Capítulo 2: Recuerdos


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Hacía frío.

Estaba oscuro.

No podía despertar.

Qué desesperante no poder despertar. Intentar y fallar. Me sentía sin poder sobre mí misma. Me dolía todo. Podía sentir, pero mi cerebro mandaba inútiles señales a mi cuerpo que se negaba a reaccionar. No había ruido, solo viento. Podía reconocer algunas cosas. ¿Grillos? Más viento. Bajo mi cuerpo sentía tierra, mucha tierra, suelo firme, duro y piedrecillas sueltas; bajo mi brazo, algo cálido y mullido. Olía a sangre. Sentí la cosquilla provocada por mis pestañas moviéndose. Mis párpados estaban tan pesados.

Se sentía como estar dentro de una pesadilla y como si el cuerpo estuviese casi hecho de algodón. Era difícil guiarse por los sentidos. Sin embargo, poco a poco, lo que antes era de un color negro penumbra, comenzó a tornarse borroso y a dar paso a ligeras imágenes compuestas por formas desiguales. Nada que pudiese asegurar, porque la oscuridad no se había difuminado del todo. Estaba despertando lentamente, casi instintivamente. Sabía que hacerlo rápido empeoraría todo, e incluso, de esa forma lánguida y cuidadosa, me dolía la cabeza como un infierno, como si tuviese una presión por dentro.

«¿Dónde estoy?».

Mis ojos volvieron a su órbita normal después de incontables segundos desvariando e intentando orientarme. El paisaje comenzó a esclarecerse aún más y a mostrar un lugar que nunca había visto. Era una planicie compuesta de tierra seca y firme. Hacia las lejanías podía entrever, dificultosamente, colinas, árboles y todo en base a adivinanzas de último minuto, porque estaba anocheciendo y el tono azul oscuro del anochecer me imposibilitaba tener una visión más detallada de la escena. Sobre todo, porque aquello que estaba fuera de mi alcance se reducía a manchones negros. Intenté reincorporarme a tientas. Aún con mis brazos muy débiles, trataba de palpar la superficie, buscando equilibrio e incluso cualquier herramienta que estuviese a mi alcance y que pudiese serme de ayuda en ese instante.

Cuando comencé a pensar con mayor claridad, y a darme cuenta de qué estaba sucediendo, me levanté un poco apoyándome en mis manos y vi que, en el suelo, donde antes había estado recostada, había mucha sangre. Estaba comenzando a secarse, lo que me dio información al respecto: había estado ahí durante bastante tiempo. Por otro lado, al momento de investigar el perímetro, caí en la cuenta de que aquello que había estado bajo mi brazo, era Levi, quien aún estaba inconsciente, o eso parecía.

«Saltamos», recordé.

Y eso me inundó de un pánico terrible. Intenté moverme, sin mayor éxito. Se me dio vueltas todo el lugar y fui a dar contra el suelo nuevamente. La presión saltaba en mi cabeza, amenazando con hacerla explotar en cualquier momento. Sin embargo, yo quería espabilar, tenía que espabilar y asegurarme de que no hubiese titanes cerca. Ese fue el principal miedo que me acechó cuando reaccioné y recordé de golpe todo lo que había sucedido antes de estar allí. No tenía miedo de luchar contra ellos, me amedrentaba que ellos fuesen tan rápidos que no me diesen el tiempo ni siquiera de tomar una espada.

Escuché a Levi gruñir a la vez que intentaba moverse y se llevaba ambas manos a la cabeza de forma automática. La sangre provenía de él. Me giré sobre mi cuerpo, quedando de espaldas, aunque no fue la mejor idea, ya que todo el mundo giró conmigo. Pero luego de eso, fue más fácil levantarme. Me incliné hacia adelante poco a poco hasta sentarme. Fue cuando lo miré detenidamente y noté que su pierna estaba herida y sangrando.

Mientras esperaba que él se tomara el tiempo de volver en sí, sentí una cosquilla deslizarse por mi frente. Me llevé la mano de inmediato a la cabeza y cuando la acerqué a mi rostro para verla mejor, noté que estaba cargada de un tono purpúreo espeso. Estaba herida.

Miré hacia el camino que recorrimos desde donde se suponía que habíamos saltado. Dejamos un rastro pequeño, algo similar a un sendero. Entendí que probablemente nos hubiésemos golpeado contra el suelo y, finalmente, rodado hasta llegar donde estábamos. Hice un mohín tras ver la magnitud de la caída y tras pensar en el hecho de que estuviésemos ahí con vida. Sin duda, había sido suerte.

Vi a Levi molestarse consigo mismo. Al parecer no podía moverse, parecía inquieto, pero sus contorneos no daban resultado. Me acerqué a él, arrastrándome con suavidad, pero volteó a mirarme como un perro rabioso que no permite que nadie se le acerque. No manifesté mayor sentimiento en mi expresión. Me quedé a su lado viendo sus inútiles intentos por ponerse de pie. Gruñó a medida que intentaba levantarse y me observaba con desaprobación.

—Eso no mejorará —comenté pesadamente—. Tengo agua limpia en mi cantimplora y pañoletas. Creo que deberíamos hacerle un torniquete.

Me ignoró por completo, siguió en lo suyo, pero supuse que su pierna lo estaba matando del dolor. Sabía quién era él y lo mucho que destacaba por tener carne dura y ser resistente a toda prueba que se presentara en su camino. Pero ahora estaba golpeado, su cuerpo debía dolerle desde el cráneo a los pies, así como el mío en ese mismo momento.

Pero no hubo caso. Entendí que estaba consciente de sus capacidades y que lo más probable es que esto fuese infinitamente humillante para él. Pero supongo que no era tan difícil de entender. Sin embargo, de todas las veces que oí a las personas decir que era terco y testarudo, esta era la vez en que iba a comprobarlo.

Levi trataba de ponerse de pie, dificultosamente, luchaba contra el dolor que se ceñía en su pierna, pero no había forma, estaba muy dañado y eso lo hacía irritar. Me quedé viéndolo sin expresión alguna en el rostro y pensando que era un idiota. Sigilosamente, para no alterarlo más, deposité mi mano en su hombro y lo obligué a sentarse. Me arriesgué, pero no sentí miedo tampoco. Él no me atemorizaba.

—Capitán —intenté no romper la formalidad, independiente de lo que pensase de él —, por favor. Tenemos que arreglar esto antes de que se ponga peor.

—¡Tenemos que volver ahora! —protestó bastante molesto. «Qué tipo tan desagradable».

—Ahora y ¿cómo? Cada movimiento que haga lo hará perder más sangre. Si quiere volver, primero tendrá que curarse o de lo contrario contraerá bacterias, se le infectará y se le caerá la pierna —sonaba ridículo, pero había oído sobre la fijación del tipo con la limpieza. Y, por cierto, di en el blanco. Abrió los ojos en toda su expansión y me miró mucho más enfadado que antes.

—Cállate. ¡Qué molesta! Deja de verme como si fuera el mocoso de Eren.

