Capítulo 2
Estrellas fugaces
Domingo pasó volando, las horas se me fueron caminando por el parque y atreviéndome a ir a la colina del famoso HOLLYWOOD. Lo observé a distancia mientras me fumaba el segundo cigarrillo de la tarde. Me di cuenta que mientras pasaba por el Boulevard, que yo jamás tendría mi estrella en ese paseo, aunque fuese la mejor bailarina de ballet, ese sueño jamás se lograría. Recibí una llamada de Rose de camino a casa, muy cerca de las 7:00 pm.
— Hola, sexi — saludó tras el auricular.
— Hola rubia, ¿qué hay? — respondí soltando la ceniza por la ventana.
— No mucho, cariño. Solo quería invitarte a cenar en el restaurant de comida tailandesa y las hamburguesas donde siempre vas se llama el… The Spice Table, ¿te apetece? Paul vendrá…— celebró mientras reía sabiendo que ya estaban juntos.
— Claro, llego a tu casa en una hora ¿de acuerdo?
— No vistas demasiado sensual, ¿de acuerdo? Quizás el amor de mi vida se enamore de ti. Humpf.
No pude evitar reír.
— No lo haré — aseguré y ella rio— hasta pronto, nena— y colgué.
Llegué a casa alrededor de 10 minutos después, entré al departamento y me desnudé incluso antes de entrar a la ducha. Mientras me mojaba, puse un poco de música, This Love de Maroon 5 resonaba en la habitación y terminé un poco después de que la canción terminase. Con la secadora deje el reproductor en random y comencé a cepillar mi cabello en suaves ondas, me maquille ligeramente y me quedé en ropa interior de encaje color negra, luego vestí un pantalón de mezclilla despintado, una blusa de tirantes, una chaqueta de cuero y botines.
Me puse un poco de perfume y salí en el auto. Mi Honda ronroneó en la carretera y puntual llegué a la casa de Rose. Ella me saludó desde la ventana y bajó rápido hacia la salida. Rose vestía pantalones blancos, blusa rosa, chamarra y zapatos bajos, mi amigo venía casual, pantalón de mezclilla, camisa en 'V' en saco, que evidentemente mostraba sus musculosos brazos, mierda si parecía todo un macho.
No tardamos mucho en llegar y nos sentamos en una mesa sencilla, el ambiente era alegre y servimos a nuestro gusto. Pronto la charla comenzó.
— Aún no estoy preparada para mañana — gimió Rosalie mientras comía arroz—. Es como una maldita rutina.
Paul y yo reímos.
— Pensé que ibas a buscar el amor de tu vida — señaló mi amigo mientras me miraba cómplice.
— ¡Oh sí! Podría ser…— dijo de nuevo con teatralidad pero antes de que ella hablase, nosotros hablamos en unísono.
— Amor a primera vista — y luego reímos.
— No se burlen — aulló Rose mientras se atacaba la boca — cuando estén viejos y solos, ni siquiera los iré a visitar al asilo.
— Tranquila muñeca — cuchicheé tomándola de la mano — sabes que juego, sé que algún día encontrarás un partido excelente— y me paré de la mesa triunfal —. Iré a ver si hay rollitos californianos, no me esperen — bromee y mis amigos comenzaron a reír.
Caminé hasta la barra donde había un hombre muy mono sonriéndome y preguntándome en su peculiar acento tailandés, qué se me ofrecía comer. Yo comencé apuntar muchos platillos, más de lo que pensé en realidad, cuando me di cuenta, ya tenía dos bandejas repletas.
— Vaya — comentó alguien — esa es mucha comida.
Yo me molesté y me giré para encararlo.
— Oye, yo no te digo cómo vivir tu maldita vida — respondí volteándome y entonces el corazón se me detuvo en cuanto mi dedo tocó con fuerza el pectoral marcado de Adrian. Me puse blanca y helada de las extremidades, haciendo mi cuerpo hacia atrás como si viese un fantasma.
— Parece que viste un demonio — murmuró cruzando los brazos — y es cierto, no me dices cómo vivir mi maldita vida, me disculpo— dijo divertido.
— ¿Qué haces por aquí…? — balbucee nerviosa intentando sostenerme por la barra.
— Primero — explicó — vine a comer un buen plato de ramen pero al girar la vista, me llamó la atención que en la barra de sushis había una chica con una sonrisa linda, parecía fascinada con lo que veía y decidí acercarme a saludar— rio — parece que no comer la pone de mal humor, justo como a mí.
— Lo siento — me disculpé honesta— es… Una costumbre.
— ¿Estar a la defensiva?
Asentí sin más.
