Delante y detrás de cámara – Parte 2
Perdí la percepción del tiempo que todo aquello duró; tal vez fueron meses. Cada vez que salíamos de una larga sesión de fotos, que no fueron tan seguidas desde entonces, íbamos a mi departamento, yo ponías los cerrojos, desconectaba el teléfono y apagaba el celular; ella me arrojaba sobre la cama o el sillón, en caso de estar muy necesitada, y me arrancaba toda la ropa sin molestarse en ser delicada. Cada vez que la despedía en el ascensor, el estacionamiento o la llevaba a su casa, nunca podía faltar el suvenir de mi parte: chupones por toda la piel, desde los pies hasta los labios. Y joder, que hacía unas felaciones increíbles; incluso en una ocasión me dejó fotografiarla. Para compensar, ella me fotografió a mí con la cabeza enterrada entre sus piernas. Luego pasamos a los videos, y cuando teníamos suficiente material lo pasábamos por mi televisión de pantalla gigante mientras lo hacíamos sobre la alfombra enfrente.
No volví a tener noticias del chico que presumía ser el novio de Mikasa. ¿Estaría diciendo la verdad? Se lo pregunté una vez, no hablábamos mucho entre nosotros, era más bien un juego sin diálogos, pero no quiso ser muy clara al responder; otras veces se enojaba y me golpeaba, antes de tener otro de esos arrancones en los que me ataba las manos y me torturaba con su cuerpo. Me advirtió incluso un par de veces que no debía ir a buscarla a su casa, ni preguntar por ella.
Francamente, no entiendo a las mujeres, en general, y a Mikasa, en especial. Si alguien escribiera un manual sobre el funcionamiento de su cabeza, tendría más páginas que el Don Quijote.
A propósito, nuestra nota en la Playboy tuvo repercusión que duró bastante tiempo. Nuestros trabajos a partir de entonces eran más distanciados entre ellos, pero con sumas más grandes que todos los anteriores juntos.
Cabe destacar que nadie aparte de nosotros dos estaba al tanto de nuestras actividades "extra laborales".
Un día en particular, transcurridos unos meses, surgió una oferta de una revista de tendencia masculina, en la que me solicitaban, pero, solo a mí. Se trataba de una simple publicidad en la que no tenía que hacer más que sentarme en un sillón rodeado de otras mujeres. Omito los comentarios feministas, a ellos solo les interesaba verme a mí específicamente, suponiendo que con la fragancia del desodorante de la publicidad, no era mucho el esfuerzo para conseguir chicas.
Claro que por contrato, no se podía excluir a Mikasa, y lo advertimos, pero los publicistas no le vieron el drama, tan solo propusieron que ella formara parte del conjunto de mujeres que me acompañaban (sin dejar que se note); entonces, no estaríamos incumpliendo.
Acepté, arreglamos todo, pero… el día que finalmente nos vimos cara a cara con mi colega profesional, y compañera de juegos privada, la misma montó el escándalo más exagerado que alguna vez la he visto hacer con alguien. Estaba totalmente indignada, ya sea porque por primera vez ella no sería el centro de atención, o quien sabe; quizá tendría celos de compartirme con otras. Me hubiera gustado que fuera esto último; por fortuna soñar no cuesta nada.
No me dio motivos concretos del porqué le molestaba tanto la idea, y hasta el último minuto —y me refiero hasta el último minuto antes de empezar la sesión—, todo fue berrinche tras berrinche, impedimentos y excusas aquí y allá.
Por supuesto que luego de salir de ahí, no se quedó con las ganas de maldecirme en voz alta todo lo que quiso hasta cansarse, acordarse de todos mis familiares, remarcarme todos mis defectos, y otros tantos insultos bastante creativos que escuché ese día.
Por calendario, esa revivida enemistad que me declaró duró cinco días. El quinto día, a eso de los ocho de la noche…
Estaba un poco aburrido, más no cansado; prendí y apagué el televisor tres veces, abrí y cerré la puerta del refrigerador cinco, pasé dos partidas con éxito en el Mario Cars antes de aburrirme, y mira si estaré aburrido que hasta abrí un libro que Erwin me había regalado hacía años y yo lo usaba de adorno en el modular (Nota: no pasé de la página 5).
Para ser sincero, estaba un poco necesitado de echar un polvo. Cuando pasas todos los días de todo el jodido mes follando a diario, en todas las posiciones y con todas las morbosas ideas que se te ocurran, con la que probablemente tú consideras que es la bestia en la cama más hermosa y sexy del mundo, pasar cinco miserables días de sequía es el infierno.
Entré en mi cuarto y me preparé para salir; si todos dicen que soy tan bien parecido, algún provecho le puedo sacar, pero a la mitad de un drama que monté buscando la otra zapatilla del par que elegí, extraviada desde hace no sé cuánto, mi timbre sonó.
Descalzo, con el cierre del pantalón bajo y la camisa abierta, me dirigí curioso a abrir la puerta; sí lo sé: gran idea la mía, pero esperaba que fuera Erwin que me venía a joder por cualquier cosa de nuevo.
No hace falta que diga quién era en realidad.
Mikasa me empujó dentro y cerró la puerta con el seguro como yo solía hacerlo. Retrocedí viéndola acercarse a mí encolerizada. No puedo mentir, me dio un poco de miedo, venía hacia mí como si mi mamá me persiguiera luego de romper algo.
Cuando choqué contra el respaldo del sillón de la sala, caí hacia atrás, y ella lo rodeo para luego arremeter sobre mí e inmovilizarme tomándome de las muñecas y midiéndome los labios como una posesa. Empezó a devorar mi boca y pasó de inmediato a mi cuello, en el que se entretuvo un poco más dejando marcas que parecía decir "MIO".
Mi pene empezó a crecer inevitablemente; de haber querido que se detenga no habría tenido problema, pero no quería desde luego. Necesitaba eso desde hacía días, y lo único que se me ocurrió hacer fue colaborar, en lo que ella deslizó mi camisa por mis brazos y sin aviso, la usó para atarme los brazos, para pasar luego a quitarme los pantalones de un solo y certero tirón hacia abajo. Me recorrió las piernas y todo el torso dejando mordidas que imaginé, no se borraría en un buen tiempo, cuando llegó hasta mi cara, se detuvo, y me habló mirándome a los ojos.
—No quiero que te le insinúes ni dejes que ninguna zorra te toque, ¿me entiendes? Eres mío.
Sin darme tiempo a replicar volvió a invadir mi boca, penetrando con su invasiva lengua.
Rompió el beso para volver a hablar.
—Eres mío, todo mío— me besó rápido con los labios cerrados—. Esto es mío— volvió a besarme en el cuello—, esto también— subió y mordió mi oreja—, nadie más puede tocarlo.
—Mikasa… —murmuré frenando su ataque.
—¿Mmm? —me miró seria.
—Esto no es justo.
—¿Quieres que te suelte, o que yo también me quite la ropa?