—Al menos, Eren obedece —seguí en mi lugar, sin ni siquiera inmutarme ante sus palabras.

Pero era inútil. No había forma de detenerlo, de que se diera cuenta de que estaba mal y que no iba a llegar muy lejos en ese estado. De un salto, se puso de pie. Caminó dos, tres pasos y fue a dar contra el suelo, levantando tierra.

Suspiré sonoramente, haciéndole notar mi fastidio.

Sin embargo, en vez de considerarlo, aunque fuese un poco, se arrodilló y comenzó a inspeccionar su multiaxial.

—Para utilizar el equipo necesita de toda la fuerza de sus piernas. Tiene una de ellas herida —comenté. Me puse de pie, aprovechando que el mareo que bombardeaba mi cabeza había comenzado a disminuir.

Levi gruñó. Para variar un poco, gruñó. Comprobó una y otra vez, pero no hubo forma. Su equipo, como si no fuese suficiente ya, se había estropeado. Se quedó de rodillas, molesto, en silencio, encorvado.

Me acerqué y me hinqué a su lado.

—Capitán… Caímos por un barranco. Ambos estamos heridos —y eso fue todo lo que dije.

Posterior a eso, revisé la herida. Rompí un poco más de lo que ya estaba, la tela de su pantalón, cerca del muslo. Tenía una raspadura horrenda, con fisuras causadas por las piedrecillas filosas del terreno. Tenía distintos tonos marrones —lo intuí por ser colores oscuros— y sangre más fresca que sospeché que era la que escurría más rápido. Primero que todo, lo esencial: aclarar la situación.

—No contamos con caballos, ni equipos. Es probable que el mío también se haya estropeado. No tenemos más opción que quedarnos aquí —planteé. Esperaba su respuesta. Sabía que era negativa.

Bufó sonoramente, como si intentase botar todo el aire contenido en sus pulmones.

—No hay forma de que nos quedemos aquí…

—No hay forma de volver, al menos hasta que tengamos algo de luz —hice una pausa, recordando las charlas que tuvimos en la mañana durante la expedición—. El comandante Erwin debe haber llegado a las villas. Es probable que se hayan refugiado y estén buscándonos mañana por la mañana.

—¿Eres estúpida? ¿Quieres que nos quedemos aquí a ser comida de titán? —no me miraba. Estaba concentrado viendo hacia la nada—. Tenemos que aprovechar la inactividad de los titanes durante la noche.

—La mayor Hange descubrió que los titanes pueden ser activos durante la noche —me encogí de hombros—. Vimos titanes más ágiles que nunca, ya no podemos confiarnos.

Se llevó las manos a la cara y luego subió, hasta entrelazar sus dedos en su cabello, apretándolos con fuerza. Estaba molesto, frustrado y terriblemente irritado.

—Está bien, nos quedaremos aquí, pero apenas cante el primer pajarraco en la mañana, nos vamos —trató de acomodarse.

Yo, a diferencia de él, intentaba buscar soluciones prácticas en ese momento. Podíamos intentar caminar toda la noche hasta encontrar la formación y arriesgarnos a tropezar con los titanes ágiles, para colmo, sin el equipo de maniobras. Ni siquiera teníamos caballos para huir. No era probable asegurar una supervivencia en esas condiciones. Por otro lado, pensé que para todas las horas que habían transcurrido, ya nos habrían comido, pero no fue el caso. Quizás los titanes no llegaban al lugar en el que estábamos, no tenían acceso, era una zona libre o quizás qué otros motivos nos hacían permanecer con vida en ese momento.

En fin, en busca de dichas soluciones, miré en todas direcciones a la espera de cualquier elemento que pudiese sernos útil y encontré una malformación a las orillas del barranco. Parecía una pequeña cueva o más una madriguera, ya que no tenía amplitud hacia dentro, solo era un pequeño hueco que simulaba un techo.

—Venga —hablé con fuerza.

Me paré a su lado para ayudarlo a levantarse. Seguía enojado, pero llevaba tantos años a prueba con Eren, que poco me importaba que se enervase hasta el límite y se transformase en titán también. Lo tomé con fuerza del brazo, pero se soltó de un tirón y cojeó camino hacia el lugar. Al menos, lo había pillado.

Como no era suficiente, y el frío comenzaba a allegarse entrada la noche, dejé a Levi sentado en un rincón mientras reunía trozos de madera y ramas secas. No tenía tanta experiencia en esos temas, pero si de sobrevivir se trataba, podía apañármelas tan bien como si fuese una experta. Lo importante es que mi trabajo funcionó y la pequeña fogata nos salvó durante esa noche. Nos refugiamos ahí.

Cuando nos situamos y estuvimos más cómodos con la presencia del otro, me dispuse a limpiar la herida, aunque Levi no dejaba de mirarme de forma asesina. Quité todo rastro de sangre de la zona para ver qué tan complicada estaba la situación. Me ayudé con la luz de la fogata, ya que minutos antes apenas había podido notar de qué iba el asunto. Cuando ya no quedaba rastro de sangre seca más tierra, y la piel tenía un aspecto rosado y sano, enrollé la pañoleta en su pierna con mucha delicadeza, para no ponerlo en ninguna situación poco amena. Mientras hacía el torniquete, alcé la vista para mirarlo. Estaba con la cabeza inclinada hacia abajo y con la decepción brotándole por los poros. Bufé molesta. De todos los peores temperamentos que había conocido en mi corta vida, éste era sin dudas el peor. Sin admirarme demasiado, sabía que el mío no era el mejor, pero yo cooperaba bastante cuando las cosas no salían bien.

Aun cuando trascurrieron los minutos, no me dijo nada y estaba bien. O eso creía, porque pensé que tal vez terminaríamos discutiendo.

Me retiré de su lado y me senté en un espacio considerable que me alejaba lo suficiente de su amargura. Me envolví en la capa color esmeralda, porque comenzaba a entrar el frío. Y no era que la fogata no ayudase, pero era pequeña y el frío se las arreglaba para entrar por diversos lugares.

Levi seguía sin decirme nada, así que me concentré en ver las llamas bailar, mientras quemaban las ramas secas, haciéndolas tronar.

Pasó casi una hora así, en total silencio, seguíamos sin hablar. No parecía tan difícil de creer, después de todo, no se nos podía catalogar de habladores, pero, por alguna extraña razón, en ese momento el silencio empezaba a hacerse incómodo.

Es un lapso de sandez, me planteé la posibilidad de dormir, pero era imposible. No se podía estar tranquilo en esas condiciones; el sueño no era algo que pudiese concebirse cuando la vida corre peligro. Me acomodé en mi lugar y alcé un poco la vista. Me gustaba contemplar las estrellas, tan lejanas y brillantes, por encima de todos nosotros, lejos de esta realidad horrenda de vivir encerrados y sin poder dormir. Abarcaban toda la amplitud y titilaban gloriosas. Me fascinaban las estrellas.

