Bueno, ya está decidido. He planeado toda la historia hasta el final y he decidido que será prólogo + 16 capítulos + epílogo. ^_^ Así que tendréis diversión para rato con este fic. Por ahora llevo el siguiente capítulo escrito, pero me falta revisarlo así que no sé cuándo lo subiré.

Por otra parte, me gustaría dar un enorme gracias a todos los reviewers, que a pesar de que el anterior capi era cortito, dejaron su opinión. ¡De veras, os adoro!

Y nada, espero que os guste y no os preocupéis que en breve esto se pondrá súper emocionante. ^_^

Besitos,
Debauchi

PD: Soy fatal con las fechas y tal… así que si veis algún error en las edades o algo así, no dudéis en decirlo y lo arreglaré. ^_^ Gracias.


Capítulo 1: El mágico efecto mariposa

La tienda estaba patas arriba de nuevo. No sé por qué le permitía al estúpido de Forbes tocar nada si desde hacía más de medio año yo llevaba casi todas las ventas y el inventario. Pero que podía hacer sino tragarme mis quejas y volver a reorganizar todo el caos que había creado el idiota de mi jefe.

"¿Por qué habrá cambiado de lugar las cajas provenientes de Egipto?" Exclamé en voz alta con indignación. No entendía que sentido tenía que mezclar los objetos egipcios con los aztecas.

"Daniel." Oí que decía una voz grave que reconocí en seguida.

"Sí, señor Forbes." Me dolía tener que tratar tan formalmente a alguien que tan poco se merecía mi respeto, pero lo trágico del asunto era que si me despedía, era muy poco probable que encontrara otro trabajo en el mundo mágico.

"Quiero que etiquetes todos los objetos que han llegado esta tarde antes de que te vayas." Me ordenó con su inconfundible voz chillona y molesta.

"Sí, por supuesto señor Forbes." Contesté lo más formalmente que pude aunque por dentro hervía de rabia. ¡Era tan típico de él, mandarme faena a un cuarto de hora de que cerráramos la tienda!

Cuando le vi ponerse la chaqueta y salir por la puerta trasera sin siquiera despedirse suspiré aliviado. Podía ser que este trabajo fuera una mierda, pero era aún peor en la presencia de aquel dichoso hombre.

Recordaba añorante mi antiguo trabajo como cabeza del departamento de aurores, resolviendo casos, atrapando a criminales, impartiendo justicia… Adoraba ese trabajo y debido a eso no podía evitar que me molestara como había acabado ahora, un año después, como dependiente en un horrible tienda llamada "Forbes' Antiquary" donde se vendían desde objetos meramente decorativos hasta algunos que podían matarte con solo tocarlos. Aunque no todos nuestros productos estaban expuestos en la tienda, es más, la mayoría de ellos eran tal altamente ilegales que eran sólo recogidos por encargo y por clientes muy distinguidos.

Y lo realmente extraño era como alguien como yo encajaba en algo así. Nunca me hubiera imaginado en un tienda del estilo de Borgin y Burkes vendiendo objetos de dudosa moralidad, pero las circunstancias cambian, y a pesar de todo el tiempo que llevaba aquí, aún no había vendido nada que fuera realmente mortal. Así que por ahora las cosas iban bien.

Lo más duro había sido al principio, cuando llegué a este extraño futuro. Al principio no noté nada extraño más que el hecho de que tras la explosión, hubiera acabado desmallado en un sucio callejón del Londres muggle. Pero minutos después cuando me aparecí en el ministerio entendí que algo había ocurrido.

Bueno, todo el mundo sabe que un Starbucks no aparece de un día para otro, y ahí estaba, donde debía estar el ministerio había un puñetero Starbucks a lo futurista. Y aunque siempre había adorado el café no pude evitar que un ataque de pánico me invadiera.

Mi siguiente destino fue mi casa en Grimmaud Place que ahora ya no parecía ser ocupada por los Potter sino por una familia llamados los Clayton.

Pero todo fue explicado cuando ni una hora más tarde, deambulando por el callejón Diagon compré el periódico del día en un puesto de la calle. Aún recuerdo el titular '40 años del cierre de Azkaban'. Recordaba haber sido uno de los que promovió el cierre de la cárcel mágica hacía tan sólo ocho años así que no tenía ningún sentido el titular hasta que miré la fecha del periódico y leí que hoy era veinte de Febrero del 2040. Seguí leyendo el artículo con esmero, sin siquiera parpadear mientras absorbía toda la información posible que pudiera extraer, pero al pasar la hoja y ver lo que me esperaba casi no pude ni sostenerme en pie.

Había un nuevo señor tenebroso. Y mucho más efectivo que el anterior, ya que esta vez parecía que estaba a cargo de todo el mundo mágico.

Mi siguiente paso fue ir a la librería y comprar todos los libros de historia necesarios para seguir leyendo y leyendo información, y así enterarme de lo que nos había ocurrido a Gin y a mí, y todo lo que pudiera extraer sobre aquella reunión que me había catapultado al este infernal futuro.

