¡Hola! La continuación de este... ¿three-shot? Disclaimer: jamás escribí tantas guarradas juntas, sin contar que tuve que partir el capítulo por la mitad... Espero puedan leer sin que les sangren los ojos, y me digan qué tal les parece este estilo :)

Lemon, categoría (M). Están avisados ;)


20 reglamentarios.

Deidara se bajó de la bicicleta totalmente espantado. Dando torpes zancadas, se abrazó al árbol que se encontraba enfrente a la puerta de su edificio, sus piernas perdiendo la poca fuerza que les quedaba.

Obito le miró, con una sonrisa nerviosa.

–¿D-dónde la estaciono, Deidara-senpai?

Deidara señaló tembloroso hacia un pequeño garage. Intentando recomponerse, buscó sus llaves y guió a Obito al interior, donde le arrebató la bicicleta con violencia y la encadenó a un poste. El mareo estaba mermando.

–¿Qué demonios fue eso, hm?– alcanzó a gruñir, aún agachado. Su corazón latía muy rápido.

Obito se rascó la nuca, era un tic que tenía cuando se ponía nervioso.

–¿Q-qué cosa, senpai?– preguntó intentando fingir desconocimiento de causa.

El trasero de Deidara se veía bien desde allí. ¡Un momento, no…-!

–Tú no sabes andar en bicicleta, ¿no es así, hm?– Deidara giró la cabeza, fulminándolo con un aura amenazante.

–¡Te equivocas, claro que se!– Obito levantó las manos, mostrando las palmas a la altura de sus hombros, poniéndose rígido –. ¡Es sólo que…! Que… No conducía una bici desde los 15, creo. Por eso me costaba controlarla un poco, jeje…– terminó, cruzándose de brazos.

–¿Cómo que hace AÑOS que no conducías?– Deidara se levantó con rapidez, el mareo volviendo a aparecer –. Maldición– masculló, agarrándose la cabeza. Obito se le acercó con una mirada preocupada –. ¡Tú, que tanto me hablabas de no ser un inconsciente a bordo de la bici!– terminó de explotar– . ¡Debí haber sospechado cuando me pusiste ese casco a la fuerza, hm!

Obito se encogió sobre sí mismo, apretando más sus dedos bajo sus axilas. Bajó la cabeza con los ojos fuertemente cerrados. Había sido un tonto. Tentado por Deidara, deseoso y sin pensar, se largó sin control. ¿Y si le pasaba algo al rubio? Aunque le hubiese comprado un casco cuando iba a pagar la fianza, eso no sería suficiente en el peor de los casos.

–D-deidara, y-yo…– tartamudeó, pero la garganta se le cerró de la angustia, impidiéndole continuar. Sentía que estallaría a llorar de un momento a otro. No había podido bajar la velocidad al principio, ya que inició con fuerza en una bajada, y luego, si aplicaba toda la fuerza que tenía a contener la bicicleta, era seguro que terminarían resbalando por el asfalto; por lo que todo el trayecto fue extremadamente rápido y vertiginoso.

Se había contenido para no gritar frente al chico, aunque nunca había escuchado tantas maldiciones en tan poco tiempo, y menos vociferadas a su oído.

Deidara se encaminó hacia la salida para entrar al edificio, recordando como se sentía abrazar los abdominales de ese atolodrado. Era lo único que había hecho pasable ese loco viaje en bicicleta.

Se detuvo en la entrada, reteniendo la puerta. El portón del garage era pesado, por lo que decidió que Obito lo cerraría.

–¿Qué no vas a pasar, hm? Ya está bien, hombre– lo apuró, con algo de impaciencia. Hora de iniciar la obra de arte.

Obito cerró con apuro el garage y se trabó con el portón. Deidara comenzó a reírse sobre la pequeña escalera de entrada, negando con la cabeza y digiriendo la mirada hacia otro lugar para no tentarse más. Luego de otro par de forcejeos, Obito logró cerrar satisfactoriamente el portón, aunque lo hizo con tanta fuerza que Deidara supo que, el siguiente vecino que quisiera abrirlo, tendría que llamar a la cerrajería. Al menos nadie los había visto. Con una sonrisa en la cara, miró acercarse al tímido morocho, que le devolvía las llaves. Ya se le había pasado el malhumor de la mañana. Obito tenía la extraña cualidad de pasarle y quitarle el malhumor en un parpadeo. Normalmente sólo hacer arte era lo que le animaba cuando estaba de malas. Que una persona lo hiciera, era algo totalmente nuevo.

De buena gana volvió a guiar a Obito por el camino al ascensor, al igual que el día anterior.

Al igual que el día anterior, Obito sentía una mezcla de nervios, miedo, ansiedad y felicidad que parecía no poder calmarse. Se forzó a seguir más de cerca a Deidara cuando éste entró al ascensor.

Una vez dentro, su desbocado corazón le hizo clavar la mirada en el techo del ruidoso artefacto.

Deidara le miraba de arriba abajo, con una media sonrisa picaresca pintada en el rostro. Obito Uchiha ya no llevaba esa fea placa en el pecho. La ropa azul seguía sin gustarle, pero al menos ahora podía mirar todo lo que quisiera sin traicionar a su filosofía personal. Los borceguís le sentaban infernalmente bien, le daban un aspecto tan rudo y masculino, ¿por qué no se había dado cuenta de ello antes? Esa camisa también, ya no tenía cerrado el primer botón al cuello. Podía ver algo más de la piel de los nacientes músculos de su pecho. Como si adivinara que estaba siendo escaneado, Obito comenzó a ponerse colorado una vez más. Qué lindo le sentaba, pensó Deidara mordiéndose el labio inferior, tragando con desconocida ansiedad.

Miró hacia abajo, no había erección a la vista. Bueno, al menos no en ese momento. Ya se encargaría de ver una en pocos minutos.

Obito apretó con fuerza las tiras de su mochila que colgaba de su hombro izquierdo.

Cuando avanzó hacia él, la campanilla del ascensor sonó, congelando a ambos durante un breve instante. Sus miradas se encontraron, y los ojos claros de Deidara sonrieron, antes de que el chico se diera la vuelta para salir del ascensor.

Obito se quedó como atornillado al piso del ascensor. Cuando Deidara, al no sentirlo detrás, se dio la vuelta, le encontró indeciso, las manos en los bolsillos. Con gesto apacible, le indicó con la cabeza que ya había abierto la puerta de su departamento. Entonces Obito salió del ascensor, tropezado con sus pies, sin darse cuenta de que la destartalada caja mecánica se cerró casi atrapándolo.

Deidara se contuvo una carcajada y entró encorvado a su hogar, siendo seguido por unos pasos apresurados y arrítmicos.

El rubio puso el nuevo casco sobre una mesa y fue a abrir la heladera, bebiendo una botella de agua helada.

Obito se removió incómodo en la entrada, sin saber qué hacer.

Deidara recordó de repente que el ex policía se estaba quedando en su casa, y probablemente nunca antes había intentado algo así. Quizás debió ser más flexible cuando le pidió pasar por su casa primero; aunque estuvieran en bicicleta, Obito no parecía llevar nada más consigo que la ropa y aquel bolso.

–Bien, ponte cómodo, hm– extendió los brazos –. Elige un lugar, deja tus cosas– señaló sin demasiado protocolo. Lo cierto es que no había compartido vivienda con nadie en el último tiempo, y la corta estadía con Kurotsuchi había terminado bastante mal, con ambos gritándose en medio de la calle que las conquistas de cada quien no le permitían descansar bien al otro.

Obito miró el departamento como si no lo conociera. Finalmente, avanzó suspirando y colocó su mochila en un banco alto que daba a una pequeña barra. Se quedó mirando a Deidara expectante, como si esperara algo.

–¿Acaso crees que voy a reprenderte, hm? Vaya, vivir con aquel puercoespín debió ser realmente asfixiante– Deidara terminó la botella y fue a echarse cómodamente al sillón rojo, acomodando unos cojines tras su cabeza. Aunque había sido poco tiempo, estar en la prisión había sido sumamente incómodo y se sentía cansado. Enseguida compuso una expresión extraña –. Oye, mi-

Se calló cuando vio los diseños de Takashi Murakami frente a sus ojos. Levantando la mirada, lo tomó con una sonrisa, jugueteando con la lengua dentro de la boca. Obito se había acercado con la mochila abierta y le había devuelto el cojín que le había "robado" la tarde anterior. Le caía bien. Demasiado bien. Por favor, que ese hombre no intentara malcriarlo. No se lo permitiría.

