Capítulo 2 – Miedo, mi parte irracional
Hermione Granger dobló la esquina de un pasillo que indicaba Sala de Internación Pediátrica y se detuvo frente a la puerta cerrada de una de las habitaciones de la derecha. Tocó suavemente dos veces y sin esperar una respuesta, entró.
-Buenos días... –dijo sonriendo alegremente al niño que estaba sentado en una camilla junto a la ventana, mirando hacia la puerta. Su madre estaba junto a él acomodándole los almohadones en la espalda, y al verla entrar sonrió también.
-Buenos días, doctora Granger. ¿Cómo ha estado?
-Yo muy bien, ¿y ustedes, como pasaron la noche? –inquirió, mirando al niño de soslayo.
-Ya no me duele, doctora. –reparó el pequeño señalando su espalda. –Y pude dormir toda la noche, de corrido.
-Eso es genial, Samuel. –replicó Hermione, mientras la madre del niño asentía. Tomó una planilla del borde de la cama y le dio una hojeada. -¿Tienes ganas de irte ya?
-¿Ya me puedo ir? –inquirió Samuel, con los ojos brillantes de emoción.
-Bueno, no todavía. Pero no falta mucho, ¿sabes? Vamos a hacer un poco de rehabilitación primero. ¿Quieres intentarlo? ¿Crees que puedas comenzar a caminar hoy?
-Vamos hijo, te voy a ayudar a ponerte de pie. –se adelantó la madre del niño destapándolo y ayudándolo a levantarse despacio. Hermione acercó una silla de ruedas y lo ayudó a sentarse en ella, indicando a ambos que salieran y la siguieran hacia la sala de rehabilitación. Allí, una sanadora los recibió alegremente y esperó a que Hermione, su superior, le diera las indicaciones para comenzar con el tratamiento del jovencito.
-Y no le exijas demasiado, Wanda, dale un descanso de media hora para que pueda recomponerse antes de intentarlo de nuevo.
-Entendido, doctora. Bien, ¿estás listo, pichón? –Wanda acercó al niño hacia un andador mientras conversaba con él alegremente. Hermione se dio vuelta y estaba por volver a salir cuando la madre de Samuel le tomó la mano.
-Doctora Granger, quiero agradecerle… por todo lo que hizo por mi niño. –susurró, con los ojos llenos de lágrimas. Hermione asintió, con un nudo en la garganta. –De no ser por usted y el resto del equipo de sanadores que lo atendieron hasta hoy, tal vez no hubiera podido volver a caminar…
-No se preocupe, señora Malkins. No tiene que agradecernos nada, es nuestro trabajo. Me alegra ver que Sam tiene tanto apoyo de su familia. Eso lo ayudará a recomponerse más rápido.
-¡Uy, eso espero! –exclamó la madre, soltando una risita a la vez que se enjugaba las lágrimas. –Si no termina el tratamiento antes del inicio de su primer ciclo en Howgarts, vamos a tener serios problemas para retenerlo en el hospital.
Hermione sonrió y se despidió de ella con un fuerte abrazo. Los progresos de sus pequeños pacientes eran lo que más le gustaba de ser sanadora pediátrica. Mientras caminaba por los pasillos de San Mungo, cavilando en sus pensamientos, metió distraídamente una mano en el bolsillo de su túnica y sacó una barra de chocolate que no recordaba haber dejado ahí. Sin dejar de caminar, examinó la golosina muggle y recordó.
-¿Te gustan los chocolates, Hermione? –le preguntó Pansy Parkinson, sacándola de sus reflexiones. Ella, sin darse cuenta, había estado jugando con la pequeña barra de chocolate que le habían servido junto al café en aquel bar.
-Sí, claro. ¿Por qué?
-Puedes quedarte el mío. Soy alérgica. –y le extendió la golosina. Hermione la miró sorprendida, pero luego de un momento tomó lo que se le ofrecía y sonrío divertida. –Prométeme por favor que, al menos, tendrás en cuenta la petición que te hice. –continuó Pansy, mirándola suplicante.
