Cap. II El cariño sí es una ventaja

El equilibrio me abandonó un segundo y caí sobre mi ya dolorida espalda. Opté por quedarme así hasta que no me quedase más remedio que bajar a desayunar con esa familia aunque, en su mayoría, me era ya conocida. Pero yo, acostumbrado a alimentarme solo o, en contadas ocasiones, con mi compañero, no me sentía libre de presiones bajo sus miradas.

Sherlock, que no descansaba ya en mis piernas sino en el marco de la puerta, cerró ésta con llave bajo mi desentendimiento y volvió oscilante para dejarse caer de nuevo a pocos centímetros de mí, cerrando sus azules ojos.

— Sherlock...

— Qué —contestó cortante.

— Nada... Mi amigo se dio media vuelta y acabó de espaldas a mí. Suspiré y me acomodé tras él para dormir un poco más. De repente, su mano tentó la mía y tiró de ella bruscamente hasta quedar rodeando su cintura. Se aferraba a mi mano, y yo sólo me limité a quedarme a su lado. Ya empezaba a dormirme de nuevo en esa postura cóncava y el brazo libre a modo de almohada cuando sentí cómo se giraba hacia mí. No abrí los ojos, ni siquiera lo intenté, sólo quería dormir un poco más.

— John... —quizás merecía una lección por su falta de tacto algunas veces. — John...

— ¿Qué quieres, Sherlock? —susurré. Mi mano estaba en su cadera y podía sentirle más cerca que nunca antes. Y me besó, me atrapó.

Abrí los ojos en reacción, pero no me separé ni un milímetro. Se veía tan hermoso que volví a cerrarlos, alcanzándolo de nuevo cuando el espacio buscaba sitio entre ambos. Sonrió o estaba siendo objeto de burla de mis sentidos, porque mis ojos guardaban el momento tras los párpados cerrados.

Comenzó entonces una lucha de besos y mordidas. Lucha que pasó a las manos sobre mis hombros y mi amigo sobre mí. Me miró. Tantas veces vi sus ojos y todas diferentes. Ese rostro extasiado sobre mí, tan conocido y desconocido al mismo tiempo. Una incógnita con cuerpo de pecado. No me importó lo más mínimo cuando volvió a besarme y crucé mis brazos en su espalda.

Aunque algo había en mi cabeza que me impedía estar al máximo.

— Sherlock, no podemos...

— John, lo necesito —casi me suplicó, lo que no facilitaba mi respuesta.

— Aquí no, Sherlock. No es el momento ni el lugar. Mi amigo o más que amigo cerró los ojos y suspiró.

— De acuerdo. Pero déjame al menos disfrutar un poco —dijo tumbándose sobre mi pecho. Yo, por supuesto, no tenía nada en contra de esa idea. Al contrario, lo abracé contra mí recordando esa misma noche, intentando protegerle bajo mi piel.

Pero pocas cosas son eternas y esa situación no lo fue.

— Vamos, John. Hay que bajar a desayunar —exclamó pesadamente levantándose y comenzando a vestirse. Yo no tenía ningunas ganas de bajar, mas si Sherlock hacía el esfuerzo de ir a desayunar con ellos, algo me decía que no me dejarían quedarme arriba. Comencé, pues, a vestirme en consecuencia.

Bajé tras él cuando estuvo listo, siguiendo sus pasos a poca distancia. El desayuno fue tranquilo; nadie habló ni pestañeó más de la cuenta. Más que tranquilo fue tétrico. Cuando todo el mundo hubo acabado comenzó la ronda de preguntas.

— ¿Os quedaréis a almorzar? —preguntó la señora a, supuse, ambos hermanos. Sherlock se adelantó en la respuesta.

— Tenemos trabajo. No sería ético dejar Londres sin protección —a lo que su madre asintió orgullosa.

— ¿Y vosotros? —se dirigió ahora a Mycroft y a Lestrade. — ¿Tenéis tanta prisa por abandonar la ciudad como estos caballeros? —se victimizó.

Al verse desprovisto de refuerzos, Mycroft no tuvo más opción. — Nos quedaremos a almorzar —guardó las formas y Lestrade con él. Pero no cruzó ni una mirada a nuestra zona de la mesa. La disputa que mantenían en silencio era palpable, al menos para mí.

— Madre, si nos disculpas, iremos dando un paseo hasta el cementerio —dijo Sherlock levantándose de la mesa mientras pedía permiso. Qué situación tan extraña a mi persona. La mujer asintió nuevamente y me levanté sin hacer ruido. Un paseo me vendría bien para despejar las ideas.