Si conseguía resistirse.

–Bueno chico, hm– dijo tomando su cojín favorito, acomodándoselo en la nuca. Lo pensó mejor, y se quitó el cojín, estrechándolo contra su pecho.

Obito se quedó hipnotizado, hasta que Deidara cayó en la cuenta de que estaba allí, parado, mochila en mano. Ni siquiera había bebido ni comido nada.

Algo molesto, bajó sus pies del sillón y le hizo un pequeño espacio.

–Vamos, no seas tan tímido, puedes comer, beber o descansar, como quieras, hm– le apuró, sacudiendo un dedo sin dejar de abrazar su cojín de diseño superflat.

Obito volvió a dejar la mochila en el banco, y muy despacio se sentó en el lado libre del sillón. El lado que Deidara había ocupado la tarde anterior cuando confusamente, había acabado en la casa del irreverente estudiante de arte. Igual que en esos momentos.

No importaba qué pasara, apenas hacía un día que lo conocía, e hiciera lo que hiciera todo le llevaba a estar cerca de ese chico.

Ese explosivo chico que hizo explotar una muestra en su propia universidad. Sonrió al recordar ese momento, y a Deidara no le pasó desapercibido.

–¿Qué?– se acercó a preguntar con curiosidad.

De repente, ese chico parecía tan… amigable, o al menos no hostil. Ni siquiera se le estaba insinuando sexualmente desde lo de la bicicleta. ¿O eso se debía a lo mal que conducía? El Uchiha desempleado sintió una extraña incomodidad ante esa probabiliad.

–¿Qué, hm?– volvió a insistir Deidara. De repente, sentía una inmensa necesidad de golpearle la cabeza gacha con el cojín. No, hacer algo tan tonto frente a un gran tonto no era buena idea.

–Es sólo que…– intentó explicar Obito, pero no sabía qué era lo que quería explicar. Miró a Deidara, vestido con la campera de su amado sensei de las flores y las calaveras, los pantalones rojos escoceses, las malas imitaciones de Converse negras y los cordones verde y amarillo flúor. Tenía mucho color, pero de alguna manera no pasaba por una mancha chillona. Quizás eso se debía a su hermoso rostro que lo obnubilaba todo, a su largo cabello suelto que enceguecía la vista, o a que se veía encantadoramente joven, como un adolescente.

Un momento, seguía con esa costumbre de pisar el sillón rojo con el calzado puesto. Movió la mano, pero se detuvo recordando que ya no estaba en su casa, mejor, su antigua casa, y no había un Madara a quien contentar con normas de etiqueta. Obito pensó que quizás, sólo quizás, en los últimos años se había vuelto algo obsesivo.

–¿Vas a hablar, vas a callar, o vas a ir en serio, hm?– le largó con algo de impaciencia.

Obito se acomodó más en el sillón, sin poder quitarse esa extraña sensación. Algo le decía que las cosas volverían a ser como siempre con Deidara.

–Y bien senpai, ¿está preparado para tenerme como su discípulo? Porque aún no logro entender lo del superflat– largó con un ligero brillo alumbrando a sus ojos oscuros. Esperaba no ser tan evidente.

Deidara sonrió satisfecho.

–El arte no es algo que siempre te pueda explicar, hm. Tienes que… vivenciarlo, hm– terminó en un susurro que estremeció al otro hasta los huesos.

Oh sí, eso iba a ser muy divertido.

–Y dime Obito, ¿qué piensas de tu nueva vida?– le cambió de tema apenas entrevió que el otro empezaba a acostumbrarse a la situación. Observó complacido como volvía a desconcertarse, su carita ladeándose levemente hacia un lado. Lindo.

Ese Obito Uchiha era lindo.

Y también lo era hacerle perder el sentido de la ubicación.

–Eh…– Obito parpadeó, tildándose. Justo que había pensado en acercarse a él, Deidara le… – ¿Qué qué pienso?– largó como si hablara consigo mismo, los ojos negros abiertos como platos.

–Ajam, tu vida ha cambiado, ¿qué quieres hacer?– le sonrió mientras se cuidaba de alejar sus rodillas. Quería provocarlo más, quería que ese salvaje que Obito ocultaba saliera a la luz.

–Que qué quiero hacer…– repitió Obito, quien estaba yéndose a otro plano.

Deidara volteó los ojos. Esperaba no haberle metido una pregunta filosófica en la cabeza. Obito había demostrado ser fácilmente influenciable por él. Eso no era bueno, a menos que pudiera llevarlo a las ligas mayores.

–Pues yo… yo…– Obito se paró en seco, y enseguida se volteó hacia él. Casi podía vérsele el vapor saliendo de su cabeza, con los dientes asomados exageradamente –. Oh Dei, ¡qué hice!

Obito Uchiha se llevó las manos a la cabeza. La había cagado. La había cagado a nivel galáctico.

–¡DEIDARA-SENPAI, ¿QUÉ HICE?!– chilló desesperado, haciendo saltar al rubio de su lugar. Desesperado, comenzó a caminar en círculos como un animal perdido –. ¡OH MI DIOS, QUÉ HE HECHO!

Debió habérselo visto venir. No podía esperar que una persona cambiara su vida sin más.

–Oye, tranquilízate, hm– largó con incomodidad. Así no era como se suponía que debían darse las cosas. Ya podrían hablar de arte y esas cosas luego de la parte buena. Ahora no le podían quitar la parte buena.

Como respuesta, Obito aumentó la velocidad de sus círculos, comenzando a tropezar con las cosas de nuevo, hasta que sin darse cuenta pisó el pie derecho de Deidara.

–¡AY, ANIMAL!– le escupió furioso, toda la paciencia había desaparecido repentinamente.

–¡Perdón, Deidara-senpai!– Obito se acercó al chico, pero éste lo repelió con la mano, temeroso de que el Uchiha pisara su cojín de Takashi Murakami que se le había caído al piso con la sorpresa de dolor.

–Ya, mejor aléjate de mi cojín, hm– respondió mientras le sacaba la posible suciedad de unos golpecitos y lo acomodaba como si nada en el sillón. Respiró hondo –. A ver, Obito– estaba dispuesto a tratar de ayudar a su nuevo "amigo".

–¡Qué voy a hacer, qué voy a hacer, qué voy a hacer, qué voy a hacer, qué voy a hacer!– gritaba desesperado, agarrándose la cabeza como si se le fuera a caer–. ¡Deidara-senpai, qué voy a hacer!

No importaba ya lo que Deidara dijera. Optó por callar mientras observaba ese despliegue de exagerada desesperación. Porque le parecía exagerado que Obito ya llevara cinco minutos reloj corriendo en círculos en la pequeña sala de su departamento. El rubio estaba a punto de hacer explotar su carácter de nuevo.

De repente, Obito se le acercó veloz como una bala hasta ponérsele casi encima.

–¡Deidara, responde!– le tomó por los hombros, sacudiéndolo como a un trapo–. ¿¡Qué voy a hacer ahora que no tengo trabajo, me fui de mi casa, me peleé con papá, qué voy a hacer!?

–Oye, Obit-

–¡¿QUÉ VOY A HACER, DIOS BENDITO?!– lloriqueó y se tiró a su hombro, asustado.

Bien, por esa vez le dejaba pasar que lo hubiera sacudido como muñeco. Aún así, le dolían los hombros del agarre. Y si seguía así, le iba a llenar de mocos la campera de Murakami sensei por segunda vez en menos de veinticuatro horas. Y no había erección que le permitiera dejar pasar ese detalle esta vez.

–Obito, suélt-

–¿¡QUÉ HAGO, DEI!?– le chilló mirándolo con desesperación, como si la cara de Deidara le fuera a dar la repsuesta –. ¿QUÉ DEMONIOS HICE?

–Una estupidez– largó Deidara sin pensar. Enseguida, se llevó las manos a la boca, viendo como los ojos de Obito se tornaban rojos de nuevo –. Espera, no, este…

–Tienes razón– Obito se separó de él, sentándosele en frente, derrotado en el suelo –. Soy un estúpido e hice lo único que sé hacer. Joderla– sentenció con la voz quebrada.

Deidara se sintió extraño. No le gustaba lo que veía.

–Oye grandulón, no debes tomártelo así de buenas a primeras, ¿sabes? Tendrás muchos momentos así, vete haciendo a la idea, hm– no estaba seguro de si le había ayudado o hundido moralmente aún más.

