Mucho tiempo sin vernos. El trabajo me ha dejado más que exprimida como para poder publicar, agregando que mi portatil no ha estado del todo dispuesta, nos da como resultado mi ausencia, pero como toda gripe necia y fastidiosa, aquí estoy de regreso. Espero que si aún existe alguien que lea esta historia xD se alegre un poco de ver el nuevo capitulo.

Disclaimer: Los personajes de FSN no me pertenecen.

Advertencia: Ascient UA, Ligero OOC.

Sabes que eres bienvenido a disfrutar de la lectura, recuerda que si te ha gustado, no dudes en dejarme un lindo comentario, ¡Son gratis y no necesitas cuenta en FF!

Abaddon Dewitt


Capitulo 2


Pero llevare el corazón en la mano para que lo piquen los cuervos.

Otelo Acto I

Despertó otra vez, era la sexta noche consecutiva con el mismo sueño, habían pasado ocho años desde que fuera recogida de una devastada Francia, y llevada a un reino místico en lejanas tierras que parecían ser un mundo totalmente opuesto al que había conocido. Ahí, pareciera que todo el año era verano, el sol coronaba los colosos de piedra caliza que se levantaban imponentes, bellos jardines que colgaban desde las enormes terrazas, oro laminado que cubría puertas y ventanales levantándose hasta los ostentosos techos de su nuevo hogar. Se tumbó de nueva cuenta sobre la cama, se restregó el rostro amodorrado y bufó, dejando que su cabello flotara un par de segundos antes de volver a caerle sobre la frente, ríos de hermosas hebras doradas se desparramaban por la almohada y colchón.

Aun era de madrugada, pero el clima era fresco. Se giró suavemente para ver la pequeña mesa al costado de su cama, una cajita de roble y plata que al abrirse detonaba una música dulce, un regalo especial, un regalo de la persona que más apreciaba: Enkidu.

Estiró el brazo para tomarla, sus delgados dedos la recorrieron nuevamente, memorizando cada tallado, cada figura meticulosamente grabada en la madera y el metal, leones y unicornios, lirios y rosas, cerró los ojos mientras la abría para dejarse llevar por la suave tonada, una canción de cuna para sus pesadillas, para el congojo del corazón que aun le pesaba. Se quedó dormida y las pesadillas se fueron.

La luz oblicua de la fresca mañana le golpeó el rostro, gruño molesta cuando sintió las manos de alguien colocarse sobre sus sabanas y jalándolas para darle la bienvenida a un nuevo día. Entre abrió los parpados y fijó la mirada en una de las doncellas que le atendían, la sonrisa inocente le calmó el temperamento.

—Buenos días señorita Jeanne, —la moza sonrió.

—Buenos días, —bostezó levantándose y estirando brazos espalda y cuello como un felino, todo su cabello estaba desordenado, enredado y desparramado en su cuerpo.

No paso mucho tiempo antes de que las criadas pelearan por atenderla, claro, Jeanne poseía una larga y sedosa cabellera rubia que era la envidia del palacio, solo ella, el rey y su reina poseían un tono tan dorado de cabello, verlos juntos era como una familia real, aun que Jeanne sabía perfectamente que eso distaba demasiado de ser verdad. Se aseó, se cambió la ropa y trenzo su cabellera, estaba lista para dar inicio a un nuevo día.

Anduvo por los pasillos del palacio, pocas veces era las que se topaba con «Ella», y ese día era una de esas…, admiraba su noble porte de señora, reina estoica que despedía un aura inalcanzable y única, figura casi divina, los ojos verdes eran punzantes, heladas dagas que desollaban a cualquiera y que al mismo tiempo sanaban la herida con gentileza.

Su nombre: Arturia Pendragon, cuando Jeanne se había enterado, recordaba haber sentido una mezcla de rabia e impotencia, Pendragon era la hija del rey Uther, aquel tirano rey que demandara la guerra contra su tierra y que avasallara con todo a su paso. Sin embargo, la historia de ella era diferente, pobre doncella extranjera, vendida al mejor postor a cambio de la seguridad de su país, en palabras de Enkidu, Arturia era más reina de Uruk que heredera de Gran Bretaña..

