Capítulo II. Yo y mis circunstancias después de aquella consulta.
Podía haber escrito en el formulario "Paciente Español", pero me recordó demasiado al título de un libro de un escritor muggle llamado Ondaatje que me dejó hace poco Betty Jones, una hufflepuff estudiante de medimagia hija de muggles. Y lo que es peor, si ponía eso me iba a acarrear preguntas del supervisor. Así que decidí que lo mejor era hacer como si no hubiera pasado por allí. Y no solo desde los puntos de vista clínico y administrativo, sino en absolutamente todos los sentidos. Al fin y al cabo, pensé, fue bonito mientras duró, pero ya se pasó.
De todas formas, no me habría quedado más remedio que olvidarme rápidamente, porque empezaron a acumularse los pacientes. Atendí a un niño pelirrojo acompañado de numerosos primos y tíos, la mayoría también como zanahorias, que se había tragado uno de esos muñequitos que se mueven solos y que venden en Sortilegios Weasley. Y a un tío gordo que puso cara de extrañeza cuando me encogí de hombros mientras él decía llamarse Ludo Bagman, como si tuviera que conocerle de toda la vida. Llevaba una vieja túnica de rayas amarillas y negras que le quedaba estrecha, supongo que sería una reliquia ancestral de las Avispas de Wimbourne, y, salvo por un tic nervioso por el que no hacía más que mirar hacia la puerta, no tenía absolutamente nada.
Hubo un incidente con unos goblins que armaron jaleo en la sala de espera, y conseguí atisbar cómo un empleado de seguridad echaba a un grupillo de ellos, todos mal encarados. Ahora que caigo, fue entonces cuando el señor Bagman articuló una excusa poco creíble y se largó. Sospecho que de lo que padecía realmente era de haberse metido en algún lío con esas criaturas mágicas, cosa que a cualquiera con dos dedos de frente no se le escapa que es una insensatez.
Otro vino con los zapatos hechizados de tal manera que le mordían los dedos gordos de los pies cuando intentaba ponerse de pie. Echó la culpa a un español bajito, con bigote y con mala leche que le embrujó cuando pitaron un penalty a favor de los TTs y salió del consultorio amenazando con denunciarle a los mismísimos aurores.Y así hasta completar la nada despreciable cifra de sesenta y seis pacientes. ¡El número de la bestia! O casi.
En definitiva, un servicio agotador y aburrido. Volví a casa tras veinticuatro horas al pie del cañón y me fui derecha a la cama, sin preguntar qué había ocurrido o estaba ocurriendo con el partido. Porque ya se sabe, un partido de Quidditch se conoce cuando comienza, pero no cuando termina.
Y soñé. Tuve un sueño vívido con el misterioso supporter del dragón. Los chicos suelen tener sueños eróticos. Las chicas a veces también, pero el mío no fue de esa clase. Fue una historia romanticona y empalagosa, candy candy total, en la que él, mirándome con ojos dulces, me montaba a la grupa de su escoba y emprendía conmigo un maravilloso viaje a una isla tropical mientras yo me deshacía en suspiros contemplando sus ojazos negros. Le eché la culpa al subconsciente, que a veces se desencola, por mucho que diga ese muggle llamado Freud que refleja nuestras más profundas, oscuras y contenidas pasiones.
Me levanté pensando que aquello era una completa ridiculez y que debía quitármelo de la cabeza. Al fin y al cabo, seguramente no le volvería a ver en toda mi vida. ¡Qué equivocada estaba! En realidad, su atractiva faz, junto con el resto de su gloriosa anatomía, me estaban esperando abajo, en la cocina. Aunque no exactamente de la forma que hubiera deseado.
Estoy acostumbrada a mi familia y su devoción por el Quidditch. Rugen enardecidos como furiosos gigantes durante los partidos. Festejan como duendes chiflados las victorias y gritan como trolls descontrolados en las derrotas. Pero no estaba preparada para lo que hizo mi hermana mayor (casada y madre de dos pequeñas brujas). Olivia estaba sentada en la mesa de la cocina, bebiendo té y mordisqueando una tostada untada con mermelada de naranja amarga mientras leía la prensa deportiva. Nunca entenderé por qué Olivia es tan fanática como para leer ese tipo de prensa, pero también es verdad que yo compro Corazón de Bruja (eso sí, solo de vez en cuando).
- ¡Cómo está el guardián español! – exclamó desplegando sobre la mesa de la cocina las páginas centrales de la Gaceta de los Deportes Mágicos. Y ahí estaba él (¡El!) con su túnica roja ceñida, con el famoso dragón dorado tan bien surtido de cabezas en el pecho. Subido en una escoba se dedicaba a parar todas las quaffles que aparecían por los cuatro ángulos de la fotografía. Y eso que eran unas cuantas.
