Derechos de autor: Frozen y todos sus personajes pertenecen a Disney. No obtengo ningún beneficio. Sólo la trama es mía.


Diez años pasaron de aquel fatídico día. Diez años desde que Elsa y Anna eran mejores amigas. Sí, seguían siendo hermanas porque eso es de nacimiento, pero la amistad se forja con el contacto y el afecto. Y eso era algo que ellas no podían conseguir en este momento. Para Anna, ir todos los días varias veces a la puerta de su hermana no era una causa perdida. Y para Elsa, todos los días debía aguantar silenciosamente la agonía que en su interior surgió hace diez años.

—¿Elsa?, sé que estás ahí dentro. Aunque tampoco sales a muchos sitios, ¿no? —bromeó Anna.

Silencio.

—Hablando de salir a sitios... recuérdame no ir a España de vacaciones. Ahora la guerra la van ganando los liberales. ¡¿Y sabes qué?! Hubo un motín en La Granja hacia la familia real de allí hace tres meses. Es está poniendo fea la cosa—Más silencio es la respuesta. — ¿Hoy no tienes ganas de hablar sobre la actualidad?, ningún problema —.

Anna tenía la espalda apoyada en la puerta mientras pensaba. ¿Cómo podía hacer que respondiera sólo una vez?. Ya lo había conseguido en otras ocasiones, pero hoy está siendo especialmente difícil.

—¿Tienes hambre?, creo que los cocineros estaban preparando chocolate porque alguien se comió los pocos que tenían guardados —rió Anna con tono culpable. —Si quieres puedo infiltrarme en las cocinas reales y adquirir sin el permiso previo un cuenco de delicioso chocolate. Los compartiré contigo, no te preocupes por eso —.

Hubo una larga pausa.

—Papá ha dado órdenes de tener vigilado el pasillo de la cocina. Creo que te han fichado —dijo una leve voz desde dentro de la habitación. ¡Sí, lo había conseguido!. Anna consiguió que hablara con ella. La gran mayoría de las veces la conversación era entre la puerta y Anna, pero hoy es distinto. La alegría inundó a Anna por completo.

—Nunca me podrán pillar —respondió Anna con excesiva arrogancia.

—Te lo digo enserio Anna, han ampliado la ronda nocturna de la guardia de palacio —dijo Elsa desde el otro lado de la puerta.

—Ahora gracias a mi topo en la cumbre real no me pillaran —bromeó Anna. Disfrutaba bromear con su hermana sobre cosas triviales. Antes de que se separaran, Elsa y Anna bajaban a la cocina cuando todo el castillo dormía para poder comer chocolate. Aunque Elsa siempre intentaba disuadir a su hermana, al final terminaba siendo cómplice.

Anna se lo estaba pasando en grande, a pesar de las tímidas respuestas de Elsa, hasta que llegó su padre a la habitación de su hermana mayor.

—Anna por favor, ya hemos hablado muchas veces antes, debes dejar a tu hermana Elsa estudiar —dijo su padre al verla sentada en el suelo.

—Pero no todo es estudiar, también hay que descansar —respondió Anna molesta. Ya estaba harta de recibir la misma respuesta por parte de su padre.

—Déjalo Anna, vete ya —intervino Elsa desde el otro lado. Ya le hizo daño en el pasado a causa de su maldición, y no quería que su padre castigara a su hermana por su culpa.

Anna iba a replicar pero al ver la mirada que le lanzó su padre se calló. Se levantó con orgullo y marchó por el pasillo hasta desaparecer por la esquina.

El rey Agnarr abrió la puerta y entró.


—¿Hablaste con Anna? —espetó el rey. —Se supone que estás aquí para que no descubra tus poderes, Elsa —.

—Pero es mi hermana. Viene todos los días para intentar hablar conmigo y lo que recibe es mi silencio. Mi alma se destroza cuando no puedo responderle, y tiene que irse porque lo único que recibe de mí es silencio. Quiero salir de esta habitación para poder abrazarla y hablar con ella —dijo Elsa con voz temblorosa. La habitación empezaba a congelarse. —¡Pero no puedo, no puedo porque vivo con el miedo de hacerle daño con mis poderes! —.

