CAPÍTULO I: CONSECUENCIAS
Dos figuras encapuchadas corrían por las estrechas callejuelas de Londres en busca de número doce de Grimmauld Place. Ginny Weasley guiaba al pequeño James, de ya once años, por cualquier ruta que evitara algún encuentro indeseado. Si los mortifagos les encontraban, la exterminarían tanto a ella como a su hijo.
Desde la muerte de Harry, siete años atrás, todo había ocurrido muy rápido, y el reinado de terror del Señor Oscuro era cada vez más inhóspito. Todo mago que tenga una mínima capacidad mágica deberá acudir frente al Lord Tenebroso para rendirle homenaje y poner su varita su servicio. Aquel que no lo haga será exterminado a sangre fría y con brutalidad. Esa era la principal norma, y unos pocos, los vestigios que quedaban de la Orden del Fénix, luchaban contra el mandato de la oscuridad, viviendo atemorizados por sus vidas y sus familias, pero manteniéndose firmes en su decisión.
Al fin llegaron al portal, y fue el pequeño James Potter el que abrió la puerta y dejó que pasara primero su madre, para entrar luego él.
Un Remus Lupin cansado y con aspecto demacrado salió a recibirles, cerrando la puerta detrás de los recién llegados.
-De momento Voldemort no sabe que Harry tiene descendencia – confirmó Ginny. Ahora que no llevaba la capa, se la veía muy cambiada con respecto a los dieciséis años con los que se había quedado embarazada. Su cuerpo era ya de mujer adulta, y su madurez era también ahora infinitamente mayor.
Y en cuanto a madurez, el pequeño James no se quedaba corto. Vivía en una época en la que las circunstancias le obligaban a perder la inocencia a una edad muy temprana, y además el haber permanecido durante toda la vida oculto era algo que al hijo de Harry le había hecho madurar drásticamente.
La última misión a la que la Orden la había enviado era averiguar si la vida del pequeño James corría peligro, pero no era así debido a que Voldemort no conocía su existencia.
El resto de la Orden apareció poco a poco para conocer el resultado de la misión, y mientras lo hacían, James correteaba por la casa de su padre.
Un joven de negro cabello azabache cargaba con el saco lleno de la recolección de la cosecha. Se pasó la mano por la frente, apartando algunos de los sudorosos mechones de pelo que la cubrían, dejando a la vista una extraña cicatriz en forma de rayo.
-EDWARD – era Rosalin la que requería su atención. La joven de cabellos rubios observaba al chico mientras éste traía el pesado trigo. Lo dejó caer a la entrada de la puerta de madera mientras dedicaba un apasionado beso a la mujer, rodeándola con los brazos.
Había sido impulsivo, a pesar de que el padre de Rosalin, Marcus, les había prohibido ser amantes, pues había prometido entregar a su bella hija a algún señor feudal.
Pero no los encontró entonces, así que Ed simplemente se separó de ella con resignación y gritó para avisar de que ya había acabado su labor.
Un potente sol ardía y azotaba la espalda desnuda del joven granjero. Llevaba ya cuatro años en la granja, pero no recordaba haber tenido ninguna vida anterior. Lo único que supo fue que apareció con ropas extrañas, unos cristales que ayudaban a que viera mejor y un extraño palo de madera.
El palo lo enterró, mientras que del resto de las pertenencias se deshizo después de ser encontrado por Rosalin y Marcus. Veía como los verdaderos hijos del granjero se entrenaban con espadas de madera, atacándose incansablemente.
Ed los envidió. Los cuatro años que llevaba con la familia los había pasado deseando poder ser un caballero, un soldado o cualquier cargo que tuviera que ver con la guerra. Le apasionaba el tema, seguramente antes de perder la memoria habría tenido algo que ver.
Una flecha surcó de pronto el aire y se clavó en la puerta de madera. Charles y Norman, los hijos de Marcus seguían entrenando, ajenos a todo lo que ocurría, pero Edward cubrió a Rosalin mientras la ayudaba a entrar en la casa, y luego les gritó a los jóvenes para que se les acercaran.
Pero era demasiado tarde. Norman llegó hasta la entrada antes de que una saeta de madera perforara su espalda, y Charles fue herido en el cuello y cayó al suelo sin ninguna oportunidad.