— Bueno, conmigo no tienes que hacer eso — musitó cerca de mi cara y yo temblé, su perfume me hechizaba. Sentía la mirada de alguien a mi espalda y sabía que era Rose junto con Paul. Mierda, tenía que alejarme antes de que me viesen y me interrogaran peor que el FBI.
— Lo tendré en consideración — sonreí nerviosa y acomodando mi cabello tras mí oreja.
— Te ves muy linda esta noche, Annie. ¿Puedo llamarte así, cierto? Estoy ansioso por el café de mañana.
Asentí a su pregunta, él podría llamarme como quisiera.
— También yo — contesté al tiempo que alguien lo llamaba a su espalda, un hombre enorme y castaño que fácilmente medía casi los 2 metros. Era risueño y en apariencia muy alegre.
— ¡Adrian! ¡¿Fuiste a la misma china por el ramen?!
— Es mi amigo, Emmet— se dispensó quizás por el comportamiento de él—. Vino acompañarme, ¿te gustaría sentarte con nosotros? — Ofreció—. A veces es medio tonto pero es un gran sujeto.
— No gracias, yo también vine acompañada por mis amigos — respondí para mi mala suerte.
— ¡Bella! — gritaba Rose — ¡No te atrevas a tocar las bolas de arroz! — mientras las carcajadas de Paul retumbaban desde el lugar.
— ¿Lo oyes? — apunté con el pulgar derecho a mi espalda con vergüenza y Adrian sofocó una risita.
— Claro. Supongo que nos vemos mañana — susurró tocando mi cabello con la punta de los dedos, como si aquello le pareciera precioso, un tesoro y lo acomodó en su lugar.
— A las 5 — le recordé nerviosa.
— Te estaré esperando— prometió y me dio un beso en la mejilla. Me quedé perpleja y parpadee un par de veces, tocó la punta de mi nariz con su índice y parpadee de nuevo, yo volví a la realidad—. Cuídate por favor, Annie — y me sonrió de manera casi celestial— y no tardes más…— fue lo último que dijo y se marchó.
Me quedé clavada en el suelo como imbécil.
— "Y no tardes más…" — repetí para mí— ¿A qué se refería? Quizás sea un acertijo como lo que me dijo aquella vez en el restaurant — y sin entenderlo, volví a la mesa.
Mis amigos me miraban como tontos mientras yo llevaba las bandejas como bulímica pero sin vomitar.
— ¿Por qué tardaste tanto? — preguntó Paul bebiendo de la soda.
— Había mucha gente en espera — mentí acomodándome en mi lugar con demasiada rigidez, y giré mi vista hacia el lugar a donde se había dirigido Adrian y lo encontré muy concentrado charlando con su amigo, cuando notó que lo veía, alzó un vaso de soda en mi dirección y me guiñó un ojo, yo parpadee sonriente y me acomodé el cabello detrás de la oreja, Rosalie miró un poco desconcertada.
— ¿A dónde miras?
— Creí… Creí… ver a alguien.
— ¿Un famoso? — aplaudió ella.
— Sí, claro. Un famoso— y comencé a picotear mi comida ausente y el resto de la noche, no volví a girar mi vista hacia Adrian, pero supe con certeza que él a mí sí.
A la mañana siguiente, me levanté temprano a ejercitarme y practiqué un rato ballet mientras intentaba despejar un poco siendo consciente de lo que significaba aquello. Tenía que mentalizarme que era lo mejor para mí, si decirle la verdad para que me odiara o seguir con un mundo de mentiras y mantenerlas todo lo que pudiese. Faltaban 3 horas para encontrarme con Adrian en aquel café y evidentemente, yo estaba más que nerviosa. Decidí quedarme una hora en la tina con burbujas mientras me fumaba un cigarrillo.
— Sí termino arruinándolo, nunca me perdonaré por esto…— hablé para mí misma—. Pero hace tanto que nadie me hacía sentir así, ni siquiera el idiota de Mathew — y me cubrí la cara con las manos— ¿por qué no soy simplemente una chica más? Sin secretos ni esas mierdas… Carajo — maldije y salí desnuda de la tina para irme a cambiar para mi cita en el café.
El camino no me llevaría más de 15 minutos. Si quería retractarme podía dar vuelta 'U' en la carretera, cambiar de número telefónico y jamás frecuentar The spice table o simplemente dejar la ciudad. Cobarde. Pero había sido demasiado tarde, porque ya estaba llegando al estacionamiento del Fountain Coffee Room. El lugar era agradable y bastante económico, decorado con detalles de color rosa, tenía el sabor de fuente de sodas. Mientras mucha gente pensaba que las celebridades tenían sus comidas con sus agentes en el Polo Lounge, usualmente iban ahí para pasar desapercibidos. Si algún día triunfaba, yo iría ahí.
