¡Hoooola! ¿Qué tal estáis, mis queridos y queridas? Dije que este finde subiría nuevo capítulo y aquí estoy, ¡soy una chica de palabra!

Antes de dejaros con la lectura del capítulo, quiero dar las gracias por la buena acogida que ha tenido y por sus reviews a: Dalia Green, IloveGingerBoys, Ishbel, damcastillo, Fer, Lui Nott, aleejandraa, Mede Freaky, RoseMalfoy-Granger Patonus, Alma de medianoche y a una personita anónima. De verdad, ¡muchísimas gracias! *_*

Nos vemos más abajo, ¡disfrutad!

Disclaimer: Todo lo que podáis reconocer, pertenece a J.K. Rowling.


Capítulo 2: El arreglo de lo irreparable

—¡Rose! —oyó la pelirroja mientras doblaba la parte de arriba del pijama— ¡Coge tus cosas! ¡Nos vamos ya!

El grito de Hermione desde la planta baja sobresaltó a Rose. Parecía haber bastante movimiento en el piso inferior. Soltó un pequeño suspiro mientras giraba la cabeza en dirección a la puerta.

—¡Ahora bajo! ¡Un momento! —gritó Rose para que su madre pudiese oírle desde abajo.

En un movimiento rápido, Rose se volvió hacia la maleta que descansaba abierta sobre la cama y comprobó que había metido prácticamente todo lo que necesitaría aquellos días en la Madriguera. Solo le quedaba meter el pijama, la bata y las zapatillas. Se apresuró a cerrar la maleta y se arrastró con ella escaleras abajo.

—Ya estoy —repuso Rose al llegar por fin al recibidor.

—Cariño, tu madre y yo vamos a ir primero a recoger a tus abuelos. Hugo y tú iréis en Red Flu hasta la Madriguera ahora. Tus tíos ya han llegado con tus primos, Percy me ha enviado una lechuza hace un rato para avisarme, y así vais adornando la casa. ¿Te parece bien? —preguntó Ron de forma cariñosa a su hija.

—¿Han llegado ya todos a casa de los abuelos?

—Faltan por llegar el tío Bill y la tía Fleur —respondió Hermione apoyando sus manos sobre el hombro de su marido y posando su barbilla sobre éstas— Creo que los demás han llegado ya.

Vamos, que James ya estaba allí.

—¿Puedo ir yo también a por los abuelos?

—Cielo, si tú también vienes, a la vuelta no habrá sitio en el coche —dijo Hermione cuadrando sus hombros aun con las manos sobre el hombro de Ron.

—Tu madre tiene razón, Rose —intervino Ron—. Además, no vamos a tardar mucho.

—Si ya lo sé... Es que me hacía ilusión —murmuró Rose encogiéndose de hombros ligeramente y sonriendo con suavidad a su padre—. Hugo, vamos.

Rose vio que su hermano cogía la maleta y empezaba a andar en dirección al salón donde estaba la chimenea. Ella le imitó, no sin antes dirigirle una última mirada a su padre antes de echar a caminar también. Esos ojos azules siempre habían podido con él. Al fin y al cabo, Rose era la niña de papá. Y Hermione lo sabía.

—Oye, Ron, ¿por qué no vais Rose y tú a por mis padres? Así yo voy ayudando a Molly con la cena —sugirió Hermione, que sabía que eso era lo que estaba pasando por la cabeza de su marido en ese momento.

—Sí, vale. Me parece una buena idea —exclamó Ron haciendo un gesto a Rose con su brazo para que se acercara a él—. No tardaremos mucho. Nos vemos enseguida.

