ron agarrado de su mano para evitar que se uniese a los juegos censurados de algunos de sus hermanos mayores. Pero el pequeño, que acababa de cumplir nueve años, no guardaba interés alguno en seguir a los demás. Ron tenía otras prioridades, y por aquella razón tiraba con insistencia de la mano de su padre con el único propósito de llegar a la galería donde estaban las galletas y los chocolates.

—Ron, por el amor de Dios, deja de tirarme del brazo o acabarás desencajándomelo. Todo a su tiempo hijo, todo a su tiempo—Decía pacientemente el hombre mientras le sonreía.

Pero Ron era muy tozudo, y no estaba dispuesto a dejarse convencer aunque el hombre le mostrase esa paternal y dulce sonrisa. Él quería llegar a la galería de los dulces, y quería llegar ya. Sabía que sus galletas favoritas de chocolate con forma de rana estarían esperándolo con los brazos abiertos. La paciencia no se encontraba entre las virtudes que conformaban en carácter de aquel pelirrojo niño; así que al no conseguir su propósito de ir directamente hacia allí, se soltó del brazo de su progenitor y se quedó quieto con los brazos cruzados sobre el pecho en medio del supermercado, a punto de tener una de sus múltiples rabietas. Arthur no tuvo más remedio que frenarse en seco.

—Ron no seas terco ¿quieres? Te prometo que tendrás tus ranas hoy, ¿de acuerdo?—El hombre volvió a agarrar la mano del niño aunando aun más paciencia.

—No quedarán cuando lleguemos, debemos darnos prisa—Masculló el pequeño pelirrojo.

Arthur rodó los ojos, y de repente oyó los gritos de su esposa resonar en las sólidas paredes de aquel lugar.

—¡Fred y George Weasley! ¡Maldita sea! ¿Dónde os habéis metido?

Era de esperar que conociendo el carácter inquieto y travieso de los dos muchachos, tarde o temprano eso sucediese. Porque los gemelos aprovechaban cualquier descuido de su incauta madre para poner pies en polvorosa y terminar haciendo alguna trastada, en la cual el resto de la familia nunca salía bien parada.

—Cariño, ¿qué ocurre?—Inquirió Arthur llegando junto a su esposa con al manita de Ron en la suya.

—Ese par de zoquetes nos meterán en otro de sus líos, ya veréis. No pienso ir a por ellos.

—¡Cállate Percy! Si no vas a ayudar a encontrarlos, al menos cierra el pico—Exclamó un muchacho alto de unos veinte años y también pelirrojo, que llevaba el cabello recogido en una coleta.

—Bill tiene razón Percy, será mejor que vayamos a buscarlos antes de que la vuelvan a montar.

El joven que había hablado era el segundo hijo de Molly y Arthur Weasley, Charlie. Percy resopló. A regañadientes, y sin mediar palabra acompañó a sus dos hermanos mayores en la ardua búsqueda de los gemelos más revoltosos de la familia.

—Cielo santo Arthur, ¿qué vamos a hacer con ellos?—Se lamentó Molly observado el lugar por donde habían desaparecido los muchachos.

Arthur se encogió de hombros y resopló resignado. Hacía tiempo que intuía que para que los gemelos cambiasen tendrían que volver a nacer, que además deberían hacerlo en distintas fechas, y con diferente sexo, y aun así dudaba que las cosas fuesen menos diferentes que las de ahora.

—¿Podemos ir ya por las galletas mami?— Insistió Ron ajeno a la verdadera preocupación de sus progenitores.

—¡Eso! ¡Eso!—Exclamó una vocecita de niña que salía de dentro del carro de la compra.

—¿Tú también Ginny?—La niña, tan pelirroja como el resto de su familia, sonrió mostrando su encías carentes de algunos dientes. Molly supo que no podía hacer nada ante la entusiasmada sonrisa de su hija—De acuerdo Ron, tú ganas, vamos a por esas dichosas galletas, pero después me dejas hacer la compra en paz.

Ron asintió enérgicamente mientras se escuchaban el entusiasta aplauso de su hermana pequeña que festejaba la decisión de su madre.

Anduvieron algunas galerías hasta que al fin llegaron al rincón favorito de Ron. Cientos y cientos de productos de chocolate y azúcar se almacenaban y exponían a los clientes de forma ordenada y tentadora. Con una agilidad sorprendente, el niño volvió a desprenderse de la mano de su abnegado padre y corrió hacia el lugar exacto donde encontraría las galletas. Sus avispados ojos azules las divisaron de inmediato, pero para su profundo disgusto únicamente quedaba un paquete. Dispuesto a no salir de aquel lugar sin su más preciado tesoro, Ron alargó al brazo mientras corría desesperado por alcanzarlas. Cuando sus pequeños dedos estaban a punto de hacer de aquel manjar algo suyo, un suceso sorprendente aconteció. El único paquete de galletas de ranas de chocolate que quedaba en el establecimiento despareció como por arte de magia ante sus pasmados ojos. No podía creerlo, ¿qué había ocurrido? Aun con el brazo estirado, Ron miraba absorto el lugar vacío donde unos segundos antes se encontraba su ansiado tesoro y en el que ahora no había más que un hueco vacío. Perplejo, resistiéndose a admitir lo que había sucedido, buscó al culpable de su desgracia y pronto lo halló. Era una niña, delgada, con el cabello revuelto y unos grandes incisivos que lo miraba aturdida sosteniendo el paquete de galletas en una mano. Ron entrecerró los ojos, y luego los desvió hacia la mano de la pequeña, y en especial hacía lo que sostenía en ella.