Me quité los lentes, los dejé en la guantera y me golpee la cabeza contra el volante.
— Si sigues golpeando tu cabeza de ese modo, te harás una contusión— se rio una voz mientras yo mantenía la frente pegada a la piel del volante. Levanté mi vista y Adrian me sonreía de oreja a oreja—. Hola.
— Hola— dije apenada y abrí la puerta saliendo con lentitud y él me miró boquiabierto.
Yo portaba un vestido corto con un poco de vuelo en la falda, con escote de corazón y tirantes delgados, zapatillas altas de Christian Louboutins de piel negra con suela roja, quería verme adorable sin malicia, como la chica que él merecía ver, no la bailarina exótica que cobraba alrededor o más de 2000 dólares en una noche por desnudarse.
— Anne… Estás… Wow…— expresó sorprendido—. Estás bellísima…
— Gracias, Adrian — respondí sonrojada— tú estás, guapísimo también…— y fui completamente sincera. Sus pantalones de color azul, camisa negra y zapatos definitivamente parecidos a los italianos que anunciaban en las pasarelas internacionales. Los había visto definitivamente en alguna revista.
Me tomó de la mano y besó mis nudillos, nadie antes había hecho eso, jamás y yo me sentí una princesa.
— Que honor de tenerla aquí, señorita. ¿Le apetece un café?
— Cappuccino, por favor — contesté sonriendo y nos sentamos en una de las mesas que estaban afuera del establecimiento.
Aquella tarde, fue la más grandiosa, maravillosa y romántica de mí existencia. Adrian me dio pastel de chocolate con su propio tenedor, me platicó las cosas que tenía a futuro, algunas anécdotas de la universidad de las cuales más de una vez me sacó una buena risotada y algunas cosas como sus platillos favoritos, comida italiana y china, definitivamente e increíblemente las mismas que la mía. Yo por supuesto no hablé de mí demasiado, no quería decirle de más pero no insistió.
Me propuso ir a cenar algún día y yo estaba en duda en todo momento, al final cuando creí que era lo suficientemente capaz de decirle que no y alejarme por su bien, su sonrisa me convenció. Cuando caminamos al estacionamiento, comenzó a llover y como niños pequeños comenzamos a juguetear con la lluvia.
Cuando creí que me caería al suelo, me sujetó por la espalda y me rodeó con sus brazos. Yo me tensé pero disfruté de su calor. Su cabello mojado goteaba sobre mi hombro.
— Te tengo — musitó cerca de mí, hablándome al oído.
— Gracias — respondí sin querer que me soltara.
Adrian se apartó de mí apenado y me sonrió de manera encantadora.
— De nada — contestó.
Mi cara se ruborizó en seguida.
Al terminar, él me pidió que lo acompañara el resto de la noche pero esta vez le dije que no podía. La razón: mi maldito trabajo. Nos despedimos con nostalgia, lo pude sentir en su mirar en cuanto abrió la puerta de mi auto.
— Me encantó salir contigo a beber café— me confesó aún húmedo de la ropa— y la comida, quizás sea la próxima semana, ¿te parece? Debo volver a Cambridge a ver unas cosas de la universidad.
— ¿Todo bien? — pregunté dentro de la cabina de mi auto.
Él asintió sonriendo y me besó la mejilla metiendo la cabeza por la ventana.
— No te preocupes— musitó—, por cierto… Bajo la lluvia te ves hermosa.
— Gracias — fue lo único que pude decirle.
— Es un honor, chica misterio — y me guiñó un ojo—. Algún día me dirás tus secretos, lo sé.
Sí te los digo me odiarás, pensé.
— Algún día — prometí y encendí el auto perdiéndome en la carretera para volver a Safe and Sound, convertirme en la exótica Gema y ser la maldita reina de la noche.
Al volver de casa para cambiarme y llegar al club, ni siquiera me tomé la molestia de saludar, estaba enojada conmigo misma a sabiendas que lo que hacía me traería más dolores de cabeza que la maldita resaca del domingo pasado. Deposité las cosas con indiferencia en mi lugar y comencé desenredar mi cabello, jalándolo con demasiada fuerza.
Sentía la mirada de Rosalie atravesándome como taladro.
— Hey sexi ¿estás bien?
— Sí — respondí tirando de un rulo que se negaba a obedecerme y maldije.
— Eit, tranquila — se paró y ayudó con mi cabello crespo —. Tengo la ligera sensación de que quieres arrancarte el cuero cabelludo — y colocó una horquilla— ¿segura estás bien?
— Sí — contesté de nuevo y vi su mirada acusadora. Me giré para volver a peinarme y al cabo de unos segundos, coloqué las manos en mi cara—. No, no lo estoy, Rose— confesé—. Soy la peor persona del mundo.