Alquile una habitación en uno de los hoteles muggle cerca del callejón Diagon y me pasé días investigando.

Una semana después había llegado a una terrorífica conclusión. No podía interferir de ninguna manera en este futuro que se había formado sin mí. Ni siquiera debía avisar a mis propios hijos de que estaba con vida, y menos tras la revelación que había tenido esa semana. El nuevo señor tenebroso no era otro que mi hijo mediano Albus Severus.

El shock de enterarme de que era él el que gobernaba el mundo mágico con multitud de leyes antimuggles y con un fuerte racismo mágico, no me sentó para nada bien. ¿Pero qué podía hacer? Era mi propio hijo, y para ser sincero no es que estuviera en desacuerdo con muchas de las leyes que había promulgado en otros aspectos de la sociedad. Había ayudado a multitud de seres mágicos a integrarse, cómo darles derechos a los licántropos y a los vampiros. Asegurarse de que no hubiera desigualdad para ninguna criatura mágica no era algo horrible, sino encomiable. Y no podía comparar en ningún sentido la tarea que hubiera desarrollado Voldemort con la que estaba llevando a cabo mi hijo.

Pero lo cierto era que toda su benevolencia era para las criaturas mágicas y eso dejaba salir a flote el odio profundo de esta sociedad contra el mundo muggle. Había muchísimas leyes que impedían a los muggles interferir en la sociedad mágica, por ello algunos de los hijos de muggles decidían dejar la magia, ya que para poder acudir a las escuelas de magia se les hacían firmar duros e irrompibles pactos que les impedían ayudar de ningún modo a muggles con magia bajo pena de cárcel. Ese juramento no era sólo hecho por hijos de muggles sino por todo alumno que pisara una escuela mágica.

Aunque no estaba de acuerdo en esta separación tan radical de ambos mundos, decidí que lo mejor era implicarme lo menos posible y evitar el contacto con cualquier persona conocida. Por eso estaba ahora aquí, en una horrible tienda de la calle Westmore del distrito mágico de Edimburgo. Alguien sin identificación, sin papeles y sin absolutamente nada no podía permitirse ser selectivo a la hora de buscar trabajo. Así que cuando el idiota de Forbes me ofreció un puesto no pude rechazarlo, era trabajar ahí o morirme de hambre.

Bueno, tenía que dejar de pensar en el pasado. Lo había perdido todo, eso era cierto. A mis adorables hijos, a mi perfecta esposa, a mis leales amigos, mi distinguido trabajo, pero hacía meses que me había dado cuenta que nunca los recuperaría. Todo el mundo sabía que era imposible cambiar el pasado, por lo menos no a tan largo plazo, así que tenía que acostumbrarme a esta vida.

Suspiré con cansancio acabando de poner unas etiquetas en los últimos artículos. Ya había terminado así que podía irme a casa a cambiarme, para salir un rato con Tomás y Chen. Ambos eran compañeros de piso, el primero un checo alocado que trabajaba para una ONG de ayuda para los animales, y el segundo un estudiante chino friki con demasiado tiempo libre. No podía estar más contento con ambos ya que habían sido extremadamente amables cuando me había instalado con ellos.

Deposité la última caja vacía en el montón a mi izquierda, y salí del local cerrando mágicamente con un movimiento de varita.


Otra tarde aburrida en la tienda. Llevaba aquí una hora y no había venido nadie en absoluto y por si no fuera poco las puñeteras lentillas no hacían más que escocerme. Odiaba tener que camuflarme para que nadie sospechara mi verdadera identidad. Mis ojos ya no eran verdes sin marrones, mi pelo oscuro había dejado de ser el cabello corto que siempre me había caracterizado para dejarlo crecer hasta mis hombros, y sumando a todo ello la inexistencia de la cicatriz en forma de rayo, no creía posible que nadie fuera capaz de reconocerme. ¡No me reconocía ni yo y menos alguien que me vio por última vez hace treinta y tres años!

La verdad es que tanto tiempo libre me servía para estudiar algunos de los libros que pertenecían a mi jefe. Algunos eran extremamente raros, otros inexplicablemente útiles, y demasiados de ellos tremendamente peligrosos. Así que, después de quemarme las cejas con uno y que otro me mordiera la oreja decidí andarme con cuidado. De todos modos, no había duda alguna de que había verdaderas joyas en aquellas estanterías, hechizos sepultados por el tiempo y por el olvido que podían suponer ventajas impensables si alguien los empleara con buen ojo. Por ello dedicaba la mayor parte de mi tiempo a investigar los libros de 'Forbes' Antiquary' y visto los pocos clientes que iban sin cita, era mucho tiempo.

Oí el sonido tintineante de la puerta y elevé mi vista del libro para observar al nuevo cliente que entraba. No me sorprendí al ver a la persona de metro ochenta vestida con una túnica negra que le llegaba hasta los pies y la cabeza cubierta con una capucha enorme que le caía elegantemente por los lados. Volví mi vista al libro sin prestarle más atención de la debida, era normal que los clientes no mostraran ningún rasgo que pudiera delatar su identidad, ya que esta tienda no era nada bien considerada.