Mientras Rose desandaba los pasos que había dado hacia la chimenea, vio a su padre dándole un beso de despedida a su madre. No era ningún beso especial, de ésos épicos y de los que saltan fuegos artificiales. Era uno corriente, de los normales, la clase de beso que das a alguien sabiendo que podrás seguir haciéndolo todos los días durante el resto de tu vida. Pero entonces se fijaba en que su padre miraba con adoración a su madre, y que su madre acariciaba el cuello de su padre con una sonrisa de quinceañera, y les oía decirse te quiero, y, de repente, ya no parecía todo tan corriente. Les veía y pensaba que, quizá, era posible que dos personas pudiesen estar juntas para siempre, que el amor verdadero existiese.

Ella también quería eso.

Con el brazo de su padre rodeándola, ambos salieron de la casa y se montaron en el coche que estaba aparcado en la entrada. Ir a buscar a sus abuelos maternos le daba un margen de unas tres horas —teniendo en cuenta el ritmo tortuguero de su padre conduciendo— antes de tener que reunirse con todos los demás, antes de ver a James. No era una actitud demasiado gryffindor pero le daba igual. Cualquier minuto que pudiese arañar al tiempo antes de encerrarse en la Madriguera a pasar vete a saber cuántos días con James y toda la familiada alrededor, bien valía su cobardía.

Las cosas eran distintas en el colegio. Allí podía soportarlo. Bueno, vale, soportarlo no. Pero, al menos, era capaz de tolerarlo. Iban a cursos distintos, a clases distintas, hacían las comidas a horas distintas. Si tenía suerte, solo hacía falta que le viese en los entrenamientos de quidditch. Si no la tenía, bastaba con inventarse cualquier excusa y escapar a cualquier otro rincón del castillo. Pero en la Madriguera no había escapatoria. Iba a pasar cada minuto de cada día durante el tiempo que se quedasen allí con él pululando a su alrededor.

Entrecerró los ojos soltando un pequeño suspiró y sintió el viento gélido chocar contra su sien al estar apoyada en el cristal de la ventana del coche. El traqueteo del vehículo era lo único que perturbaba el tranquilo silencio que envolvía a padre y a hija. Ron llevaba todo el viaje mirando de reojo a su Rose, que parecía no percatarse de las miradas de su padre sobre ella. Cuando la había ido a despedir al andén nueve y tres cuartos en King's Cross para coger el tren a Hogwarts en septiembre, Rose estaba radiante, feliz y llena de luz. En cambio, cuando había ido a buscarla a la misma estación hacía unos días, la había visto muy triste. Sabía que su hija trataba de disimularlo pero él la conocía. Y estaba preocupado.

Apartando una mano del volante, le dio una pequeña palmadita en el muslo. Rose estaba tan metida dentro de sus propios pensamientos que se sobresaltó al sentir la mano de su padre. Se giró hacia él suavemente y vio la sonrisa de su padre mientras volvía a poner la mano en el volante.

—¿En qué piensas, muñequita? —preguntó Ron con los ojos puestos en la carretera.

—En nada —se encogió de hombros la pelirroja—. En si... si me faltaba algún regalo. Pero creo que los tengo todos.

—Anda, ven aquí —murmuró Ron estirando su brazo y acercándola a él para darle un beso en la cabeza.

Rose se dejó abrazar por la calidez de su padre durante el resto del trayecto. Ésa era una de las razones por las que su padre y ella se llevaban tan bien, porque él era igual. Estaba segura de que sabía que estaba mintiendo pero él nunca la presionaba. Le dejaba espacio, dejaba que ella fuera quien decidiese si quería o no hablar del tema, no la agobiaba. Solo se quedaba ahí, en silencio, diciéndole con sus brazos protectores que seguiría estando para ella cuando estuviese preparada.

Al doblar la esquina, a la pelirroja le había parecido reconocer el parque con el estanque de los patos que estaba a un cuarto de hora de casa de sus abuelos. En menos de cinco minutos estarían aparcando y vería a sus abuelos saliendo al jardín para recibirles. Y así fue. Aun no había bajado del coche cuando vio a su abuela salir a toda velocidad en su dirección.