— Lo sabía, no sabes mentir bien. ¿Qué ocurre? — Inquirió preocupada por el tono de mi voz, yo jamás me había comportado de esa manera porque simplemente no dejaba que nadie me viese más vulnerable de lo que en realidad ya era.
Yo comencé a gemir y me eché entre sus brazos. Antes de siquiera humedecer su hombro con mis lágrimas, noté su rostro preocupado y me llevó a tientas hacia la habitación del baño, cerrando la puerta por dentro.
— ¿Qué pasó, Bella? ¿Alguien te hizo algo? — exigió tocándome por los hombros y tratando de tranquilizarme pero era en vano.
Yo seguía derramando lágrimas al por mayor. No podía detenerme ni siquiera un momento para respirar y aquel pequeño lugar aumentó mi maldita claustrofobia. La rubia se alertó y pronto me paró del lugar donde me había sentado en el suelo e hiperventilaba con furia, abrió una enorme ventana y me colocó con los brazos lánguidos sobre las protecciones. Me dejó recargada ahí, mientras la brisa me golpeaba la cara y yo recibía el oxígeno agradecida. Sentí un pañuelo húmedo sobre mi frente y de buena gana, eché la cabeza hacia atrás.
Rosalie no habló ni me presionó en ningún momento. Esperó pacientemente hasta que me tranquilizara y apartó el cabello de mi cara. Cuando fui capaz de tranquilizarme, me pude sentar encima del lavabo blanco y extender las piernas.
— ¿Mejor? — Inquirió y yo me limité a asentir—. Mierda, pensé que al final de la noche acabaría con un cadáver en el baño— y suspiró—. Nunca te había visto así, excepto los primeros días aquí…
— Perdóname, rubia… No sé qué me pasó.
Ella torció los labios y suspiró de nuevo.
— Hay algo en esa cabeza de chorlito que no entiendo. Has estado actuando rara, Bella… ¿Qué pasa? Lo vi cuando llegaste después del bufet. Puede que Paul sea un tonto pero yo no…
— Yo… — balbucee—. Es complicado.
— Sí me lo explicas, quizás pueda entenderlo — me animó con una sonrisa.
Mierda ¿cómo empezar? Exhalé con fuerza y apreté los ojos.
— Conocí a un chico — murmuré apenas tangible, pero sabía que ella me había escuchado.
— ¡¿Él TE HIZO ALGO?! — Exigió saber con furia precipitándose y sacando conclusiones equivocadas—. Dime, ¿fue Jacob?
— No, no — respondí demasiado rápido—. No lo conoces. Él es un chico diferente…
— ¿Diferente? — E hizo un gesto de desconcierto—, ¿Acaso tiene dos penes?
Yo no pude evitar reír, sabía que ese era su objetivo.
— Adrian es un muchacho completamente diferente a los demás… Una persona muy culta, amable, caballeroso e increíblemente guapo — dije con las palabras desbordándome de los labios—. Sé que tiene un excelente futuro prometedor…
— Vaya — musitó — parece salido de un catálogo. ¿Dónde hay de esos? ¿Habrá uno para mí? — Y su ceño se volvió serio— pero no entiendo, ¿Cuál es el problema con Adrian? — repitió el nombre despacio y se cruzó de brazos recargando su peso en la pierna derecha.
Yo la miré estupefacta, como si yo le estuviese mostrando un enorme elefante morado en la habitación y ella fuese incapaz de verlo.
— ¿Estás bromeando? — le pregunté de manera casi exigente.
Rose parpadeó, no sabía qué pensar.
— Estoy siendo completamente seria, Bella.
— ¡Yo soy el maldito problema! — Grité— solo yo— y lágrimas rodaron de nuevo.
Me miró con gesto estupefacto y luego molesto.
— ¿Estás tomándome el pelo? — Y ahora su acento texano salía a flote—. ¿Qué demonios tienes? ¿Acaso tienes un apéndice masculino entre las piernas que te impida estar cerca de él? ¡No me jodas!
— Rose— la interrumpí—, ¿Qué le puede ofrecer una bailarina exótica a un futuro graduado de Harvard? ¡No soy nadie! — Lloré con ganas y ella se sorprendió el titulo honorario con que lo describí—, y te aseguro que cuando se entere, me odiará.
— ¿Cómo lo sabes? — quiso saber ahora de manera más amable cuando trataba de consolarme—. ¿Acaso él no tiene la más mínima noción de tu ocupación?