Pero el oír un gemido de dolor salir de la boca de Norman provocó un incremento del valor de Edward y lo agarró por debajo de los hombros, arrastrándolo hasta el interior de la cabaña, dejando un pequeño rastro de sangre, cerrándose la puerta tras ellos y evitando que una flecha entrara en la casa.
-ALEJAOS DE LA VENTANA - ladró Marcus, pero era demasiado tarde. Su bella y joven esposa, Nerea, fue atravesada por una flecha en el pecho. La herida debía haber perforado el pulmón.
Edward pidió a gritos un trozo de tela, y Rosalin se quitó su propia camisa, quedándose solo en un ligero corsé que cubría sus atributos. Ed rasgó un trozo de la tela y puso la mano sobre el cuerpo de Norman, rodeando la flecha con las manos.
Respiró hondo. Si no lo hacía rápido, era posible que muriera, así que extrajo la saeta y detuvo la sangre atando la tela alrededor de la herida. Un profundo quejido se escuchó, pero eso indicaba que seguía vivo, pero no se podía decir lo mismo de su madre.
Marcus estalló finalmente, agarrando un hacha que había tirada en el suelo y abriendo la puerta salió al exterior.
Ed vio a un hombre con una capa que empuñaba una espada. Con un simple movimiento detuvo un potente hachazo, y luego deslizó el filo por el cuello del enorme hombre.
Edward cerró la puerta aprisa antes de que los asesinaran, pero el ruido de cristales rotos les alertó. Lo más rápido que pudo, se colgó al convaleciente Normal de los hombros y abrió la puerta, quedando ahora un camino libre. Rosalin fue la primera en salir corriendo, seguida de Ed.
-Vamos a donde me encontraste hace cuatro años. Creo que allí hay algo que podemos usar para defendernos.
Aunque aún no sabía el que. Solo había un extraño palo de madera, pues el resto de sus pertenencias habían desaparecido, pero tenía una extraña corazonada.
Llegaron tras mucho correr, y Ed empezó a cavar.
Tras cinco minutos, su mano entró en contacto con un trozo de madera, pero algo extraño ocurrió. Sus ojos se volvieron completamente blancos, y su mano aferraba con fuerza la varita.
Varias imágenes cruzaron su cabeza. Edward… no, Harry, se puso de pie y miró a Rosalin. Su mirada era extrañamente normal, todo lo contrario de lo que nunca hubiera imaginado al no llevar gafas.
Se preguntó que era lo que Voldemort había hecho con él. Al parecer, el Señor Oscuro pensaba que había acabado con él, pero algo ocurrió y apareció en el pasado.
Apuntó con la varita al frente y esperó a que apareciera el hombre, y nada más lo hizo conjuró un hechizo aturdidor.
El cuerpo de Norman reposaba en el suelo, quejándose, mientras Rosalin cuidaba de él, y Harry corría hacia el hombre.
Pero al ver el acero, se quedó paralizado. A través del puño del hombre podían verse pequeñas incrustaciones de rubíes, y estaba perfectamente afilado.
Se la quitó al bandido antes de asesinarle. Era la espada de Godric Gryffindor.
Se preguntó si lo que hacía en aquella época tendría repercusiones en la época actual, y para comprobarlo apoyó la espada sobre su regazo mientras se sentaba, y mediante diversos conjuros, rayó la superficie de la espada, escribiendo dos simples palabras. SIGO VIVO.
De pronto, la cicatriz comenzó a arderle y sintió con deleite como Voldemort estaba enfadado.
-SIGUE VIVO – proclamaba el Señor Oscuro, golpeando en la mesa de cristal con el puño. La piel pálida y débil se hirió, llenándose de sangre los nudillos, pero sin afectar lo más mínimo a la mesa.
Los mortífagos a su alrededor se asustaron mientras los ojos sin pestañas de Voldemort observaban con creciente ira la superficie de la espada de Godric Gryffindor.
Cogió la empuñadura. Había tenido que esforzarse para grabar todo el mensaje, pues aquel acero era muy duro y poco maleable. Cinco años se tardó en forjarla, y era raro que no tardara el joven Gryffindor por lo menos un mes en marcar cada letra.