—Buenos días alteza, —musitó cuando la reina paso a su costado.

—Buen día, —respondió con tono neutral y amable, pasando de largo a ella.

Ver a Arturia era como observar un alma en pena, entre esos pasillos vacíos, se preguntaba la razón de aquel pesar en la mirada esmeralda, poco era lo que sabía, pero según la información recabada su relación con el rey, distaba demasiado de ser una relación de amor. Ambos se habían casado por intereses políticos y el capricho del monarca por poseer una esposa con el temperamento de Pendragon, una leona indómita, una mujer inalcanzable para los simples plebeyos, sencillamente una reina. «La reina de los caballeros», un mote que llevara con ella desde que la mesa redonda de su padre se dedicara con esmero a protegerla y obedecer como si fuera el mismo Uther quien demandara.

—Y yo he dicho que no —El resonar de una voz ronca y déspota le hizo temblar el cuerpo—, no moveré uno solo de mis hombres.

—Gilgamesh, es el padre de tu esposa.

—Puede ser la misma Ninsun y aun así no moveré al ejército.

El rey Gilgamesh. Un hombre arrogante, rey tirano que gobernaba un imperio con implacable orden, Jeanne sabía que debía retirarse inmediatamente de aquel lugar, cruzarse con Gilgamesh cuando estaba enojado, era un error que se pagaba caro, recordó cuando una moza chocó contra él, el severo castigo impuesto había llevado a que tanto Arturia la reina y él, terminaran casi destrozando el palacio. Las peleas de ambos monarcas siempre terminaban de manera violenta.

Deambulo por un largo rato en el palacio, suerte que Gilgamesh no se encontraba cerca, de lo contrarío, probablemente habría terminado escondida en la biblioteca o la cocina. Distraída en su pensamiento, se topó con Enkidu.

—Te has levantado tarde, —él sonrió y ella asintió.

—Sabes que tengo el sueño pesado, —rió por lo bajo, Enkidu suspiró y le empujo ligeramente con la palma en la espalda.

—Anda, vamos por algo a la cocina, supongo que aun no has probado bocado.

Disfrutaron de un ameno desayuno, los días dentro del palacio eran aburridos, sobre todo como en momentos como ese en el que pocas cosas interesantes pasaban. Si había algo que a Jeanne le gustaba, eso era el recorrer las dunas del vasto desierto a caballo, pero con la actual situación de la ciudad, estaba imposibilitada. Había escuchado, que incluso se había impuesto un toque de queda.

Cuando estaba por articular una oración, un soldado entró a la cocina, con una orden del rey:

—Joven Enkidu, el rey solicita su presencia en la sala del consejo, lleve a la señorita Jeanne con usted.

Enkidu se quedó en silencio, ligeramente sorprendido por la orden de Gilgamesh. ¿Qué estaba pasando ahora? Se intrigó aun más al escuchar que solicitaba la presencia de la muchacha.

Llegaron hasta la sala, fueron recibidos por varios de los concejales, entre ellos un hombre que le provocaba un escalofrío a Jeanne. Joven, alto de cabello castaño y ojos avellana, parecía como si esa mirada pudiera penetrar su alma, taladrándole la conciencia. Jeanne tragó duro. Kotomine Kirei, era el consejero más cercano de Gilgamesh, un hombre que practicaba la religión católica y que ante los ojos del pueblo era como un santo, pero ella nunca había logrado confiar en él, por más que lo intentó, aun cuando creía en el mismo dios al que ella le ofrecía sus oraciones.

—Supongo que somos todos, solo falta Gilgamesh.

Jeanne se aferró a la tunica de Enkidu por instinto, mientras caminaban hasta una de las sillas dispuestas para ambos. Hubo un silencio largo, hasta que las puertas se abrieron poco después. Gilgamesh entró con un rostro sereno y aburrido, algo típico en él. Tomó el lugar de la cabecera y con un gesto desganado de la mano indico que se diera inicio a la reunión. Jeanne no se sorprendió al escuchar que se trataba de guerra, como siempre, pero la intriga de saber la razón por la que se encontraba ahí, le carcomía el espíritu.