—Eso es mío—Exhortó señalando con el dedo a las galletas.

La niña frunció el ceño, entornando sus castaños y brillantes ojos. Luego levantó el mentón de forma altiva, mostrándole el disputado paquetito de galletas.

—Lo siento pero yo las cogí primero—Dijo con un tono de voz nada amable.

—Pero son mías. Yo siempre me llevo estas galletas…

—¿Ah sí? ¿De verdad? Yo no veo que tengan escrito ningún nombre—Le desafió la pequeña mirando con ironía el paquetito como si buscase algo anotado en él.

El rostro de Ron comenzó a adquirir el mismo color que su cabello, llegando a confundirse el límite de donde terminaba uno y comenzaba el otro. Por un instante la multitud de pequeñas pecas que salpicaban sus mejillas dejaron de existir. Era increíble que aquella niña de incisivos de castor estuviese dispuesta a dejarle sin su premio mensual, y tuviese que esperar treinta días más para disfrutar de ello. Porque en el hogar de los Weasley había pocos caprichos y si esos caprichos no se adquirían el día de la compra mensual, después, cuando el dinero escasease aun más, sería totalmente imposible.

—Escúchame bien niña tonta. Llevo muchos días esperando para comprarlas y tú no vas a hacer que tenga que esperar más.

La niña pestañeó incrédula ante lo que estaba ocurriendo delante de sus infantiles ojos. Aquellas no eran sus galletas preferidas, y probablemente si aquel chico pelirrojo, pecoso y larguirucho se las hubiese pedido de una forma más civilizada se las hubiese entregado de buena gana. Pero a ella nadie le obligaba a nada, así que ahora estaba completamente segura que ocurriese lo que ocurriese no estaba dispuesta a soltar aquel paquete de ranas de chocolate.

—Elige otras, porque no pienso darte éstas.

—¡Dámelas!—Exigió Ron una vez mas extendiendo la palma de la mano hacia la niña.

—¡No!

—¡Son mías! ¡Mías!, ¿verdad mami?

Molly acababa de llegar al lugar donde parecía que se estaba a punto de empezar una guerra. La mujer miró a la niña y lo que llevaba en su mano. Luego se acercó a su hijo y utilizando el tono de voz más dulce que podía registrar añadió.

—Cariño, ella llegó primero, así que las galletas son suyas.

—¡No!—Vociferó Ron insistiendo tercamente—¡Son mías!

La pequeña seguía sin dar crédito al berrinche que aquel chico se estaba tomando por una simple cajita de galletas cuando el establecimiento estaba lleno de otras variedades incluso mas deliciosas que esas. Aun así, no iba a ceder, porque ese pelirrojo malhumorado estaba comenzando a sacarla de sus casillas y su paciencia tenía un límite muy corto.
Ron continuó con su pataleta, logrando sacar los colores a su madre cuando vio como se acercaban los padres de la niña que se había apoderado del 'tesoro' de su hijo.

—¿Ocurre algo, Hermione?—Preguntó con recelo una mujer joven y esbelta, muy parecida a la jovencita.

—No mamá nada—Dijo Hermione dándose media vuelta y alejándose con decisión del lugar.

La mujer no conforme con la escueta respuesta de su hija, miró a Molly buscando una explicación más convincente.

—No se preocupe, ha sido solo una discusión de niños—Contestó Molly con voz amable.

La mujer miró de reojo al pequeño pelirrojo enfurruñado y sonrió con ternura mientras le alborotaba el cabello, logrando con ello enfurecerlo aun más. Luego, tras despedirse amablemente de ambos, caminó presurosa para alcanzar a la niña.

—Mami…—La vocecita de Ginny rompió la tensión del momento—¿entonces ya no tenemos galletas?

Molly chasqueó la lengua y rodó los ojos resignada. Empujó una vez más el carro de la compra y caminó alejándose de la dichosa galería. Arthur se acercó a su hijo agarrándole nuevamente de la mano.

—Vamos Ron, regresaremos otro día para comprarlas.

El niño continuó quieto, sin mover ni uno de su pequeños musculitos, observando la parte trasera de la cabellera de Hermione que ondulaba con cada paso firme que daba, sabiendo que su padre con aquel 'otro día' estaba diciéndole 'el mes que viene'.

—Hermione—Gruñó en voz baja—Es un nombre horrible.

Notó de nuevo como su padre tiraba con insistencia de su mano. Miró por última vez el paquetito de galletas antes de que Hermione desapareciese de la galería. Aun con el ceño fruncido, los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada, Ron se dejó vencer y se giró hacia su padre comenzando a caminar junto a él arrastrando con frustración los pies. De repente algo lo hizo olvidarse momentáneamente de su fracaso, un ruido ensordecedor, luego unas risas infantiles y después gritos, y entre esos gritos la voz de su madre que vociferaba con mas intensidad que ninguna.

—¡Fred, George! ¡Vais a estar castigados por el resto de vuestras vidas!

Una vez más, la torre de latas de conservas que adornaba el centro del supermercado había quedado esparcida por el suelo ante la resignada y horrorizada mirada de Bill, Charlie y Percy, que no habían llegado a tiempo para evitar aquel anunciado desastre.


Gracias a Diana, mardeframbuesa, Julieta, Gema y nena weasley granger por vuestros comentarios...

Gema, no te preocupes espero tu vuelta ;)

Besos,

María

Subiré pronto...