-Yo… esto… -balbuceó la otra, tratando de imaginar de qué forma les diría a sus compinches lo que Pansy les estaba suplicando. –Está bien. –asintió finalmente, haciendo un gesto afirmativo con la cabeza.
-Bueno, mil gracias. Me tengo que ir ya, tengo muchísimo trabajo. Cuando quieras, ponte en contacto conmigo… ya sabes donde encontrarme.
Y, tomando su bolso y el abrigo que había dejado en el respaldo del asiento, se encaminó a la puerta del bar, que estaba sólo a unos pasos detrás de ella. Estaba por salir cuando cambió de opinión.
-Granger, -llamó, sosteniendo la puerta de vidrio con un pie mientras con una mano sostenía su cartera y con la otra se acomodaba un rizo detrás de la oreja. –Felicitaciones de nuevo. –agregó, señalando su propio dedo anular. Hermione comprendió el gesto y asintió alegremente. Miró una vez más su anillo de compromiso y suspiró, todavía sin poder recomponerse del impacto que aquella charla le había producido.
Así que ahora tenía que encontrar la manera menos abrupta de darles esa extraña noticia a sus amigos. Y en eso estaba, con la cabeza en cualquier parte, cuando un sanador abrió una puerta de golpe junto a ella.
-¡Doctora Granger! –exclamó. Ella había saltado hacia atrás, sorprendida por la brusquedad de su compañero de trabajo, y lo miró con el ceño fruncido. –Qué suerte que la encuentro. Va a ser casi la una, y la familia O'Hara llegó hace cuarenta minutos. Están armando mucho revuelo en el hall central.
-Casi la una… la familia O'Hara… -masculló, mirando la hora en su pequeño reloj pulsera. -¡Merlín, lo había olvidado! –y echó a correr por el pasillo, como alma que lleva el diablo.
Cerca de las cinco de la tarde Hermione recogía sus cosas de la pequeña oficina que le habían asignado (aunque casi no la usaba) para volver a casa. Recogió algunos papeles, objetos extraños relacionados con la medicina mágica, envases vacíos que contenían el almuerzo y una pluma grande de pavo real, y sin tomarse siquiera cinco minutos de más para cambiarse el atuendo de sanadora por uno más adecuado al mundo muggle, se dirigió a la puerta del hospital con prisa. Intentaba no cruzarse con nadie que pudiera retenerla por más tiempo ni darle más trabajo del que ya había tenido durante todo el día. Estaba sumamente cansada y sólo deseaba quitarse los zapatos y beber algo caliente. Cuando salió al frío invernal de la calle londinense, se elevó el cuello de su capa por un momento y respiró el aire de la libertad. Caminó unos pasos, mezclándose entre la gente que caminaba distraída en sus mundos individuales, y sin que nadie lo advirtiera, se desapareció.
Apareció un segundo más tarde a unos pasos de la puerta de la casa de sus padres, donde actualmente vivía. Cruzó la verja del jardín y caminó a grandes zancadas sin detenerse a mirar la maleza que crecía en él, que comenzaba a llenarse de escarcha nocturna. Abrió la puerta de un empujón y se recostó sobre ella del lado de adentro, cerrando los ojos y pensando por fin estoy en casa. Había tenido un día bastante agitado y le urgía sentir la calidez del hogar.
-¿Mamá? ¿Papá? ¡Ya llegué! –gritó, sin abrir los ojos, mientras se quitaba los zapatos y suspiraba de satisfacción.
-¡Estamos arriba, cielo! –le llegó la voz de su madre desde las escaleras. Hermione abrió los ojos y cruzó el amplio comedor. Subió a saludar a sus padres y después de darle un rápido beso a cada uno, entró a su propia habitación y se quitó el atuendo de trabajo que llevaba puesto por uno más cómodo. Con un movimiento de la varita reacomodó todo lo que había desordenado la noche anterior, quedando así la habitación en estado impecable. Luego bajó con la ropa sucia para depositarla en el lavadero, pero antes dejó todo lo que contenían sus bolsillos sobre la mesita de la sala de estar.