—Jeanne, —Kirei la llamó, todos dirigieron sus miradas a ella.

Se sintió tan pequeña, la inquisidora mirada del consejo sobre su persona, incluso el rey se había tomado la molestia de dirigirse unos cuantos segundos a ella.

—Soy yo, —articuló en un decadente hilo de voz.

—Hemos escuchado mucho sobre ti, —la serenidad en las palabras de Kotomine no ayudaba—, sabemos que eres extranjera, y que Enkidu, la mano derecha de Gilgamesh, te ha traído casi desde que eres una niña ¿Me equivoco?

Jeanne negó, miró a Enkidu y recuperó la postura, enfrentó al sacerdote, este arqueó las cejas con sorpresa, entonces prosiguió.

—Jeanne, el consejo ha hablado sobre tu situación, en lo que tu puedes ayudar a este reino que te ha dado un hogar.

Se sintió contrariada, las palabras de Kotomine le avasallaron el cuerpo, provocando que se tambaleara suavemente, la incertidumbre se hizo en su pensamiento y Jeanne no dijo nada más en medio de la ofuscación, deteniéndose solo a escuchar.

—El rey Felipe nos amenaza con tomar tierra santa, —los concejales inmediatamente respondieron entre susurros y alarma, sus expresiones fueron de sorpresa y a su vez miedo—, sin embargo, les hemos ofrecido una tregua, el Papa ha mandado una misiva a al rey británico Uther, todo esto con la finalidad de que se una en su campaña por iniciar una tercera cruzada.

Las voces se volvieron más estrepitosas, sin embargo duró poco, Gilgamesh se movió de su asiento, se levantó y el silencio reino entre los ancianos, su mirada carmesí destilo una prepotencia avasalladora, y a su vez, la rabia que destilaba era semejante a los ojos de un demonio.

—Ningún sucio mestizo tomará lo que me pertenece, ayudé a Uther a echar a los franceses, y ¿Así es como osara pagarme? ¿Con traición?, —nadie se atrevía a decir nada, Kotomine permaneció impasible ante la iracunda reacción del joven rey.

—Debo recordarte Gilgamesh, que tomaste a su hija casi por la fuerza, su heredera, pactar con los Franceses no será algo casual, recuperar a su heredera es una oferta tentadora—. Las palabras del sacerdote parecieron avivar más la chispa.

Gilgamesh golpeó la mesa con furia, y Kotomine por un momento pareció complacido ante la actitud del rey, Enkidu frunció el ceño, con evidente molestia.

—Pendragon no se arriesgaría a tanto, —habló finalmente el muchacho—, sabe que ir contra el imperio sería desatar una masacre sin sentido, por más que el botín sea jugoso. La ambición de recuperar tierra santa solo es un disfraz ridículo, el verdadero objetivo es atiborrarse de los tesoros de Gilgamesh.

La mayoría de los ancianos dieron razón a las palabras coherentes de Enkidu, aun que Kirei se vio tranquilo, algo lo incomodó, y era el simple hecho de que él, entre todos, era el único capaz de calmar las fieras internas de un Gilgamesh soberbio.

—Entonces ¿En qué es en lo que puedo ser de ayuda? —Jeanne irrumpió con suavidad.

—Felipe tiene un hijo, el príncipe Sieg, —esta vez fue el turno de Kotomine para hablar—…, si pudiéramos hacerte pasar como hermana de Gilgamesh, entonces el que te tome como esposa, sería una manera de calmar las aguas entre los reinos, —la sangre de Jeanne se helo—, Jeanne ¿No te gustaría volver a Francia?

La oferte fue más bien una severa bofetada que la descoloco, sintió las piernas ceder y cayó sobre su silla mientras Enkidu la sostenía de los hombros, Kotomine suspiró y Gilgamesh arrugó el entrecejo.

—Deberías sentirte afortunada, —Gilgamesh se dirigió a ella.

—Es una locura, —susurró Enkidu.

