No estaba dispuesto a abandonar su cálido lecho, aquella era una mañana helada. Las cortinas evitaban que la luz le obligara abrir los ojos, mientras las caricias en su cabellera le invitaban a continuar durmiendo.

Entreabrió los ojos levemente, intrigado por el cariño con que los dedos se enredaban entre sus hebras sin tirar de ellas; sus iris aquamarina se dirigieron hacia arriba, hacia la cabecera, miró a través de sus pestañas a su silencioso benefactor.

No tardó en percatarse de que Damian se encontraba recargado en la cabecera, viéndole desde arriba con una mirada cargada de dulzura, irreconocible para cualquier otro. Volvió a cerrar los ojos, perdiéndose en las caricias que pasaron de sus cabellos a su rostro, delineando con cuidado y cariño sus rasgos.

--Sé que estás despierto, Todd.