Su madre bajó a la cocina mientras ella encendía uno de los hornillos para prepararse un té.
-¿Cómo estuvo tu día, Mione?
-Uff… agotador. El recién nacido con spattergroit nos está dando más problemas de lo que esperábamos. Es increíble que el hermanito no presentara los síntomas y nadie pudiera darse cuenta de que estaba apestado hasta que contagió al bebé.
-¿Y que tal el chico ese que había sido atacado por un "insecto del árbol"?
-¿Insecto del árbol? –repitió la hija distraídamente, mientras untaba una tostada con mantequilla. –Aaaah, sí, atacado por un Bowtruckle. –reparó después, mordisqueando la tostada y sonriendo. –Le dimos el alta esta mañana. Sólo le quedará una pequeña cicatriz a la altura de la nariz. Fue una suerte que le arrancara los ojos con las uñas.
-Vaya… me alegro de que así sea. Bueno, hija, no comas demasiado. Ya estoy preparando la cena. –reprochó la madre al verla untar una segunda tostada aún sin tragar la primera, pero sin cambiar el tono dulce en la voz. – ¿Vendrá Ronald? Tu padre terminó hace unas horas el regalo que les estaba preparando por su compromiso, y quiere dárselos a ambos cuando estén juntos.
-Genial. Claro, en seguida lo llamo. –asintió Hermione, y tomando una pizca de polvos flu, hizo conexión entre su chimenea y la de la Madriguera. Al salir de ella, se quitó el polvo con elegancia de los hombros y saludó a los presentes.
-Hola, George, Bill, Fleur.
Los hermanos contestaron con un gruñido. Estaban jugando al ajedrez mágico y parecían muy concentrados en el tablero. Fleur asomó la cabeza por detrás de una revista y asintió con la cabeza, sin sonreír:
-Está aguiba, en su habitación. –dijo secamente, antes de esconder el rostro detrás de la revista de nuevo. Hermione ya estaba acostumbrándose a los repentinos cambios de humor que le daban a su concuñada en el entrado sexto mes de embarazo. Lo sorprendente era que nada en su aspecto físico había cambiado, excepto la enorme barriga que asomaba por debajo de su ropa. Al contrario, parecía incluso mucho más bella que antes, e irradiaba una luz platinada extravagante que embellecía cualquier cosa que tocase. Pero su humor, por lo general, era de perros. Y ya todos sabían que era preferible no meterse con ella cuando estaba enojada, por lo que Hermione la ignoró, como siempre, y subió las escaleras hacia el cuarto de su prometido, esperando encontrarse a su suegra por el camino, aunque aquello no ocurrió. Tocó a la puerta que tenía pegado un póster en movimiento de los Chudley Cannons.
-Adelante. –indicó la voz amortiguada de Ron. Estaba sentado en la cama, vestido con unos vaqueros y el torso desnudo, tratando de quitar una fea mancha de su camisa, sin mucho éxito. –Oh, hola Mione. No te esperaba tan temprano.
-Pude salir antes del hospital, por suerte nadie me retuvo. –sonrió ella, sentándose cerca de él e inclinándose para darle un beso suave en los labios. -¿Qué se supone que es esa mancha?
-No querrás saberlo. –insinuó él, arrojando la camisa sobre una silla junto al escritorio, que de todos modos cayó al suelo. Miró a su novia, que a su vez lo observaba con el ceño fruncido, y agregó, con indiferencia: -Vómito de Fleur.
Su novia hizo un ruidito de asco y luego se echó a reír incontrolablemente.
-Ese embarazo… la tiene como… loca –dijo finalmente, tratando de controlar la risa, mientras Ron la miraba entre exasperado y divertido. –Accio! –atrajo la camisa del suelo con la varita y, tomándola de una punta para no tocar el vómito, la volvió a apuntar. –Fregotego!