Aunque le parecía un poco extraño que esa reacción se tardase en llegar, para ser sincero.

Obito levantó la cabeza, mirándolo con la cara de ilusión de un niño.

–Es cierto, Deidara-senpai fue expulsado de la universidad, pero se conserva entero como todo un hombre, ¿verdad?

–Bueno, yo no dejaré de hacer arte, hm. Además, sigo conservando mi trabajo– largó sin pensar mucho.

La boca de Obito volvió a temblar.

–¡Pe-pero…! ¡Al menos tu vida ya es tuya, hm!– agitó el puño tratando de sonar convincente. ¿Qué demonios estaba haciendo? Hasta entonces, nada se condecía con sus planes de estar gritando, compartiendo con sus vecinos lo bien que se la estaba pasando con su nuevo compañero de piso.

Los ojos de Obito volvieron a sonreír.

–¡Sí! ¡Es cierto! ¡Eres un genio, Dei-senpai-chan! ¿Cómo lo haces? ¿Cómo logras no desesperarte en esta nueva, temerosa y oscura etapa de tu vida que se abre más allá de tu poder?

–Hombre, eso es lo más negativo que he escuchado en mucho tiempo, hm– murmuró sorprendido.

–Oh.

El desempleado comenzó a hacerse una gelatina de nuevo.

–Ay no, no empieces otra vez– largó nervioso, como si estirando sus brazos pudiera detenerlo –. ¡Esta vez no me arrepiento de lo que dije, hm! ¡Eres muy negativo, me dijiste que tienes seis meses sin trabajo asegurados, hm! Piensa en la estabilidad que eso significa– tanteó, dudando internamente de la lógica de lo que le decía.

–Es… es cierto…. Estabilidad… Yo… Perdí…– los azabaches volvieron a chocar contra los zafiros –. Perdí mi estabilidad económica de la noche a la mañana…

–Eh, hm.

–Porque así lo quise…

–Hm.

–Pero, ¿así se siente la libertad, verdad senpai?

–Como si estuvieras malditamente desnudo en Siberia, sí, hm– respondió Deidara, recordando que aún tenía arroz para calentar para unos tres días.

–¡Nooooo!– chilló Obito, llevándose las manos a las sienes.

–Oh, no otra vez– largó un asustado Deidara. Psicólogo. Ese tipo necesitaba un psicólogo. Ya no tenía ganas de tener sexo desenfrenado en esos momentos.

–¡Y arruiné la relación con mi familia! ¡El clan va a odiarme aún más!

¡¿Clan?!, pensó Deidara.

–Nadie tiene clanes hoy en día, hm.

–¡Mi familia funciona como uno!– le agarró las rodillas, gateando desesperanzado.

–No puede ser cierto, hm.

–¡Claro que lo es!– le llevó la contra con dramatismo.

–Mierda, ¿acaso vendrán a castrarnos?– Deidara se llevó con preocupación las manos a su entrepierna.

–Quizás papá Madara…– terminó bajito el otro.

–¡Aquí no viene ningún policía, hm!– Deidara se levantó, sintiendo la ira correr en sus venas de nuevo. Recordó cómo fueron a buscarlo a la casa y se lo llevaron en el patrullero por una denuncia de la universidad –. Bueno, después de ti no viene ninguno, hm – completó dudoso.

–No te preocupes, yo ya no soy policía- ah, ay. ¡Ya no soy policía!– se levantó para hacerle frente a Deidara –. ¡Ya no soy policía, entiendes!

–¡A mí no me mires! ¡Fuiste tú el que entregó muy orondo la renuncia esta mañana, hm!

–¡Tú me dijiste que no me gustaba serlo!

–¡Tonto, eso lo dijiste tú! ¡Repiensa tu vida o vete de aquí!– no iba a permitir que le culparan por andar abriendo conciencias. Y pensar que todo eso había comenzado por la aburrida exposición de arte pop "ecologista" a la que llegaba tarde el día anterior.

–¡Es cierto! ¡No me arrepiento de nada!– gritó, apretando el puño.

Deidara se quedó de una pieza. ¿El idiota era bipolar?

–Porque hay una sola vida y es para vivirla, ¡¿no es así, senpai?!– le miró con ojos de fuego.

Deidara sonrió como un estúpido.

–Claro, hm– logró articular. Si Obito salía bueno, era porque le estaba convirtiendo en su discípulo, y nada más.

–¡Y nunca quise ser policía! ¡Entregaría la renuncia de nuevo!

–¡Así se habla, hm!– se sumó con entusiasmo, cerrando los puños.

–¡Y mil veces más en la cara del viejo! ¡Ya no soy un niño que puede ser controlado!

–¡Tú lo has dicho, ex-azulcito!– gritó Deidara alzando un puño, eso era lo bueno de la libertad –. ¡Aunque la libertad a veces parezca una mentira, en momentos así realmente le hace honor a su nombre! ¡Y aunque estés en la quiebra, eres un hombre libre, Obito!– terminó entusiasmado. Haría arte con esa idea.

–¡Sí, porque estoy en la quiebra!– Obito bajó los brazos –. Ah, eh… Estoy en la quiebra, jeje… Je…– comenzó a rascarse la nuca compulsivamente.

Los ojos azules se abrieron ante el peligro.

–No, te prohíbo empezar de nuevo, ¿me entiendes? Hm.

–Sí, Deidara-senpai…– le contestó un lloroso Obito. Se había echo un ovillo, de vuelta en el suelo. Su cabeza volvía a andar a miles de kilómetros por hora.

¡Mierda! ¿Por qué tenía que ser tan estúpidamente obediente con él?

–Mira, renunciaste porque así lo querías, ¿no es así?– el tipo estaba pasando un momento difícil, no podía ser así de impaciente con él.

–Chí.

–Y, ¿no te arrepientes de ello?

–Nu.

–¿Eres feliz, Obito?

Quizás la pregunta más importante.

Silencio.

–Chí que chí.

Rayos, ¿por qué tenía que hablar así? Llevaba poco de conocerlo y parecía tener múltiples personalidades.

Obito escondía una naciente sonrisa. Aún así, su cerebro le ganó la batalla otra vez.

–Sólo una pregunta, Deidara-senpai– le miró, esta vez muy serio.

Deidara se sentó en el sillón, muy cerca de él, dándole a entender que le escuchaba.

–¿Qué hubieses hecho tú?

Qué preguntas tontas hacía Obito. No pensaría al divino botón si pusiera un poco más de arte a su vida. Pero, debía esforzarse un poco y tener más paciencia. Cuando el morocho lo superara todo, podría volver a ser el mismo impaciente de siempre, sí.

–Hubiese esperado a encontrar algún empleo, por pequeño que sea, y entonces me habría largado diciendo "fuck you!" a todos, hm– respondió, con su orgullo escapándose de nuevo.

Silencio.

Más silencio.

No parecía recibir la admiración que correspondía a su respuesta.

Qué raro.

Ese silencio no le gustaba.

Bajando a regañadientes de su nube de autocomplacencia, se dignó a mirar a Obito. El chico parecía una estatua a sus pies.

–¿Qué, hm?

Obito sonrió, abriendo mucho los ojos.

–Hubieses esperado algo un poco estable antes de hacerlo…

–Exacto– cerró los ojos, sonriendo y cruzándose de brazos.

–Porque eso es lo que cualquiera con cerebro haría. Todos, todos… menos yo…

Ay no.

–Ay, no.

–Senpai, ¿cómo puedes hacer eso, tú que improvisas todo?

–¡Que improvise no quita que piense, y viceversa, hm!

–Pero dijiste que no había que pensar.

–¡No dije eso, dije que, en tu caso, tú piensas demasiado!

–Pero aquí parece que no pensé.

–Bueno, eso, hm, eso…

–¡BUAAAAH!– se le tiró encima de nuevo, esta vez sin contener el lloriqueo.

Deidara no estaba preparado para eso. Por eso, por ejemplo, no tendría hijos. Y el que tenía asfixiándolo era un adulto.

–¿QUÉ VOY A HACER, DE QUÉ VOY A TRABAJAR, QUÉ VOY A ESTUDIAR, CÓMO TE VOY A MANTENER?

–¡Oye!

–¡¿CÓMO?! ¡NI SIQUIERA TENGO UN HOGAR PROPIO! ¡SOY UN SIN-TECHO!