Los reyes también sufrían interiormente al ver a sus hijas separadas, pero es lo mejor para las dos. Su padre iba a abrazar a su hija, pero Elsa se alejó hacia la pared. De la nada surgieron picos de hielo del suelo que apuntaban directamente a Elsa. La mayoría de la sala estaba congelada en este instante.

—Y también tengo miedo de hacerte daño a ti, a mamá, y a todos —dijo Elsa mientras observaba sus manos enguantadas con odio.

—Hija mía, aquí estamos tu madre y yo para ayudarte en todo, te estamos ayudando a controlarlos —dijo Agnarr mientras agarraba cariñosamente las manos de su hija —No has de sentir —.

—No han de saber —respondió Elsa sonriendo levemente.


La cena de los viernes transcurría en el comedor principal. Los monarcas no tenían un horario definido para la cena debido al exceso de trabajo. Así que cada miembro de la familia cenaba por separado. Para remediar esto, la reina organizaba todos los viernes una cena en donde todos debían estar presente para comer juntos. La familia real disfrutaba de este día excepto Elsa. El miedo de hacer daño a su hermana con sus poderes era superior a sentimiento de pasar un rato con Anna.

Anna no veía el sentido de comer en el comedor principal. La habitación poseía una larga mesa para unas sesentas personas. Y unas altas sillas con exceso de decoración la acompañaba por ambos lados. ¿Sesenta sillas para cuatro personas?, al final siempre acaban sentados en el extremo.

—Bueno Anna —empezó la reina Iduna. —¿Qué has estado haciendo hoy? —.

—Estuve montando a mi caballo Strand —dijo Anna. —Llegamos hasta el lago galopando. Es realmente rápido —.

La reina resopló. —Se supone que debes tener gracia y ser sofisticada. Y eso no se consigue montando a caballo —.

—Creo que eso ya lo hemos intentado cariño, y ser sofisticada no el punto fuerte de Anna. Déjala que cabalgue, se le da muy bien —intervino el rey. Elsa sonrió por lo bajo, sabía de sobra que Anna no destacaba en esas cosas.

—No te rías de mí por lo bajo, Elsa. Quiero verte cabalgando un caballo, y veremos si eres tan elegante ahí arriba —bromeó Anna.

Elsa soltó los cubiertos con las manos enguantadas. —Existen los carruajes, Anna, no hace falta ir encima de un caballo —respondió mientras intentaba no reírse, pero los gestos de la cara la delataban.

—¡Te estás riendo de ti misma! —rió Anna también. Los reyes se miraban entre ellos al ver a sus dos hijas felices. Elsa seguía con miedo, pero lo guardó en su interior, ahora quería disfrutar con su hermana.

Las puertas del comedor se abrieron. El mensajero real entró con una carta en la mano. La entregó al rey Agnarr y se marchó haciendo una reverencia. Las puertas se cerraron.

—Es enviada desde el Reino de Iliria. Normalmente es el Imperio Austriaco quien envía las reuniones oficiales —dijo el monarca. Rompió el sello y la abrió.

A V.M, D. Agnarr de Arendelle. Rey de Arendelle.

Nos entristece informaros que el ilustre D. Carlos X de Francia, antiguo Rey de Francia y de Navarra, perteneciente a la Casa Borbón. Falleció en el término de Gorizia, Ilira con fecha a 6 de Noviembre a 1836. Sepa V.M que habéis sido convocado, usted y vuestra esposa, a la ceremonia de entierro de S.M que tendrá lugar en Nova Gorica, dentro de una semana. Esperamos vuestra asistencia.

Un cordial saludo a V.M y vuestra familia.

El rey entregó la carta a su esposa.

—¡Kai, venga un momento! —ordenó el rey. Al momento, Kai entró en el comedor hasta llegar al lado del monarca. —¿Podéis preparar un navío con rumbo al Reino de Iliria para mañana? —.

—Por supuesto su Alteza, lo tendrá para mañana. ¿Algo más? —.

—Nada más Kai, muchas gracias —dijo Agnarr. Kai se retiró para que todo esté preparado para mañana.