Y la mancha desapareció completamente.
-Ah, ya sabía yo que era así el encantamiento. –murmuró Ron, tomando la camisa que Hermione le tendía de nuevo. –Gracias, amor. –y la abrazó y besó tiernamente.
-¿Qué harías sin mi, verdad? –replicó ella sonriendo cuando se separaron, todavía con los brazos alrededor de su cuello.
-Me hubiera quedado sin la camisa.
-Bueno, en ese caso… -reflexionó ella, mirando con descaro el torso desnudo de su novio, y agregó en un susurro pícaro: -Puedo hacerle una mancha a tu pantalón.
Ron rió con ganas y aseguró que no hacía falta manchar el pantalón para darle un motivo para quitárselo antes de besarla de nuevo, más apasionadamente que antes. Pero se vieron interrumpidos cuando de repente, y sin previo aviso, escucharon unos pasos que se acercaban a toda prisa por la escalera separándose de un salto, justo a tiempo para ver como George entraba corriendo a la habitación y cerraba la puerta tras de sí con un golpe exageradamente fuerte, apoyando las manos en sus rodillas y jadeando.
-Esta semi-veela se ha vuelto loca… pretende hechizarme porque… -se calló de pronto, y al ver a su hermano menor en cueros y casi tan agitado como él, sonrió con picardía y malicia. -¡Vaya! Acabo de interrumpir una interesante escenita.
Ron y Hermione se ruborizaron hasta las pestañas y comenzaron a hablar al mismo tiempo, sin querer mirarse a la cara:
-Fleur vomitó mi camisa… estaba tratando…
-de quitar la mancha… el vómito… la camisa apestaba…
-¿Y por eso la camisa está ahora en el suelo?
-Se me cayó de la mano cuando entraste. Y no te metas en lo que no te incumbe, orejita. –replicó Ron levantando la prenda y volviéndosela a poner a toda prisa, aún con las mejillas encendidas, y sin mirar a la chica.
-Tengo una sola oreja, pero mis dos ojos están en perfecto uso de sus facultades, Ronnie, y saben reconocer una escena amorosa cuando la ven.
-¿Qué pasó con Fleur ahora, George? –preguntó Hermione en un intento desesperado de cambiar de tema. El aludido cambió la expresión de picardía por una similar a la que tenía Ron cuando ella había entrado al dormitorio y explicó:
-Es muy fácil hacerla enfadar últimamente. Yo no quise herir sus sentimientos, aún no entiendo cómo lo hice. Pero ella lo tomó para la chacota… sólo dije que podían ser gemelos. –miró a Ron con expresión de duda, quien asintió fervientemente con la cabeza, expresando que tampoco comprendía; y luego a Hermione, que se había llevado una mano al cabello y lo veía con el ceño fruncido.
-Ten cuidado con lo que dices, George. Ella debe haber creído que estabas insinuando que se veía gorda, además de embarazada.
-¡Pero si yo no quise decir…! ¿Y tú como lo sabes? –se exasperó el gemelo, llevándose las manos a la cabeza en un gesto entre divertido y exaltado.
-Está susceptible. Trato con brujas embarazadas todos los días, y además tengo suficiente tacto como para medir lo que comento en su presencia. –interrumpió ella, sonriendo con pedantería. Ambos hermanos la miraron incrédulos y luego se miraron entre sí sonriendo, formando sin decirla en voz alta la palabra mujeres.
-Al demonio con eso. –refunfuñó George y volvió a abrir la puerta. Asomó la cabeza para oír (paradójicamente, asomó primero el lado sin oreja y luego se dio vuelta sobre sí mismo) lo que ocurría abajo, y suponiendo que su cuñada ya se habría calmado, salió, después de agregar mirando a Hermione: -Mamá llegó hace cinco minutos de casa de Andrómeda. Quiere saber si te quedarás a comer.
