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En un país de gente morena, un joven blanco era toda una novedad. El Hijo de la Luna, iba de acá para allá sin rumbo fijo. A la luz del día, su piel lo camuflaba tomando un color grisáceo, pero si el sol lo tocaba se tornaba del color de sus rayos. En las noches se volvía de color plata siempre que su madre lo iluminara, en la oscuridad de los árboles no se distinguía sino sus ojos grises. Si ninguno de los casos anteriores sucedía su piel era blanca como el papel.

Muy pocas veces era visto, pero pronto se convertía en un rumor que no tardó en llenar las calles.

-¿Has visto al joven pálido, hermana?

-No, ¿lo has visto tú?

-No, querida. Nuestro padre dice que el hijo del vecino de tu primo lo vio, corriendo como una centella de plata.

-Dicen que su piel es de plata.

-Dicen que sus ojos son dorados.

-Dicen que la Luna lo oculta y que el sol lo camufla.

-Debe de ser muy importante ¿Cómo conseguiría el favor de la Luna, sino?

-Dicen que es Hijo de la Luna.

-Luna no tiene hijos, no puede.

-No puede –repitió la hermana, más para sí misma que para nadie más.

Y los murmullos se desvanecían, pero cada vez con más lentitud. La memoria de los hombres, aunque vaga, recordaba cada cambio brusco.

Caminaba, en una noche de luna menguante, el joven pálido. Saltaba las cercas, atravesaba los campos, sólo tomando aquello que le era indispensable. Sus ojos, más agudos que los humanos, escrutaban la oscuridad, en busca de algo que pudiera perjudicarle. La noche era clara, limpia, con una suave brisa que despeinaba sus cabellos. Tan rubios eran, que parecían blancos. Esta noche tenía que ser más discreto.

Al terminar sus preparaciones, echó a correr. No hacía ruido ahora con sus pies descalzos, su piel era de plata igual que el suelo. Llegó al límite de la granja donde se hallaba, para adentrarse en el bosque. Suspiró mientras caminaba, y escuchó la única voz que había podido escuchar en su vida.

-¿Sucede algo?

Miró al cielo y negó con la cabeza.

-Pasa algo, hijo... Cuéntame, no temas.

-Nada que deba preocuparte, madre. Sólo un destello de melancolía que me viene de vez en cuando.

-¿Melancolía por qué?

-Me siento un poco solo aquí abajo.

La brisa sopló más fuerte y cálida que antes.

-No estás solo.

-Lo sé. –y suspiró de nuevo- ¿Por qué, madre, debo permanecer oculto? ¿Por qué debo robar por las noches y esconderme de día? Se está tan bien bajo el sol, algunas veces…

-¡No! –la voz de su madre, la Luna, sonó alarmada- Este es un pueblo extraño, hijo. Para esos humanos tú eres aún más extraño. Quizás te traten bien al principio, pero, ¿y después? ¿Qué sucederá si te hacen daño?

-No creo que los humanos sean así...

-Piensa en los que te engendraron para hacerme un favor… La mujer, hasta el último momento no se acordó de ti, y el hombre ni te quiso ni te querrá seguramente.

-Quizá haya cambiado de opinión, madre.

Al joven no le interesaba ni su origen ni la trágica historia lo envolvía. Cambió de tema.

-¿Por qué, entonces, no me voy del país?

-¡Te enseñé geografía alguna vez! –contestó riendo su madre- Esta tierra está rodeada por un desierto, no sobrevivirías aunque te ayudara.

-E interactuar con los humanos queda expresamente prohibido, ¿por…?

-Por tu propia seguridad, mi hijo.

El Hijo de la Luna suspiró de nuevo. Mantuvo la mirada en el suelo, esquivando raíces y ramas mientras avanzaba. Luego la levantó.

-Esta noche dormiré, madre.

La Luna se limitó a atenuar su brillo.

-Buenas noches, Erested.