WELCOME TO MY LIFE

El despertador había sonado a la hora de siempre, y apenas había tenido tiempo de remolonear en la cama, disfrutando del calor de las sábanas antes de levantarse. Ginny no estaba en la cama, y probablemente ya estuviese lista para salir al trabajo. Se puso en pié con desgana y fue hasta el baño. Tras orinar apoyado en la pared, mientras se despejaba lentamente y sus ojos se habituaban a la claridad, repasó en su mente el sueño que aquella noche lo había asaltado, impidiéndole dormir de un tirón y descansar. De nuevo el mismo sueño, de nuevo otra vez él en su sueño. Se dio unos cuantos golpes en la cabeza contra la pared, ¿cuánto tiempo había pasado? ¿Ocho o nueve años? Debería haberlo olvidado ya.

Pasó a afeitarse frente al espejo, podía escuchar el silbido de la tetera y voces en la cocina. Un niño pequeño de pelo negro revuelto, aunque menos que el suyo, la cara surcada de pecas y unos espabilados ojos aguamarina apareció en pijama y descalzo en la puerta del baño.

- Hola papá- Harry se giró para mirarlo. El niño se rió al ver la cara llena de espuma blanca.

- ¡Thor!- saludó- ¿Qué haces así todavía? Venga, trae la ropa que preparamos anoche y dile a mamá que vista a Lilith…que no llegamos- le dio una palmadita en la espalda y Hector salió corriendo- ¡Y ponte las zapatillas!

- ¡¡¡Harry!!!- el grito de todas las mañanas llegó en el momento esperado. El día que no amaneciese sin el ¡¡¡Harry!!!, podía preocuparse, Ginny se habría quedado muda…

- ¿Qué?- suspiró mirándose al espejo. Como un destello, apareció una figura tras él. se giró rápidamente, pero no había nadie. Sólo los azulejos de siempre. Ginny se apoyó en el quicio de la puerta con los brazos cruzados. Iba vestida con una túnica oscura de corte serio y elegante, el llamativo pelo rojo, que se le había oscurecido un poco con la edad iba recogido en un sobrio moño bajo en la nuca. Tras ella se asomaba una niña anegada en lágrimas.

- Me voy ya, o no llego. Tengo una reunión a primera hora- informó. Harry chasqueó la lengua con fastidio.

- Ginny…viste a Lilith por lo menos- suplicó- No doy abasto con todo- miró a su hija y le sacó la lengua burlón. La niña lo miró y no esbozó siquiera una sonrisa. ¿Qué narices le pasaba a Lilith? Se preguntó, solía ponerse a llorar sin motivo aparente y se encaramaba a él ocultando la cara en su hombro, y si trataba de apartarla lo agarraba como si le fuese la vida en ello, cómo si le diese terror verse sola.

- Está bien- tendió la mano pálida y la niña la cogió con la suya regordeta. Siguió afeitándose, y apenas había terminado cuando una llamada de auxilio…

- ¡¡¡¡¡PAPÁ!!!!!- fue hasta la habitación de Hector que trataba de ponerse un jersey, pero no llegaba a pasárselo por la cabeza. Riendo, cogió el cuello con ambas manos y lo estiró hasta que la oscura cabecita asomó por el agujero- Gracias papá- el niño sonrió encantado.

- Gracias a ti, Thor- le dio un beso en la mejilla- Venga, ahora los zapatos. ¿Ya te has abrochado los pantalones?- lo comprobó. Hector se había abrochado él sólo el botón y subido la cremallera- ¡Muy bien!- lo ayudó a ponerse las zapatillas, de esas con velero, que eran mucho más fáciles que las de cordones.

- ¡Ya está!- exclamó el niño contento. Harry se incorporó y trató de peinarlo, pero Hector, a parte de ser un niño extremadamente dulce y cariñoso, era más inquieto que un duendecillo de Cornualles con un par de cafés encima, así que se le escurrió. Salió tras él hacia la cocina. Lilith ya estaba sentada en su trona perfectamente vestida. Mientras Hector trepaba a su silla miró a Ginny, apoyada en la encimera de la cocina con una taza de té entre las manos.