Luego cerró la puerta y volvió a dejarlos solos. Ron miró a Hermione interrogativamente y ella negó con la cabeza, y pasó a explicarle el motivo de su visita. Bajaron a la sala y se quedaron un momento conversando con la señora Weasley antes de partir a casa de los Granger, quienes los esperaban con mucho mejor humor que en casa del muchacho. Mientras ayudaba a su madre a poner la mesa, Hermione oyó a su novio desternillarse de risa con su padre mientras veían la televisión en la sala de estar. Asomó la cabeza por el resquicio de la puerta que conducía a la sala y los espió por un momento, sonriendo al ver la confianza que habían logrado su padre y su novio, contenta de que en el último tiempo, las cosas le hubieran resultado tan pacíficamente estables.
Y ciertamente, así había sido con todo. Todo estaba bien. La Segunda Guerra había esfumado todo rastro de sombra maligna sobre el mundo mágico y hasta los trabajos más arduos eran en realidad pan comido en comparación con las terribles batallas que habían sido libradas en los últimos siete años para derrotar al más poderoso de entre los magos tenebrosos. El mundo mágico parecía por fin reposar tranquilo después de una larga carrera de obstáculos en la que había tropezado muchas veces, estando a punto de quedar descalificado. Familias enteras suspiraban aliviadas por las noches antes de acostarse, en plena conciencia de que al día siguiente brillaría ante sus ojos un nuevo sol; no había más preocupaciones que las de cualquier familia muggle ajena al trajín de los sucesos que parecían haber pasado a la historia. Hermione imaginaba un imponente océano, profundo, transparente y brillante, pero completamente calmo y en perfecta armonía con el cielo azul que lo lindaba por encima de la superficie del agua. Así sentía su vida ahora. Y así se sabía en paz, plena y satisfecha. A su alrededor, la felicidad brotaba por todas partes dondequiera que fijara la mirada, sentía que vivía una novela fantástica o un sueño del que jamás despertaría… y sin embargo, nunca se había sentido tan viva, tan consciente de sus actos, de las sensaciones que la embargaban cada día, de cada latido de su corazón y de la sangre que corría por sus venas. Vivía una realidad ideal por cada momento que pasaba y tenía pleno derecho de disfrutarla, convencida de que nada podría romper esa calma nunca más.
En esas cavilaciones estaba, mirando la escena de su pequeña familia, sonriendo aletargada, cuando Ron levantó la vista y le devolvió la sonrisa, radiante de alegría. Compartía cada emoción con ella, y ambos lo sabían. El lazo de amistad que los había unido alguna vez y por tanto tiempo, era ahora más fuerte que nunca. Ante todo estaban juntos, y nada los hacía más feliz. En ese año en el que se habían dedicado a disfrutarse en la cercanía del amor, aprendieron a comunicarse sin palabras todo aquello que no podían decirse por pudor o falta de conciencia, a respetar los silencios del otro, a reconocer sus malestares y sus dudas, a igualar sus tiempos. Por separado, eran sólo un mago y una bruja más en el montón de gente que se movía en el mundo cada día, con sus virtudes, sus defectos, sus recuerdos y un pesado historial a cuestas; pero juntos cada una de esas características se potenciaba hasta convertirse en un objeto palpable, real; y unirlos en un solo pensamiento. La magia que los mantenía conectados iba más allá de cualquier historia, de cualquier registro.
-Mione, cielo, ya voy a servir la cena. –la voz de su madre la arrancó de sus pensamientos dejándola aturdida un instante, pero asintió y llamó a los hombres antes de seguirla hacia la cocina.