Mientras me deleitaba con la escena estelar, pensé en Eren. ¿Dónde estaba? Lo había dejado atrás o tal vez él a mí. El asunto era que nos habíamos separado y no debía, lo sabía, pero… de no haberlo hecho quizás Levi hubiese muerto...

No. No hubiese muerto. Era el más fuerte de todos nosotros. Era imposible, entonces ¿por qué me devolví? El pensamiento me perturbó, y volteé para mirar a Levi con el entrecejo fruncido, mas mi rostro se suavizó instantáneamente al ver que estaba mirando hacia las estrellas también y, por cierto, estaba susurrando una canción.

En primera instancia, sus labios se movían casi imperceptiblemente. Cuando noté que estaba cantando, entré en estado de máxima concentración para oírlo mejor, y gracias al silencio implacable que rondaba el lugar, que habría sido perfecto de no ser por unos pocos grillos, logré oírlo.

… y nosotros somos los cuervos que vuelan, desde el pasillo de fuego otoñal nos alzamos. Sobre los lagos y árboles dibujamos el cielo nocturno, con nuestras alas pintamos los vastos horizontes, y las estrellas… las estrellas sobre el cielo del norte… —su rostro permanecía increíblemente apacible.

Había luna, una luna muy grande y brillante cuya luz rebotaba sobre su piel, al ser muy blanca. Nunca lo había visto con el rostro relajado. Se veía totalmente diferente, como si fuese otra persona. Bueno, la misma cara, pero su semblante era muy distinto.

Estaba cantando, ¿por qué? ¿Qué le dio la confianza de hacerlo? Bien, no era que me molestase, pero me parecía muy curioso. Nunca pensé que iba a ser yo quien se percatara de algo así. Me dio la idea de que Levi estaba lleno de historias, y que en ese momento en que su fuerza se había visto reducida, aquella parte de él que había permanecido oculta por mucho tiempo salió a flote como por arte de magia.

Una pequeña cosquilla de intriga amenazó con aparecer dentro de mí. Por otro lado, me sentí privilegiada de estar ahí viéndole cantar, no solo porque lo hacía muy bien y su voz era relajante, sino porque mis amigos se hubiesen vuelto locos de solo oírlo.

Las ideas se aglomeraron en mi mente. ¿Por qué no podía conllevar una conversación con él, por trivial que fuese? Era mi superior, no un monstruo, era humano después de todo… se suponía.

Me puse de pie y caminé hacia donde se encontraba. Me senté cerca de él, dejándome caer sonora y abruptamente, sacándolo de su ensueño. Y me miró, con el ceño fruncido de nuevo.

—No tengo sueño —reclamé.

—No es mi problema —contestó.

Yo me rodeé las piernas con los brazos.

—Ahora lo es —insistí.

Volteó a mirarme indignado con una ceja enarcada. ¿Por qué tenía que haberlo arruinado todo? Se veía mejor cuando estaba cantando.

—Tú quisiste quedarte —manifestó.

Me arrepentí en el último minuto. Debí dejar que se fuera solo.

—Entonces, ¿va a dormir? —a pesar de todo, me resultaba divertido conversar con él. Nuestras conversaciones eran tajantes, pesadas, hablábamos con el mismo tono.

—No tengo sueño.

—Ahora sí es su problema —dije socarronamente, y él frunció el entrecejo aún más mientras miraba la fogata, como intentando controlarse y distraerse con eso.

No quería sonar burlesca, no me estaba riendo de él. Con toda la sinceridad posible, manifesté mi queja, porque no me hacía gracia quedarme mirando la fogata toda la noche. No me gustaba quedarme despierta pensando en nada, porque usualmente llegaban a mí pensamientos, recuerdos tristes y no quería sentirme así, menos cuando estábamos en una expedición.

Lo sentí suspirar y cuando me volteé a verlo, noté que estaba relajando los hombros.

A pesar de lo que se pudiese rumorear sobre él, nadie tenía información exacta. Era totalmente un desconocido para todos. Se sabía que había sido un delincuente del bajo mundo y que Erwin lo había rescatado de esa vida tan marginal, ¿pero era así? ¿Existía el bajo mundo? ¿Cómo podían permitir que las personas viviesen bajo tierra? Me parecía espeluznante, macabro. Y de ser así… ¿Levi había vivido allí? Sin ver el cielo… ¿Y sí quizás por eso estaba tan concentrado viendo hacia las estrellas?

No entendía qué era aquello que se estaba despertando dentro de mí, pero me sentía curiosa. Quizás me llamaba la atención porque era algo nuevo y nuestra vida encerrada tras murallas no tenía mucha novedad. El maldito insomnio desató la curiosidad dentro de mí, pero no tenía ni la más remota idea de cómo empezar una conversación con él. Él, que era reconocido por ser una fortaleza impenetrable… como yo.

«¿Es como yo?», pensé.

Sentía dolor por algo. Si era como yo, ¿cómo podía llegar a él? Imposible. Yo no permitía que nadie indagara sobre mi vida.

—Mikasa… —mencionó. Me sacó de mi ensimismamiento. No me había dado cuenta de que estaba tan perdida, y, por cierto, me impactó que fuese él quién rompiera el silencio—, ¿por qué te aferras tanto a Eren?

Esa pregunta. Me pilló de improvisto. Me cuestioné que yo también iba a hacerle preguntas incómodas, después de todo, fue mi idea romper el mutismo de la noche, pero justo eso era un tema delicado. Aun cuando sabía que él también debía tener muchos temas de los que no quisiera hablar.

—No es de su incumbencia —sentencié, orgullosa. Eso no ayudaba mucho con los planes que tenía en mente.

—No… no lo es —dijo, sin mayor interés.

Volvió a mirar las estrellas y se llevó la mano a la pierna. Me fijé en ello. Debía dolerle, no tenía nada a mano para sanarle, solo habíamos limpiado la herida con agua, pero de seguro faltaba más. Aun así, mis pensamientos se volcaron de nuevo al asunto conversación. Si seguía con mi actitud reticente, no lograría saber más de él.

No tenía más opción. Suspiré y me rendí.

—Eren salvó mi vida cuando yo tenía nueve años —musité, pero lo suficientemente claro para que pudiese oírme—. Unos sujetos querían llevarme con ellos, pero Eren me salvó. Mi padres murieron asesinados a mano de aquellos tipos y, ese mismo día, el doctor Grisha Jaeger y Eren me acogieron como uno más de los suyos.

—Lo había oído, de forma no muy sensata. Rumores de pasillo, pero lo ignoré. No me gusta el chisme —parecía estatua, apenas movía la boca para hablar—. Luego, lo corroboré en el juicio de Eren. Ustedes asesinaron a sus captores.

—Sí… —asentí. No me avergonzaba de ello—. O los asesinados hubiésemos sido nosotros.

—Bien —afirmó—. No digo lo contrario. En este mundo hay que sobrevivir, no importa cómo —se quedó pensando unos segundos—. ¿Y es solo gratitud? —enarcó una ceja.