–¡OBITO, BASTA!– le separó con brusquedad, y le dio una cachetada–. ¡Nadie dijo que tenías que mantenerme, hm!– ahora sí que se estaba cabreando en serio.

Obito calló de inmediato, parecía que estaba pensando con tranquilidad al fin.

–L-lo siento…

–No, yo lo siento, agh, ¡no lo siento! ¡Te volvería a golpear, pero agradece que me gusta tu rostro, hm!

No se había sentido bien golpearle, aunque fue sin fuerza, pero aun así creía que era lo correcto.

Obito enrojeció de golpe. Así que le parecía lindo a Deidara.

No, no podía distraerse pensando en lo sexy que era ese chico cuando gritaba mientras su vida no tenía orden por primera vez. Debía pensar, o en un trabajo, o en una carrera.

–Está bien senpai, creo que debo buscar trabajo y universidad para…

–Oooyy, ¡cállate!– le escupió, sorprendiéndole. Apoyó con brusquedad las manos sobre los hombros amplios –. ¡Debes tomarte el día al menos! ¡Entiendo tus problemas, pero además de que vas a quedarte un buen tiempo aquí, se supone que tendríamos sexo animal! ¡Yo no puedo ser tu niñera, hm!

Y del rojo al morado, otra vez.

–¡¿Qué carajos me ves?! ¿Tengo monos en la cara, hm? ¡Llevo queriendo cabalgarte desde ayer, dame un respiro!

¡Respiro!

Respiro.

Respiro…

El eco se escuchó en todo el piso. Obito tragó con dificultad, sin poder escapar a la furiosa mirada celeste. A Deidara no parecía movérsele ni un cabello por lo que varios vecinos se acababan de enterar.

Así que… sexo.

¿Deidara había dicho cabalgar? Se lo imaginó saltando y gimiendo encima suyo, con los cabellos en movimiento.

–Oh, dios– tarde se llevó la mano a la boca, sin darse cuenta de que un gusto metálico le llegaba allí desde la nariz.

–¿S-sangre?– tartamudeó Deidara–. Oh hombre, de veras estás demasiado estresado, hm…

El sexo era un buen ansiolítico. Pero si el tipo sangraba, debía ser grave como para estar jugando.

–Oh, dios– repitió Obito, con una enorme expresión boba en la cara.

–¡Estás sangrando, cabeza hueca!

–¡Es que no pude evitar imaginarlo!– se defendió como pudo.

Deidara lo miró como si estuviera loco.

–La sangre– se señaló Obito –. No me pasaba desde la última vez que me desvelé viendo porno…

¿Qué?

Deidara aflojó el apriete en los hombros, confuso.

–Quieres decir, ¿es normal en ti?

Obito le miraba con toda la cara inyectada en sangre, incluso el cuello. Asintió con la cabeza.

–Aunque nunca fue tanto– agregó, limpiándose la sangre con la manga de la camisa.

La tensión sexual que habían acumulado desde que se conocieron estaba a punto de estallar. Deidara volvió a ver el fondo de la mirada que vio la primera vez que subieron el ascensor, cuando pensó que Obito tendría una bestia interna oculta.

No aguantó más.

Se le lanzó encima, sentándose sobre las piernas del morocho. Se sintió incitado al ver que tanta brutalidad no había alcanzado para tirarle al piso, esa espalda era fuerte. Se prendió con desesperación a la nuca del otro, y le estampó un beso apasionado en los labios.

Obito sintió circular más sangre en su cuerpo, y como acto reflejo envolvió sus brazos fuertemente contra la cintura de Deidara. Jamás había pensado siquiera en estar con un hombre, hasta que lo conoció a él. Jamás se le había cruzado por la cabeza que besarse con un hombre sería la mejor de las experiencias. Pero quería seguir besándole, sólo a él, sólo a Deidara.

El artista abrió más su boca, desesperado, dejando que la lengua ajena le invadiera deliciosamente toda la cavidad. El aliento de Obito era fresco, pero sus dientes se sentían como los de un animal. Iban a romperse los labios, estaba seguro, pero no le importó.

Por primera vez, no le iba a importar ninguna razón estética al estar con un hombre. Era consciente de que gran parte de su locura se debía a que jamás le había costado tanto tiempo seducir a alguien. Y también que, por otro lado, nunca antes hubo un hombre que le hubiera excitado tanto como el tonto de Obito lo hizo ininterrumpidamente desde el momento en que lo tiró contra el piso y le esposó las muñecas.

¿Acaso Obito podría lograr que le fuera el sado?

No era momento para preguntarse cosas. Comenzó a refregarse fogosamente contra la entrepierna del mayor, quien enseguida respondió empujando rítmicamente con la cadera. En contados segundos, ambos sintieron sus erecciones, Deidara cortó el beso y comenzó a refregar la suya contra la del otro. Estaba tan duro, y parecía tan grande.

Se mordió los labios con glotonería repentina. No recordaba haber estado con alguno así, y eso que apenas si insinuaba a través de la ropa.

Fascinado, Obito bajó las manos y le apretó el trasero con fuerza. ¡Ah, qué lindo culito! ¡Era mejor que el de cualquier chica! Estaba seguro de eso aunque no hubiese estado con muchas, otra cosa que la profesión de policía le había quitado. Pero no debía ser tan malo con su vida pasada. Gracias a ella, tenía a Deidara como un conejo en celo refregándose encima suyo.

Volvió a apretar y hundir más sus dedos en la carne rechoncha que ocultaba la maldita tela cuadriculada.

Deidara contuvo la respiración, apretando ya sólo la erección del otro. Por una vez, la suya podía esperar.

–¿Cuánto te mide?– preguntó, sin querer ya ni disimular la calentura en su voz.

–¿Eh?– preguntó Obito distraído, acariciando en círculos y volviendo a apretar ese divino trasero. Deidara cerró sus ojos involuntariamente.

–¡Mmm!

La mirada de Obito se encendió, al tiempo que sentía como le surgía una sonrisa casi malvada.

–¿Te gusta que te toque así, conejito?– murmuró ronco al oído derecho de Deidara, para luego morder el borde de la parte superior de su oreja.

Sorpresivamente para ambos, Deidara se sonrosó.

Abrió los ojos, que brillosos se enfocaron en la mirada carbón.

–Que me digas… Cuánto te mide, ¡mmm!– gimió otra vez al sentir como esas manos hacían estragos por encima de su pantalón.

Obito tuvo una luz de consciencia de repente. Tenía a Deidara. Encima de suyo. Refregándose calientemente contra él. Tocándole su amiguito a través de la ropa. Se habían besado. Él le estaba manoseando groseramente el trasero. Le dijo "conejito". Y Deidara le había preguntado, que cuánto le medía el pene.

–¡¿Q-q-q-qué?!

Deidara decidió no desilusionarse ante esa (para no variar) tardía toma de consciencia, y aprovechó para levantarse y buscar en su mesa de trabajo la cinta métrica de coser, volviendo con rapidez hacia un anonadado Obito, que aún trataba de asimilar todo lo que venía pasando apenas unos minutos.

Se le escapó un nada masculino chillido cuando Deidara aflojó con maestría su cinturón, le abrió los pantalones y los bajó junto con la ropa interior, descubriendo su aparato que agradeció ser liberado. Obito creyó que iba a desangrarse por la nariz de nuevo cuando vio como Deidara acercaba la cara a su pene, pero se sorprendió aún más cuando, sin demasiada delicadeza, el rubio lo tomó con una mano y estiró la cinta de medir a lo largo, ancho y circunferencia. Le molestó sentir que la cinta estaba fresca, al menos contra su delicada piel caliente.

Deidara contuvo el aliento, nunca había visto una así. No al menos fuera de los videos porno que veía cuando quería dedicarse un momento de onanismo.

–¿Q-qué haces…?

–Cosas de artistas, hm– tiró la cinta lejos –. Suerte que tengo lubricante, porque mide veinte de largo.

Obito pensó que iba a derretirse de la vergüenza.

–S-son d-die-dieciocho– corrigió apenado.

Deidara lo miró con seriedad, luego, con orgullo.

–Pues parece que conmigo ganas dos centímetros más, voy a tomar nota mental de ello, hm.

Obito enrojeció al mirarse a sí mismo. Era cierto, se veía más grande y más turgente. O era la abstinencia, o las mujeres no eran la mejor opción para él.