—No, nada de eso. No es justo lo que haces. No soy tu juguete sexual ¿sabes? No soy ni un suplente, ni tu amante, ni un objeto que puedas monopolizar. Estoy seguro de que tu no me darías a mí esos mismos derechos para tratarte.
Se me quedó mirando; mientras hablaba, su expresión fue cambiando lentamente. Percibí un vestigio de angustia creciente en su rostro. Se mordió el labio confirmando su descontento.
—No puedes tratar a todas las personas así— le aclaré.
—Pero yo solo quiero ser la única a la que toques— su voz patinó en su atisbo de llanto.
—¿Y por qué yo? ¿No te lo has puesto a pensar? Con todos los tipos que tienes para elegir. ¿Por qué?
Tal vez el odio profundo que Mikasa y yo consumamos desde el inicio fue evolucionando a cosas inentendibles, pero por lo menos estuve seguro de que yo era el único que se había puesto a pensar en ello; ella, no tenía una respuesta.
Mi resolución fue: ayudarla a encontrar una.
—¿Me sueltas los brazos? Por favor.
Lo dudó un instante pero lo hizo al final. Así como estaba, la senté en mi lugar, derecha e inmóvil, y empecé a quitarle la ropa lentamente y con delicadeza, como a una muñeca de porcelana. La vi varias veces a la cara, comprobando lo nerviosa y sonrojada que estaba.
Desabroché los botones de su camisa uno por uno, busqué el cierre de su falda de jean a un costado de su cadera, quité las hebillas de sus sandalias a la altura de los tobillos, deslicé por sus manos las pulseras, y una por una fui quitando cada prenda de su cuerpo hasta dejarla denuda, expuesta e indefensa ante mí.
Seguía sin moverse, pasé un brazo por debajo de sus rodillas y sujeté su espalda con el otro, para alzarla como a una lady y poder llevarla conmigo. Apoyó su frente en mi pecho y jugó son los dedos de su mano en él. Cuando la dejé sobre mi cama, se extendió en ella, y pude posicionarme encima para tomar el control como era mi idea.
Recuerdo aquella vez haber besado todo su cuerpo con tanta ternura como nunca antes la había tenido con nadie, por más querido que fuera para mí. Rehuía a mirarme avergonzada.
Yo levanté sus piernas y las flexioné; las sostuve por las rodillas y las abría para contemplar su feminidad, impoluta como era de esperarse, y sobretodo sumamente rozagante y tentadora. Me llamó la atención lo abochornada que estaba por aquel trato, no haría nada que no habría hecho antes diez mil veces más morbosamente.
Rodee sus muslos con los brazos para retenerlos abiertos y pasé mi lengua por su intimidad, haciéndola gemir tiernamente. Busqué su clítoris y di lametones de abajo a arriba que aumentaban de intensidad, bajé hasta hallar su cavidad de entrada y estimularla abriéndome paso. Mikasa se retorcía gimiendo, amasando mi cabello y llamándome. Abrí más la boca para repasar su tierna y salada carne con mi saliva, entendiendo que lo estaba disfrutando y mucho.
Sus impetuosos sonidos de gozo me hacían delirar de gusto. Mi pene reclamaba satisfacción urgente con cada gemido que daba. Su vagina palpitaba vigorosa, me estaba matando, la deseaba demasiado.
Sin terminar de darle lo que quería, subí hasta poder verla a la cara y poder contemplar en primera fila su expresión de placer cuando la penetraba. Esa ojos clavados en mi podía llegar hasta mi alma. Cuando le envestía desesperado llegué hasta mi propio descubrimiento.
Estaba perdidamente enamorado de Mikasa.
Qué gusto culposo, qué masoquista, qué ironía de la vida y qué incoherencia la mía.
Desde que la conocí, no pasaba un día que no diera vueltas en mis ratos de divagación con el techo, pensando en las mil divertidas maneras que podía poner en práctica para asesinarla lenta y dolorosamente. Fantaseaba ver cómo me suplicaba piedad mientras se quemaba como la bruja que era, o colgaba de un estanque de pirañas, o tantas otras cosas.
Luego empecé a gozar del placer insano y enfermizo de follarla tan violentamente que no se olvidaría jamás de mí ni de mi nombre, y que cada vez que me viera a los ojos o escuchara mi voz recordara a mi virilidad enterrada hasta lo más profundo de su ser.
Pero ahora me sentía de gelatina cada vez que escuchaba mi nombre de sus labios. Ahora sólo podía verla con cara de bobo enamorado cuando ella abusaba de mí y yo se lo permitía extasiado. Ahora sólo le entregaba toda mi alma por hacerle el amor, y por hacerla sentir no la mejor ni la más linda, pero sí la más amada del mundo.
Sus palabras llenas de morbo era melodía, sus dientes y uñas sobre mi piel, poesía tallada en piedra, sus labios sobre los míos, tierna o descaradamente, un chorro de néctar y ambrosía que me decían que era inmortal, así como mi pasión por ella.
En cuatro patas poniendo el trasero en pompa, recibió con sugestivos gritos las embestidas de mi miembro en su interior, una y otra vez con más y más fuerza, hasta el fondo, asediándola. Arqueó la espalda y abrió más las piernas para permitirme ver la majestuosidad de mi virilidad entrando y saliendo de su vagina, la sensación era maravillosa.
Ella endureció los brazos dejándolos tensos y soportando su peso mientras arqueaba la espalda, cuando recibía mis empujones enérgicos; sus pechos rebotaban con gracia y ella gritaba mi nombre encendiéndome, si cabía, un poco más.
La moví ligeramente sobre la cama para reflejarnos a ambos de frente al espejo.
Mikasa mordió su propio labio contemplándonos, y a mí me invadió el gusto que se reflejó con el cosquilleo en la punta de mi pene.
Ella me podía, en esa pose, más que nunca. Se veía tan hermosa, tierna y tentadora, en cuatro patas, con las piernas bien abiertas, ese perfecto trasero redondo en pompa que golpeaba contra mi pelvis, recibiendo mis empujones; la curva de su perfecta espalda; los brazos tensos; los redondos pechos suspendidos, haciendo péndulo, y su cara...
Su cara era algo que no quisiera olvidar aún en todas las vidas que me esperan por delante…
Ojos negros llorosos, cutis enrojecido de rubor y perlado por el sudor, y mullidos de deliciosos labios formando una sonrisa de lo más morbosa, coronando su preciosa boquita que gemía mi nombre y otras cosas excitantes que hacían a mi pene endurecer y latir descontrolado.
Mikasa es preciosa, para mí, de eso no me cabía duda. Verla sometida a mí era la imagen más delirante e insanamente perfecta que nunca en mi jodida vida podría haber deseado contemplar. Verla en esa pornográfica pose, con migo detrás dándole placer, no tenía precio.
Tomé su cintura y la apreté enterrándome con fuerza en ella definitivamente y mercándole con mi semen caliente que derramé excitado y completo.