- Llego tarde- anunció con seriedad mientras inclinaba la mejilla para que Harry le diera un beso. Puso sus labios sobre la tersa y pecosa mejilla de su esposa, aspirando su aroma fresco. Ella le tendió la taza medio vacía.

- Lo siento- se disculpó con una sonrisa- Me he dormido.

- Como todos los días- terció ella con fastidio- Harry, si no duermes bien, ve a San Mungo, o habla con algún especialista…incluso habla con Hermione para que interprete tus sueños, pero así no podemos seguir.

- Ya veré, Gin, ya veré- le dio otro beso, esta vez en los labios- Venga, vete ya- diciéndole adiós a los niños con la mano, se desapareció con un sonoro "crack"- Y vosotros a desayunar. Dobby- el elfo doméstico que hasta entonces se había camuflado con los muebles de la cocina se dejó ver- Encárgate de que se lo coman todo, por favor. Voy a vestirme.

- Sí, Harry Potter, Dobby se encarga- sonrió y se marchó a la habitación. Antes de vestirse se dejó caer en la cama deshecha y respiró profundamente. Todavía quedaba algo de calor. Se abrazó a la larga almohada tratando de encontrar algo de consuelo en ella. Había tenido de nuevo ese extraño sueño que no lo dejaba descansar. Apenas recordaba nada. Sólo una sensación de ahogo y vacío. Claustrofobia. Y él estaba allí, no podía verlo, ni oírlo, pero la neblina que lo rodeaba estaba empapada de su aroma. Y ahora le acababa de parecer verlo reflejado en el espejo.

No era la primera vez. La primera fue cuando se casó con Ginny, siete años atrás. Pero a lo largo de los años lo había visto en varias ocasiones. Por la calle, mientras caminaba le parecía verlo reflejado en los escaparates, caminando tras él, o esperándolo en la acera de enfrente cuando iba a cruzar, pero siempre desaparecía en un parpadeo. Sabía que no era más que el fruto de su obsesión, y que no podía obsesionarse de ese modo. Mientras siguiera pensando en él, lo vería por todas partes, y mientras lo viese, no dejaría de esperar verlo en cualquier momento. Era como cuando en tercero se acercaba un Dementor y escuchaba las voces de sus padres. Sabía que debía dejar de oírlas, pero en el fondo, era una forma de acercarse a ellos. Ahora le ocurría lo mismo.

Sacudiendo la cabeza se levantó y terminó de vestirse. Cuando volvió a la cocina, bastante más tranquilo, descubrió de nuevo que ser padre no iba asociado precisamente a la palabra tranquilidad. Hector había desparramado la caja de cereales por la mesa y Lilith volvía a llorar. Cogió a su hija de tres años en brazos y la niña se apretó contra él, escondiendo la cara en el hueco de su hombro.

- La princesa está triste- le pasó los dedos por el pelo rojo oscuro- ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa- recitó y Lilith rió un poco- ¿Qué te pasa tesoro?

- No tero id al cole- balbuceó con pesadumbre.

- Pero tienes que ir, Lilith, en el cole se aprenden muchas cosas y jugarás con tus amiguitos…seguro que te lo pasas bien- miró a su hijo, que se lamía con fruición los dedos manchados de mermelada- A Thor le gusta mucho ir al cole, ¿a que sí?- el niño asintió con entusiasmo y continuó con lo suyo. Dejó a Lilith en la trona de nuevo y tras secarle las lágrimas se sentó a desayunar.

Llegaron al colegio con el tiempo justo. Era una escuela de educación primaria para niños magos que había salido enteramente de su cabeza. Eran uno de los mayores logros de su vida, los otros eran sus niños y la Fundación de Ayuda a los Damnificados por la Guerra contra Voldemort. Al principio todos lo tacharon de iluso por pretender crear un colegio previo a Hogwarts para los niños nacidos en familias de magos, dijeron que no tendría éxito y que los padres preferirían educar a sus hijos como "siempre lo habían hecho". Pero se equivocaron. Tuvo éxito, y mucho. Todos los nacidos de muggles llevaban a sus hijos a la escuela, en la que se impartía lo mismo que en cualquier colegio muggle añadiendo el complemento de las bases de la magia. Y la tranquilidad de que los niños recibirían una educación completa sin tener que esconder ningún secreto.