–¿Cómo te atreviste a llamarme antes, hm?– un peligroso Deidara se encaramó sobre él de nuevo, una mano apretándole la mandíbula, la otra su erección descubierta –. ¿Hm? Vamos, no seas tímido– le besó los labios de nuevo. Sabía delicioso. Por supuesto que Deidara era mejor que todas las mujeres del mundo juntas. Si era gay o bi no le interesaba, porque ya sabía que era Deidara-sexual–. No lo vuelvas a repetir, Obito– terminó por amenazar.

Entonces decidió bajar a probarlo.

Antes de que pudiera siquiera inclinarse, la respuesta le sorprendió.

–Conejito– y recibió una palmada algo fuerte en las nalgas.

Deidara se congeló, intentando no pensar en cómo se vería si se sonrojaba en ese momento.

–¿Qué mierda dijiste, hm?– preguntó con voz trémula.

Obito le tomó por la cintura y, divertido, le movió con facilidad hasta colocarlo encima de él otra vez.

–Conejito– le susurró en los labios, con una enorme sonrisa de satisfacción que jamás creyó verle, y acto seguido volvió a palmearle una nalga.

–Mmm…– no pudo evitar que se le escapara otra expresión de placer. ¡Él no solía ser tan sensible!

–¿Ves? Te gusta– Obito le abrazó y comenzó a depositarle montones de besitos en el cuello hasta arrancarle otro gemido. Entonces rio de manera baja, mientras se atrevía a colar una mano a través del pantalón –. Conejito.

Mierda, qué estaba haciendo, qué bueno que estaba ese culo. Deidara comenzó a hamacarse involuntariamente otra vez contra su muslo y entrepierna.

Qué lindo que se movía.

Qué rico que se veía.

–Porque pareces un maldito conejo en celo cuando te toco el culo– terminó en su oído izquierdo.

Deidara tembló ostensiblemente en su abrazo.

–No puedes transformarte así– suspiró, pegándose al hombro del otro. Claro que podía. Era lo que esperaba y sospechaba. Pero para hacer honor a la verdad, no lo esperaba tan así, tan perversamente directo y pervertido.

Ese hombre le gustaba mucho. Y algo le decía que le iba a gustar mucho más que esos veinte centímetros reglamentarios.

Se rio de su propio pensamiento. "Deidara, la calentura no te está dejando pensar". Y vaya que no quería volver a pensar.

–Suficiente, hm– puso sus manos en el pecho del otro para tener un espacio para respirar –. Vamos a hacerlo, pero deja de provocarme o no podré controlarme, hm– apurado, le plantó otro beso en los labios. Se levantó ante un Obito perdido, y volvió de la habitación con una pequeña cajita y un pote de gel.

Fue allí cuando Obito cayó en la cuenta de lo que estaba por suceder. El corazón se le disparó más aún.

–Dime que no necesitas usar medidas extra large, por favor, hm– se quejó, levantando la cajita.

El morocho se dio cuenta de que le hablaban a él y que no había nadie más en la habitación. ¿Iba a tener relaciones con un casi desconocido? No era su estilo, no obstante…

No obstante el chico se descalzó pateando sus zapatillas, y se quitó la campera de flores, para revelar una remera de red negra ajustada al cuerpo. Obito tragó con dificultad. Iba a ponerse más duro, podía sentirlo.

Deidara caminó y se sentó en el sillón, al tiempo que dejaba la cajita y el pote sobre el bendito cojín del tal Murakami.

–Ok, antes de que te la chupe, dime si tienes ETS. Si la tienes, tendrá que ser con condón, hm– le explicó mientras estiraba los brazos, tomándole de las manos, tirando hacia sí.

Obito sintió arder sus orejas, y aun algo tildado, se impulsó con los pies para que Deidara no tuviera que forcejear. Hincó una rodilla en el sillón, y el chico le soltó las manos para tomar su rostro, acariciándolo al tiempo que lo miraba con los ojos extrañamente húmedos. Era un crimen que se viera tan infernalmente sexy y angelical al mismo tiempo.

–Dímelo, Obito– necesitaba resistir la necesidad de lamerlo, porque si lo provocaba demasiado, el otro podría darle información falsa por la excitación. No le gustaba lo confiado que se estaba volviendo –. Dime si necesitas condones extra large y si tienes ETS. ¡No te la podré chupar hasta no saberlo, hm!– renegó desesperado, golpeando con fuerza el piso con su talón.

Obito hizo click y se separó del rubio antes de que lo volviera loco irremediablemente.

–¡Estoy al día, Deidara-senpai!– volvió con una carpeta en la mano, y se la puso en la cara, abriéndola –. Todo está en orden, ¡no tengo nada! Me hice el chequeo de rutina hace una semana, y no he tenido relaciones desde hace mucho tiem- bueno, no he tenido relaciones luego del chequeo– se corrigió, carraspeando un poco incómodo.

Deidara miró con algo de sorpresa los papeles. Todo estaba bien. Nunca le había pasado eso antes del sexo. ¿Tan preciso tenía que ser Obito? De repente, sintió que era él debería realizarse chequeos y presentárselos a Obito. Pero no había tiempo para eso. Aun así, podía posponer el momento.

–Bi-bien, yo no tengo nada contagioso, pero no tengo unos chequeos tan precisos y actualizados como tú, hm– soltó incómodo.

–¡No importa, Deidara-senpai!

Deidara lo miró con asombro.

–¿De veras me crees?

–¿Por qué habría de dudar de ti?

¿Por qué Obito era tan inocente?

–Porque me conociste ayer, ¿hm?– dijo, remarcando lo que era obvio.

–Pero si yo no tuviera estos análisis, Deidara– Obito dejó la carpeta por el suelo y se arrodilló sobre el sillón –. Tú… tú insistirías en que lo hagamos de todas formas, ¿me equivoco?

Deidara tragó en seco.

–No te equivocas, hm– admitió. Ya se estaba cansando de los preliminares –. Maldición, ven aquí– y sin poder contenerse, le tiró del cuello para comerle la boca de un beso otra vez.

Los alientos chocaron y se volvieron uno. Se abrazaron con fuerza, mientras sentían como sus corazones se desbocaban una vez más. El miedo de Obito se veía más y más avasallado por la pasión de Deidara, que tiró con rudeza de su camisa, haciendo saltar varios botones e intentó quitársela. Para hacérselo más fácil, optó por quitarse él mismo la prenda. Deidara se quedó sin respiración al ver como una musculosa blanca se le apretaba a los músculos, le hacía ver tan masculino, que se aferró como si su vida dependiera de ello a los hombros desnudos de su compañero, al tiempo que con sus piernas le rodeaba la cintura y apretaba con fuerza contra él.

–Ahora sí, romperemos los resortes de este sillón sin importar qué, hm.

Obito creyó que moriría de la taquicardia. Pero no, estaba allí, viendo como el chico luchaba con la cremallera de su pantalón, al tiempo que se negaba a dejar de estrecharlo con las piernas. Con fuerza se separó un poco, y Deidara se abrió los pantalones con un jadeo de liberación, para luego bajarse lo suficiente su bóxer rojo vino. Obito habría querido separarse en ese momento, pero al ver una nalga apretándose contra el sillón también rojo recordó la primera vez que le vio el trasero, cuando le soltó las esposas en el auto y cuando le vio correr con los pantalones bajos por la acera. La sensación que le produjo volvía a ser la misma: la de algo prohibido que no podría contemplar estoicamente sin hacer nada. Y en su pecho, rodeando su pezón izquierdo, a la altura del corazón se encontraba un extraño tatuaje. Intentando controlarse para no mandar su mano al trasero del artista, acarició el tatuaje por sobre la remera de red.

–Es un diseño de Murakami que intervení, hm– respondió a la muda pregunta. Obito sonrió, debió haberlo adivinado. Casi que podía sentir celos de ese artista –. Y sí, está sobre mi corazón porque representa al arte en mi vida, ahora se justo y ponte igual que yo– completó con rapidez, dándole un leve empujoncito con sus caderas.

Totalmente apenado, pero al mismo tiempo excitado, Obito se bajó los propios pantalones y ropa interior, sacándoselos con apuro. Se arrodilló en el piso frente al sillón, donde Deidara se acariciaba el torso con una lentitud y sensualidad que le llevarían al infierno.