—¿A qué se refiere? —inquirí. Me había quedado sumida en el recuerdo de la noche en que sucedió todo. No entendía el punto de la pregunta.

—Pensé que estabas enamorada de él —enunció con tono aburrido, esperando más respuestas de mi parte. Sentí como mi rostro se volvía rojo y caliente, y supe que con mi expresión le había respondido todo. Me demoré en contestar, así que él retomó la palabra antes de que yo pudiese decir algo—. Así que di en el blanco —sonrió.

En realidad, no. No tanto como sonrisa, pero podría decir que inclinó la boca hacia un costado, simulando una sonrisa, porque, ciertamente, él nunca sonreía.

No quise responderle afirmativamente. Preferí que él sacase sus propias conclusiones. De todas formas, me daba lo mismo, y aquello era demasiado personal para mí.

—Hice una promesa a la mamá de Eren —cambié el tema—. Ella no quería que él se enlistara en la Legión. Me hizo prometer que, pasara lo que pasara, siempre nos protegeríamos el uno al otro. He cumplido esa promesa al pie de la letra.

Y era cierto. Aquello era una confesión dura que no le había hecho a nadie, nunca, y ahora se lo comentaba a él. Sin embargo, no me quedé atrás. Me aventé sin pensar en nada, ni siquiera en las consecuencias

—¿Y usted? —soné más seria de lo normal.

—¿Yo qué? —me miró aterrado—. Yo no estoy enamorado de Eren, si eso insinúas.

Esperé de todo corazón que mi rostro dejase en claro lo mal que me había tomado ese comentario. Me estaba evadiendo, pero yo no iba a permitirle arrancarse de esa forma. Tenía que pensar en algo con que hacer que hablase de… lo que fuera.

Alcé la vista al cielo. La luna estaba en su punto más alto, así que deduje que era muy tarde. El fuego no se había apagado. De vez en cuando, me movía de mi lugar para aventarle pequeñas ramitas que habían quedado apiladas a un costado. La noche era larga, necesitábamos calor.

No me había dado cuenta de que tenía un pequeño dolor de cabeza, aunque molesto. Era probable que ese golpe se manifestase durante los siguientes días. En ese momento, tampoco quería que me atormentara, era el motivo porque el que me parecía una gran idea el poder distraerme con una conversación… pero ¿cómo instarla? Me enrollé aún más en la capa esmeralda y miré al cielo. Lo tenía.

—¿Dónde escuchó esa canción? —me quedé viendo la fogata también. No quería incomodarlo.

No me respondió, al menos por varios segundos que parecieron minutos. Me moví unos centímetros para verlo. Tenía sus ojos cerrados y la cabeza inclinada.

«Se durmió», pensé. Hice un hueco con mis brazos y la capa, y escondí mi cabeza dentro.

—La aprendí hace muchos años —comentó por lo bajo, como si fuese a despertar a alguien.

—¿Quién se la enseñó? —sentí que me había lanzado muy profundo con esa pregunta, sin embargo, no podía lamentarlo. Estaba logrando que él, aquella persona que muchos temían y reconocían por ser un frívolo sin sentimientos, estuviese hablando sobre cosas que nadie sabía.

—Lo sabes, ¿no? —su voz sonó a oscuridad y rencor—. ¿Es el motivo por el que estás haciendo preguntas?

—No… No lo sé. Por eso estoy haciendo preguntas… —miré hacia otro punto, algo avergonzada. No quería incomodarlo.

Volví en sí. Reconocí que estaba comportándome como una mocosa estúpida que estaba saliéndose del protocolo, lanzándole preguntas inquietantes a su superior y siendo caprichosa en todo sentido. Era una soldado perteneciente a la Legión de Reconocimiento, una persona íntegra y de confiar, seria y sensata, prudente, no una niña intrusa. Me sentí mal. No sabía cómo pedirle disculpas o retractarme de lo que había dicho, hasta que la situación tomó otro rumbo.

—Farlan —murmuró—. Se llamaba Farlan.

—Lo siento mucho, Capitán —lo detuve de inmediato—. Yo no quería incomodar, ni menos faltarle el respeto haciendo preguntas de este tipo. No tiene que contármelo si no quiere —me encogí de hombros.

—No me incomoda… —no despegó su vista del fuego.

Levanté el rostro para mirarlo, con la esperanza de que me contase lo que quisiera, pero esta vez, estaba dispuesta a escucharlo. Me acerqué más a él, rompí toda distancia. Estábamos muy cerca, sin embargo, el pequeño espacio no se hacía tan malo. Por un segundo, confié en que podíamos llevarnos bien.

—¿Farlan? —me interesé—. ¿Era un chico?

—Era mi amigo. Le gustaba la música —dijo, sin dejar de sobarse la pierna.

Era. Gustaba. ¿Qué había pasado? De la nada, un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Él había perdido a su familia y amigos? ¿Estaba solo? Como yo.

—¿Y qué pasó? —indagué.

—Murió. Él e Isabel, muertos por… titanes —su voz sonaba más apagada que nunca, y no es que él manifestase tanta alegría cuando hablaba, pero ahora estaba inmerso en dolor. Yo lo sabía, porque yo me sentía del mismo modo cuando recordaba ese tipo de cosas—. Vivíamos en el bajo mundo. Antes de venir de aquí y ser parte de la Legión de Reconocimiento, fui un delincuente, para cualquiera que piense que el acto de luchar por sobrevivir tiene ese nombre. Isabel y Farlan eran mi familia, no convencionalmente, pero para mí era así. Nos reclutaron en la Legión por nuestras habilidades y… en nuestra primera expedición fuera de las murallas, ellos… murieron… Aún… recuerdo sus rostros —su voz se fue entrecortando a medida que soltó las últimas palabras. Lo entendí, supongo que el asco se ciñó en su garganta. Nadie quiere recordar algo así.

—Lo siento —mencioné sin saber qué más añadir, excepto por—: Y lamento, sobre todo, las actitudes que he tenido últimamente. No se repetirán.

—Sí, lo harán, ¿sabes por qué, Mikasa? —me miró. No me había mirado así en todo ese tiempo.

No comprendí a qué se refería.

—No.

—Porque somos humanos. Por más que evitemos nuestros instintos, no podemos luchar contra los impulsos. Podemos ser fuertes, asesinos, tener carácter y espíritu de batalla, pero no hay comparación con tener sentimientos y empatía por los demás. Algunos podrían pensar y confundir ambas cosas, puedes ser duro y luchar hasta el final, pero no significa que dentro de ti no haya nada. Callar a veces es lo más sano cuando tienes que salir a luchar, pero como te dije, no significa que por dentro no sientas nada —tuvo el entrecejo fruncido todo el tiempo que dijo esto. No sé si estaba molesto o si solo era su pierna que no dejaba de doler.

Por otro lado, sus palabras me impactaron profundamente. No pude decirle nada más ni por añadidura, supongo que, con todo eso, él ya lo había dicho todo.