Los cuatro disfrutaron de la cena mientras conversaban alegremente sobre los planes a futuro que la joven pareja estaba trazando. Habían encontrado el departamento ideal para convivir juntos después de una ardua búsqueda en la que parecía que nunca iban a ponerse de acuerdo. Al contrario de todas las expectativas predecibles, Ron buscaba un departamento mediano que se adecuara a sus necesidades y en el que pudieran vivir durante un largo tiempo sin necesidad de encontrar una casa más grande, para poder instalar sus cosas definitivamente y "sembrar sus raíces", como le gustaba decir a casarse y tener hijos en un futuro ni tan próximo ni tan lejano. La idea de formar su propia pequeña familia lo ilusionaba mucho más que a cualquier mago común y corriente. Hermione, por otro lado, estaba convencida de que las dimensiones que Ron trazaba en su imaginación eran algo exageradas; que necesitaban un departamento pequeño que se adecuara más a un precio razonable y que no tuviera demasiados detalles que refaccionar para poder ser un lugar habitable. No pensaba demasiado en el futuro, no quería detenerse a pensar en la familia que podría formar junto a él, porque no le gustaba adelantarse a los hechos. Y además, la idea todavía la asustaba un poco, aunque nunca la hubieran puesto en palabras, ninguno de los dos. Los lugares que habían visitado no terminaban de convencerlos, alguno por su ubicación (¡Muy lejos de todo, mi amor… se sentiría raro mirar por la ventana y no ver otros seres humanos!), otro por la construcción en sí misma (Piénsalo, habría que redecorar todas las habitaciones, están apestadas de humedad) o por detalles mínimos que a ninguno le pasaba por alto (Esto huele a gato encerrado y está vacío. Imagina si le agregamos muebles).
Y durante unos meses buscaron sin mayores resultados hasta que la vivienda ideal les vino del cielo, casi literalmente. Iban caminando por la Londres muggle un fin de semana soleado, sin más intención que dar un paseo al aire libre después de una semana de arduo trabajo para ambos. Tomados de la mano, se fijaban en las bonitas y señoriales casitas de adobe que aparecían delante de ellos en cada cuadra, muy parecidas entre sí, pero todas a elevados precios que no alcanzarían a pagar. Distraídos como estaban, discutiendo sobre cuáles eran las condiciones más importantes para el hogar ideal, llegaron al final de la calle, que acababa en un colorido boulevard repleto de pinos y sauces que parecían plantados hacía varios siglos y daban sombra a casi toda la acera por la que ellos caminaban. Continuaron caminando por entre los árboles sin darse cuenta de que el atardecer estaba cayendo sobre ellos hasta que el cielo se tiñó de un color azulado y se vieron obligados a levantar la vista. La cúpula de aquellos árboles tan altos les dejaba ver apenas unos trozos de cielo, donde comenzaban a aparecer las primeras estrellas, pero lo que les llamó la atención fue que en casi todos los árboles había por lo menos una pequeña cabaña de madera, oculta entre las ramas, perfectamente visibles para ellos que se hallaban justo debajo. Todas tenían carteles en las puertas de entrada, algunos rojos con la palabra vendido y otros verdes, en venta. Tan absortos estaban contemplando aquellas raras construcciones semejantes a las casitas del árbol que frecuentan los niños, que no se dieron cuenta de que al final del boulevard había una réplica en tamaño real de una de ellas con las luces ya encendidas y un enorme cartel de inmobiliaria brillando con chispas de colores. En seguida supieron que allí había actuado la magia, y se encaminaron al local.
Dentro encontraron a un mago pequeño de aspecto bonachón que se rascaba la calva cabeza mientras leía sin mucha emoción unos papeles en un escritorio. Era tan bajito que estando de pie, apenas debía agacharse un poco para leer la letra de los pergaminos estirados sobre la mesa de madera. Al verlos, sonrió de manera automática y los invitó a sentarse. Les ofreció una especie de muestrario con fotos de las mismas casitas que habían visto sobre los árboles, vistas desde adentro. Ellos se miraron perplejos.
-¿Dónde se encuentran esas cabañas, las verdaderas? –le preguntó Ron al hombre calvo, señalando hacia fuera, al boulevard.
