Capítulo 1: La noche de bodas

Tras ver partir a Sophie, Harry y Bill se dirigieron a su habitación para dormir un par de horas antes de partir, dejando así a Donna y Sam a solas en el muelle mientras veían como el barco en el que iban Sky y Sophie se alejaba. Mientras tanto, Sophie comenzó a cantar una última canción antes de comenzar su viaje:

Day is dawning and I must go.

You're asleep but still I'm sure you'll know

why it had to end this way.

You and I had a groovy time,

but I told you somewhere down the line

you would have to find me gone.

I just have to move along.

Just another town, another train.

Waiting in the morning rain.

Lord give my restless soul a little patience.

Just another town, another train.

Nothing lost and nothing gained.

Guess I will spend my life in railway stations.

Guess I will spend my life in railway stations.

When you wake I know you'll cry

and the words I wrote to say goodbye

they won't comfort you at all.

But in time you will understand

that the dreams we dreamed were made of sand.

For a no-good bum like me

to live is to be free.

Just another town, another train.

Waiting in the morning rain.

Look in my restless soul, a little patience.

Just another town, another train.

Nothing lost and nothing gained.

Guess I will spend my life in railway stations.

Guess I will spend my life in railway stations.

– ¿Estás lista para celebrar la noche de bodas, Sra. Carmichael? –le preguntó Sam a Donna en el puerto.

– ¿Ahora? –le preguntó ella algo desconcertada.

– ¿Por qué no? –dijo él con una sonrisita pillina.

– No sé Sam, son las cinco de la mañana, Sophie acaba de irse y...

– ¿Y qué? Si no es ahora ¿cuándo pensabas celebrarlo? Además, ¿qué otro plan tenías en mente –le preguntó alzando una ceja– ponerte a dormir y empezar a arreglar el hotel?

– Eso es algo que tendré que hacer tarde o temprano.

– No, eso es algo que TENEMOS que hacer tarde o temprano. Soy arquitecto, ¿recuerdas? –le dijo con una seductora sonrisa.

– Sí, pero...

– Nada de "peros", ahora vamos a divertirnos, ya tendrás toda la tarde para amargarte con las obras del hotel –dijo cogiendo a Donna en brazos y llevándola hacia el coche para ir al hotel.

– ¿Pero qué haces? –dijo ella entre risas.

– Lo que debí hacer hace veinte años –respondió él.

Ella río. – Está bien, pero bájame, no podrás llegar desde aquí al coche cargándome en peso.

– Sus deseos son órdenes para mí –dijo bajándola con cuidado.

– A ver quién es más rápido –dijo Donna echando a correr hacia el coche.

– Hey, espera –dijo Sam corriendo tras ella.

Alrededor de las diez de la mañana, Rosie y Tanya se despertaron en su habitación.

– No debí haber bebido tanto anoche –dijo Tanya con bastante resaca al despertarse.

– Lo mismo digo –dijo Rosie, que acababa de despertarse al lado suyo.

– Por una vez no soy la única que se emborracha –dijo Tanya levantándose–. ¿Cómo estará Donna? Ella no bebió mucho anoche, pero se pasó la noche en vela ayudando a Sophie a preparar las maletas.

– Sí, supongo que ella y Sam deben de estar durmiendo ahora. Por cierto, hablando de hombres, ¿qué pasó con Bill anoche?

– Bueno, nos acostamos y lo hicimos en la playa, pero luego él se fue al puerto a despedir a Sophie y yo me fui a dormir.

– Ya veo... –dijo Tanya–. ¿Qué es eso? –dijo Tanya cogiendo una carta que parecía haber sido pasada por debajo de la puerta–. Creo que es para ti –dijo dándole la carta a Rosie.

– Seguro que es de Bill –dijo levantándose de golpe y abriendo la carta apresuradamente.

– ¿Qué dice? –le preguntó Tanya.

– Me ha dejado –dijo Rosie sorprendida y con la voz cortada.

– ¡¿Qué?! –dijo Tanya disgustada.

– Dice que se lo pasó genial anoche, pero que no quiere ninguna relación seria ahora mismo y por eso se vuelve a la mar, aunque espera volverme a ver algún día –dijo Rosie al borde de las lágrimas.

– Solo espero que te haga esperar menos que a Donna –dijo Tanya sentándose en la cama de su amiga y abrazándola para consolarla mientras ella empezaba a llorar.

Cuando Rosie se hubo calmado, ella y Tanya fueron al comedor a desayunar.

– ¿Dónde se habrán metido Sam y Donna? No los hemos visto desde anoche –dijo Rosie a su amiga, que estaba sentada junto a ella en la mesa del comedor.

– Yo los vi corriendo hacia el hotel pasadas las cinco de la mañana –dijo Harry pasando por allí con la maleta en la mano.

Tanya y Rosie se miraron rápidamente y sonrieron sabiendo lo que eso significaba.