Deidara le abrió descaradamente las piernas y las colocó sobre los hombros del otro, mostrándole casi con felicidad su completa entrega de allí abajo. Obito no pudo evitar mirar, y sintió que de nuevo se le escapaba un hilillo de sangre por la nariz. Los vasos capilares de su familia eran muy sensibles.

–¡¿Otra vez, hm?!– preguntó Deidara con un tono reprobatorio.

Obito se sintió feo, deforme. Pero esas manos delicadas volvieron a levantarle el rostro.

–Bésame ahí, hm– le ordenó con la voz ronca.

La boca de Obito se abrió y cerró varias veces. A Deidara ese gesto le gustó. ¿Qué se habría esperado, acaso? Era tan extrañamente tierno y sensual al mismo tiempo. Una combinación que nunca había contemplado dentro de sus posibilidades. Pero le gustaba, definitivamente le agradaba. Tomando una de las manos del otro, la acercó a su cintura. Pronto las manos de Obito se colaron por debajo de la red, comenzando a acariciar los huesos de su cadera, su ombligo y sus costillas. Incluso un par de veces se animó a llegar a su pecho y rozó sus pezones, sin ser consciente de la erógena sensación que produjo en el rubio.

Así que, así se sentía acariciar a un hombre. Era, más bien, como acariciar a cualquier persona. Pero no era cualquier persona, por cuanto quien se dejaba tocar mansamente cerrando los ojos y tirando la cabeza hacia atrás, apretando levemente un cojín, era Deidara, esa alocada mezcla de terrorista mal hecho, loco o niño. Quizás la única palabra que le sentaba, era "artista", en toda su extensión. Fascinado con la mansa entrega de Deidara, comenzó a subir la erótica prenda para descubrir su tatuaje, al cual besó sin poder contenerse. Deidara dejó escapar un quejido y Obito le miró, interrogante. ¿Habría hecho algo mal? ¿Quizás con los chicos no era igual que con las chicas?

–Deja mi pezón en paz, hm– alcanzó a mascullar, acelerado.

El morocho comprendió que estaba apretándole la zona. Quizás era sensible o le dolía, quizás allí no se tocaba. Apartó la mano.

–¿Qué haces?

–¿Eh?– respondió desconcertado.

–¿Por qué no me tocas ahí?– el ceño se fruncía con una expresión igualmente de desconcierto.

–Senpai, dijiste que no tocara ahí– argumentó confundido.

–¡Eso era porque me raspaste con tus dientes, hm!

Oh no, era un bruto. No estaba hecho para tratar a Deidara como lo quería y se merecía. Aunque, ¿cómo debía tratar a Deidara, después de todo? Le habría gustado tener indicaciones a mano.

–Deidara-senpai… ¿Qué debo hacer?

–Dejar de llamarme senpai si no quieres que acabe rápido. Por lo demás, ¿qué te gustaría que te hiciera a ti, Obito?

El morocho sonrió. Ese chico era tan… cálido, a su manera. Entendiendo que tenía vía libre, comenzó a hacerle todo aquello que le gustaría que Deidara le hiciera a él. Si se esforzaba, quizás el rubio le devolviera las atenciones. Deidara estaba siendo bastante comprensivo con su nerviosismo y su falta de experiencia en el campo.

Le quitó la camisa, tomó su cuello y comenzó a besarlo. Deidara estiró más su cerviz y Obito no pudo impedir que sus dedos se perdieran en el sedoso y pesado amarillo de sus cabellos. Siguiendo con sus deseos, bajó por los costados de su torso, volvió a subir para acariciar sus hermosos brazos y le mordió el hombro izquierdo. Sin esperar respuesta, bajó con su boca lamiendo todo a su paso, hasta detenerse en su ombligo, donde comenzó a besar y juguetear tanto con su lengua, que Deidara tuvo que pararle, atacado por las risas que las cosquillas le arrancaban. Obito sonrió, viendo como los ojos azules se cerraban cada vez que sus dedos volvían a cosquillear en el ombligo del chico.

Era tan lindo que tuviera cosquillas, era algo que había descubierto de inmediato.

Cuando creyó que podía pasarse y recibir una reprimenda del explosivo chico, volvió a acariciar y besar los huesos de su cadera, sus muslos y la cara interior de los mismos. Se detuvo enfrente del miembro de Deidara, dudando. Deidara se había recuperado, y mirándole con expectativa, le acariciaba la cabeza, intercalando con caprichosos juegos donde sus dedos pretendían rizar los lacios y desordenados cabellos negros. Se sentían gruesos y firmes, se sentía bien acariciarle la cabeza. Obito era un bombón de pies a cabeza, y lo mejor era que no era consciente de ello.

–No hagas nada que no quieras, hm– le advirtió, comprensivo. La primera vez podía ser intimidante.

–No es que no quiera, sólo tengo miedo de fallar y que Dei-chan no pueda hacerme lo mismo de la manera en que lo deseo– le sostuvo la mirada, con las mejillas carmesí.

Deidara sintió un retortijón fuerte en su bajo estómago e ingle.

–Entonces no aprenderás a hacer arte conmigo, hm.

De inmediato, Obito tomó con una mano los testículos y la base, metiéndose el resto a la boca de sopetón. Deidara ahogó un grito y comenzó a jadear ante la inexperta pero fuerte felación.

–Obii… ah… ahí, sí…– alcanzó a suspirar.

Obito no podía creer lo que estaba haciendo, y menos que le estuviera gustando. El miembro del chico le entraba completo en la boca, y tenía un ligero deje salado. Lo sacó de su boca, y empezó a intercalar grandes lamidas con chupones en la cabeza.

–¡Ok, ya entendí! ¡Para, hm!– gritó de repente Deidara, luego de un chupetón con demasiada presión. Obito se congeló en su sitio, inseguro de si había hecho algo mal.

Deidara le empujó los hombros con sus talones, y cuando logró que Obito se recostara con mansedad en el suelo, se arrodilló entre sus piernas y tomó el dotado miembro con sus manos.

–Eres un buen chico, hm– y sin quitarle los ojos de encima, comenzó a lamer desde la base hasta la punta. Un largo recorrido que terminaba en un salado líquido preseminal del que enseguida quiso probar más, no pudiendo contenerse a cerrar los ojos y los labios sobre la portentosa cabeza.

Obito gritó al sentir y ver como su glande desaparecía detrás de esos labios carnosos y de un color naturalmente anaranjado-rosáceo. Jamás, jamás había visto una boca y unos labios tan perfectos. Deidara jamás había tenido las dificultades que le atacaron a la hora de meterse un miembro completo a la boca, pero no dejaría de intentarlo por eso. Por cada hundida que lograba, Obito dejaba escapar un jadeo y Deidara se quedaba con menos oxígeno. Aunque se lo metiera hasta la garganta, la mandíbula comenzaba a dolerle, por lo que tuvo que ayudarse de su mano para atender correctamente esos infernales centímetros.

–Con que el arma reglamentaria, ja– se bufó mientras tomaba aire, mirando a Obito –. Mal mentiroso, hm.

–¡O-oye lo de ayer fue me-meramente accident-t-t-tal!– exclamó desesperado, sintiendo más vergüenza por su huida de bandera izada detrás de un cojín que por todo lo que estaba pasando.

–Chico malo, le mientes a tu senpai– Deidara se mojó al oír sus propias palabras, su trasero apretándose –. Voy a comerme esos veinte centímetros reglamentarios hasta dejar descargada tu arma, hm.

–¡No, si haces eso no podré repetir!– exclamó nervioso. Lo cierto es que estaba dividido entre el deseo de venirse ante la mamada más magnífica que jamás le habían dado, y la necesidad de rebalsar ese culo redondo.

–Si mides dos centímetros más por mí, te haré repetir todas las veces que quiera. Te digo que eres malo mintiendo, hm– y como si nada, volvió a meterse el miembro en la boca, chupando y succionando con tanta fuerza como le era posible, moviendo rítmicamente una mano de arriba abajo y acariciando los testículos con la otra, acelerado por sentir el semen explotar en toda su cavidad bucal.