Dejó a Lilith en su clase, ya repleta de niños y niñas de su edad y acompañó a Hector hasta el patio para que se pusiese en su fila para entrar en clase con todos sus compañeros. Caminó hasta la suya, situada un par de columnas más a la izquierda.

- ¡A ver!- exclamó al tiempo que daba unas cuantas palmadas- ¡EOOO!- chilló y tiró unas cuantas chispas verdes con la varita tratando de captar la atención de sus alumnos, que parloteaban unos con otros contándose lo que habían hecho el fin de semana. Pero nada, no había manera. Los lunes por la mañana era imposible hacerse con ellos. Suspiró, no tendría más remedio- Expecto patronum- un ciervo plateado corrió entre los niños, que se giraron a mirar al autor. Se cruzó de brazos y golpeó el suelo con el pie, como si estuviese muy enfadado. Los niños lo miraron con terror- Todos en fila. Ahora- cuando estuvieron todos colocados de dos en dos por orden de lista, esbozó una sonrisa encantadora- ¡Venga! Todos dentro cantando.

Mientras estaban los niños sentados analizando las oraciones que les había puesto. Él se sentó en la mesa para poder tener un vistazo general de la clase, que trabajaba, dentro de lo posible en niños de ocho y nueve años, en silencio. Paseó la mirada por el aula y vio claramente su figura apoyada contra la pared, mirándolo. Dio un respingo. No podía ser. Otra vez en el mismo día no era posible.

Nunca lo había visto tan seguido. Generalmente en momentos en los que estaba especialmente sensible, o que eran particularmente emotivos. En el cumpleaños de ambos, el aniversario de la muerte de Dumbledore, o de Voldemort, el aniversario del día en que empezaron a salir, o de su desaparición, y cosas así, a parte de los sabbats, que obviamente, el flujo de la magia alteraba la percepción de cualquiera. Pero llevaba varios días seguidos viéndolo, y hoy era la segunda vez en menos de seis horas. Y aunque en el fondo anhelaba que apareciese, le inquietaba un poco.

Trató de mantener su mente ocupada durante el resto del día y no le fue para nada complicado. Un niño se puso enfermo y estuvo vomitando, por lo que tuvieron que llamar a sus padres y que se lo llevasen a casa. Otros niños jugaron a ver quién se metía el plastidecor más dentro de la nariz y hubo que hacer virguerías para sacárselos. Y una niña se cayó en el patio despellejándose las rodillas. La hora de la comida fue el caos de siempre. Parecía que nunca llegarían las tres de la tarde, hora en la que llegasen los padres a por sus hijos. Pero llegó, y los niños se marcharon.

Recogió algunas cosas que habían quedado en el suelo, papeles, lápices y varios cromos de ranas de chocolate. Colocó bien las sillas de aquellos que habían olvidado subirlas a la mesa y se marchó a recoger a sus hijos. Cuando llegó a la clase de Hector descubrió una vez más que su hijo realmente tenía sangre Weasley. Ni sus tíos Fred y George hubiesen logrado entre los dos poner un aula tan perdida de pintura de dedos. Un pequeño torbellino moreno se movía por la clase tratando de cazar los botes de pintura que, los dioses sabían cómo, había hechizado y no lograba parar.

- Inmovilus- su hijo se quedó paralizado. No le gustaba nada hacerlo pero a veces no le quedaba más remedio si quería que se quedase quieto un ratito. Con un Fregotego la clase quedó bastante limpia. Atrajo los botes de pintura, finalizó el hechizo y los dejó encima de la mesa. Cogió al niño en brazos y murmuró- Finite Incantatem- el niño se revolvió y le echó los brazos al cuello.

- Lo siento papá- le dijo con voz verdaderamente arrepentida y le plantó un beso sonoro en la mejilla- No sé como lo he hecho- se disculpó- se ma ha ido un poco…

- ¿Un poco, bicho? Pobre Dorcas- suspiró mientras la chica que le daba clase a Hector salió del baño con las manos húmedas y el vestido salpicado de pintura ya seca- ¿Estás bien, Dorcas?