Aunque mi garganta se constriñó ante sus palabras, no lloré. Traté de contenerme. Aunque él mismo había dicho que los impulsos no se podían controlar, yo no estaba preparada para enfrentarme directamente con mis dolores, ni con ningún tipo de sentimiento. Prefería no hacerlo, porque, aunque yo fuese fuerte en la batalla, los sentimentalismos me llevaban hacia el abismo en cosa de segundos, me entorpecían, no me dejaban ver con claridad ni tomar decisiones. Por eso se me podía ver seria y neutral todo el tiempo.

Me sentí miserable, pero, al menos, no me sentí tan sola. Es más, sentí que Levi estaba más solo que nunca, porque no tenía a nadie. Tal vez a Erwin, a quién le debía gratitud. Pero nadie cercano como Eren y Armin lo eran para mí.

Ese día las cosas tomaron un giro sorpresivo, sobre todo la perspectiva que tenía del medio que me rodeaba. Lo más impactante fue cómo la imagen de Levi cambió para mí luego de esa conversación. Lo curioso es que no se detuvo ahí, aunque yo no pude decir más, él sí pudo, y hablamos toda la noche sobre cosas triviales, sobre cosas personales, pero después de esa confesión que, aunque breve, fue bastante comprometedora, no volvió a comentarme temas de tal envergadura. Tampoco lo presioné, él había confiado en mí y eso era suficiente.

Hubo un momento en que el silencio reinó el lugar. Eso me dio tiempo de pensar. Pensé en el bajo mundo. Levi me había confirmado su existencia y eso me apretó un poco el estómago, por la crueldad de la situación. La gente moría enferma allá abajo, pero traerlos a la superficie era arriesgarlos a morir siendo comidos por titanes. No pude decidir qué era peor. Pero más allá de cuestionarme sobre cómo y por qué había sucedido eso, otro pensamiento aleatorio vino a mí: Levi había conocido el cielo. Qué triste y solo debió haber estado.


Abrí los ojos de golpe, porque reconocí la luz a través de mis párpados. Cuando lo hice, me encontré con el sol en total plenitud sobre mi rostro. Me dolió la vista y me cegaron los rayos de sol, pero gracias a eso, reaccioné de inmediato. Me senté de golpe, logrando que una clavada me diese en la cabeza, con gran intensidad. Aún dolía, aún me sentía mareada. Había sido ingenua al creer que, por dormir un poco, mi cabeza iba a volver a la normalidad, pero no había funcionado. Seguía doliendo, así que supuse que el golpe debió ser lo suficientemente fuerte para dejarme de esa forma.

Cuando pude reanudar por completo, eché un vistazo a mí alrededor. El cielo estaba parcialmente nublado y el ambiente se sentía fresco. Vi la fogata apagada, sin ningún rastro de humo. Estaba totalmente seca. Sobre mí, mi capa hacía de cobija y dónde antes había estado mi cabeza, otra capa estaba doblada de manera que funcionaba como almohadón. Me quedé pensando unos segundos.

«¿Cuándo pasó eso?», pensé. «¿Fue Levi?».

Me llevé la mano a la frente y se sintió agradable, porque estaba fría y mi cara estaba ardiendo. Tenía fiebre, pero sabía que no mejoraría hasta recibir atención. Me reincorporé, para ponerme de pie lentamente. No podía exigirme mucho o podía estrellarme contra el suelo en cualquier momento. Tomé mi capa y me la puse cubriéndome bien. Recogí la capa que estaba en el suelo y la sacudí.

—Mira quienes están aquí —una voz llamó mi atención. Me giré suavemente para ver de qué se trataba. Todos mis movimientos pasaron a ser muy lerdos.

Era Levi que traía consigo los caballos. Miré a mi alrededor confundida y me acerqué a él.

—¿Dónde los encontró? —era probable que hubiese salido muy temprano por la mañana como para haberlos hallado, ni mucho menos, ya que eran los dos.

—Ellos nos encontraron —había vuelto a ser el mismo personaje tajante y frívolo—. Temprano por la mañana, los escuché relinchar en las cercanías.

Eso me dio algo de alegría. Los caballos estaban bien, sanos, no estaban heridos, lo que significaba que podríamos salir de ahí sin mayores problemas. Tomé la rienda de mi caballo para acercarlo a mí y acariciarlo.

—Estuve revisando tu equipo de maniobras y está bueno —dijo, mientras ajustaba el equipo que traía puesto y que era el mío. La noche anterior, me lo había quitado pensando que estaba malo—. Voy a llevarlo yo en caso de necesitarlo. No te ves muy bien. Anoche chillaste en varias ocasiones. Supongo que tu cabeza te está reclamando el golpe.

Me llevé la mano a la cabeza. Sí, dolía mucho. No tenía ganas de discutir en ese momento, así que preferí obedecer y asentí a todo lo que me dijo.

En ese mismo instante, nos preparamos. Los caballos estaban intactos, solo debíamos montar y partir. Sin embargo, yo no me encontraba bien; mi cabeza parecía que iba a estallar y, aunque no quise manifestarlo, Levi lo había notado. Mas no consideraba necesaria una parada, tampoco pretendía quejarme todo el camino. No tardaríamos en llegar a la formación, podría resistir perfectamente. Era fuerte, un estúpido dolor de cabeza no podía ser tan nocivo.

Nos subimos a los caballos y partimos. Por medio de una breve charla, Levi me comentó que había hecho reconocimiento del perímetro temprano en la mañana, mientras yo permanecía dormida (o aturdida). Como estaba al tanto de todo, fue él quien guio el recorrido hacia la formación y decidió qué caminos debíamos seguir. Le dimos la vuelta al lugar y subimos por una cuesta hasta llegar a los prados. No se veían titanes en las cercanías, lo que llamaba la atención de solo pensarlo. Usualmente, cuando salíamos de los muros, no se tardaban ni minutos en aparecer hordas de ellos. Pero, en aquel momento, el día estaba tranquilo, parecía un día normal, dentro de una vida normal… pero eso me aterró, porque justo cuando se cree que todo va a estar bien, algo demuestra lo contrario.

Mientras miraba el paisaje, atenta ante cualquier incidencia, recordé la conversación de la noche anterior. Desconozco por qué esa imagen volvió a mi mente. Volteé a ver a Levi, quien estaba completamente alerta también. Maldito golpe, estaba haciendo estragos en mi mente. Traté de omitirlo, pero fue peor. Volvió a mí como si me estuviese persiguiendo.

Ahora Levi había vuelto a la normalidad, a lo que acostumbraba a ver de él. No tuvo ningún trato especial conmigo en la mañana, y tal vez era mejor que así fuese. No sabía mucho de él, así que no podía esperarme nada, mas agradecía haber conocido una parte. Me pregunto cuántas personas podrían decir lo mismo. El comandante Erwin, tal vez. Sin embargo, ahora era yo quién tenía un extracto de la historia y no me parecía tan malo. Destacando que, gracias a eso, me había sentido menos sola. Todos en este infierno, dentro de esas paredes, sufríamos interminables dolores, pérdidas y sueños que se habían roto junto con las esperanzas, y sabía muy bien cuántas personas no volverían a ver a sus seres amados otra vez, pero muy pocos sabían cómo había sido el día en que lo perdimos todo estando en Shinganshina, cuando el titán colosal rompió la pared. Ver con los propios ojos cómo los titanes devoran a tus cercanos.