Mis sentidos quedaron tan arrebatados que no llegué a apreciar el momento cuando la diosa debajo de mí se arqueó y gritó moviendo su cabeza desenfrenada al correrse
Miré hacia abajo, al trasero de Mikasa, donde vi gotitas transparentes caer. Me recuperé lo suficiente como para darme cuenta de que era mi saliva.
Ignoraba por completo toda esa tortura de los ciclos menstruales, las posibilidades de embarazo según los días, los métodos preventivos o los anticonceptivos. Me daba por pelotas embarazarla, o recibir de ella un hijo, o quedar atado a su lado por la eternidad. Si eso ocurría, que me construyeran un monumento.
Hacerle el amor a Mikasa no se comparaba a ninguna felicidad previa ni posterior en mi chata y descolorida vida sin sabor. Venirme con ella era como llegar al Edén, al éxtasis, y al nirvana, todo a la vez.
Reaccioné notando que ya estaba desplomado boca arriba a un costado de ella, sin soltar su cintura en ningún momento.
Mikasa se recuperó lo suficientemente rápido como para encimarse sobre mí, aprisionar mi cuello entre sus brazos y afirmar mis cabellos con sus dedos, de manera recelosa y posesiva, para atacar mis labios, sin hacer valer una mierda el cansancio físico extremo que obviamente ambos teníamos.
Se aferró a mí para besarme de tal forma que me pareció que no tenía intenciones de soltarme, por toda la eternidad. La abracé por la cintura y ella movió las piernas para colocarse cómodamente sobre mí, sin darme tregua.
—Te amo—me dijo casi con seriedad desprendiéndose de mi boca, solo para lanzarse a ella nuevamente luego de decirlo.
Tuve que entreabrir los ojos a pesar de estar siendo devorado por ella.
—Te amo— volvió a soltarme para repetírmelo— Te amo, te amo, te amo... —declaró enardecida una y otra vez entre las pausas en las que se desprendía de mis labios.
—Yo más… más aún… —alcancé a contestarle cuándo lo dejo respirar.
Mikasa se atrincheró en mi departamento toda la semana, y yo jugué a la mamá cuidándola como si de verdad fuera mi muñeca. Debimos haber parecido dos idiotas inmaduros, pero fueron de los días más felices de mi vida. No dejaba entrar a nadie, no salía sola (entre otras cosas porque no quería ir a ninguna lado si yo no iba con ella), si Erwin tenía que hablar conmigo, yo lo redirigía a un café sin dar muchas explicaciones, su madre llamó una sola vez y cuando le expliqué que estaba conmigo y estaba bien, no insistió más, pero me preguntó si no quería ropa para "instalarse" aquí. Y bueno, esa semana en verdad pareció que fuéramos compañeros de piso con derecho.
Mikasa había terminado la escuela hacía poco, y una fiesta se celebró en un club privado con todos los egresados y sus invitados. Me insistió alrededor de diez horas seguidas para ir hasta que lo consiguió, de la manera más simple en que Mikasa conseguía cosas de mí: masturbándose sobre el mismo sillón donde yo estaba sentado mirando televisión.
Me daba pena yo mismo por ser casi un títere suyo, pero fui a su puñetera fiesta vestido exactamente como ella quería, y no me arrepiento de nada; bueno, tal vez… de la desmesurada cantidad de ojos que nos seguían en todo momento.
Nos sentamos en unos sillones en compañía de lagunas de las "amigas" de Mikasa, que no paraban de cotillear, 50% del tiempo sobre nosotros y el modelaje, 40% sobre mí y mis irreales e idealizadas cualidades, y el restante por cierto, de ellas mismas. Me felicité por mantener la boca bien cerrada esa noche, porque no me faltaron ganas de mandar a la mierda a más de una.
Una cotorra preguntó si "lo nuestro" ya era oficial, y Mikasa asintió tímidamente. Claro que mis inquietudes eran más poderosas que mi voluntad, y tuve que re-preguntar por el chico que me vino a buscar a mi departamento para advertirme que me aleje de su novia.
Ninguna de las chicas entendió a quién me refería, y Mikasa pareció ponerse nerviosa. Hablé con nombres propios y tuve que hacer malabares para recordar su nombre, pero lo hice. Cuando mencioné el nombre de Eren, sus bocas cobraron vida y empezaron a interrogar a Mikasa al respecto. ¿De qué me había perdido exactamente?
—No hace falta que lo mencionemos ¿o sí? Él es del pasado— dijo Mikasa y me pareció que le temblaban los labios al hablar.
—¿Quién es del pasado? —escuchamos una voz detrás nuestro que hizo a Mikasa dar un respingo.
Me voltee y ahí estaba, como si en verdad lo hubiéramos invocado. Ese chico que miraba a Mikasa amenazante y a mí con odio (aunque ambas caras fueran prácticamente lo mismo).
—¿Cómo entraste? ¿Quién te invitó? —arrancó Mikasa parándose a mi lado, ahora notoriamente confundida y enojada.
—Un amigo, pero ese no es el problema. El problema es… que no fue mi novia la que me invitó; o tal vez, que me encuentre a mi novia aquí con otro hombre que según ella era "un colega de trabajo".
Las harpías se quedaron calladas en su lugar y yo me vi en la obligación de "actuar de oficio". Me paré a hablar con él.
—Escucha, amigo, realmente no pretendo causar problemas, pero…
—No estoy hablando contigo. Y si mal lo recuerdo, creí haber sido muy claro cuando te dije que no te quería ver cerca de mi novia, Levi.
—Ella, ¿es tu novia? —le señalé, haciéndome el desentendido (aunque en parte, así lo estaba).
—¿Qué, no te dijo? —pareció burlarse cuando me contestó. Luego volvió a arremeter hacia ella.
—Así que por eso no me estuviste atendiendo el celular en todo este tiempo, ¿verdad? —Mikasa no habló; él me tiró una mirada fugaz—. Estabas ocupada, posando con las piernas abiertas para otro, ¿o no?
—¡Cállate! —Mikasa le dio un leve empujón—. ¡A ti yo no te importaba una mierda hasta que empecé a salir en televisión!
Recapacité, ¿estaría hablando de él aquella vez?
—¡No tienes el derecho ahora a reclamarme cuando me ignoraste tanto tiempo!
—¿Crees que no? —puso una sonrisa un poco temeraria y empezó a acercarse a ella.
Me interpuse en su camino antes de que lo hiciera, por supuesto.
—Mira Eren, si es lo que pienso no justifico que te haya engañado, ni a mí, porque tampoco fue muy clara conmigo, pero no voy a dejar que le pongas una mano encima cuando esto se puede arreglar de otra forma mejor.
—¿Eso crees? Perfecto, como quieras— dijo, y me dio un golpe en la mandíbula que me desequilibró.
Para ese entonces todo el mundo ya nos estaba mirando; recuperé mi postura apartando a Mikasa con un brazo, mientras esta intentaba calmar al chico inútilmente.