— Me preguntó dónde estaba mi trabajo y le mentí — admití avergonzada—. Le dije que trabajaba en una jodida cafetería…
— Bella…— susurró acomodando mi cabello—. No tenías que mentirle…
— No quería perderlo — me flagelé sola con mis palabras—. Solo quería ser amable y las cosas se salieron de control… Fue un sábado cuando lo conocí y ese mismo día, acepté comer con él y las cosas iban perfectamente hasta que me acompañó a mi auto y me pidió mi número telefónico —, ella sonrió como si le estuviese contando la historia de Walt Disney, Cenicienta—. Yo me sentí completamente feliz y especial y se lo di— sollocé—, me dijo que me mandaría un texto en cuanto se acordara de mí y lo hizo—, dije haciendo una pausa pequeña—. Alrededor de 5 minutos después de que me había marchado—, Rose suspiró encantada con el trama de mi narración.
» Entonces me puse más que feliz, más que eso… Cuando leí el mensaje, me pedía una cita próxima… Consciente o no, le dije que lo vería en un café del hotel Beverly Hills, hoy— la rubia jadeó impactada, como quien descubre que la gemela malvada de la novela era la asesina—. Y el día en el restaurant también, por eso tardé en regresar — admití y ella parpadeó como si todo concordase—. Y como hoy era la cita, de allá vengo.
— ¿Y qué ocurrió? — preguntó sentándose en el lavabo con las piernas colgadas.
— Nos vimos — expliqué de manera apenada, como adolescente relatando su primera cita—. Él estaba guapísimo, un Adonis, un David. Sublime… — bajé la mirada— incluso hice un enorme esfuerzo por gustarle y al parecer… Funcionó. Me halagó tanto que me sentí una princesa — y las lágrimas me traicionaron de nuevo, cubriendo mi rostro con las palmas—. Me siento una mala persona.
— Bella, no lo eres… — se paró y me acurrucó ella en su regazo—. No eres mala por ilusionarte con alguien, querida…
— ¡Le estoy mintiendo!
— No, solo… Omitiste algunas cosas — trató de consolarme—, o acaso ¿te estás comportando como alguien que no eres? — Yo negué en silencio—. Entonces, él se está interesando por alguien real, Bells. No estás dañándolo — comentó insegura, tratando de que no lo notara, pero fue en vano.
— ¿Qué hago?
— ¿Por qué no sigues saliendo con él? Son solo citas…
— Rose ¿qué pasa si me enamoro de él? — Y mi cara hizo un gesto horrible—, o él de mí…
— ¿No es eso lo que toda chica quiere? Enamorarse hasta los huesos de un chico lindo… Como Arnoldo… — comentó batiendo las pestañas.
— Adrian — corregí haciendo un puchero y ella sonrió.
— Claro, Adrian — alabó su nombre con gestos exagerados de manos y rio—. Además, él no te pidió que fueses su esposa, por el amor de Dios. Solo, sé feliz.
— ¿Engañándolo? — pregunté con náuseas. Aquello se sentía horrible.
— No — respondió—, disfrutando este pequeño paraíso momentáneo.
Salimos del baño en silencio después de haberme tranquilizado, con muchas miradas acusadoras. A este punto, no me extrañaba que alguien pensara que ella y yo éramos pareja sexual o alguna burrada por el estilo. Claro, esos chismes siempre inventados por las envidiosas y odiosas que no conseguían tantos clientes como Rose y yo. Me vestí de manera mecánica y oré en silencio mientras cerraba los ojos.
Por favor, esta noche no quiero que nadie trate de propasarse… Por favor, rogué para mis adentros y salí hacia la pista de baile.
Para mi desgracia, esa noche no fue tan tranquila como tanto desee. La noche de ejecutivos era realmente cansada y estresante. Lunes para ellos significaba llegar tarde después de fin de semana con sus amantes y la excusa perfecta para decirle a sus esposas, hay trabajo comenzando la semana querida, llegaré tarde de nuevo.
Hombres de edad avanzada rozando los cincuenta y tantos, con trajes caros y almizcles fuertes que ellos llamaban colonia. El olor era desagradable, un poco menos soportable que los días Juniors, ya que estos, al menos tenían la amabilidad de comprarse perfumes que no oliesen a alcanfor.
Paul no trabajaba esos días, decía que los hombres lo denigraban con apodos estúpidos y tenía razón, yo detestaba escucharlos. Nombre vulgares y humillantes a su ocupación de mesero y preferencia— cosa que él no demostraba en su trabajo y raramente frente Rose y yo—, obligó a mi amigo a retirarse esos días por orden de Larry, quien únicamente deseaba ahorrarse montones de problemas con los degenerados, digo clientes de esas noches.
Nadie sabía de la orientación sexual del enorme fortachón y aunque le pedimos de favor que no fuera al club, él se negó muchas veces. También cumplía la función de cuidarnos, especialmente a nosotras dos solamente, por lo que al igual que Jake, era preciso cuidarlo para que no le pateara el trasero a un viejo rabo verde. Al final aceptó con la condición de que Jake estuviese con los ojos de águila más potente en esos días peligrosos.