Yo lo había vivido. Carla, la mamá de Eren, no era mi madre, pero yo la había querido como tal, porque me había criado como si yo fuese su hija. No pudimos salvarla, y ha aparecido en mis pesadillas tantas veces. Levi no pudo salvar a los suyos, y de seguro los ve en sus sueños también.

Isabel y Farlan. Aquello era como si yo perdiese a Eren y Armin a la vez. Ese pensamiento me hizo doler más la cabeza y se me apretó el estómago de solo pensarlo. No era pena, mucho menos lástima, pero un sentimiento extraño surgía en mí cuando pensaba en el dolor que debió sentir Levi cuando los vio muertos. No debe ser muy lejano a lo que sentí yo.

Luego, decidí mirar hacia el cielo y, ciertamente, lo vi de otra forma. Porque sabía que había personas que no iban a conocerlo jamás y, quizás, eso tan simple y banal era un privilegio. A pesar de todo el infortunio, podíamos estar arriba en la superficie y sentir el viento en el rostro.

De pronto, el movimiento del galope del caballo me mareó y no pude controlar mi cuerpo sobre el animal. Me resbalé, cayendo al suelo sin tener tiempo de reaccionar y afirmarme de algo.

Levi debió sentir el golpe, ya que se devolvió a verme en ese mismo instante, aunque indignado, porque podría haber titanes cerca y yo estaba en el suelo perdiendo el tiempo, según lo que oí de sus protestas. Me gritó un buen par de veces, mientras yo intentaba ponerme de pie y no trastabillar en el intento.

—¡No lo estoy haciendo apropósito! —vociferé, mareada aún más con su alboroto.

Se quedó en silencio y me ayudó a pararme. Por lo menos, estaba cooperando, pero discutimos de todos modos.

—No vas a cabalgar sola, vienes conmigo —comandó con vozarrón de capitán. Estaba muy molesto.

—Claro que puedo —solté de un tirón el brazo que me había tomado—, no soy débil. Puedo arreglármelas sola, siempre lo hago.

Caminé hacia mi caballo… o mis dos caballos.

Había comenzado a ver borroso.

«¡Rayos!», maldije para mí misma.

—Estás herida y tu cabezota no está funcionando ni remotamente bien —se quejó.

Mientras trataba de enfocar al caballo frente a mí y escuchaba los reclamos de Levi, mi cuerpo se fue hacia atrás, llevándome de vuelta al suelo. Pero Levi me sostuvo antes de conseguirlo.

—¡Suficiente! —ahora sí estaba enojado—. Ya te caíste del caballo y te golpeaste de nuevo. Si te vuelves a caer sería la tercera, y no quiero que quedes tres veces más estúpida.

Tenía razón, iba de mal en peor. Recordé la conversación, nuevamente, justo en la parte de los impulsos y todo eso. Rezongué con pesadez.

Me subí a su caballo con dificultad, no sin su ayuda, él estaba detrás de mí. Mi caballo fue atado a nuestras espaldas. Comenzó a cabalgar, halando de él y subió la velocidad considerablemente en comparación a cómo íbamos en un principio. Supongo que estaba preocupado por la presencia de los titanes y por el tiempo que habíamos perdido conmigo. Iba a una velocidad vertiginosa, o quizás yo lo sentía así, pero a pesar de eso, el viento chocaba en mi rostro y eso me refrescaba, se sentía agradable.

Mientras cabalgaba sacándole bufidos al caballo por la exigencia de fuerza y rapidez, yo luchaba contra el mareo y el dolor de cabeza que me presionaban con fuerza. La brisa era todo lo que tenía para aliviarme, así que respiré con pujanza y me concentré en sentir el viento en la cara.

Poco a poco, y temerosa de caerme, abrí los brazos, como un ave que intenta volar.

—¿Qué haces? —me retó Levi.

—Sentir el viento —contesté.

Escuché un hm de respuesta. No supe en qué tono lo dijo, pero me importó poco. Cuando alguien te llevaba a galope desenfrenado por planicies de extenso verde, con el cielo inmenso sobre tu nimia existencia, se sentía como volar. El sol resplandecía, y sentí que todo eso era tan nuestro y lejano a la vez. Pero íbamos a luchar para recuperarlo.

—No le digas a nadie lo que hablamos —comentó Levi, sacándome de mi ensoñación.

Me quedé callada unos segundos. «Por supuesto que no», pensé.

—No lo haré… pero tampoco lo olvidaré —contesté bastante seria.

Él chasqueó la lengua, molesto.

Sinceramente, nunca iba a olvidarlo.

Luego de considerable tiempo viendo extensiones verdes interminables, nos adentramos por arboledas. Eran árboles largos y esbeltos. A medida que comenzamos a avanzar, se volvieron más espesos y, por cierto, para nuestra sorpresa, vimos a varios reclutas haciendo guardia, ordenando carruajes y cuidando caballos. Estábamos llegando. Eso me hizo sentir aliviada. Quería ver a Eren. Quería asegurarme de que todos estuviesen bien.

Nos internamos más y más adentro, sin encontrar a los escuadrones principales donde estaban todos los demás. Mientras cabalgábamos, comencé a tensarme, porque me fui dando cuenta de que todos nos miraban atónitos. Me molestó que no nos quitasen sus ojos de encima, pero era posible que hubiesen estado preocupados por Levi, porque lo tenían en muy alta estima, y preferí pensar en eso que en cualquier otra cosa. Tampoco quería ahondar en cómo se veía que fuésemos compartiendo un caballo cuando traíamos uno atrás, pero ya habría tiempo para las explicaciones.

Al final de las arboledas, casi saliendo de un túnel para llegar a la luz, estaban las villas. No estaban tan lejos como habíamos pensado antes de salir de los muros. Eran pequeñas casitas hechas de piedra y madera, algunas hasta con tejados de paja.

Levi detuvo el caballo, para disminuir la velocidad a la que avanzábamos.

Más y más reclutas cumpliendo labores fueron apareciendo en escena, hasta que llegamos a dónde se encontraban los escuadrones principales.

La mayor Hange y el comandante Erwin parecían histéricos, o por lo menos Hange parecía desesperada. Erwin mantenía su semblante militar, pero también se veía ofuscado. Hacían recuentos. Escuché la voz de un recluta dar información en voz alta, pero mi cabeza estaba tan adolorida que no pude concentrarme ni poner atención a lo que decía.

Todos voltearon a vernos abruptamente cuando llegamos al lugar.

—¡Capitán! —escuché una voz. No logré reconocer de quién.