Cuando estuvo detrás de mí y yo miré a Eren con la expresión más neutral que me salió del alma, dije:
—De hecho, estaba pensado en un café…
Me dio otro golpe que me empujó hacia atrás ni bien lo dije. Mikasa me atajó hecho una bola de nervios y me pidió angustiada que no lo intentara. No sé por qué creía que esto se podía resolver de otra forma; no sé ni porqué yo lo creía; que decisiones tan idiotas tomo a veces.
Me reincorporé por segunda vez sin alterarme y volví a ver a los ojos al cabrón, que me esperaba con los puños cerrados y expresión burlona.
—¿Quieres uno del lado derecho para emparejar?
—Emm, no gracias— declaré, y lo siguiente fue el puñetazo a la nariz más fuerte que ni en toda mi vida pude haber dado, que dejó al cabrón inconsciente en el suelo.
Bufé y me revolví los pelos; Mikasa me miraba impávida y atemorizada por el rápido espectáculo que montamos.
—Te preguntaré… —dije inmutable— ¿Me estabas usando para darle celos a tu novio?
Ella no me respondió, pero vi como las lágrimas se le escapaban. Yo seguí.
—Cuando me dijiste que me amabas, ¿lo hiciste para convencerme más rápido?
Se empezó a secar las lágrimas.
—¿No se te ocurrió en algún momento, que por no decirme nada, podría ligarme una paliza? —fue bastante hipócrita con la pregunta. Yo sabía que tenía Mikasa tenía novio, pero ella debía responsabilizarse también.
—Perdón Levi, yo no quise… —me miró con arrepentimiento y amagó con tocarme.
—¿Te pusiste a pensar en toda esta semana que estuvimos juntos, que tal vez yo podría ir en serio? No te importaba para nada, ¿verdad?
Ella rompió a llorar como una niña y me abrazó, ocultando su cara en mi pecho. Ya me estaban incomodando todos esos mirones a nuestro alrededor.
Mikasa era una reina del hielo, y yo lo sabía bien, no tenía por qué sorprenderme de todo esto. Yo del mismo modo también lo era, y por eso cuando empecé a acostarme con ella lo hacía puramente por la diversión de follar. Pero a pesar de todo, esto me dolía. Nunca creí que algo así me dolería. Yo nunca fui una persona sentimental, con nadie, no tenía por qué afectarme un engaño de una arpía como Mikasa. Pero estaba tan dolido y tan conmocionado. Me sentía verdaderamente roto, no podía explicarlo porque nunca fue así antes. Ahora me daba cuenta de cómo era.
Yo de verdad amaba a Mikasa a pesar de todos sus defectos. A eso se debía el dolor que ahora me embargaba. Estaba, en verdad, traicionado, vacío, muerto por dentro.
Aparté a Mikasa de un empujón.
—¡Por favor perdóname Levi! ¡No te mentí! ¡No lo hice!
—¡Sí lo hiciste! — le grité.
—¡NO! ¡NO! ¡Yo… de verdad te amo! —trataba por todos los medios de volver a abrazarme sin que yo la apartara. —¡Te lo oculte, ya sé! ¡Debía decirte! ¡Debía hacerlo! ¡Yo iba a dejarlo, lo juro! ¡Pensé que podía dejarlo sin necesidad de decirte nada y todo quedaría así! ¡Pero no podía! ¡El… el, yo luché mucho tiempo por él! ¡Sabía que si lo dejaba haría una locura!
—¡NO! ¡TE CALLAS! ¡YA, CÁLLATE! TÚ ME ESCUCHAS A MÍ— me sacó de quicio. —TU ERES UNA NIÑITA CAPRICHOSA Y CONCENTIDA ACOSTUMBRADA A IR POR EL MUNDO PISOTEANDO GENTE, MANIPULANDOLA Y HACIENDO LO QUE QUIERES CON ELLA, ¡Y NO ES ASÍ! ¡NO SOMOS TUS JUGUETES, MIKASA! Y YO, NO SOY DESCARTABLE, ¿ME ENTIENDES?
Seguía llorando sin remedio cuando yo le hablaba.
—Se acabó, aquí se termina todo. Fin del contrato, fin de la relación profesional, fin de las burlas y las torturas, fin de la amistad y la enemistad, fin de las relaciones, fin del sexo, ¡FIN DE TODO! ¿Escuchaste? ¡TODO! ¡ME TIENES HARTO!
Di media vuelta y me fui hecho una furia de ese condenado lugar, para legar a mi departamento tan rápido como pude e irme a dormir (o a intentarlo).
Yo, aquí, planté bandera.
A primera hora del día siguiente, llamé a Erwin para iniciar de inmediato el trámite de anulación del contrato, por el que tuve que pegar bastante. Ese día, cuatro años, nueve meses y once días después de haber conocido a Mikasa Ackerman, me desprendí completamente de ella, proponiéndome que fuera para siempre.
Y tan sólo veinticuatro horas después, ya tenía la casilla de correo, la cuenta de Twitter, y la memoria del celular abarrotados de mensajes de Mikasa, que no me molesté en abrir siquiera.
Empecé mi "nueva vida" buscando algo nuevo que hacer, diferente al modelaje. Con ayuda de internet todo se facilitó. Nunca fui bueno en nada, pero encontré algo en lo que por lo menos podía decir que era bueno; cualquiera de las babosas que me seguían habría muerto tan solo con enterarse de mi nueva profesión: empleado en un video club de compra y alquiler de películas. Después de todo, alguna ventaja le podía sacar a pasar tantas noches desvelado.
Pasaron cinco días, mi mensajería seguía al tope con mensajes de Mikasa (y otros tantos de seguidores que no podía creer que me haya retirado del modelaje). Aburrido, un día, leí uno, que al contrario de mis expectativas, me removió un poco la conciencia:
"Levi: no te equivocas y no tengo perdón.
Pero debes saber que no mentí cuanto te repetí veintitrés
veces eso que dije toda la semana que estuvimos juntos.
Te amo.
Mikasa."
¿Las había contado? Me pareció igualmente exagerado. Abrí otro mensaje para comprobar que fueran copias masivas, pero más a mi sorpresa, no lo eran:
"Levi: jugué tanto tiempo con la gente que no me di cuenta de lo frágil que eras.
Debí haberte cuidado sabiéndolo.
Debí comportarme de otra forma mucho antes.
Lo que más me enamoró de ti no era tu apariencia envidiable, sino tu fragilidad.
Eres como una figura de porcelana que hay que tratar con cuidado y amor,
sobre todo amor, y yo te traté como a un muñeco de goma.
Soy un asco.
Sin importar lo que estés haciendo, ten presente que te amo.
Mikasa."
Me picaron un poco los ojos mientras leía. Sabía que no debía abrir ninguno, lo sabía. Esto era lo que provocaban. Pero mi genio pudo más conmigo y abrí un tercero, ya de un día diferente:
"Levi: escuché que conseguiste trabajo, felicidades.