—¿Qué ha pasado papá? —preguntó Anna.

—Ha fallecido Carlos de Francia. Mañana zarparemos para su entierro. Volveremos en unas dos semanas aproximadamente. El trayecto es bastante largo —.

Anna se levantó de la silla y fue a abrazar a sus padres a modo de despedida. —Yo doy las despedidas ahora, que os gusta madrugar y yo ni con un terremoto me despierto —bromeó Anna. —¡Nos vemos en dos semanas! —exclamó. —Yo me tengo que ir ya a dormir, cuidaos mucho —.

Anna salió del comedor cerrando la puerta.

Ahora era el turno de Elsa para preocuparse. ¿Dos semanas sola?, sus padres eran quienes le ayudaban para ocultar sus poderes. —¿Tenéis que iros? —preguntó Elsa preocupada.

—Tranquila Elsa, no te pasará nada. Confiamos en ti. Volveremos en dos semanas —la tranquilizó su padre. —Sólo recuerda comportarte correctamente —.

Elsa miró a sus padres y sonrió levemente.


La noticia del hundimiento del navío en donde iban a bordo los reyes corrió como la pólvora por todo Arendelle. Los habitantes del reino estaban devastados. Los monarcas Agnarr e Iduna eran muy queridos por todos, ya que hacían todo lo posible para el reino. Pero donde peor lo estaban pasando era en el castillo. Sobre todo sus dos hijas. El entierro de los monarcas fue en las colinas cercanas al acantilado. El cielo, gris y lluvioso, parecía ir acorde con los ánimos de los asistentes.

Los susurros corrieron al inicio del entierro al ver que la princesa Elsa no se presentó con su hermana, y esto hizo que la gente se sorprendiera.

—Elsa, por favor, abre la puerta —susurró Anna junto a la puerta. —No te he visto desde que se marcharon —.

Anna escuchaba claramente los sollozos de Elsa e intentó abrir la puerta. El cerrojo no estaba echado pero la puerta no abrió. La entrada a la habitación nunca estuvo bloqueada por parte de su hermana ya que Anna siempre respetó la intimidad de Elsa. Esto dejó confusa a Anna y volvió a intentar abrirla, pero esta vez con más fuerza obteniendo el mismo resultado. La pelirroja se quedó mirando la puerta con ojos llorosos.

Desde la perspectiva del interior de la habitación era normal que Anna no pudiera abrir la puerta. La habitación entera, desde el suelo hasta el techo, estaba congelada. Elsa estaba llorando sentada en el suelo al lado de unas estacas de hielo. Los copos de nieve estaban suspendidos en el aire reflejando su dolor.

—El llanto no podrá curar la herida de tu corazón Elsa. No todo está perdido aún, todavía nos tenemos a nosotras —llamó Anna desde el otro lado. Puso la mano en la fría puerta, sintiendo su aspereza. —No llores más, estoy aquí contigo —.

Pero Elsa no podía permitirse dejar pasar a su hermana y que lo descubra todo. Su mundo empezaba a desmoronarse poco a poco. Las dos únicas personas en las que confiaba están muertas y no volverán en dos semanas, ya no podrán ayudarla nunca más. Elsa se agarró las manos enguantadas mientras las lágrimas caían sobre los guantes.


Pues aquí está el segundo ya. Ya sabéis que todos los acontecimientos históricos aquí son ciertos, cuando no lo sean o algo cambie en la versión original lo avisaré. Carlos X se exilia, por eso muere por ahí lejos. Una aclaración, el Reino de Ilira existió y fue una anexión del Imperio Austriaco, por eso el rey lo nombra. Me ha encantado escribir la carta como antaño jaja. Tuve que ponerle un motivo de la salida de los reyes, no podían morir así porque sí mis monarcas favoritos de Disney. Aunque sea irónico que mueran por ir a un entierro, lo sé.

En el siguiente capítulo ya empieza el problema, espero tenerlo pronto para que lo disfrutéis. Muchas gracias por leer, vosotros sabéis que os quiero. Espero que os haya gustado. Saludos.

Corto y cierro.