La multitud se conmocionó y todos se acercaron a vernos. De pronto, vi a Eren a mi lado y eso me calmó inmediatamente. Él estaba bien. Armin se sumó y también llegó a mi lado. Me habían bajado del caballo y yo no me había dado cuenta. Sentí cómo me habían tomado para llevarme a zona segura. Cada vez estaba peor y creí que iba a perder el conocimiento en cualquier momento.

Por otro lado, todos estaban impresionados por cómo Levi me había traído en el caballo. Esperaban que me trajese de cargamento en el caballo de atrás, pero no sentada delante de él. ¿Tan terrible era la idea de que el capitán salvara a alguien? Ahora todos esos comentarios me parecían un poco crueles, porque él siempre lo hacía, dijésemos lo que dijésemos de él, era un compañero ejemplar.

—Está herida —Levi habló alto, para enunciarlo a los demás y que hicieran algo al respecto.

Erwin y Hange se acercaron a nosotros para comprobar que todo estuviese bien.

—¿Están bien? —habló Erwin—. ¿Qué pasó?

—Titanes —dijo Levi—, grandes y más ágiles que ningún otro. Cuando intentábamos proteger la formación, llegaron muchos y prioricé al escuadrón. Mikasa Ackerman se unió sin que pudiese impedirlo. Nos acorralaron y tuvimos que saltar por un barranco… es una larga historia. Lo importante es que no pasó nada…

El comandante Erwin lo quedó mirando, confundido.

—Con los titanes, quiero decir —se corrigió, apretándose el entrecejo con los dedos—. No hemos visto ninguno esta mañana.

—Tampoco nosotros y estamos preocupados. Levi, necesito hablar contigo —se retiró del lugar, logrando que Levi lo siguiera.

—¡Estás herido! —gritó Hange. Nos hizo espabilar a todos.

—No es nada, cuatro ojos. Estoy bien —reclamó, irritado. Y ambos caminaron detrás de Erwin, mientras otros oficiales se acercaban rodeándolos.

Me quedé viéndolo mientras se iba, y las voces preocupadas de mis amigos, que me atacaban con preguntas se fueron lejos. Me miraron, y luego a Levi, sin entender nada. Mas yo no podía despegar mi vista de él y sentía una extraña sensación al darme cuenta de que no iba a poder hablarle de nuevo de la forma en que lo había hecho…

Sasha se unió al grupo, gritando y pataleando, mientras salpicaba trozos de pan a todo el mundo. Entre todos, trataban de tomarme con cuidado. Me llevaron consigo hacia donde estaban las reclutas a cargo de curación. Solo pudieron ponerme una venda en la cabeza y darme un medicamento para el dolor. Resultó ser efectivo y con eso bastaba para mí.

Sasha me llevó un trozo de pan y agua. Me encontraba sentada sobre lo que alguna vez fueron tablas de una cerca. A mi lado, estaban Eren y Armin.

—Nos vamos ahora —comentó Sasha—. No será posible estar muchos días fuera, pero gracias a la idea del recorrido nos fue bastante bien

—Logramos llenar los carros —la emoción en la voz de Armin era gratificante—. Anoche no hubo actividad titán, así que, aunque estábamos muy cansados, logramos abastecer con lo que más pudimos. Incluso, sacamos implementos de las casas.

—Esta vez valió la pena —añadió Eren—. Lo difícil será volver. Hay que estar alerta.

—Tuvimos que detener a Eren para que no fuese a buscarte —añadió Sasha, sin importarle lo fuera de lugar que estuviese ese comentario.

Sonreí levemente.

—Estaba bien — dije.

Justo en ese momento, llegaron Jean y Christa. Estaban muy preocupados, lo vi en sus rostros.

—Disculpa que vengamos así, Mikasa. Tal vez quieras descansar.

—Estoy bien, Christa.

—¿Qué paso con el capitán? —me preguntó sin más.

Sabía que ese era el meollo de todo y la razón por la que todos estaban tan conmocionados. Sabía que ellos confiaban en mí y que tenían un claro conocimiento sobre lo que yo era capaz de hacer. Sabían que no iba a dejar de luchar, ni menos dejarme vencer por un titán. Así que, en todo momento, su preocupación se trató de cómo sobreviví una noche a la intemperie con el capitán.

Relaté brevemente lo ocurrido.

—Solo hicimos una fogata, porque la noche estaba muy fría. Pero estábamos alerta, por si aparecían titanes.

—Qué bueno que estés bien —comentó Jean, sonrojándose. Lo miré extrañada.

Comimos pan y bebimos agua, compartimos los últimos momentos antes de emprender la retirada, porque ya estaba todo listo para partir.

A pesar de esta rutina horrible de morir o luchar para no morir, me gustaba sentarme con ellos a disfrutar, aunque fuese un pan sin nada más que agua. Esa era la realidad e, indiscutiblemente, había cosas mejores, pero para mí no había nada mejor que saber que mis amigos aún estaban con vida y que podría verlos un día más.

Eso hasta que un recluta llegó volando con su equipo y gritando a todo pulmón.

—¡Titán! ¡Comandante! ¡Titanes vienen hacia acá!

—¡A sus lugares! —oí a Hange comandar.

Como hormigas a las que se les desordena la fila, todos corrimos rápidamente a nuestros lugares, agradeciendo que estaba todo en su lugar. Por supuesto, habíamos dejado las cosas para partir en cualquier momento. Por lo menos, ya me sentía mejor como para cabalgar, pero no tenía mi equipo de maniobras, así que no tenía más opción que correr junto a la formación sin ser de más ayuda.

Todos subieron a los carros, a sus caballos, y arrancaron por donde ya lo tenían previsto. Habían encontrado un camino más óptimo para llegar a los muros, sin tanto obstáculo, pero con árboles igualmente en el caso de que necesitasen usar los equipos.

Yo me demoré un poco en unírmeles, pero tuve que buscar mi caballo y liberarlo del amarre con que lo tenían. Me subí de un salto y me adelanté a toda velocidad hacia adelante, para incorporarme en la formación, justo al lado de Armin. Muchos de nuestros compañeros no pudieron seguir con nosotros. Aquellos que habían estado haciendo guardia cuando entramos a la arboleda se quedaron en la retaguardia distrayendo y matando titanes que comenzaron a salir de entre los árboles, como troles gigantes, pero no eran como los ágiles, eran los de siempre, lerdos, estúpidos y sin expresión. No importaba qué, nada los hacia menos repulsivos.

—¡Armin! ¡Eren! —los llamé, a medida que me iba acercando.

—¡Mikasa! —me gritó Eren—, quédate acá, no puedes luchar ahora.

Eren comenzó a disminuir velocidad, para irse quedando atrás. Entendí lo que quería hacer.

—¡Eren! ¡No lo hagas! —vociferé con ira.

—¡Tengo que ayudar! —insistió.

—¡No podremos ir a buscarte cuando hayas terminado!

—¡Exacto, mocoso! —Levi llegó a nuestro lado—. ¡Sigue hacia adelante y no voltees! Hay que proteger los carruajes. Quienes estén atrás saben lo que hacen.