No creo que tengas más talentos que yo porque somos básicamente iguales,
pero la diferencia es que tú eres una persona y yo soy un monstruo, así que con seguridad,
siempre tendrás oportunidades en la vida.
Te amo, lo haré siempre.
Mikasa"
Lo siguiente fue abrir uno por uno los mensajes acumulados de toda la semana; había miles de ellos, no los leía pero notaba que ninguno era igual que el anterior; los escribió todos uno por uno, y siempre los firmaba igual. Una maraña de emociones se me atragantaron impidiéndome respirar, así que tuve que cerrar la máquina e irme a dormir luego de haberme bajado un par de cervezas.
Una de las tardes que atendía en el mostrador del videoclub (que he de aclarar que se encuentra en un segundo piso), uno de mis colegas se me acercó y me dijo:
—Oye nuevo, hay una chica afuera gritando tu nombre.
Me dieron unas palpitaciones al oírlo pero me asomé a la ventaba para verla y allí estaba.
Mikasa me gritaba desde abajo con ganas, decía mi nombre, pedía perdón, y me decía que me amaba, una y otra vez. La gente que pasaba cerca de ella la miraba como a una loca. Sin duda estaba pasando por una completa vergüenza, pero yo simplemente no quería saber nada, y volví a trabajar sin más.
Cuando iban dos semanas y media de la recesión del contrato, ya notaba como las ojeras y el sueño me ganaban en todas las actividades del día; estaba de muy mal humor. Erwin ya no tenía nada que hacer conmigo, pero siguió llamándome invitándome a salir con él y sus amigos, para "despejarme" la cabeza, pero rechacé como un completo gruñón todas las ofertas.
El sábado de la tercer semana que volvía de trabajar, bajé en el estacionamiento y fui directo al ascensor, para encontrarme con Mikasa esperándome justo en la puerta. Mi cara se descompuso, me vio, y empezó a caminar hacia mí con desesperación. No le di tiempo a acercarse cuando di media vuelta y me dirigí a las escaleras; no recuerdo nunca haber subido escaleras tan rápido como esa vez, pero ella me seguía muy de cerca y se me iban las fuerzas con solo pensar en que ella estaba ahí, tan próxima y tan desesperada por verme, como yo.
Me gritó para que me detuviera una y otras vez mientras yo seguía corriendo, y me encerré en mi departamento escapando de sus garras por los pelos. Me apoyé en la puerta cerrada escuchando los golpes de sus puños a mi espalda, y su llanto.
Qué masoquista era. De alguna forma sin explicación, su llanto era un bálsamo sanador, y un veneno mortal al mismo tiempo para mí. Me sentí infinitamente miserable, y poderoso.
A la mañana del día siguiente intenté abrir la puerta pero sentí un peso sobre ella, así que la cerré como un relámpago de nuevo. Por difícil que fuera creérmelo, Mikasa seguía ahí, esperando a que saliera. Marqué el número de seguridad y a los pocos minutos oí sus gritos encolerizados mientras era arrastrada por el guardia.
Días más tarde, aburrido en el trabajo y sin clientes un colega puso la radio que sonó con hits nuevos toda la tarde. En uno de los bloques en que volvieron a estudios y el relator empezó a hablar, con música triste de fondo leyó mensajes de los oyentes que les dedicaban a sus conocidos, y entre todos esos, el sujeto resaltó el de la conocida supermodelo Mikasa Ackerman.
"Levi: si ya te has cansado de leerme, intentaré que me escuches. Sonará como a acosadora pero por ver tus preciosos ojos y tu jodida cara de mala leche una vez más daría la vida. No es broma, ni estoy exagerando. Tan seguro como la ley de conservación de la materia que mi amor por ti no cambiará por muy harto que estés ya. No soy muy de la poesía, pero espero no haber sonado muy tonta. Perdóname mi amor."
Quizá de haber visto al relator de la radio, habría advertido que más que avergonzado de haber leído eso, estaba muy conmovido.
Yo en cambio, estaba bien cabreado. Ahora que había dicho en público todo eso, mis mensajes en la redes sociales de duplicarían tratándome como un descorazonado.
Nota: dicho y hecho. Lo comprobé al volver a casa.
Empezaba el segundo mes, en que tuve un tiempo sin apariciones del tercer tipo o del tipo Mikasa en modo acosadora. Desayunando cereal frente al televisor, un periodista mal llamado "del espectáculo" (yo preferiría decirles, "especialistas en cotilleo sin vida propia"), anunció para todo el retiro oficial de la joven Mikasa de la publicidad y las cámaras.
La repercusión fue bastante, incluso más que la que yo causé. Nadie especificaba los motivos, pero los que estuvieron al tanto del "culebrón" que empezó con el mensaje en radio, ya sabían el porqué.
Me tranquilizó un poco saber que ya no vería su cara penetrarme el alma como un puñal en ningún otro lugar, pero me preocupó otro poco pensar en que sería de ella ahora. Como ya había admitido, casi no tenía talentos para otra cosa. Pero concluí en que ese ya no era mi asunto.
A fin de año llegó entonces mi cumpleaños, y no relataré mucho de lo que pasó porque no hubo mucho para contar. Estuve solo todo el día como siempre, no recibí llamadas ni salí en ningún momento, pero lo importante a mencionar es lo que pasó en la noche.
Cuando salí al balcón a tomar mi cerveza y mirar las pocas estrellas citadinas distinguibles, las luces de las ventanas del edificio de enfrente empezaron a comportarse raro, prendiéndose y apagándose. Al rato en que alcanzaron una mediana sincronización, un mensaje en letras móviles apareció y fue cambiando para comunicarme una frase:
LEVI:
CUANDO TE DESPIERTES TODOS LOS DÍAS,
RECUERDA QUE YO TE HE AMADO DE VERDAD.
FELIZ CUMPLEAÑOS MI AMOR.
Ya no sabía cómo reaccionar ante eso, pero de todas formas la situación no demandaba una respuesta, así que me fui a dormir pensando que ya era un año más viejo que el día anterior, y pensando en si quería recordar a Mikasa cuando abriera los ojos al otro día.
La segunda semana del tercer mes post Mikasa, accedí de una vez por todas salir con Erwin y sus amigos a un bar, donde me propuse encontrar una chica, a la que tal vez llevar a casa.
No me costó mucho, como era de esperar. Hubo una veintitrés que me tiraron miraditas, de las cuales solo se me acercaron ocho a hablar, y de las cuales sólo le dirigí la palabra a tres, para decantar en solo una a la que no terminé mandando a volar.