La música en esos días, no importaba demasiado. Los hombres bebían, pedían bailes privados y alguna que otra vez manoseaban chicas para dejarles extra propina. Lindsay era una chica de cabello claro, pechos grandes y piernas largas, en general; era muy guapa pero muy avariciosa. Se unía muy rápidamente a las mesas de los ejecutivos.
Ella se sentaba cómodamente con ellos, especialmente en las piernas del senador Royland, el cual cansado de los rechazos de Rose se conformó con la tonta Lindsay, o mejor dicho, Sandra. Todas ahí sabíamos que ellos dos mantenían una relación extra, más allá de bailarina—cliente. Nadie lo mencionaba. Lindsay y sus aventuras eran el pan de cada día entre los chismes.
Un hombre de aspecto campirano me miró e hizo una señal con el dedo para que me acercara. Yo pasé saliva y mi rubia me sonrió para tranquilizarme.
— Suerte nena, chocolate y menta. Recuerda — murmuró.
— Chocolate y menta — repetía cada vez que aquello me hacía sentir enferma, un sabor que me recordaba momentos dulces y lindos. Cuando todos aquellos hombres —jóvenes y viejos— me daban asco…
Me paré de manera sexi mientras colocaba la mano en la cintura.
— Hola, ¿cómo le va? — sonreí coqueta.
— Hola preciosa— respondió y me sentó a su lado—. ¿Quieres acompañarme?
— Por supuesto — contesté mientras el camarero se acercaba y pedía la orden de las bebidas.
— ¿Qué desean tomar esta noche? —preguntó de modo serio.
— Para mí un vodka doble y a la señorita… ¿Qué deseas querida? — Me preguntó y cuando estuve a punto de pedirle que quería una piña colada virgen, el hombre ordenó por mí—. Lo mismo.
— Pero me gustaría…. — protesté y él golpeó la mesa.
— Yo ordeno, tú obedeces — dictaminó y el pobre Carl el mesero, me miró preocupado.
Yo asentí resignada.
— En seguida— murmuró Carl con un poco de temblor en la voz y se retiró.
El hombre me sonrió de manera muy atrevida y yo me sentí incómoda.
— Y ¿Cómo te llamas? — quiso saber con su brazo recargado en el asiento tras mi espalda.
— Gema— respondí sintiendo arcadas nacer en la parte baja de mi estómago, el olor era realmente insoportable.
— Ema — repitió de manera tosca, llamándome.
— GEMA — le corregí haciendo énfasis en el sonido de la G.
— Bueno, Ema— murmuró de nuevo equivocándose con mi nombre, un poco descolocado—. El nombre a veces no es tan importante pero mi nombre es Bill Northon, llámame señor Northon— sonrió con malicia y comenzó a susurrar cerca de mi oído—. Solo importa la persona… ¿No?
Dios mío, qué asco.
— Sus bebidas — anunció el camarero y me pidió disculpas de nuevo con la mirada.
Yo sonreí de manera tranquila esperando que él se calmara y colocó los vasos delante de nosotros. El viejo Bill Northon, era un hombre que se dedicaba a los negocios de tipo financieros. La verdad, no sabía mucho del tema pero su mero aspecto sureño hablaba por sí solo. Las enormes botas fueron colocadas por encima de la mesa de centro, tomó los vasos y me tendió uno, pero cuando yo estaba a punto de tomarlo, él me detuvo.
— Tranquila, cariño…. — musitó con la voz ronca —. Beberás de mi mano, preciosa.
Humillación, asco, odio, violencia.
— Por supuesto — respondí sonriendo y bebí un pequeño sorbo. El líquido me escocía la garganta de manera lenta, inevitablemente haciendo un puchero al probarlo. El hombre comenzó a reír fascinado, me tenía como quería. Me sentía sucia cumpliendo sus malditas fantasías. Yo me removí de mi lugar y él bebió de un trago su vaso entero.
Sus demás compañeros, estaban riendo como idiotas y hablando de cosas con términos muy técnicos y que evidentemente no me importaban en lo más mínimo, pero que ayudaban a concentrarme en algo más que no fuese la sensación de tener al maldito viejo a mi lado.
—… Me hace pensar que Carlisle está tomando una decisión errónea, ¿cómo le deja su puesto a una persona sin tanta experiencia? Se es perdonado por tener el mayor número de acciones pero, ¡que no nos joda! ¿Nos mandará un niñato? — decía un hombre de cabello cano y facciones duras que manoseaba el trasero de una linda morena llamada Mónica, en este caso apodada Nataly. Ella estaba tan incómoda como yo y al verla a la cara, le sonreí para darle fuerzas.