- ¡Sí! Perdona por haberlo dejado solo, Harry, pero…tenía toda la cara llena de pintura, y…

- Dorcas, no pasa nada. A la próxima lo castigas, ¿de acuerdo?- bajó al niño al suelo y lo miró con seriedad- Hector- el niño se quedó clavado en el suelo, su padre rara vez lo llamaba por su nombre, siempre tenía un mote o un diminutivo cariñoso- No quiero que esto vuelva a ocurrir, ¿estamos? Tienes que portarte bien, y hoy, como castigo, no te leeré un cuento antes de irte a dormir- le tendió la mano y se fueron a recoger a Lilith tras decirle adiós a Dorcas.

Llegaron a casa dando un paseo. Ginny aún no había llegado pero eso no era muy raro. Su trabajo como Inefable en el Ministerio le llevaba muchas horas, y se le debía dar bien, porque había ascendido como la espuma, y su puesto, aunque no tenía ni idea de que era lo que hacía, sí sabía que conllevaba bastante responsabilidad. Si no fuera porque la conocía a veces creería que le importaba más su trabajo que ellos.

Después de tomar el té, estuvo un rato jugando con los niños hasta que consideró que ya era hora de que Hector se pusiese a hacer los deberes que le habían puesto. No era realmente mucho trabajo, un par de fichas de palotes y otras para aprender a escribir, y un dibujo de 10 cosas que empezasen por "M", pero lo suficiente para tenerlo entretenido un par de horas hasta el baño y la cena. Mientras el niño rayoteaba su tarea, Harry se sentó en su sillón con Lilith en brazos, que se había pasado toda la tarde llorando aterrorizada. La verdad es que no era la primera vez que se ponía a llorar sin motivo aparente y costaba horrores tranquilizarla. Tanto Harry como Ginny estaban muy preocupados y se prometió mientras acunaba a la niña en sus brazos, que no pasaría de aquella tarde enterarse de qué era lo que la asustaba de tal modo.

- Lilith- la niña lo miró con sus inmensos ojos verdes- ¿qué te pasa cariño? ¿Por qué lloras?- le preguntó con suavidad, retirándole un mechón de pelo de la carita pecosa. Lilith se apoyó en su pecho y desde la seguridad que sin duda sentía en los brazos de su padre, señaló con la mano temblorosa una esquina del salón, junto al reloj de pie.

- Me da miedo el ceñod- Harry siguió la dirección del dedito rechoncho con la mirada, pero sus ojos le devolvieron la visión de la pared color melocotón y del reloj color cerezo que les habían regalado los Srs. Weasley por su primer aniversario de boda.

- ¿Qué señor, princesa?- besó la cabecita de su hija preocupado y la apretó contra si. No quería decirle a la niña que ahí no había nada, no quería meterle miedo a imaginar cosas, odiaría que su hija creciese con el lastre del temor a la fantasía. Pero tampoco quería que la niña creyese que había un señor que la asustaba cuando no era cierto.

- Uno que eztá a vecez…- Lilith hipó compungida, se notaba a la legua que no quería hablar de ello- Antez no lo veía cazi, pedo ahoda eztá cazi ziempde- escondió la cabeza en el torso de Harry que la abrazó al tiempo que una desagradable sensación se formaba en su estómago. ¿Y si su hija no imaginaba ningún señor? ¿Y si de verdad había alguien allí? Suspiró meciendo a la pequeña. ¿Y si él tampoco lo imaginaba? ¿Y si realmente estaba allí? Sacudió la cabeza. No quería pensar en ello. No quería.

- No pasa nada cariño- trató de tranquilizarla y tranquilizarse. La separó un poco de él y la sentó en sus rodillas, para mirarla a los ojos- No te va a hacer daño, mi vida. Estoy seguro de que no. Y de todos modos, papá está aquí para protegerte, tesoro. Mientras esté yo, no te podrá pasar nada malo, ¿vale?- la niña asintió secándose las lágrimas con la manga del suéter- el reloj dio las siete de la tarde. Ya era hora del baño- ¡Thor!- el niño lo miró desde la mesa con una sonrisa- ¿has acabado ya, peque?- asintió con ímpetu. Dejó a Lilith en el suelo y se acercó a la mesa para comprobar que estaba todo hecho- Muy bien- le dio un beso en la cabeza morena, que luego despeinó- Vamos al baño.