– Yo me voy ya. ¿Cuando Donna se despierte podéis darle esto de mi parte? –dijo Harry dejando un sobre sobre la mesa.

– Claro –dijo Tanya–, aunque a juzgar por lo que nos acabas de decir esos dos no se levantarán por lo menos hasta la hora de almorzar –dijo con una sonrisita pícara.

Un par de horas más tarde, Sam se despertó junto a Donna en su habitación, desnudo de medio para arriba.

– Buenos días... –dijo Sam acariciando el cabello de Donna para despertarla.

– Mmm... –dijo ella aún medio dormida.

– ¿Sabes? Llevaba más de veinte años esperando esto.

– Y yo. Me alegro de ver que por una vez esto es para siempre y no es un sueño que desaparece al despertarme –dijo abrazando a su marido–. Por cierto, ¿qué hora es? –le preguntó levantándose.

– Casi las dos –dijo mirando el reloj.

– ¡Qué!, ¿tan tarde? –exclamó sorprendida.

– No te preocupes –dijo él en tono relajado–, después de lo de anoche los únicos huéspedes que quedan en el hotel son Tanya, Rosie, Bill y Harry.

– Tienes razón, pero aún así ya va siendo hora de que nos levantemos –dijo levantándose de la cama–. Por cierto, lo de anoche estuvo genial, no me importaría repetirlo cada noche a partir de ahora –dijo Donna levantándose y yendo hacia el baño–. Estaba muy equivocada cuando le dije a Rosie y Tanya que no lo echaba de menos.

– Veo que no has cambiado nada en estos veinte años –rió Sam.

Cuando se hubieron duchado y vestido, Sam y Donna fueron hacia el comedor.

– Buenos días tortolitos –dijo Tanya al verlos llegar al comedor–. Como no os levantabais Tanya y yo hemos preparado el almuerzo para los cuatro.

– ¿Para los cuatro? –dijo Donna.

– Sí, Bill y Harry se fueron esta mañana mientras dormíais. Y Harry ha dejado esto para ti antes de irse, nos dijo que te lo dijéramos –dijo Tanya dándole el sobre a Donna.

– ¿Qué es? –preguntó ella.

– Ni idea, no lo hemos abierto.

– ¿Qué pone? –preguntó Sam algo impaciente al ver que se trataba de una carta.

– No sé, deja que lo lea –dijo Donna apartándolo un poco.

Cuando terminó de leer tuvo que sentarse de la impresión.

– ¿Qué ocurre? –le preguntó Sam.

– Mira lo que pone –le dijo dándole el sobre.

Sam lo leyó. – Estará de broma –dijo sorprendido apoyándose en la mesa del comedor.

– No, el cheque es muy real –dijo Donna.

– Pero es muchísimo dinero –dijo Sam.

– Lo sé. Me sabe mal aceptarlo, pero al fin y al cabo Sophie es también medio suya, o cuarto suya... Después de almorzar iré al banco y le ingresaré su parte, estoy segura de que se llevará una buena sorpresa –rió Donna.

En ese momento sonó el teléfono y Donna corrió a cogerlo.

– Hablando de la reina de Roma... –dijo Tanya.

– ¡Sophie! –exclamó alegre Donna–. ¿Cómo estáis?, ¿cómo ha ido el viaje? (...) ¿Tan pronto? (...) Oh, sí, es cierto, perdona cariño, es que nosotros acabamos de levantarnos. (...) Sí, anoche la cosa se alargó para todos –dijo Donna riendo un poco–. (...) No sois los únicos a los que os gusta divertiros –rió Donna. (...) Yo también te quiero –dijo colgando el teléfono–. Era Sophie, ya han llegado a Italia, los dos están bien y van a ir a comer a un restaurante ahora.

– Tan aventurera como su madre –dijo Sam dándole un beso a Donna.

– Sí, solo que ella tiene a alguien a su lado para acompañarle todo el tiempo.

– Bueno, tú ahora también lo tienes –le dijo Sam a Donna abrazándola por detrás–. Si quieres nosotros también podemos ir de viaje. Al fin y al cabo es nuestra Luna de Miel.

– ¿Viajar?, ¿estás de broma?, ¿pero tú no has visto cómo está el hotel?

– Sí, ya te dije que te ayudaría a arreglarlo.

– ¿Cuándo?, ¿cuándo esté tan destrozado que no podamos ni vivir en él?

– No –dijo en un tono serio y tranquilizador–. En cuanto volvamos de Nueva York.

– ¿Nueva York? –dijo Donna.

– Sí, si vamos a vivir juntos aquí en Kalokairi necesitaré todas mis cosas. Además, para las reparaciones del hotel necesitaré también mis materiales de trabajo, así que en cuanto terminemos de almorzar prepara la maleta señora Sheridan-Carmichael, ponemos rumbo a América.