— Miller, tranquilo — respondió otro de ojos grises y cejas pobladas—. Será fácil desterrar al muchacho. Ahora no nos queda más que disfrutar la compañía de estas bellas damas. ¡Salud!
Parpadee un poco desentendida y el viejo Bill me tocó la espalda mientras Carl dejaba una botella llena de Whisky, llenó su vaso y se retiró.
— ¿Te gustó tu trago? — me preguntó y yo fije mi vista en su frente. Él me sonrió, como siempre todos engañados en la intimidad que les daba.
— Por supuesto, señor Northon — mentí.
— Debería alimentarte y darte de beber de mi mano — murmuró cerca del lóbulo de mi oreja y mis piernas se retorcieron de asco, con suerte pensaría que fue de placer. Aunque ese hecho no me convenía demasiado pero sabía que lo había notado, comenzó removerse incómodo y yo sabía que ahora la bragueta le apretaba.
Cliente especial, pensé de inmediato y cerré los ojos con amargura.
El cliente especial consistía en llevar a cabo fantasías de sumisión pero toda aquella que lo practicaba corría el riesgo de propuestas de tipo sexual. De esos clientes degenerados en toda la extensión de la palabra, había muy pocos. Pero cuando la ocasión se daba, daban una excelente propina. Los temas eran variados pero a veces bastante clásicos y humillantes que daban tanta flojera para quienes los hacían.
Bailes eróticos acompañados de baños de jarabes de chocolate o cualquier otro betún dulzón, coqueteo peligroso al tener más contacto con el cliente, posiciones incómodas que mostraran más el cuerpo, a veces incluso si eras más atrevida la autosatisfacción. Yo tenía muy poca experiencia en ese tipo pero la primera vez que lo había hecho, el sujeto quedó fascinado… Y ocasionalmente volvían porque ese tipo de lujos costaban alrededor de 4000 dólares o 6000, dependiendo del show.
— ¿Alimentarme? — gemí como gatita y él me sonrió, tocando la comisura de mis labios y luego mis mejillas.
Chocolate y menta, chocolate y menta, me repetí como mantra mientras intentaba respirar de manera normal.
— Por supuesto — respondió de manera felina y tocó mi muslo. El borde de mi falda se subió un poco y yo me tensé—. ¿Nerviosa?
— No— mentí—. Ansiosa.
Desgraciado hijo de puta, que asco, que asco, que asco… Debo soportarlo, debo soportarlo…
— Deberíamos ir a un lugar especial y más privado — murmuró cerca de mí, con su asqueroso aliento mezclado con su perfume fuerte—. Pero antes, termínate tu trago, mi preciosa Ema— y las 'A' de mi nombre se alargaron haciendo la palabra 5 sílabas más largas.
Me tendió el vaso y me sonrió de forma maliciosa. Esto no era bueno, aquello se me subiría a la cabeza con rapidez… Lo sabía, lo sabía… Y no era bueno mantenerme así. Lo tomé con la mano temblorosa y de reojo pude ver a Rose con un hombre, sentada en el brazo de un mueble. Ella me dirigió una mirada rápida y yo le sonreí. Su gesto se mostró preocupado y entonces, mandó a llamar a un mesero, el cual me dio una mirada rápida y salió caminando con prisa hacia la salida.
— Si tardas mucho en beberlo, no te sabrá bien — me exigió el hombre y yo parpadee volviendo a la realidad.
— Claro — respondí y entonces pasé saliva mirando el líquido café en el fondo del vaso.
Dios, no permitas que nada malo ocurra cuando esté casi inconsciente de alcohol, rogué y bebí de un golpe el resto de la bebida. El hombre aplaudió fascinado y me colocó otro vaso enfrente y parpadee un poco sin lucidez.
— ¿Otro?
Él asintió.
— Es más divertido — prometió de manera cínica.
Regla número cuatro: El cliente tiene la razón hasta cierto punto, siempre y cuando no se rompan las demás reglas ya preestablecidas o tú las quieras romper.
Envalentonada, bebí el otro de manera rápida, el escozor fue menor esta ocasión. Aunque estaba rompiendo la regla de beber en el trabajo, no me podía dar el lujo de perder a un cliente especial.
— Que belleza de juventud apenas comenzada — acarició mi hombro y yo me aparté parándome.
— ¿Nos vamos? — pregunté tendiéndole la mano y él la tomó.
— Por supuesto — respondió.
Caminé de manera que mis pies se tambaleaban de forma muy poco lúcida. El camino fue más duro de lo que pensé pero pude llegar hasta la recepción de las llaves, donde un Michael preocupado me sonreía de manera nerviosa.
— ¿Necesitas ayuda? — murmuró para mí.