- ¡¡¡BIEEEEEN!!!- exclamó para salir de estampida hacia el cuarto de baño- ¡Papá!- lo llamó mientras escuchaba un chapoteo, bendito fuera por todos los dioses Dobby, que siempre lo tenía todo a punto.

- ¡Voy!- cogió de la mano a Lilith y fueron hasta el baño, donde Hector ya estaba dentro del agua salpicando alegremente- Dobby, ¿puedes traer los pijamas, por favor?

- Sí, Harry Potter- el elfo se marchó y Harry desvistió a la niña para meterla en la bañera con su hermano.

- A ver… ¿Qué queremos cenar?- preguntó mientras enjabonaba la cabeza de Lilith.

- ¡Hamburguesa!- dijo Hector con entusiasmo. Harry puso cara de fastidio

- ¿Otra vez?- dijo con hastío- No, a ver tú, Lilith, ¿Qué te apetece?- miró a su pequeña ladeando la cabeza. Ahora la niña estaba alegre mientras jugaba con Hector en el agua.

- ¡Ape y antitos!- exclamó mientras aplaudía en el agua, salpicando espuma por doquier.

- Mmmm- se relamió- Rape con guisantitos… ¡me gusta!- dio un apalmada y apareció Dobby con los pijamas- Déjalos ahí encima, Dobby, por favor. Y si puedes ir haciendo la cena, queremos rape con guisantes- el elfo sonrió y desapareció con un "plop".

- ¿Por qué casi siempre elige ella?- preguntó Hector indignado mientras lo miraba con el ceño fruncido y los brazos cruzados. La espuma blanca en el pelo no contribuía a hacer intimidante el gesto.

- Porque va variando, hijo, tú siempre eliges lo mismo, y no siempre vamos a comer hamburguesas, cómo tú comprenderás…- se justificó enjuagándole el pelo.

- Pero es que me gustan mucho…- se quejó lastimeramente mientras cerraba los ojos para que no le entrase jabón. Harry suspiró.

- A mi hay cosas que me gustan un montón y hace mucho tiempo que no las hago, Thor- acarició la mejilla de su hijo con tristeza- Por desgracia no siempre podemos hacer lo que queremos, o lo que más nos gusta- suspiró de nuevo mientras terminaba de enjabonar a los niños y los dejaba jugar un rato en el agua. Los miró con cariño sentado en la banqueta.

No es que le disgustara su vida, al contrario, le encantaba estar con los niños, verlos crecer, jugar con ellos. Ginny era sencillamente genial, un poco más centrada en el trabajo de lo que a él le hubiese gustado, pero bueno, era una madre y esposa cariñosa, divertida y la adoraba, pero había cosas que echaba mucho de menos, y saber que jamás volvería a tenerlas lo dejaba roto.

Era bastante tarde y Ginny todavía no había vuelto del Ministerio. Los niños hacía varias horas que estaban dormidos y él daba cabezadas en un sillón frente a la televisión encendida.

El reloj de pié dio las doce de la noche y él abrió los ojos sobresaltado. No se había dado cuenta de que los había cerrado. Un movimiento fugaz en una de las esquinas lo hizo desviar la mirada del programa silencioso de media noche que emitían en uno de los canales del digital. Allí, de pié junto al reloj, mucho más tangible que nunca, estaba él. Cerró los ojos con fuerza, sabiendo que cuando volviese a abrirlos ya no estaría.

Pero continuaba allí, mirándolo fijamente. Quería hablarle, pero no podía, las palabras se le atragantaban, no sabía qué decirle a la persona que llevaba tanto tiempo fuera de su vida. Lo miró fijamente a los ojos, perdiéndose de nuevo en la familiaridad de su mirada y vio como comenzaba a diluirse con el medio.

- ¡¡Ayúdame Harry!!- exclamó con desesperación- Sácame de aquí…- observó con horror cómo desaparecía del todo, con su cara de terror fija en él. Sin ser consciente de que se había levantado, volvió a desplomarse en el sillón.