—Es una solución práctica a un problema adverso, —la respuesta de Kirei se sintió igual a una puñalada por la espalda.

—Los franceses jamás querrán negociar con «herejes»

—Los franceses harán lo que yo les demande, soy el rey y mi palabra será absoluta, aquí o a donde quiera que mis ojos fijen su objetivo, —Gilgamesh recorrió rápidamente a todos los presentes que no se atrevieron a emitir sonido o queja alguna—, aceptarán a la mestiza como tributo, o los aplastaré sin piedad alguna.

No hubo más discusión, Jeanne sintió la condena sobre su espalda. —Y tú, plebeya, no te atrevas a sentirte mal, suficiente humillación es el que te hagan pasar como mi hermana, cumple con tu deber, paga tu deuda a tu rey.

Gilgamesh salió de la habitación, seguido por los concejales, al final solo Kotomine Jeanne y Enkidu se quedaron, la tensión no disminuyo.

—Acepta la oferta de Gilgamesh, recuerda, volverás a Francia como una princesa y en un futuro no muy lejano, te harás una reina, cualquier doncella se sentiría afortunada de tal dicha, el señor te ha enviado este regalo, acéptalo.

Les dio la espalda mientras se dirigía a la puerta, una sonrisa siniestra y orgullosa se dibujo en los labios de sacerdote.

Habían pasado tres meses desde aquella reunión, el tiempo cada vez era más corto, se encontraba en territorio francés, no recordaba cómo era su patria, la voz de su pueblo, apenas unas cuantas palabras en un errático acento que apenas lograba distinguir. Se había acostumbrado tanto a Babilonia que prácticamente ya no se reconocía, Jeanne ya no era francesa pero tampoco era babilona, respiró hondo mientras se miraba al espejo. Nunca había cargado con ella tanto oro como aquella mañana, un Kaftan de suave púrpura hecho a base de fina tela de seda y lino, con bordados en hilo de oro, alhajas macizas y piedras preciosas colgaban de su cuello y orejas que comenzaban a pesarle, los anillos apenas le permitían mover los dedos, y ni qué decir sobre la incomodidad en su cabeza, un ostentoso turbante y sobre él un hiyab que le cubría la mitad del rostro dejando únicamente al descubierto sus ojos.

Enkidu entró a su tienda, y luego escuchó el sonido de caballos acercándose, había estado tan ensimismada en su persona frente al espejo que había olvidado casi todo en su entorno, cuando volvió en si él la miraba casi embelesado…

—Si no te conociera, en verdad creería que eres sangre de Gilgamesh…

Las mejillas de Jeanne se azoraron, las palabras de Enkidu le daban valor para aquel momento crucial, estaba por contestarle cuando el invocado apareció en el umbral de las cortinas, imponía con la reluciente armadura dorada y aquel peinado hacia arriba que le daba una mayor agudeza a su rostro ya de por si intimidante, los pendientes de oro macizo tintinaron, Jeanne lo miró fijamente.

—Esos sucios franceses están aquí, vamos.

Ordenó de manera déspota, sin embargo, cuando el escarlata se encontró con el púrpura, hubo algo, fue como si por un instante apenas perceptible, sus almas se encontraran, miraron más allá de lo que pudieron mirar, y entablaron una conversación silente. La conocía prácticamente desde que era una niña, frágil, pero con un espíritu indómito que muy a su pesar, admitía que le agradaba.

—¿El rey ha venido? —Jeanne susurró de manera suave.

—Si, con su bastardo, —contestó Gilgamesh de mala gana mientras caminaban.

Un susurro lejano, una alegoría a la paz. Los hombres abrieron paso en dirección a la tienda del rey francés, las cortinas se abrieron dando la bienvenida a un mundo diferente al que Jeanne había conocido, todo era nuevo para ella y al mismo tiempo era como si lo conociera desde siempre, quizás la sangre la llamaba. Se adentraron a la carpa.

Bienvenue, —saludó el rey de Francia.