Obito, tirado sobre el piso, con la visión del jovencito encima de su entrepierna, ocupándose tan diligentemente con su boca y sus manos, se sentía en la gloria. Era tan bueno, que una orgía de tres bocas allí abajo se sentiría igual de bien e intensa. Qué comparación loca, pensó, ni que fuera una chiflada idea de otra vida o algún universo paralelo. La distracción le costó cara. Exclamando el nombre del chico, sólo alcanzó a tironear los blondos cabellos, mientras sentía el orgasmo venir, junto con la explosión de su fuente en la pobre boca del chico. Deidara tragó todo el líquido que pudo, sorprendido de la cantidad de chorros que chocaron directamente contra su campanilla, hasta que la tos le obligó a buscar aire. No obstante, si bien seguía tosiendo, se dedicó a lamer todo lo que Obito aún expulsaba, preguntándose por qué le sabía tan rico y por qué sus ojos se habían llenado de lágrimas. Detuvo su mano cuando descubrió que estaba a punto de lubricar su entrada con el semen de Obito.

Con pesados suspiros, ambos se miraron, y Deidara descartó la idea de recostarse sobre aquel torso. En cambio, se subió al sillón y volvió a abrir las piernas, abriendo con cuidado la botella de gel.

–Ven aquí, Obito– le ordenó en voz baja, los ojos azules volviéndose como el más profundo de los océanos. Una sonrisa enorme le cruzaba la cara manchada de líquido blanco, el cual lamió provocativamente para limpiar sus comisuras. Tragó de nuevo, los jugos del morocho eran enfermizamente deliciosos –. Hora de que aprendas el arte de tu senpai, hm– le agitó suavemente el potecito en el aire.

Extrañamente energizado luego de un par de suspiros más, Obito se incorporó y gateó hasta él, arrebatándole el pote de gel.

–Que hayas ido a la universidad no te da derecho a creer que no sé qué hacer con esto– le desafió mientras untaba sus dedos en el gel helado.

Deidara tragó sin poder achicar sus ojos. Obito se le acercaba con una mano algo temblorosa, pero con una expresión firme en el rostro. Desesperado, se libró el tobillo del cual aun colgaba su ropa inferior y abrió más aún sus piernas, sosteniéndolas con sus manos. Estaban manchadas de semen, por lo que debía resistir el impulso de meterse los dedos, su regla era siempre usar condón en las penetraciones. El deseo de sentir a Obito se hacía cada vez más fuerte.

La mano del chico dejó de temblar cuando miró con cariño y hambre a la vez aquel huequito rosado que se le insinuaba. Depositó un sonoro beso en la entrada, en la que enseguida coló la punta de su índice, al tiempo que trazaba círculos con el corazón y pulgar alrededor de la entrada. Deidara se mordió los labios, no le importaba que fuera brusco. Las pequeñas intrusiones y los masajes eran puramente instintivos, y le ponían cada vez más. Antes de poder decirle que avanzara, Obito pareció leer sus intenciones y coló un segundo dedo, concentrándose esta vez en presionar más hacia el interior, mientras con la otra mano comenzaba a estirar como podía la entrada que parecía henchirse de sangre de a poco.

Deidara gritó cuando un tercer dedo le sorprendió, pero alcanzó a disfrazar rápidamente su dolor para no asustar a Obito. El tipo era tan considerado con él, que podía decidir que hasta allí llegaba todo, y él quedarse solo con sus ganas.

–Póntelo, hm– susurró, señalando con la cabeza la pequeña caja de condones –. Ya estoy listo y no quiero esperar más, hm.

El pánico atacó a Obito de nuevo. Temblando, rompió el sobre de plástico y sacó el condón. Ante la mirada insistente de Deidara, decidió dejar de lado todas sus aprehensiones. Con cuidado se tomó la punta entre sus dedos, apoyó el anillo sobre su glande y fue desenrollando, preguntándose cuándo fue la última vez que tuvo suerte. Nunca se habría imaginado en esa situación, sin embargo, los brazos de Deidara estrechando sus piernas e intentando levantarlas aún más le hicieron olvidar de todo. Mordiéndose la boca, se acercó al sillón y se posicionó en la entrada.

–Avísame si te duele o hago algo mal– le pidió con un deje de preocupación. Nunca había tenido sexo anal.

–¡Pedazo de imbécil, métemela de una vez, hm!– le ladró un enojado Deidara.

Asustado por la reacción de su compañero, Obito comenzó a empujar cerrando los ojos, con miedo y muy despacito.

–¡Ve más fuerte, no tengas miedo!

Obito se acomodó y empezó a empujar con más fuerza tratando de ignorar la resistencia de la carne y la forma en que eso lo ponía. Cuando estuvo totalmente dentro, abrió un ojo, mirando con culpa.

Deidara se encontraba inmóvil como una estatua, los ojos muy abiertos y la boca abierta en una expresión muy extraña. Obito pensó que nunca lo vería tan quieto en su vida.

–¿Estás bien, senpai?

"No pensé que iba a ser tan fuerte".

–¿Senpai?

"Pero eran veinte centímetros…"

–Uh, eh… Espera a que me acostumbre un poco, hm.

–C-claro…

"Mierda, me duele mucho"; Deidara maldecía en todos los idiomas que conocía en su cabeza. Decidido a enseñarle a Obito, se dejó llevar y no quiso demostrar ninguna duda. Allí tenía los resultados.

–¿Dei…?

–Ven, acércate más. Hoy vas a aprender por qué el arte es una explosión, hm– le pasó los brazos por detrás del cuello, la voz sonando sensual. Obito se echó encima de su chico, encantado, ignorando que el movimiento que le hizo clavarse más causó otra pizca de dolor.

–¿No te duele, verdad?

–¡Que dejes de hablar! ¡Es evidente que si me doliera, no te lo permitiría, hm!– estalló Deidara. "¿Por qué soy tan orgulloso?" se quejó. Pero si no tuviera ese orgullo, no sería capaz de llevar la delantera como en ese momento –. Vas a ver las estrellas, otaku de closet.

–¡Oye, no me trates como a un virgen!

–Prácticamente lo eres en el ámbito gay, hm. ¡Así que cállate y obedéceme, aprendiz!– molesto, Deidara le golpeó los riñones con sus talones y le clavó con fuerza las uñas en los hombros. Tampoco se privó de darle un mordisco a esos pectorales que lo estaban volviendo loco hacía un buen rato.

–¡Auch! ¿Seguro que no te va el sado?

–¡Cállate y haz tu trabajo, cabeza hueca!– ese tipo le iba a malograr los sesos.

Así que cuando Obito puso un brazo sobre el respaldar del sillón y una mano en la cintura ajena, Deidara trabó sus pies y se preparó para la embestida. Obito iba alternando entre ser fuerte y luego bajar unos momentos el ritmo, como arrepintiéndose de ser demasiado bruto, pero Deidara no tenía ninguna queja. Esos cambios escalados y algo impredecibles le estaban haciendo perder el aliento; mientras sentía como el sudor de ambos se mezclaba, le abrazó una vez más y le dio el beso más caliente que Obito había probado. Temporalmente debilitado por la calidez de la lengua de Deidara, no se dio cuenta de que el chico lo estaba empujando fuera de sí, hasta que salió de su interior preguntándose por qué el artista componía esa expresión de molestia.

–Rápido, acuéstate en el sillón, hm– Deidara le empujó el pecho hasta tirarlo boca arriba sobre el sillón. Con una expresión obscena pintada en su rostro, se encaramó deseoso sobre el abdomen del otro y Obito entendió que debía ayudarle a empalarse. Quejándose en una mezcla de dolor y deseo, Deidara bajó hasta estar completamente sentado sobre Obito. El hombre creyó que se vendría con ver eso, pero Deidara no paró ahí.

Primero empezó a hamacarse con lentitud, para cambiar a un ritmo más vertiginoso, acariciándose el torso y el cuello, su cabello empezando a acompañar cada uno de sus saltos. Obito apretó la mandíbula, comenzó a masturbar el miembro del rubio y le dejó que lo cabalgara como quisiera, sin por ello dejar de empujar con sus caderas.

–Eres como un conejito-cowboy, senpai– se rió entre jadeos, mientras le pellizcaba con suavidad la piel que lo recubría.

–¡Mmmh!– gimió Deidara, poniéndose colorado. ¿Qué no podía decir cosas que no sonaran cursis?

Envalentonado por la reacción, le dio una suave nalgadita.

–¡Ah!– Deidara saltó con más fuerza.

–Sabía que eras como un conejito– soltó, con los ojos brillándole como carbones ardiendo. Deidara abrió la boca para largarle un insulto, pero la expresión canibalesca de Obito le dejó sin aliento y comenzó a saltar ya sin ningún ritmo en particular.

–Cállate y… aprende, mh, ¡ah! ¡Oh!