Abrí la boca de puro asombro, e inmediatamente la cerré para que no se notara. Si alguien se hubiera fijado, estoy segura de que habría pensado que ensayaba para representar el papel de pez en la función benéfica de Navidad del Hospital de San Mungo. Eso, o que me había dado algún tipo de yuyu.
- Y además es un genio.- Oliver interrumpió mi hilo mental.- Por primera vez se comenta que un Guardián puede ganar la Escoba de Oro. Y eso que corrió el rumor de que se había herido una pierna con erizos multiformes.
- ¿De veras?.- Pregunté procurando imprimir a mis palabras un tono de indiferencia que fuera mínimamente convincente.
- Pero estaba en perfecta forma.- continuó Oliver como si nada.- Debió ser un bulo que ellos mismos difundieron, ya sabéis, estrategia psicológica para que el rival salga al campo confiado.
- Pero ¿Quién ganó? -. Pregunté con un hilo de voz.
- Los españoles, claro. Además llevaban una ventaja considerable del partido de ida. No obstante, nunca está de mas emplear todas las tácticas legales disponibles. Y difundir un bulo puede que no sea muy ético, pero no es ilegal, y está demostrado que en ocasiones puede socavar la moral del rival .- Oliver continuó su perorata.- Nunca he visto un guardián capaz de hacer "double eight loops" tan rápidos cuando te van a tirar un penalty, especialmente si el lanzador es tan fuerte como Mulciber... Y además realizó un "starfish and stick" absolutamente brillante, espectacular, imposible de llevar a cabo si hubiera tenido la pierna realmente lesionada...
¡Por las barbas de Merlín! ¿De qué estaba hablando exactamente? Y lo peor de todo ¿Por qué estaba yo prestándole toda mi atención? De todos los fanáticos del Quidditch, no creo que haya ninguno más rollo que mi hermano. Duerme hasta a las ovejas cuando empieza con ese tipo de charlas. Ya en el colegio tenía fama. ¡Si yo jamás le escucho cuando habla de Quidditch! ¿Qué me pasaba?
- ¿Double Eight Loops? ¿Starfish and stick? ¿qué es eso, Oliver? – pregunté con un interés que a mí misma me asombraba. Oliver hinchó pecho, orgulloso de poder demostrar sus conocimientos del juego.
- Los Double Eight Loops son lazos en vuelo, haciendo como ochos...así....- Agitó su varita y dejó en el aire una estela de humillo dorado.-.Y un Starfish and Sick supone desviar la pelota quedando colgado del palo de la escoba por una mano y el correspondiente pie. Y eso sin contar con que a continuación hay que volver a montar la escoba. Vamos, que requiere hacer despliegue de todo el catálogo de virtudes que debe poseer un buen guardián para destacar en este maravilloso deporte que...
- ¿Es peligroso?-. corté el rollo genuinamente preocupada.
- Bueno, el Quidditch es como la vida misma del mago. No está exento de riesgos ¿no?
- ¡Oliver!
Mi hermano parpadeó. Seguramente estaba cayendo en la cuenta de que por primera vez en mi vida mostraba interés por el Deporte de los Magos por antonomasia, ese que él venera casi reverencialmente.
- Es peligroso, si.
Tragué saliva. Y lo peor es que me recorrió por la espalda un sudor frío y no supe por qué. Pero bueno, no habían dicho nada de que hubiera acabado en la enfermería, pensé. Respiré profundamente procurando que no se me notara y me serví un te como si mi tradicional indiferencia hubiera regresado a mí tras darse unas cortísimas vacaciones. En realidad, estaba deseando que me dejaran sola en la cocina.
Cuando por fin la abandonaron me abalancé sobre la Gaceta y me puse a leer las reseñas deportivas con avidez, algo que no había hecho en toda mi vida. Y eso que había una buena cantidad. Aquellas páginas estaban llenas de las consiguientes declaraciones insulsas de los jugadores después del partido. "Jugamos al ataque y no a la contra...achicando el campo por los extremos...Un buen guardián te da mucha más posibilidades de ganar..." Y, al pasar la página, otra fotografía suya. "Javier Lizarra, la rutilante estrella del equipo navarro, detiene la quaffle espectacularmente colgado de su escoba únicamente por el pie izquierdo", rezaba el pie de foto.
"Javier...Javier...Javier....". El corazón empezó a latirme con fuerza al mismo ritmo que mi cabeza repetía su nombre como si fuera un mantra. Javier Lizarra. Se me grabó a fuego. Nunca lo olvidaría. Sorbí té con avidez. Me quemó la garganta.