Un hombre de mediana edad, alto de cabello blanco, una barba tupida y piel blanca curtida por los años, sus ojos eran grises, mordaces. Su vista inmediatamente se fijó en la pequeña figura de Jeanne, sonrió a medias y con un ademán invitó a Gilgamesh sentarse a su lado, el rubio, casi obligado, accedió a la invitación mientras Jeanne y Enkidu tomaban asiento junto a él.

—Así que, Gilgamesh… esa hermosa doncella es tu hermana, —interrogó el franco y Gilgamesh asintió con dificultad, aun le pesaba tener que sostener aquella farsa indigna—. Bueno, me parece que su vestimenta no me permite admirar el rostro que se esconde, más te vale que sea hermosa, —bromeó.

—Te aseguro que no encontraras mejor candidata a esposa para tu vástago que Jeanne, —apretó los puños, ¿Cómo se atrevía aquel insensato rey a contrariar su palabra? Quizás Jeanne no era su hermana, pero aun en esa mentira, no permitiría que se le insultara de esa manera—. Él es quien debería sentirse orgulloso de que yo le de tan precioso regalo.

Ambos monarcas se miraron con recelo. La carpa se volvió a abrir y una suave ventisca los hizo dirigirse a la entrada, una sombra alta se adentró.

—Padre, —era una voz masculina, juvenil.

Un joven de mediana estatura, al igual que Jeanne apenas estaba entrado en la adolescencia, menudo pero macizo, su cabello era de un gris acero que contrastaba bien con los ojos rojizos, un rojo menos intenso y más opaco que el de Gilgamesh, por un instante Jeanne se preguntó si todos los destinados a ser monarcas poseían esa mirada.

—Me alegra que llegaras Sieg, nuestros invitados te han estado esperando, —apuntó el monarca francés.

Abrazó a su padre, hasta que su olfato percibió un aroma dulce. Volteó a mirarla, la graciosa figura de telas púrpuras que solo asomaba un par de ojos amatista que ganaban fuerza y brío con el delineador negro que los enmarcaba. Sieg se quedó en un mutismo que sorprendió a su padre. No importaba que más había debajo de esa tela, solo la mirada de ella había sido suficiente para dejarlo descolocado. Reacciono poco después, miró a Gilgamesh, su imponencia lo intimido un poco, mientras que la gentileza de Enkidu lo calmó.

—Pues bien, a lo que hemos venido, rey Gilgamesh, —el rey francés apuntó con la mirada a Jeanne.

Hubo rabia en su estomago, Gilgamesh podía mandarlo todo al diablo, negarse e irse de aquel lugar que lo ofendía, no por Jeanne, era por él, su honor y dignidad se veían comprometidos al acceder de esa manera ante un extranjero, pero antes de espetar algo, Jeanne se levantó, con cuidado tomó uno de los extremos del hiyab y lo retiró de su rostro, dejándolo al descubierto.

—No cabe duda, la familia real de Uruk no me deja de sorprender.

Jeanne miró a Sieg, y él apuntó a ella con una mezcla de temor y emoción que le revolvía el estomago, sonrieron tímidamente uno al otro. Quizá no era tan malo estar ahí, tal vez en el medio de toda esa encrucijada de poder y destrucción aún existía un atisbo de compasión perpetua en la mirada de Sieg, Jeanne se sintió segura.

—No me agrada ese mestizo.

Tras la reunión, Gilgamesh se encontraba comiendo con Jeanne y Enkidu, ambos permanecían en silencio escuchando las quejas del joven rey, todo en base a su siempre inflexible juicio, a veces era como un pequeño niño que se negaba a seguir las ordenes, otras, era realmente un monstruo, pero aquella en especial era ese crío. Jeanne sonreía de vez en cuando ante los comentarios ácidos del rey de Uruk, Enkidu reía de manera más descarada mientras Gilgamesh gruñía y bebía, el clima francés no era para nada grato, la humedad y el frío solo ayudaban a que el humor del rey fuera más decadente y pesado.

—¿Y a ti Jeanne? —Enkidu preguntó y Jeanne respingó.

—¿A mi? —titubeó mientras sus manos apretaban la tela de su regazo.