Me dijo que era bastante retorcido, con una mezcla de ironía y burla, pero mucha sinceridad. Parecía una buena mujer. Fumaba para mi pesar, pero sonreía no muy exageradamente y no me tratara como si yo fuera una eminencia o una estrella pop. Decía lo justo, no hablaba por hablar, no hacía chistes pero sus comentarios sarcásticos sobre la gente me daban gracia. Podría decir también que era atractiva, pero, una vez más, me encontraba comparándola con la belleza divina y celestial de Mikasa, y sabía que cualquiera que haya probado la champaña alguna vez, ya no volvería a ver la cerveza del mismo modo, le siguiera gustando o no.
No quiso venir conmigo por no sé qué excusa, pero conseguí su número.
Días más tarde cuando pensé que ya había pasado tiempo suficiente como para volver a hablar, la llamé, me atendió, le recordé quien era, y una vez que lo supo, su tono cambió. Se escuchaba dubitativa y temerosa. Me contó que "la chica de la publicidad" como ella la denominaba, no había sido precisamente amable con ella cuando se la encontró por no casualidad, y le habló sobre mí. Para finalizar, me dijo que yo no le interesaba tanto (fue un poco directa, eso me dolió), pero que desde que escuchó hablar a la chica de la publicidad sobre nuestra antigua relación, en verdad no quería tener nada que ver conmigo, ni mucho menos arriesgar el cuello por un polvo. Y cortó, así sin más.
El resto del día me divertí rompiendo y volteando cada cosa que tuve a la mano en mi departamento.
Iban dos meses y veinte días desde que anulé el contrato laboral como modelo, cuando un día, tarde, durante mi jornada nocturna laboral, recibí un curioso llamado de un nombre conocido, más no muy amigable.
—¿Levi? ¿Eres tú verdad? Perdona, Erwin me dio tu número, yo le insistí, no te la tomes con él— empezó hablando la madre de Mikasa.
Suspiré, muy cansado.
—¿Qué pasa señora? Estoy trabajando.
—Lo siento, lo siento mucho pero necesitaba hablar contigo con urgencia, es Mikasa.
—No sé por qué pero lo suponía— dije con sarcasmo.
—Levi, te lo suplico. Necesito que hables con ella. Se encerró en su habitación hace cinco días, no come, no sale a hacer nada, ni si quiera sé si tiene agua ahí, no me contesta cuando le hablo, ya no sé qué hacer.
—¿Y por qué cree que yo podría hacer algo? ¿Yo que tengo que ver?
—No te hagas el desentendido, ¡por favor querido! ¡Estoy tan consciente como tú de las cosas que ha estado haciendo ella estos últimos tres meses!
—¡ESO NO ES MI PROBLEMA! ¡ENTRE OTRAS COSAS, USTED HA CRIADO A SU HIJA HACIÉNDOLA CREER QUE PUEDE HACER LO QUE QUIERE CON QUIEN QUIERE Y CUANDO QUIERE! ¡LA ESTA MANIPULANDO PARA QUE ME MANIPULE A MI! ¡DESPIERTE! ¡NO QUIERO SABER ABSOLUTAMENTE NADA CON ESTO PORQUE YA LE DEJE CLARO QUE ME TIENE HARTO!
Le corté con decisión; todos mis compañeros me miraban, y con expresión amenazadora los hice volver a lo suyo.
No pude dormir en dos días penando en ese llamado. No podía engañarme, estaba muy preocupado.
Mikasa era ese tipo de chicas que no dudarían en recurrir a la tentativa de suicidio para sacarle algo a alguien; pero sabía que había cambiado, y no era una excusa.
Las veinticuatro horas del día sólo podía pensar en cuanto tiempo podría aguantar encerrada sin comida, aunque eso era lo de menos, ¿y el agua? ¿Sería tan idiota como para suicidarse con tal de que yo fuera a ella?
Luego pensé en el tiempo que haría falta para que los incompetentes de sus padres llamaran a los bomberos o alguien que fuera capaz de tirar su puerta abajo y sacarla a la fuerza.
Los días que empezaba a amanecer sin que yo pudiera pegar un ojo aún, llegaba al extremo de pensar en las horas que harían falta para que llegara a mí el mensaje de su defunción. No podía respirar de solo imaginarlo. Nadie cercano me avisaría por motivos obvios, creerían que en verdad me convertí en un monstruo desalmado que le da igual la vida de una pobre chica. ¿Me enteraría mirando televisión? Pasaba horas de insomnio esperando saber algo, pero todo era inútil, ni en las redes sociales pasaba nada. En la farándula no hay tutía: uno se baja de ella, y al mes siguiente ya no existes y nadie te recuerda.
Tanto yo como Mikasa éramos fantasmas del pasado, que una vez apagados los reflectores que nos iluminaban, ya a todos les daba igual lo que fuera de nuestras vidas, hasta que alguno ocasionalmente recordara nuestros nombres y nos pusiera en esos carteles de "Se busca" de broma mofándose de nuestro nuevo anonimato.
Me estaba volviendo loco carcomiéndome la cabeza con pensamientos negativos, amargos y alarmantes, odiando a todo el mundo cada minuto un poco más. Si no hacía algo, tal vez yo moriría como Mikasa, pero contrario a ella, sería encontrado un mes después comido por las cucarachas.
Ya, definitivamente me trastocaría si no hacía nada. Me quité las cinco sábanas de encima y con el mismo pijama que llevaba puesto desde hacía días, fue hasta e teléfono dispuesto a hacer llamadas: Erwin primero, y luego la ley y el registro civil.
Al día siguiente me enteré a primera hora de la mañana gracias a los noticieros buitres amarillistas y busca-tragedias, sobra le fuga/desaparición de la joven señorita esfumada hace tiempo de las cámaras: Mikasa Ackerman.
Me atraganté con el cereal y corría buscar mi celular y el registro de llamadas donde encontrar a su madre, que no quiso atenderme, o no escuchó su teléfono sonar.
Busqué uno por no entre mis contactos a alguien que al menos de lejos, tuviera alguna conexión con ella, y me arrojara una soga de la cual aferrarme para no hundirme en la angustia.
Ahora más que nunca me sentía como un idiota miserable por haberla dejado, y por negarme a hablarle. Sí, se lo merecía, pero no hasta este extremo. Tuve muchas oportunidades de dejar de comportarme como un adolescente resentido y hablar con ella para evitar una fatalidad, y me negué a cada una calificadamente.
Erwin llegó al mediodía hecho un tornado, transpirado y nervioso, con noticias que me dieron un poco de aire que respirar: Mikasa se había fugado, la denuncia a la policía ya estaba hecha, tuvieron un contacto de su celular hacía pocas horas y ya la estaban buscando.
No hacía falta aclarar que yo asusté más a Erwin con mi cara, que la noticia en sí: le shockeó verme tan macilento, demacrado, pálido, con ojeras y varios kilos menos.
Otra vez volví a caer en la cuenta de lo mal que había estado esos meses.
Erwin en verdad se comportó como un buen amigo, y se quedó conmigo hasta que hubiera noticias, asegurándose de que yo comiera y durmiera. Él siempre lo había sido, pero en mi hipocresía lo había tratado igual o peor que a Mikasa aunque él nada tuviera que ver.
