Sé que dije que era un capítulo único, sé que lo escribí porque mi tiempo no estaba siendo aprovechado, pero he aquí la predecible continuación. No es un epílogo ni algo parecido, solo una continuación, un cliché…

Disclaimer: Naruto y todos sus personajes pertenecen a Masashi Kishimoto y yo solo poseo esta historia (aunque sea cursi).


Entre el ocaso y las hojas secas

Tras ver y hacer mucho a lo largo de toda su vida, el Héroe de miles de canciones, había dejado su espada en manos de uno mucho más joven.

La larga vida que le proporcionara la sangre de su madre iba poco a poco menguando, como cuando el ocaso llega al día, los ojos azules cual cielo despejado adquirían un tono más pálido que simbolizaba las largas jornadas recorridas a lomo de caballo y a pie por la estepa. El cabello antes dorado como el oro, mostraba ya un tono ceniciento.

Pero no había más arrugas en su rostro que aquellas que se marcaban en la comisura de los labios y entorno a los ojos. Si hubiese sido la primera vez que lo viera, se pensaría que aquel hombre no era más que un muchacho que apenas abandonaba la adolescencia.

Mantenía el porte regio y apenas se encorvó un poco su espalda al pasar una rama de abeto torcida que enseñaba las hojas secas, símbolo del otoño. Naruto sabía que esas hojas no iban a caer hasta que los brotes de hojas nuevas de primavera empezaran a florecer.

Vagó toda la jornada bajo la arboleda que marcaba una entrada a su reino, el reino de sus antepasados, el reino que mucho antes se desvivía por proteger. Pero esta vez, Naruto no estaba entrando a la ciudad sino yendo en la dirección opuesta…

Había emprendido el viaje aquella mañana, pero añoraba tanto aquella ciudad que le era imposible abandonarla sin mirar cada hoja, cada roca, cada pequeña flor, insecto o avecilla que se cruzara en su camino como si nunca hubiese tenido tiempo de maravillarse en ellos.

Tiempo atrás hubiese caminado con bríos, con pasos largos y la sonrisa opacando el cansancio del viaje a tierras lejanas. Hoy caminaba con lentitud, como rememorando cada paso previo al avanzar.

Observó al cielo una vez más, ahora el azul estaba teñido de naranja y rosa, el sol se ocultaba en el horizonte para dar lugar a la luna y las estrellas. Estuvo tentado a desandar el camino y emprender el viaje a la mañana siguiente, pero se abstuvo al recordar como ya lo había pospuesto antes y ahora parecía imperioso el partir.

Volvió la vista hacia atrás, en un movimiento que hizo oscilar la capa de viaje y tintinear los abalorios que ataba al cinto. No dejaba nada atrás, excepto el castillo desde cuya torre más alta vigilaba a cada habitante del reino. Hubiese regresado y quizás hubiese puesto mano en el pincel y habría terminado aquel pergamino inconcluso que dejó de tarea.

Negó con la cabeza y volvió a dirigir sus pasos hacia la arboleda. Sonrió como solo él podía, con todos los dientes y apresuró el paso hasta situarse a unos centímetros de la mujer que lo esperaba con una sonrisa tímida en el rostro.

―Si quieres podemos esperar un día más.

Él negó, ya habían pospuesto el viaje demasiado tiempo. Los años no esperan a los hombres como lo habían hecho con él, todo por su linaje, pero ahora, con doscientos años a cuestas, Naruto comprendía que no podía esperar mucho más. Hinata había sido paciente y esperaba con él como antes había aguardado por él en soledad.

Tomó entre sus manos la mano izquierda de ella y la besó largamente, justo como recordaba haberlo hecho años atrás, como deseó haber podido besarla la noche que la espió por primera vez y se maravilló con todo cuanto había vivido después de eso.

―La primera vez que te vi ―dijo él sosteniendo amabas manos femeninas entre las suyas y observando a los ojos claros con firmeza, con la confianza acuestas de años conviviendo juntos, con toda la sinceridad de que él era capaz ―, creí haberme perdido en un sueño. Creí que por fin todas aquellas noches sin dormir y las jornadas de mis viajes, el dolor y mis anhelos, había mellado mi cordura y me habían transportado a esos parajes que solo aquellos de tu raza conocen, pues es vuestro derecho tras presenciar la decadencia del mundo… Creí que la música de los elfos me había llevado y que era libre de extraviarme en un mundo reservado y exclusivo solo a unos pocos benditos.

»Sé qué dirás, que era mi derecho a perderme en el mundo de los sueños, pues me habían bendecido todos los dolores que una vez padecí. Pero no es así. Aquel lugar en mis sueños no era la bendición que me aguardaba tras todo el dolor que experimenté, solo fue la antesala, hubo un regalo mucho más valioso, mil veces más precioso que todos los tesoros de este mundo y fue junto a ti que yo conocí todo eso.

»Dijiste que podíamos esperar un día más, yo digo que ya no es necesario. He aprendido de memoria cada roca de este sendero y cada hoja que hay en estos árboles, he memorizado los rostros de mis amigos y están grabados a fuego por siempre en mis recuerdos aunque ya hace mucho que partieron. He grabado también los rostros jóvenes y las miradas llenas de vigor de las generaciones que heredan esta tierra en paz que es mi legado. No he de esperar un día más, puesto que he dicho adiós a nuestro hijo e hija y he pasado la responsabilidad de guiar al mundo a sus hombros. Solo me resta una cosa por hacer y es partir a tu lado a reposar a los bellos parajes que nos acompañaron en los años de mi juventud.

»Tú, que eres de una raza que no perece, sino que vuelve a florecer cada año y solo acumulas sabiduría en la mirada, ¿estarás bien cuando yo me haya ido en el largo sueño y ya no estemos más uno junto al otro?

Por toda respuesta, Hinata se alzó en las puntas de los pies hasta que con sus labios pudo rozar los de Naruto.

Ambos se encaminaron así a los límites del Reino del Fuego, desde cuyo castillo observaba un hombre de aspecto joven, de ojos azules y cabellos rubios, la arboleda por la que una pareja se alejaba conforme iba descendiendo el sol en el horizonte y mientras las hojas secas se desprendían para dar espacio a las nuevas que florecían.