—Si, después de todo, eres tú quién se va a comprometer, más no Gilgamesh, —rió nuevamente, Gilgamesh apretó su copa y le fulminó de manera vana.

—Así se case con Jeanne, sigue ofendiéndome, a mi y a mi reino, y no es algo que deba tolerar, si quiero podemos regresar ahora mismo a Uruk y prepararnos para la guerra, —amenazó de forma determinante, Gilgamesh era así de violento cuando bebía de más.

—Me parece que Sieg es una persona agradable, —susurró, los dos hombres se quedaron en silencio mirándose uno al otro.

—¿La dejaras aquí? ¿En Francia? —Enkidu se expreso y Gilgamesh negó.

—La boda se llevará a cabo hasta el verano del próximo año, mientras se prepara la tregua entre nuestros territorios y el vástago del rey regrese de su campaña en la frontera. Volveremos a Uruk, y eso incluye a Jeanne, según nuestras tradiciones.

La conversación terminó, todos se dirigieron a dormir, una semana más y Jeanne volvería a Uruk a la espera de un largo año antes de ser desposada con Sieg.

Días que se envuelven en sonrisas, en mirada discretas que develan algo más que inocencia. Suaves roces entre manos, palabras que escapan en un hilo de voz, están destinados a servir a una nación pero parece que no importa, Jeanne es la primavera, una flor en botón que apenas descubre el mundo, y Sieg teme a ella, a la incertidumbre de su mirada. Duda de que ella pudiera ser la hermana de alguien tan tirano, tan perverso, pero tal vez, ella es la representación pura de Uruk, la joya en una corona de macizo oro. Es como el sol, si la miras por mucho tiempo, podrías no volver a verle nunca.

—Volveré a Uruk con mi hermano y Enkidu, —Jeanne permanecía tímida, a veces la mirada de Sieg era como si viera qué había detrás del hiyab que le cubría la cabeza.

—Si, lo sé, volverás al verano para la boda igual que yo.

Sonrieron, sus dedos se rozaron, eran tibios, suaves, Sieg suspiró cuando el tacto tímido de Jeanne lo envolvió. El amanecer se asomó en el horizonte.

—¿Me escribirás? —una pregunta inocente que a Sieg le estremeció el cuerpo.

—Siempre que pueda, lo prometo.

Las despedidas nunca habían sido de un sabor agradable para Jeanne, no pudo despedirse de sus padres, ni de Gilles, tampoco lo hizo de su patria, ahora el tener que hacerlo de Sieg, era un terreno que desconocía.

Mí querida Jeanne:

Ha pasado tiempo desde la última vez que nos vimos, las campañas de territorio han sido duras, sin embargo confío en el buen juicio de mi padre para mantener la paz entre las comunidades, el rumor sobre nuestro próximo enlace ha conmocionado al país entero. A pesar de eso, aquello no es lo que pueda preocuparme realmente; más bien es el saber cómo estás tú, prometiste escribirme y aun estoy a la espera de tu primera misiva. Dime ¿Cómo van las cosas en tu reino? ¿A tu hermano ya se le ha menguado el carácter? Quisiera que nuestras familias pudieran llevar una convivencia amena, ahora que serás mi esposa.

Me gustaría escribirte más líneas, pero me es imposible ahora, realmente tengo esperanza de saber de ti en poco tiempo.

Con cariño: Sieg.

Dobló la hoja de papel y suspiró, sus tersos dedos acariciaron la hoja corrugada con cuidado, sonrió un poco y guardó la carta en una pequeña caja de madera, Jeanne tomó una hoja limpia, pluma y tinta. Se dispuso a escribir.

—Señorita Jeanne, —una moza entró a su habitación, Jeanne se giro con suavidad y preguntó con un gesto—, el rey la solicita… en sus habitaciones.

Eso la tomó por sorpresa, la muchacha asintió, dejando atrás una carta a medio escribir.