Al día siguiente, a eso de las tres de la madrugada, yo dormía, y él me despertó.
—Levi… Levi oye, ¿me escuchas?
Estaba tan aturdido por la mezcla de sueño y nervios que no lo escuchaba bien, así que tuvo que hablar claro.
—¿Qué…? ¿Qué pasa?
—Encontraron a Mikasa.
Me enderecé del sofá de un solo rebote.
—¡¿Dónde?! —pregunté tan de golpe que he dolió la cabeza.
—Está bien, ya está segura. Está en casa de una tía, al parecer no quiso volver a su casa.
Me lo quedé mirando un segundo antes de levantarme embalado dispuesto a irme.
—¿Dónde está? ¿Sabes la dirección? ¿Sabes de alguien que la tenga?
Erwin me frenó sujetándome firmemente de los hombros y me sentó a la fuerza de nuevo en el sofá.
—Tú no te mueves de aquí, ¿no viste la hora que es? Te vas a quedar ahí durmiendo como un niño bueno, y mañana cuando te hayas despertado, ya habré conseguido la dirección e iremos a verla, ¿te parece?
Mi cara no le mostraba conformidad, pero pese a mis ganas de salir volando hacia ella, me tumbé con todo el pesar del mundo sintiendo la sangre latirme en las sienes y los ojos chillar del dolor.
De igual modo, por más cansado que estuviera, no pude dormir bien esa noche.
Al día siguiente, contrario a los planes de Erwin, manifesté mi arrepentimiento: le dije que no quería ir. Lo desconcerté, es verdad, pero no hizo falta que insistiera en quedarme. Me dejó la dirección anotada en papel, por si cambiaba de opinión, me dijo que me cuidara y se fue.
Tres días después, me levanté habiéndome recuperado notoriamente. Seguía luciendo un poco flaco y demacrado, pero otra vez tenía color, la cabeza no me dolía y podía hablar con normalidad sin carraspear. Mi humor también había mejorado.
Almorcé y me vestí con paciencia, buscando lo mejor de entre lo peor que tenía, que era básicamente toda mi ropa: escasa y de segunda mano, pero cómoda, lo que contaba.
Tomé la dirección y me encaminé tranquilamente con mi auto hasta estacionar en la vereda de una pintoresca casa de barrio modesto pero cuidado. Toqué el timbre y una señora salió a recibirme. Dudó un momento en dejarme pasar cuando le expliqué con lujo de detalles quien era; se presentó como la tía de Mikasa, la cual tampoco estaba exenta del problema por el que su sobrina pasaba.
Cuando me dio un poco de espacio, entré solo a una habitación casi enteramente blanca. Se sentía como el cielo ahí: silencioso, iluminado y con cada cosa que tuvieras a la vista del color de las nubes. En la cama del centro, próxima a las ventanas, dormía algo que me pareció un ángel a primera vista.
Mikasa descansaba tan tranquilamente como si llevara durmiendo toda la vida en esa profunda paz. Estaba de costado, casi en posición fetal pero con las manos hechas ovillos bajo una de sus mejillas. Su cuerpo subía y bajaba con lentitud. Miré sus tupidas pestañas que embellecían esos ojos cerrados, los carnosos labios inmóviles, y su cabello negro y brillante como las plumas de un cuervo ahora un poco más largo que cuando la conocí.
Vestía algo como un vestido pijama blanco con muchos bordados y detalles, parecía una verdadera muñequita. Estaba bien, recuperada, sana, viva, ahí frente a mí.
Era hermosa, era perfecta. Era solo mía. Era totalmente para mí.
Acerqué mi mano a su cara con cuidado pero no llegué a tocarla antes de que abriera los ojos de golpe, mirándome fijo.
Con un gritito se incorporó asustada y se retrajo sobre la cama, aparentemente intentando huir de mí. No debería juzgarla ahora.
—Shhh, tranquila— le susurré—. Estoy aquí, soy yo.
—Levi…
Llevó sus dos manos al pecho con timidez, y se sonrojo un poco. Tal vez se percató de que la estaba viendo en pijama cuando apenas se despertaba.
—Que susto del demonio me diste— traté de hablarle con dulzura.
Se mordió el labio, sin saber que decir.
—Perd… —le tapé la boca con la mano antes de que lo dijera. Negué con la cabeza.
—Perdóname tú a mí.
Retiré mi mano otra vez con cuidado.
Se miró las manos buscando algo que decir, pero se notaba que no le salía nada. Parecía muy avergonzada y nerviosa delante de mí, así que traté de facilitarle las cosas.
Sencillamente el lado dulce y tierno de Mikasa nunca antes se había mostrado ante nadie. Definitivamente la mujer que tenía frente a mí no era la misma ni mucho menos.
Yo me enamoré de una reina del hielo, despreciable, malcriada y egocentrista.
Y me volvía enamorar de la misma mujer que desquebrajó mi corazón en pedazos mirándome con esos ojos llenos de perdón, de arrepentimiento y de amor.
Ahora pienso que en su delicado estado debí ser más considerado, pero en ese momento me importó un carajo y me encimé sobre ella para devorarla en un beso que no conté los minutos que duró, pero fueron muchos, muchos en verdad…
Cuando consulté la hora previniendo que ya era tarde, con todo el pesar del mundo aparté a Mikasa de encima de mí y le pedí que se vistiera con ropa decente; no necesariamente bonita, pero decente.
Me disculpé con su tía y Mikasa le agradeció de una forma tan amable y educada que no pude reprimirme de preguntar si le habían hecho algún tipo de hipnosis para calmarla, y eso la hizo reír. Un chiste así de malo la hizo reír. Me sentí un patético idiota derritiéndome al escuchar su risa. La subí a mi auto y tiró su bolso de ropa atrás. Conduje hasta la puerta de un edificio en el que nunca había estado en persona, pero que Erwin me ayudó a reconocer parándose en la puerta a esperarme, él y una mujer de la que yo solo sabía el nombre.
Mikasa estaba confundida, pero saludó cortésmente y ambos le dieron sus ánimos por el mal rato que hubo pasado estos días.
Entramos y esperamos en una sala de pie a que nos atendieran, y ella no pudo más y tuvo que preguntar.
—¿Dónde estamos?
—En el registro civil, tengo… tenemos turno en diez o quince minutos más o menos.
—¿Para qué?
—Señor Levi, señora Mikasa. ¿Cómo están? Soy el Juez Zaklay. Es un placer conocerlos. ¿Ya estamos todos listos? —nos preguntó a los cuatro ahí presentes.
—Sí señor— respondí.
—¿No va a venir nadie más?
—No señor. Sólo nosotros.
—De acuerdo, pueden pasar.
Nos hicieron entrar a una sala más bien pequeña y colocarnos frente a una mesa con enormes libros, a donde la Juez se colocó detrás mirándonos.