Como siempre que no sabía adónde nos dirigíamos, seguí sus pasos, que acabaron llevándome por un sendero en medio de la nada.

— ¿Ahora me veo más humano? —preguntó al aire.

— Tú siempre me has parecido humano —respondí a ese mismo aire. Se giró y paró en seco la marcha, haciéndome chocar inevitablemente con él.

— ¿No piensas que soy una máquina sin corazón? Di la verdad —inquirió.

— Yo..., siento haberte dicho eso —Sherlock se dio la vuelta como un animal herido.

— Olvídalo —y siguió caminando. Nada me dolía más que ver a mi amigo con esa actitud y que yo hubiese tenido algo que ver.

Seguí caminando hasta una colina alejada, presidida por un árbol legendario con carácter encubridor. Sherlock se apoyó en él y sacó un cigarrillo.

— Maldición. He olvidado el mechero —bramó, tanteando los bolsillos de su traje. Yo, más por viejo vicio que por otro motivo, recordé el que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta y, como era lógico, se lo ofrecí. Él me miró extrañado, pero dejó que se lo encendiera de buen grado.

Le acompañé descansando la espalda en el tronco.

— Eres libre de marcharte —susurró a la nada tras una bocanada de humo.

— También soy libre de quedarme —sentencié. Su respuesta fue una sonrisa de medio lado. — Pero te aceptaría una calada —sonreí, alargando la mano. No me hizo falta. Tomé esa calada, sí, pero de sus labios. Deliciosa.

— Vamos, John. El funeral no esperará por nosotros —decía mi compañero con el camino ya empezado, bajando la colina en la que ya casi había olvidado que estábamos. Seguí sus pasos de nuevo, dejando ese beso guardado para pensar en él más tarde.

Una vez en el cementerio, dimos a parar a una tumba vacía cavada en el suelo, presidida por una lápida de piedra labrada con un apellido más que familiar: Holmes. Un escalofrío me dejó helado, pero no hubo tiempo de contemplación alguna, pues las puertas del lugar se abrieron estruendosas, dejando paso tanto al coche fúnebre como al resto de visitantes.

Sherlock se apoyó en mí como el día anterior en su casa y pronto nos vimos rodeados de los mismos extraños, salvo por Lestrade, que venía acompañando a Mycroft y a la madre de éste.

Un pastor comenzó a recitar unos versículos cuando el ataúd cerrado era ya objeto de nuestro pensamiento. Cuando hubo acabado, Mycroft se separó del grupo para decir unas palabras a su lado.

— Hoy yacerá bajo esta tierra un hombre bueno...

Sherlock llevaba un diálogo interno al paso que, en ocasiones, no era tan interno. Suponía que alguna disputa o algo más habría en ello.

Todo terminó como era de esperar. Toda persona que así lo considerase lanzó un puñado de tierra al ataúd antes de dar el adiós definitivo. La familia Holmes fue la primera y yo entre ellos.

Aprovechando el tumulto Sherlock decidió marcharse sin despedirse, llevándome a mí a su paso como su otro yo. Nadie pareció darse cuenta o eso me pareció. Tampoco pensarían retenerle contra su voluntad, supuse.

Con toda seguridad, la mansión Holmes estaría dotada de servicio, pero la casualidad hizo que no coincidiera con él. Y entrar por la puerta trasera para recoger las maletas lo hizo menos probable aún.

No hubo palabra alguna en la habitación ni en el taxi, ni siquiera al entrar al vagón. Ni un cruce de miradas, nada. Después de un rato en ese vagón privado pude observarle desde una mejor perspectiva justo enfrente. Sus ojos se veían tristes a través del cristal, debatiéndose entre la nada y su interior. A ello se le unió el cansancio de no haber dormido lo suficiente, que no sólo me estaba afectando a mí. Sus párpados se me antojaban pesados y meditabundos, hasta que el humano descanso se impuso. Su cabeza golpeaba rítmica el cristal, pero él no parecía ser consciente de ello. Yo, en cambio, no podía dejar que se lastimara de tal forma e intermedié la mano a modo de amortiguador. Sus ojos, sus cristalinos ojos, se abrieron de repente para mí y sonrió. Di gracias por tenerlo en mi vida.

o.o.o

Y hasta aquí este relato. Yo lo resumiría con una palabra: EMOTIONS.

Espero que les haya gustado y me lo hagan saber libremente.

Nos vemos en el próximo

Sean felices