Se posó frente a la puerta que conectaba a las habitaciones del rey, nunca había estado ahí, estaba prohibido, pero ahora, sin nada más, Gilgamesh la mandaba a llamar como si aquello fuera lo más natural del mundo. Antes de llamar, las puertas ya estaban abiertas, un interior intimidante, columnas altas muebles finos de cedro y mármol, jarrones de cerámica fina, jarras de oro macizo, la habitación de un rey, una a la que ella no podría aspirar nunca, claro hasta su matrimonio son Sieg.

—Señor… —masculló.

—Adelante, —al fondo, la voz de Gilgamesh la invitó a adentrarse más.

Se encontraba en el balcón, sentado frente a una pequeña mesa llena de libros y pergaminos, junto a él, un león retozando. Jeanne se preguntó como es que la reina Arturia podía estar tan cerca del imponente felino que en apariencia parecía tan indefenso, caminó tímidamente, Gilgamesh le señaló la silla frente a él y Jeanne tomo asiento procurando estar alejada en considerable medida del león.

—¿Ha pasado algo? —preguntó con voz suave pero entendible.

—Me han informado que has recibido una carta de Sieg, —arqueó una ceja mientras miraba fijamente a Jeanne.

Ella tragó duro, esperaba casi cualquier cosa, un regaño, una explicación.

—Si, —asintió—, pero no es nada que pueda preocuparle a usted o al reino, —espetó y Gilgamesh sonrió sardónico.

—Jeanne, todo lo que tenga que ver contigo, ahora tiene también que ver conmigo, lo que hagas y dejes de hacer, absolutamente todo.

La declaración de Gilgamesh le cayó pesado en el estomago, ella suspiró profundo, Enkido le había enseñado que para tratar con alguien como Gilgamesh, se debía actuar de manera tranquila, hacer una pausa en su temperamento y acceder de manera sutil a las peticiones del rey, sin ser sumisa, pero tampoco altanera, algo que de igual manera hubiera aprendido de la reina Arturia.

—En ese caso permítame enviar a una moza por la carta, para mostrársela, —ella no temía a que él diera lectura a la carta, sin embargo se sentía ofendida al saber que indagaría en algo que se suponía debía ser intimo.

Gilgamesh alzó la mirada en su dirección, apenas se había percatado de la manera en que actuaba, noble y franca, dando una sonrisa apenas perceptible, el rey se levantó de su lugar.

—Te he visto crecer todos estos años, —dijo calmadamente.

La muchacha se exalto al escuchar la declaración, era verdad, había vivido prácticamente toda su niñez en ese palacio, rodeada de lujos, finas telas e importantes decretos, Enkidu era su mentor, un padre al que le debía todo, y Gilgamesh… él era el rey, lo respetaba pero nunca habían profundizado una relación. Desde su perspectiva ella no había notado que él la observara.

—Eres la clase de mujer de la que espero deje en alto el nombre de esta tierra, —prosiguió—, para ti debe ser un honor ser llamada mi hermana, mi sangre.

A pesar del despotismo, Jeanne sintió una extraña opresión en su pecho, después de todo, si lo analizaba a conciencia, él era quién tenía la última palabra, bien hubiera podido echarla de su reino, aun ante la negativa de Enkidu, Gilgamesh de algún modo particularmente raro, la había acogido bajo su ala, dándole educación, vestido y lujos que ningún otro plebeyo aspiraba a obtener de alguien tan cerrado y arrogante como él.

—Y estoy agradecida por eso, —su respuesta fue bien recibida por el rey.

No era molesto, pero sí extraño dirigirle la mirada, Jeanne poseía un parecido con su mujer, pero había marcadas características entre ambas que las diferenciaban, para comenzar: el hecho de que Arturia, fuera temperamental, terca y prejuiciosa, se dedicaba a juzgar sin contemplaciones, mientras que Jeanne era prudente y mansa, algo que seguramente aprendió de Enkidu, Jeanne podía leer a las personas de manera eficaz pero se encargaba de conocerlas a fondo, saber el terreno que tocaba antes de aventurarse, Arturia era un vendaval de emociones que avasallaba con todo a su paso, dejándolo bajo sus pies, noble y estoica reina que imponía su voluntad, nadie la cuestionaba, nadie se atrevía a mirarla más allá de la figura férrea que representaba aun fuera de su nación. La muchacha frente a él evocaba cierto agrado similar al que sentía por Enkidu. Sacudió esos pensamientos en su cabeza cuando divisó una menuda figura en el umbral de la puerta, su reina había llegado a sus habitaciones.