Seguí leyendo hasta que noté una presencia delante de mí, eso significaba que no había venido solo para mirar sino que tenía una cita con Forbes. Elevé mi mirada pero sin fijarla en la del hombre ante mí, eso siempre resultaba un poco violento y los clientes no se lo tomaban bien.

"¿Desea algo?" Dije con mi típico tono de dependiente.

"Tengo una reunión con Forbes." Por la voz podía detectar que era un hombre de unos treinta y algo, me había hecho muy bueno en detectar este tipo de cosas.

"Le avisaré de que le está esperando." Dije formalmente antes de entrar en la puerta de personal y llamarle. No oí respuesta porque lo que salí a comunicárselo.

"No está. Así que sí que si no le importa esperarse unos minutos no creo que tarde mucho." Ante mis palabras el hombre asintió ligeramente y se giró caminando hacia el expositor, supongo que querría observar que otras cosas habían en venta.

Volví mi atención al libro, releyendo con calma el anterior parágrafo y siguiendo hasta el final de la hoja. Entonces me di cuenta que el cliente parecía interesado en algo. Me acerqué sutilmente y miré de qué se trataba, ah sí, el amuleto de Innis.

"Sería un regalo perfecto, si me permite la indiscreción." Mi frase hizo que el hombre pusiera su atención en mí. Me acerqué a coger la joya en mis manos y acercársela para que la viera con más detenimiento mientras le explicaba sus propiedades. " El amuleto ha sido un legado familiar de los Innis durante siglos hasta que hace un par de meses nos lo vendieron a nosotros. Tiene varios hechizos aplicados que no han perdido su efectividad a pesar del tiempo. Proporciona protección y cuidado a aquella persona a quien se le obsequie. Una perfecto regalo para alguien a quien le tenga afecto o cariño." Le acerqué el colgante para que lo cogiera y cuando lo tuvo en sus manos pude notar que no le era indiferente.

"El precio creo que está en tres mil galeones, una ganga si piensa en que es una joya tan antigua." Al ver la poca reacción del hombre ante mí, pensé en cambiar mi estrategia. Al fin y al cabo me llevaba comisión extra por las ventas. "Aun así, podría negociar el precio con el señor Forbes, estoy seguro de que le hará una oferta mejor." El cliente depositó de nuevo el amuleto en la caja y me encaró.

"¿Y dime, quién eres tú? La última vez que vine Forbes no tenía ningún ayudante." La voz sonaba seca, sin ninguna emoción, y aunque era lo habitual en los clientes de esta tienda no pude evitar que se me erizaran hasta los pelos de la nuca. Había algo en el hombre ante mí que me perturbaba.

"Sí, el señor Forbes me contrató hace siete meses." Ante su silencio decidí decirle mi nombre. "Me llamo Daniel."

"Daniel…" Repitió monótonamente. "¿Daniel… qué más?"

No iba a decirle mi apellido por qué me lo pidiera, de eso ni hablar.

"No creo que eso tenga rele…" Empecé a decir, pero una voz a nuestras espaldas habló y nos giramos.

"Perdone, señor Donovan pero he tenido unos problemas y…"

"No quiero sus escusas Forbes." La voz era dura y enfadada, se notaba que no estaba acostumbrado a que le hicieran esperar. No sé por qué pero una imagen de Lucius Malfoy se posó en mi mente, sí, parecía que nuestro cliente era de ese tipo de persona.

Me giré a mirar a mi jefe que pasaba por mi lado acompañando al supuesto señor Donovan a su despacho. Prácticamente todos los clientes utilizaban nombres falsos, así que era poco probable que ese hombre se apellidara así. Lo que me chocó fue la cara de medio terror en el rostro de mi orgulloso jefe, parecía que había acertado con la personalidad y la posición de nuestro querido comprador, ya que era la primera vez que veía actuar así a Forbes.

Ninguno de ambos me miró antes de entrar dentro del despecho. Y cinco minutos después un disgustado cliente salió de la habitación.

"Espero por su bien que lo tenga antes del mes que viene, Forbes." La amenaza sonaba fría y despiadada, y no podía negar que el hombre era imponente y señorial.

Mientras caminaba hasta la salida le observé detenidamente con curiosidad. ¿Qué asuntos se llevarían entre manos mi jefe y él? Y por eso no detecté que se había detenido con la puerta entre abierta y me miraba directamente a los ojos sin siquiera parpadear. Lo último que pasó por mi mente antes de volver mi vista al libro fue lo extrañamente profundos e insondables que era sus ojos verdes.


Bueno, hasta aquí el primer capítulo. Espero que no os haya decepcionado que Harry no luche con uñas y carne para restablecer al mundo a algo justo e igualitario. Pero pensar, que esta vez no es un señor tenebroso demente quien está a cargo del mundo, sino que es su propio hijo.

Y bueno, supongo que os hacéis una idea de quién era el cliente. ^_^ Jeje…

Pues eso es todo, nos vemos en el siguiente capítulo.
Debauchi