–¡Quiero lechearte todo!– gritó a todo pulmón, y al darse cuenta de lo que había dicho, soltó a Deidara para taparse las manos. ¡Era un bestia! ¿Cómo iba a decir algo así?

–Yo sabía que eras, ¡ah!, un sucio chico malo– Deidara sonrió, halagado. Esa era la mejor porquería que le habían dicho.

–¡Y-yo no soy así!– soltó conmocionado, dejando de pujar, a lo cual Deidara respondió apoyándose en sus hombros y comenzando a subir y bajar hasta el puto de casi sacárselo cada vez que subía. El rostro de Obito rompió con toda escala cromática.

–Un reprimido no puede serlo, pero… Conmigo y mi arte…– se detuvo un poco, a pesar de que secretaba mucho líquido, las recorridas que su recto le daban a toda la extensión del otro le habían generado un poco de ardor que le hizo bajar el ritmo –: ¡Sacas lo peor de ti! ¡Que para mí es lo mejor, hm! ¡AH!– exclamó eufórico, gritando como sólo Obito le había visto hacerlo al explotar esa bomba –. ¡Y ahora cállate y dame sin piedad, no puedo creer lo mucho que hablas en el sexo!

–¡Eres tú el que habla! ¡Voy a hacerte callar!– le atrapó la espalda y lo pegó a su cuerpo, levantando sus caderas al tiempo que sentía como sus nalgas se despegaban del húmedo sillón y sus talones se hundían. Prácticamente montado en el aire, Deidara quiso sentarse de nuevo, pero al ver que no lo soltaba, hundió su cabeza en el plexo solar, raspándolo con sus dientes.

–Yo te haré callar, hm– susurró, y deliberadamente apretó lo más que pudo sus músculos y nalgas.

Sonrió satisfecho cuando Obito gritó de la sorpresa y comenzó a venirse en el maltratado condón. Podía sentir las fuertes pulsiones del miembro dentro de su culo, tanto que no aguantó más y liberó su orgasmo y su semilla.

La posición de Obito, tan firme hacía unos instantes, comenzó a tambalearse, y apenas Deidara acabó con fuertes espasmos, el morocho perdió el equilibrio. Asustado, apretó a Deidara con fuerza y cayeron al suelo, su espalda y su costado recibiendo todo el impacto. Al menos Dei estaba a salvo.

–¡Casi me rompes el culo, cabeza hueca!– como pudo, Deidara comenzó a salir lo más despacio que podía, esa caída no le había venido bien al momento de la relajación post-orgásmica que su interior sentía.

–Lo siento Dei pero… Pero casi me rompo la espalda, podrías ser más considerado– rezongó Obito, sosteniendo el profiláctico para ayudar salir a Deidara.

–Cállate, desde que te conocí me he caído al suelo unas… dos o tres veces, hm– replicó con rapidez, sobándose el adolorido trasero –. Uf, qué buen sexo, apuesto a que es el mejor que tuviste, hm.

Obito le miró con una sonrisa que expresaba toda su incredulidad. Deidara se veía rozagante.

–Claro que sí, Dei-senpai-chan– le largó con un tono meloso. Deidara retrocedió, girando por el piso.

–Bah, no hables más así y sácate eso, hm. Te traeré unos pañuelos para limpiarte, luego podrás bañarte.

–No, llama a un doctor.

–¿Uh?

–Comprueba mi pulso.

–¿Qué?

Something hit me like a cannonball!– cantó Obito, con una mala voz rasposa y cansada.

–¡No te pongas a cantar como idiota después del sexo, hm!– no le gustaban las canciones románticas.

–Es una canción sexy, senpai-con-miedo-al-compromiso– se rió, mientras miraba como le temblaban las piernas.

–Tch, idiota– masculló Deidara, pero enseguida se arrodilló levantando sus brazos y gritó con toda la fuerza de la que fue capaz –: ¡QUÉ BIEN QUE SE FOLLA AQUÍ EN EL CUARTO B, HM! ¡MUÉRANSE DE LA ENVIDIA, VIEJOS!

–¡D-d-d-d-d-deidara! ¡Cállate, por el amor a Dios, pueden oírte!– Obito le tapó la boca sacudiéndolo, pero Deidara se soltó exasperado.

–¡Esa es la idea, idiota! Deberías sentirte bendecido, hm. Mis estándares son muy altos– completó cerrando los ojos, con una expresión satisfecha.

–Entonces, ¿con esto he pagado la renta, Dei-chan?– preguntó con picardía.

–Aún me debes el primer mes por adelantado, hm– Deidara le guiñó descaradamente un ojo, y Obito se puso colorado ante sus repetidas provocaciones.

–Cuando quieras.

–Espera a que descansemos un poco, entonces gritaré para que se enteren los vecinos de otros pisos, hm– agregó como si nada, recordándole desagradablemente a Obito que no quería salir del apartamento ni ver la cara de nadie en muchos días. Vio como Deidara se levantaba con dificultad, y aunque Obito quería que el suelo se lo tragase al pensar en los vecinos y los horarios de descanso del lugar, no quiso desaprovechar la oportunidad de ojearle el trasero una vez más.

"Sí, levántate, quiero ver más".

Pero…

–Oh, Dios…

–¿Qué, hm?– preguntó el rubio sin darse vuelta.

–¡Sangre!

Deidara le miró por el hombro, viendo como Obito intercalaba la mirada entre su trasero y el condón, que tenía unos hilillos carmesíes. Sí, el trasero le dolía más que de costumbre, era una posibilidad.

–Pues, parece que la preparación no fue suficiente esta vez. Te dije que tenías un animal escondido, hm– completó con sencillez. Se les había ido la mano, sí, la mano, el trasero y todo. Pero no era nada de qué preocuparse.

–Sangre…– murmuró de nuevo, horrorizado – Yo soy… un monstruo.

–Ya deja de ser tan exagerado, te digo que estoy bien, hm– Deidara se dio vuelta, poniendo los ojos en blanco–. ¡Obito! ¡No te desmayes, idiota!

–Un monstruo…– y sus ojos se cerraron, desvaneciéndose del todo. El condón usado cayó sobre el amado cojín de Takashi Murakami.

–¡OBITO UCHIHA DESPIÉRTATE!– sólo a la quinta bofetada, especialmente fuerte, Obito reaccionó.

Su vista se enfocó difusamente en Deidara, ese chico joven que había conocido ayer, y recordó todo lo que había….

–¡Me acosté con un menor! ¡Soy un criminal!– chilló, tapándose la cara con las manos.

–¡Oe, que no soy menor! ¡No me trates como a un niño, hm!

–¡Esta mañana era un oficial al servicio de la ley, y ahora la he violado!

¿Qué ley? Deidara se preguntó cuántos golpes debería darle para que se desmayara de nuevo. Ese tipo tenía muchos problemas morales encima, era evidente.

Mientras tanto, Obito entraba en pánico al creer que había corrompido a alguien que aún no tenía los veinte reglamentarios.


Ok, ok, tuve que dividir la segunda parte en dos capítulos. ¡Se suponía que sería un two-shot! Pero las ideas que quedaron pendientes ya hacían insoportablemente largo este pretendido epílogo, por lo que las publicaré en una tercera parte. Me refiero a sorpresas como, la temática de los fics que escribe Obito, y a si aceptará la propuesta de Dei de escribir un fic yaoi con ellos como protagonistas. Las demás ideas me las reservo para la sorpresa ;)

¿Y qué pasó con el superflat y el arte pop? Continuará XD

Alphabetta, gracias por tus incondicionales reviews. Me encanta que este AU te haya encantado (sic). Ero-sennins hasta el final, es nuestro nindo-ttebayo! Siento que en esta parte, cambió mucho la atmósfera del fic. No era lo planeado, pero así surgió y la otra parte picante ya no me entraba :/ Conciente de que las segundas y terceras partes no superan a las primeras, mi estrategia es la del porno gratuito. Sé que Jiraiya-sensei me levanta el pulgar desde el más allá *-* Ya veremos que sucede con Onoki-sensei.

La canción que canta Obito se llama "Love Shot", de la banda danesa The Blue Van. Cantan en inglés, les recomiendo escuchar su música. Las estrofas son, concretamente, las primeras: "Call a doctor / Check my pulse / Something hit me like a cannonball". No imaginen como sigue y búsquenla :)

¿Les ha gustado algo de la historia? ¿Qué opinan? Las reviews no duelen, hasta que se demuestre lo contrario :)