—Arturia, —Gilgamesh pronunció el nombre y Jeanne se levanto de inmediato de su lugar con sorpresa.

—Buenas noches, —contestó la reina en su usual tono parco y preclaro.

Arturia apretó suavemente el ceño ante la presencia de Jeanne, no cuestiono, no dijo absolutamente nada, se dedico a pasar de largo y sentarse en la mesa que anterior mente había sido ocupada por el rey y la muchacha.

—Debo retirarme entonces, —Jeanne le dedico una caravana a la reina, luego miró a Gilgamesh y de igual forma lo reverenció.

—Recuerda lo que hablamos, —articuló él en respuesta, sin despedirse ni prestar atención a su reverencia.

A su salida, Jeanne no escuchó sonido alguno, respiró aliviada de no estar en el medio de esos dos leones y caminó parsimoniosa a su habitación.

Arturia dirigió la mirada al rey, cuestionó con dureza a lo que él respondió con una media sonrisa cínica, tan característica, tan enferma que le revolvía el estomago, ella no lo odiaba, pero tampoco podía llamarlo amor, su relación era en base a su respeto como monarcas, pero ella no permitiría que él pasara por sobre su autoridad, una de las razones por las que el harem del rey había sido disuelto, su honor y honra no serían manchadas por ese hombre egoísta y déspota. Sin embargo, ver a Jeanne ahí, mirándolo con docilidad, y a él enterrándole la mirada, no le había provocado un buen augurio, ella conocía perfectamente al rey, sabía que ante la mirada inocente y pulcra de una muchacha como Jeanne, él era capaz de cualquier cosa, ella era el ejemplo claro. No estaba celosa, pero reiteraba su poder como reina.

—¿Para qué la has citado en nuestras habitaciones? —al fin preguntó, Gilgamesh respiro profundo.

—Acaso es que ¿mi reina está celosa? —jugó con la incertidumbre de Arturia.

Se deleitó con la mirada furibunda de Pendragón, en cualquier momento podría saltarle como una fiera, pero no lo hizo, le gustaban esos principios morales que poseía, era divertido verla enojar y que mantuviera en lo posible su templanza.

—No juegues conmigo Gilgamesh, —respondió con tranquilidad.

—Mis asuntos con la protegida de Enkidu no convergen a nuestra relación marital, —finalmente él se cansó, respondió con franqueza que ella aceptó.

Se conocían tan bien que perciban las mentiras uno del otro, era extraña su relación, si eso hubiera pasado un par de años atrás, Arturia probablemente hubiera entrado en cólera, lo habría decapitado, pero en ese punto, comprendió que para mantener a Gilgamesh bajo un perfil calmo, era mejor hablar con la cabeza fría, aun que la sangre le hirviera.

—Hacerla pasar por tu hermana te impide poder poseerla, —comentó con tono agrio.

No se iría a la cama sin antes hacerlo rabiar, de cierta manera ella se sintió perversa, pero Gilgamesh ya se había adentrado tanto en sus yagas, que en ese momento darse el gusto de vez en cuando de verle enojar, era un placer culposo.

—Mide tus palabras mi leona, —amenazó con la voz más ronca que de costumbre—, más bien deberías preocuparte, años de matrimonio en los que no ha habido vida en tu vientre.

El cuerpo de Arturia se tensó, las palabras de Gilgamesh tocaron un nervio sensible. No espetó nada, lo ignoró y concibió que fuera mejor dormir, se levantó de la mesa para dirigirse a cambiarse la ropa, Gilgamesh se quedó en el balcón, miró la ciudad, una vez más pensó en todo lo que estaba por pasar, en Jeanne, en Enkidu, en Arturia y el heredero que no llegaba ¿Qué pasaría con su reino?