Eren lo miró ofendido, no de mala forma, pero debió sentirse mal. No dije nada más, pero agradecí en silencio la intervención del capitán.

Cabalgamos sin pausa y, a pesar de que luego de varios minutos los muros comenzaron a verse, parecían estar imposiblemente lejos. Yo también odiaba no poder defender, luchar, pero era sensata y sabía que, si no podía, no tenía otra opción. Prefería acatar las órdenes que morir de forma estúpida.

Muchos murieron, al menos la mayoría de los que defendieron la parte trasera, pero no estábamos usando estrategia de ataque, sino de defensa. Todo se enfocó en escapar y proteger los carros para que llegasen íntegros dentro de los muros. Durante el escape del día anterior, y el reconocimiento de terreno y búsqueda de materiales, muchos flancos desaparecieron por completo. Ya teníamos suficientes bajas, así que no podíamos pelear, no había forma de considerarlo, por lo que tuvimos que huir, priorizando los bienes materiales que traíamos.

Esta entrada fue diferente. No fue como la mayoría de las veces que llegábamos con los brazos abajo, derrotados, sin palabras que decir. Ahora llegamos a los muros corriendo, si así pudiese describirlo. No paramos en ningún momento y llegamos más agitados que nunca.

Al vernos entrar, la gente nos recibió como siempre, pero esta vez más que contentos al saber que los carros no venían vacíos. Los encargados de abrir las puertas dieron el anuncio y las personas gritaban cosas buenas y malas. Nada que pudiésemos razonar en ese entonces, porque los titanes venían cerca y nosotros teníamos el corazón en la boca. Nos ayudaron desde el borde de los muros, con cañones que atacaron directamente a los titanes que insistieron en seguirnos.

Lo habíamos logrado, pero ninguno de nosotros podía volver en sí. Estábamos agitados, desconcertados, asustados, desesperados y todo un caos de emociones a la vez.

Se podía oír los vítores y aplausos como los llantos, entre medio, de quienes habían perdido a sus familiares o lo suponían, al no verlos entre la formación que venía entrando.


Desperté luego de una larga pesadilla. Estaba en el castillo, pude reconocer mi cama y la habitación que compartía con mis compañeras. Ya me sentía considerablemente mejor. Lo peor había pasado. La expedición de emergencia no había sido como muchos creían. No pasamos días afuera, en realidad solo la noche, lo que fue beneficioso para poder recaudar suministros. Hubo tanta conmoción antes de salir, y ahora todos estábamos de vuelta con una sensación terrible, de agotamiento, de tristeza por las pérdidas, pero siempre era así. Siempre.

Sabíamos que no podíamos llorar por los caídos y, sí creíamos lo contrario, era mejor desistir de todo esfuerzo por estar dentro de la Legión. Esa era un nuestra labor, si no lo entendíamos de ese modo, nos convertiríamos en un estorbo.

Ese día, el día siguiente desde que llegamos, durante la noche se realizaría una reunión a cargo del comandante Erwin y el comandante Pixis.

Nos reunimos en el salón. Cuando llegué, todos estaban predispuestos ya, pero sus rostros dejaban mucho que desear. Pasé de largo a sentarme al lado de Armin y me quedé allí a la espera de que diera inicio la charla.

Erwin entró al salón a paso firme junto a Hange. Pixis estaba en el salón esperándolos desde hacía rato ya.

Los tres tomaron lugar adelante y pidieron silencio a todos los reclutas para hablar del tema.

—Soldados pertenecientes a la Legión de Reconocimiento —enunció Erwin—, primero que todo, quiero manifestar mi gratitud hacia el esfuerzo que se puso para que la expedición se pudiese llevar a cabo. Si bien, como en toda misión de este tipo, hemos experimentado diversas bajas, hoy quiero informarles que las bajas en esta ocasión fueron considerablemente menores. Lo que no quita el sabor amargo que nos deja perder compañeros —nos miraba a todos, como si tratase de decirnos que nos entendía, pero sin dejar de lado su rostro severo. Él nunca quebrantaría su imagen.

—Si bien no pudimos obtener mucha información sobre los titanes, algo nuevo se ha añadido a los estudios que tenemos, gracias a la experiencia de la soldado Mikasa Ackerman —Hange hablaba y la odié por nombrarme, porque todo el salón volteó a mirarme—. Existen titanes ágiles, mucho más que cualquier otro titán, lo que no es una noticia muy buena, ya que nos deja a la deriva sobre si seguir saliendo o no de expedición. De todas formas, esta información seguirá en estudio.

—Por mi parte —Pixis tomó la palabra—, quisiera agradecerles, en nombre de la toda la población, que hayan cumplido con el objetivo propuesto, considerando, por cierto, que esta es la primera vez en la historia de las expediciones fuera del muro en que se ha tenido éxito. Es una ocasión totalmente diferente a las otras y es por esto que, conforme con el permiso del comandante Erwin, hemos decidido dar una ceremonia para honorar a los caídos y agradecer a las tropas su esfuerzo — Pixis era un excéntrico.

Se quedó de pie erguido y orgulloso luego de su discurso, pero yo me concentré en la cara del comandante Erwin.

—Al comandante Erwin no parece gustarle la idea— Armin me susurró lo más bajo que pudo.

—Pixis… no me parece una buena idea.

—Erwin, por primera vez vamos a agradecerles, deja que tus tropas tomen un respiro. ¿No crees que es difícil para ellos?

—Conocen las reglas y las consecuencias de estar aquí.

—A mí me parece una buena idea —comentó Hange—, después de todo, estarán aquí por mucho tiempo antes de salir de nuevo, al menos hasta que estemos seguros sobre lo de los titanes ágiles. Los carros volvieron llenos. No era algo que esperásemos.

—Son jóvenes, Erwin —dijo Pixis—. Soldados, pero personas detrás de todo lo que ves.

—Simplemente, me parece inapropiado —Erwin parecía molesto—. Siempre con sus ideas nefastas, Pixis. Esto es como el concurso de cocina, ¿y ahora una fiesta? ¿Para qué? ¿Para celebrar a los caídos?

—Por supuesto —señaló Pixis—. ¿Cuántas veces has honrado a los caídos? No es una fiesta, no es cualquier cosa, es para darle formalidad al asunto y que se puedan despedir a quienes no volvieron de forma justa y honorable. Lamentablemente, no podemos hacerlo con todos quienes cayeron antes, pero lo haremos ahora por todos ellos. Como digo, es una propuesta y no acredito que vuelva suceder.

—El pueblo va a molestarse si se entera que estás gastándote los recursos.

—No vamos a usar los recursos de nadie. Todo es interno. Te recuerdo que no es una fiesta, es un evento para que puedan comer, por alguna vez en la vida, algo más que papas y pan. Aparte, no serán gastos extravagantes. Los mismos reclutas organizarán el evento.

—Me opongo rotundamente —reclamó Erwin.

—Erwin… —Hange depositó su mano en el hombro del comandante, mirándolo condescendiente. Luego de eso, todo el salón quedó a la espera de la respuesta.