—Señoras y señores: nos hemos reunido hoy aquí para la celebración de un acto jurídico, y por lo tanto muy serio, como es el contrato matrimonial del Sr. Levi Munsell y la Sra. Mikasa Ackerman. Sed todos bienvenidos (por muy pocos que sean)— empezó a hablar.
A Mikasa le entró un ataque de nervios.
—¿Matrimonial dijo? ¿De qué está hablando Levi?
—Pues de eso. Es una boda, nuestra boda— le sonreí muy tranquilo y sincero.
—¿Cómo?
—Hablaremos más tarde, deja al juez continuar.
—Sí, como decía.
El hombre empezó a leer los artículos protocolares del código civil en lo que Mikasa no dejaba sus manos quietas pero tampoco se atrevía a hablar en su defensa.
—Por consiguiente— declaró el juez—, Señor Levi, ¿consientes en este humilde y formal acto, contraer matrimonio con la Señora Mikasa, desde hoy y en lo que queda de sus días?
—Sí, desde luego— dije.
—Señora Mikasa, ¿consientes en este humilde y formal acto, contraer matrimonio con el Señor Levi, desde hoy y en lo que queda de sus días?
Mikasa abrió la boca descolocada de una forma que parecía ahogarse con su propio aire, vaciló un momento, me miró intrigada y volvió su vista al juez, que esperaba.
Asintió con la cabeza.
—Sí, sí. ¡Sí quiero! —declaró mientras sus labios buscaban un sonrisa torcida y nerviosa.
Entonces metí mi mano en el bolsillo interno de mi saco, y saqué una pequeña bolsita de seda atada con un listón, de donde extraje dos alianzas sencillas y ordinarias de "no me preguntes qué material", y le tomé la mano para colocarle una de ellas en su dedo anular.
Con la otra en sus temblorosas manos, ella se aferró a la mía clavándome sin querer la uñas y tras batallar un poco, logró encestar la argolla en mi dedo anular.
Luego el juez nos indicó dos lugares diferentes en los enormes libros donde cada uno debía firmar, y nos pasó un bolígrafo. Para mí fue pan comido, pero para Mikasa fue un desafío aún mayor que colocar una sortija con las manos más temblorosas que en un ataque de epilepsia.
Después de eso, les pasó el bolígrafo a quienes serían los testigos de la ceremonia: Erwin y su hermana Hanji.
El juez cerró los libros y nos vio con las manos puestas sobre ellos.
—Así pues, y visto vuestro consentimiento, y en virtud de las facultades que legalmente me han sido otorgadas, os declaro desde este momento: marido y mujer.
Esbocé una sonrisa exagerada pero sincera, y mire a Mikasa a los ojos, notando como las lágrimas se le escapaban en su aún desconcertado rostro.
La tomé por la cintura y la alcé para darle el beso que necesitaba darle para desahogarme, y tranquilizar su llanto como pude. Que por cierto no funcionó, ya que solo la hice llorar aún con más intensidad.
Aún luego de despedirnos en la puerta, los muy cabrones se sacaron las ganas de rociarnos con arroz que sacaron de una caja, deduje, recién comprada, y riendo, nos desearon suerte y nos separamos.
Comenzó a principio de año, de hace cinco años.
Yo me dedicaba a modelar porque era de las pocas cosas que podía o sabía hacer, y tuve la desgracia de conocer a mi nueva permanente compañera de trabajo: Mikasa Ackerman, a la que odié con todo mi ser, intenté asesinar, con la que follé, la que soporté, de la que me enamoré, la que me engañó, estuvo tres largos meses persiguiéndome y pidiéndome disculpas, la que casi se mata por mí, de la que me volví a enamorar, y con la que me casé cinco años después.
Delante de las cámaras ella y yo somos los reyes del hielo. Detrás, todo arde con intensidad durante nuestras peleas.
Delante de las cámaras el mundo vio muchas cosas. No sé cuántas habrán sido correctas y cuantas no. Pero detrás, ningún científico, astrólogo, sabio o intelectual, sería capaz de explicar en palabras nuestra desmedida pasión.
Mikasa y yo vivimos en mí (nuestro) departamento. Hacemos las compras, limpiamos, cocinamos, miramos tele y vivimos cada día juntos.
Hacemos el amor todos los días, con riesgo de asegurar que muchas veces no pasan de doce horas entre cada vez que uno de los dos lo necesita y demanda.
Casi no tenemos amigos, y nuestras familias son pequeñas y les damos la misma importancia que ellos a nosotros: nula; así que nuestros días suelen ser en mutua soledad. Pero personalmente yo no necesito mucho más que el aire, el agua, y a mi Mikasa cada momento de mi vida. No sé qué pensará ella, tal vez un día se lo pregunte mientras la haga mía sobre la cama o cualquier otro mueble.
Mikasa es extremadamente celosa y posesiva conmigo (al punto de joder de vez en cuando). Una vez trajo una chica que recién conocía a casa, con la que intentaba entablar una amistad. Yo pasé de sus actividades femeninas y me puse a ver un partido; al rato, escuché a Mikasa entrar al baño apurada. Pasó ahí un buen rato, pero nunca me preocupa mucho lo que una mujer haga en el baño tanto tiempo, ni me interesa saberlo; la cuestión es que su amiguita se me apareció por detrás, tocándome los hombros desnudos y rodeándome para parase frente a mí pavoneando sus caderas, y cuando se me encimó muy decidida a besarme, la frené y aparté de un empujón advirtiéndole que ni se le ocurra. Pareció entender, y se fue sin que la obligara, pero me prometió que "no se iba a quedar ahí". En la noche se lo conté a Mikasa cuando la chica se fue, creí que sería lo mejor usar la sinceridad con ella. ¿Y qué pasó? Nos tragamos un mes de juicio porque la fue a buscar a la casa y la desfiguró a golpes.
Ah, tampoco dejaba que las mujeres se me acercaran ni me hablaran, casi nunca, a menos que fuera una cajera, una recepcionista o la chica de atrás del vidrio en el banco.
Tema aparte: ya ninguno trabaja en el modelaje. Mikasa empezó a estudiar medicina, y yo ingeniería (nota: todo el mundo se cagó de risa cuando lo anuncie, y ahí empezaron las apuestas sobre el tiempo que durarían antes de rendirme). Fuera de eso, trabajo en publicidad. Con mi historial no necesitaron mucho más para aceptarme. Resulta que por muy vomitiva que me parezca la propaganda en general, conozco bien lo que le llama la atención a la gente. Mikasa empezó como aprendiz en un salón de belleza, y va progresando de a poco. Al contrario de mí, a ella le gusta lo que eligió.
A propósito: no nos cuidamos. No es como que me desespere tener un hijo, pero si así fuera, no me parecería el fin del mundo. Si se da, que se dé.
Y así fue como mi vida cambió completamente (no cambió tanto) en cinco años, pero ahora estoy casado con una total y completa perra, un ángel hecho de dulzura, una mujer muy extraña, mi hermosa y amada Mikasa.
FIN