-¿Las de los árboles? ¡Ah, por todos lados! Son casas exclusivamente levantadas por magos, y tienen propiedades maravillosas. –anunció, sonriendo abiertamente. Parecía gustarle la presencia de esos dos personajes desconocidos. Sacando más sobres con fotos, señaló algunas, y continuó hablando, como si saboreara las palabras: -Pueden acomodarse al tamaño (y por supuesto, el precio) que los compradores necesiten, contando la cantidad de plantas, de habitaciones y si tienen o no la necesidad de una cochera. Pueden estar presentadas como departamentos, como dúplex o como mansiones y ubicarse en el lugar de la ciudad que la familia prefiera, siempre que sea dentro de este país. ¿Están interesados en algún tipo de vivienda particular, o prefieren ver los modelos?
Hermione y Ron se miraron incrédulos, sabiendo que por fin habían encontrado lo que buscaban. Y después de dar una descripción detallada al hombre del tipo de departamento que estaban buscando, éste dio una palmada de alegría y saltó de su silla invitándolos a salir nuevamente hacia el boulevard, por donde se encaminó zigzagueando entre los árboles hasta dar con una de las más modestas cabañitas. La apuntó con la varita y la dirigió como con una batuta por encima de las copas de los árboles, abriendo un boquete entre el seto que dividía el camino con el resto de las calles londinenses. La pequeña casa de madera se fue agrandando más y más a medida que descendía hacia terreno firme y se apoyaba totalmente justo frente a ellos, hasta quedar del tamaño de un departamento de tres ambientes con un aspecto a nuevo tan increíble que parecía una réplica de una casa de muñecas. La puerta estaba abierta, y el hombre los invitó a entrar.
Era perfecta. Era lo suficientemente espaciosa para gustarle a Ron y no tenía ningún defecto arquitectónico visible a los críticos ojos de Hermione. Sólo hacía falta darle una mano de pintura a algunas de las habitaciones y comenzar a llenarlo de muebles. El apartamento estaba totalmente compuesto por dos habitaciones medianas, un baño y un gran comedor conectado a una pequeña cocina que, a su vez, se conectaba a un patio reducido pero lo suficientemente espacioso como para darle lugar a Ron a imaginar en él un columpioy a Hermione una larga mesa donde festejar los cumpleaños y las navidades. Y el precio, completamente a su alcance.Se miraron alucinados una vez más, y sin pensarlo dos veces, ese mismo día firmaron un contrato. La casa era suya y podían situarla donde quisieran, porque adonde la llevaran se haría un espacio entre sus vecinas sin que nadie lo notara.
En las semanas siguientes se pusieron en acción: Ron se encargó de enviar a fabricar algunos muebles que habían dibujado juntos, Hermione se hizo cargo de toda la parte del papeleo legal, y juntos decidieron situarla en la misma Londres, no muy lejos del Caldero Chorreante, para tener igual acceso directo entre el mundo mágico y el muggle. Desde allí Hermione podía caminar hasta el trabajo, que tampoco estaba muy lejos, y Ron podía hacer lo mismo hacia el Caldero Chorreante para ir a Gringotts, donde ahora trabajaba junto a Bill. Fijaron la fecha para la mudanza después de año nuevo. Los padres de Ron les prometieron de regalo un reloj como el que había en la cocina de los Weasley, que indicaba dónde se situaba cada miembro de la familia. Los de Hermione les hicieron regalos separados: la madre le dio a su hija un gran juego de vajilla fina esmaltada que había pasado de generación en generación por su familia, y el padre pasó dos meses completos trabajando arduo en su pequeño taller sin decir una palabra hasta que, esa noche, después de la cena se los mostró terminado: había fabricado una estantería de roble con grandes cajones y espacio para guardar toda la vajilla, dos mesitas bajas de la misma madera como mesas de noche, talladas en los bordes, y el soporte de un sofá con dos grandes y mullidos almohadones que había cosido él mismo, todo lo que aportó al relleno de la nueva casa y sacó lágrimas de emoción de los ojos de Hermione y una retahíla de agradecimientos de parte de Ron.