Yo negué sonriendo como idiota por el alcohol.
— Yo… Puedo… Miky… — le contesté y le guiñé un ojo media borracha mientras el viejo Bill me seguía con paso firme. Entramos a la habitación 7. Esta no era completamente diferente a las demás, a excepción de que los primeros 10 eran de extra lujo y las restantes eran para clientes medios que disfrutaban de un baile menos pretencioso y por ende más barato.
El hombre se sentó en el sillón de cuero de color negro. La estantería ahora tenía más botellas de licor fuerte y algunas botanas y chucherías. Yo me comencé a reír fuerte por efectos secundarios del alcohol. El señor Northon sacó una cesta de fresas mientras la fuentecilla de chocolate comenzaba a emerger y la mordió con sus dientes amarillentos. Reí de nuevo, el pobre tipo se creía sexualmente atractivo y a mí me daba lástima.
— Estás muy risueña, Ema. ¿Qué te hace tanta gracia?
Yo caminé mareada hasta el sistema de sonido y lo miré de reojo.
— N-ada — murmuré en medio de una chillona sonrisa—. ¿Qué le apetece escuchar, señor… Northon?
— Sería bueno un poco de Rock… — musitó.
Yo lo miré desconcertada. ¿En serio quería Rock? No podía discutírselo, el cliente tenía la razón. De la lista de música pre programada, elegí un poco de música ochentera. Led Zeppelin me pareció perfecto y más Whola Lotta Love. El hombre se sorprendió y comenzó a beber de su vaso, poniéndose más cómodo.
Yo moví la cabeza sacudiendo el cabello y me reí. Su mirada se volvió oscura y penetrante mientras cada nota se sacudía contra mi cuerpo. Comencé a desvestirme pero él me detuvo.
— No — y me tomó de las manos—. Colócate frente a mí — y lo miré desconcertada—, de rodillas…
El viejo mojó dos dedos en el chocolate líquido y comenzó a moverlos en círculos mientras me miraba a los ojos y sonreía con malicia.
— Señor…
— Tu señor — reclamó con ganas —. Pon las manos atrás.
Pasé saliva y obedecí mirándolo tras el antifaz. Estaba nerviosa, se quitó el sombrero mostrando su amarillenta dentadura.
— ¡Chupa! — ordenó poniéndome ambos dedos enfrente de mi boca. Yo no obedecí inmediatamente y su ceño se hizo grueso.
— ¡TE DIJE QUE CHUPARAS ZORRA! — Gritó y yo me asusté. Podía irme y mandarlo a la mierda pero mi bolsillo vació me palpó culpable. Necesitaba el jodido dinero aunque estuviese haciendo las cosas mal.
Nadie tiene que enterarse, pensé. Solo esta vez. Solo esta…
Comencé abriendo los labios y lo obedecí como si de aquello dependiese mi vida. Lo oí gruñir mientras mi lengua se enredaba entre los dedos. Me sentí asqueada, enferma. La música seguía fuerte y yo me centraba en ella, haciéndolo de manera mecánica. El desenlace de aquella noche, terminó peor de lo que imaginé o al menos más allá de lo que tenía pensado.
Al terminar mi servicio, me quedé sentada en el suelo, con arcadas amenazando mi estómago y el hombre me miraba desde el sillón, sonriendo.
— Tienes la boquita más follable que me haya probado. Señorita, su lengua es un Edén.
Yo estaba en silencio, llorando.
— Toma preciosa — y me dio un fajo de billetes que yo me negué aceptar y que al final me tiró cerca de las piernas—. Te dejé un extra por haber aguantado mi sabor fuerte — me guiñó un ojo mirando cómo me cubría los pechos, era humillante—. Nos volveremos a ver después, Ema… Mi hermosa Ema— sonrió— nunca pensé que los orales fuesen fascinantes.
Como no respondí nada, Bill Northon se impacientó, bebió un último trago y se marchó de la habitación.
Cuando cerró la puerta, lloré como niña pequeña tratando de cubrir mi desnudez.
— Me convertí en una puta…
Esa noche salí de la habitación sin responder a las preguntas de un Jake preocupado.
— Bella, ¿estás bien?
— Sí, Jacob — respondí de manera fría dándole una cantidad de billetes—. Dile a Larry que esta es su parte. Me voy temprano hoy — y salí con prisa hasta el estacionamiento sin mirarlo y sin haberme cambiado siquiera. Me había dado cuenta que si yo habría creído que era una estrella, no era más que una caída… Igual que las estrellas fugaces.
Mientras lloraba viajando por la carretera, me quise morir.
Pobrecita Anne :c
Lo sé, lo sé. Bastardo de Bill Northon hijo de su fruta madre D:!
