Encuentro

Encuentro

Dicen que los primeros espejos surgieron cuando una hermosa mujer quiso descubrir porqué su familia estaba maldita. Rogó a los dioses y estos le regalaron un espejo. En él ella pudo ver porqué la belleza de su rostro originaba batallas, celos y poderes destructivos a todo aquel que se atrevía a mirarla, a tocarla, o a amarla. No lo pudo soportar, y se suicidó; pero el regalo de los dioses se quedó a partir de entonces entre los hombres.

Y ahora, miles de generaciones después nos miramos en los espejos sabiendo que lo que éstos reflejan no es más que nuestra imagen, lo que los demás ven de nosotros. Un rostro, bonito o feo; unos ojos, claros u oscuros; un cabello, liso o rizado; pero el nuestro al fin y al cabo.

Eso era lo que Molly trataba de explicarle aquella mañana de sábado de otoño al pequeño Fred.

-Mira quien está aquí –decía Molly señalándole su figura, al otro lado del cristal.

Y el pobre Fred trataba de entender aquello, pero para un niño de dos años aquello era muy complicado. No entendía porqué su madre decía que no, que ese no era George. Al fin y al cabo, era igual que el niño que veía delante de él.

Pero George no decía nada, no se defendía, mientras Fred esperaba que abriera su pequeña boca y le dijera a su madre que sí que era él.

El niño del otro lado, en cambio no decía nada, y a Fred se le agotaba la paciencia. Miró a su madre, que seguía preguntándole aquello y ante las respuestas, repetidas y convincentes, de Fred sonreía y le acariciaba el pelo.

-¡Arthur!- oyó que llamaba Molly a su padre, el cual llegó con George en brazos. Dejó al pequeño en el suelo, al lado de su hermano que corrió hacia él.

-Norge –le llamó y le cogió de la mano, guiándole hasta el espejo. Levantó su dedo índice y, sin llegar a posar su yema sobre él, señaló y preguntó: -¿Quién es?

-Ged- respondió George seguro.

Fred negó, cabezota y le contestó:

-No es Ged, es Norge.

Detrás de ellos Molly, Arthur, Bill y Percy quienes se había unido a sus padres, se acercaron a la escena de los gemelos y sin poderlo evitar, rieron.

Molly tenía en los ojos el mismo brillo que Arthur, un resplandor común en todos los padres cuando ven a sus hijos crecer. Bill les miraba divertido, entendiendo que a esa edad algo tan sencillo como un espejo debía ser un gran misterio por descubrir.

Y Percy, quien tan solo les sacaba dos años y con esa edad cualquier cosa vale para pasársela por la cara a sus hermanos pequeños, les explicó con ese tono que utilizaría más tarde, al llegar a Hogwarts, lo que estaba pasando.

-Eso es un espejo, pequeñazos. Y lo único que estáis viendo es a vosotros mismos.

-Eso, sólo veis a Ged y a Norge- le acompañó Bill y los dos hermanos se echaron a reír.

Arthur les miró, reprobatoriamente; pero Molly se arrodilló entre los dos y se miró en el espejo.

-¡Mamá!- exclamaron los pequeños.

Molly asintió, y después de señalarse a ella y a su reflejo, y a ellos y a sus otros yos, logró que lo entendieran. El pequeño Fred movió su dedo índice señalando:

-Yo, Ged, Norge, y otra vez Norge.

Molly asintió, y les revolvió el pelo, dejando para otro día la correcta pronunciación de sus nombres.

Ya se iban los cuatro de la habitación, cuando Arthur miró por última vez hacia atrás, hacia los gemelos. Allí estaban, mirándose de hito a hito, sin preguntarse porqué eran iguales, idénticos. Lo único que quizá entendían, era que eso era otra razón para seguir juntos, y se veía que les hacía felices. Pues se habían encontrado, los dos con sí mismo, y con su hermano, y ese primer encuentro les animaría a no separarse nunca más. Como dos gemelos, como dos reflejos de un mismo espejo.