Después de los besos y abrazos que Hermione dio a sus padres al ver los regalos que les daban para su nueva vida, hicieron un brindis por el reciente compromiso y acabaron el pequeño agasajo familiar con una torta de chocolate preparada con esmero por Jean Granger para su yerno, a quien tanto le gustaba. Finalmente los padres de ella se despidieron de ambos y subieron a su habitación a descansar, mientras ellos se recostaban en el sofá a ver una película sin prestarle demasiada atención, absortos en sus pensamientos. No lo habían comentado, pero a pesar de todos los preparativos que estaban haciendo, aún no se imaginaban viviendo juntos, compartiendo un techo, despertando a cada lado de la cama cada día.
Él estaba sentado en el enorme sillón con la espalda apoyada cómodamente sobre unos almohadones, mirando hacia la televisión sin verla, mientras su mente vagaba por otros lugares, feliz. Ella estaba recargada sobre él con la cabeza en su hombro, con la nariz pegada a su cuello y sus manos entrelazadas. También estaba distante, y pensando en las mismas cosas que él imaginaba tuvo un momento de pánico y todo su ser se contorsionó por el vértigo que le daba aquella sensación tan extraña, de exagerada calma. No quería que eso le pasara. ¿Cómo es que podía asustarse de lo tranquila que era su vida ahora? Tal vez, tantos años luchando contra todos aquellos seres lejanos que ahora le parecían fantasmas, habían templado su carácter y no le permitirían llevar una vida normal sin sobresaltos. ¿Sentiría Ron lo mismo, o sólo era ella la que deliraba de esa forma? No podía saberlo si no lo ponía en palabras, pero tampoco podía hacerlo, porque temía que Ron pensara que no estaba feliz de su compromiso. Y esa idea la asustaba más que el propio miedo. Cerró los ojos con fuerza intentando alejar ese sentimiento pegajoso que acudía a ella cada vez con mayor frecuencia, la familia, la rutina, el despertar todos los días viéndolo a los ojos… ¿acaso no lo amaba? Claro que sí, de eso no tenía dudas. Entonces, ¿qué le daba tanto miedo? Caray, Hermione, qué te pasa, pensó con desesperación contenida, y apretó las manos de su novio entre las suyas sin darse cuenta. Él sintió la fuerza repentina y salió de su ensimismamiento para mirarla a la cara. Buscó sus ojos y entonces Hermione se vio reflejada en el azul de los de Ron, y otra vez vino a su mente la imagen de la calma, el océano pacífico, el azul del cielo, las flores en la primavera y la felicidad incalculable. Se sorprendió respirando de su aliento como si ese aire fuera el que le daba la vida, impidiendo despegarse de aquellos labios que se acercaban a su boca nunca más. Cerró los ojos y se dejó llevar por ese río tranquilo en el que nadaba ahora en los brazos de Ron, contenida en esa paz infinita y casi delirante, alejada del pasado y del peso de la memoria. Sus besos sabían al chocolate que les devolvía el calor cuando se enfrentaban a los Dementores, al triunfo que se festejaba con cerveza de manteca, a la pasión que se encendía con la hidromiel. Sus brazos rodeando su cuerpo eran el encierro más dulce que había sentido en la vida. El peso de su mano apoyada en su espalda era la conexión con el mundo real, la certeza de que todo aquello era posible, concreto… y sobre todo, verdadero. El miedo se esfumaba lentamente, y sólo quedaba el brillo dorado que irradiaba su felicidad, su sentimiento más profundo. Sólo quedaba el precio de aquella sensación imposible de describir con palabras, el valor de cada instante compartido, el tesoro que habían descubierto juntos. Donde esté tu tesoro estará también tu corazón, recordó en ese instante lleno de dicha.
Y mi corazón está contigo, Ronald Weasley.