—¡Abuela! —exclamó Rose abrazando a la mujer de cabello blanco.

Los señores Granger no tenían más familia que Hermione, y la que ella había formado al casarse con Ron y tener hijos. Los dos abuelos adoraban a sus nietos y, a pesar de no vivir en el mundo mágico, tenían mucho contacto con ellos y con toda la familia Weasley. Ésta siempre habían sido muy acogedora y hospitalaria, y ellos se sentían profundamente agradecidos por haber cuidado tan bien de su hija y haberle dado tanto cariño en su época escolar —después también, obviamente—. Estaban tan integrados en la familia que Arthur y Molly pensaron que, ya que sus consuegros estaban ellos dos solos, celebrasen las Navidades con los Weasley.

El trayecto hasta la Madriguera pasó en un suspiro. Los abuelos de Rose no dejaron de hacerle preguntas a su nieta durante todo el viaje, desde qué tal iban los estudios hasta si había encontrado un regalo por fin para su amiga Penny. Intercambiaban cartas muy a menudo y la mayoría de las cosas que Rose les relataba ya se las sabían pero eso no importaba. Era mejor escuchar todas las anécdotas de la boca de su querida nieta que leerlas en un trozo de pergamino.

La charla con sus abuelos durante aquella hora larga distrajo a Rose y le levantó el ánimo, haciéndole olvidarse de James, de Mark y de las grietas de su corazón durante un buen rato. Ahí estaba la clave, en la distracción. Si durante las vacaciones conseguía distraerse lo suficiente con sus primos, tíos y abuelos, entre bromas, imitaciones y parloteo constante, no tendría tiempo para pensar en lo doloroso que era estar cerca de James. Tenía un plan, y estaba dispuesta a cumplirlo.

Cuando por fin llegaron, el recibimiento en la Madriguera fue ruidoso y alegre. Por la puerta torcida de la entrada empezaron a salir Hermione, Percy, Fred, Lily, la abuela Molly, Angelina, Charlie, Roxanne, James... Después de verle salir a él, no fue consciente de quiénes más le siguieron. Lo único en lo que podía pensar era en la sonrisa de James, y en sus manos —esas manos que antes siempre palpaban su cuerpo y ahora siempre estaban lejos—, y, como solo podía pensar en eso, se olvidaba de respirar y hasta de que estaba en el jardín de casa de sus abuelos y que los grandes brazos de su abuelo Arthur la estaban rodeando.

A Rose le hubiese gustado esquivar a James y no tener que saludarle. Eran un ciento, no se notaría mucho si se escabullía. Pero las cosas no acostumbraban a salir como a ella le gustaba. Fue medio minuto, puede que menos, pero se le antojó eterno. Tras darle un pequeño empujón a Albus, James se acercó a ella y la abrazó, y la besó en la mejilla, y se rió contra su piel mientras le daba la bienvenida y le decía que ya era hora de que llegasen, que Fred y él habían apostado cuánto tardaría el tío Ron esta vez con el coche, y Rose creyó que un remolino gigante se la tragaba. Tan rápido como se había acercado, se alejó para dejar que la tía Audrey la abrazase.

Todo era color y espumillón en la Madriguera. El árbol estaba lleno de bolas y pequeñas figuritas levitaban a su alrededor. Había un montón de regalos a su alrededor envueltos en papeles de llamativos colores. Las paredes habían sido cubiertas por cientos de guirnaldas y el fuego crepitaba al fondo de la sala. Al ser tantos durante esos días, entre todos solían conjurarla para hacerla más grande, igual que hechizaban las tiendas de campaña para tener más espacio cuando se iban de acampada. La mesa estaba a medio poner y un delicioso olor a carne asada lo inundaba todo.

—¡Qué ganas tenía de que llegaras! —gritó Roxanne abrazándola por detrás y apretujándola de forma cariñosa haciendo reír a Rose— Ven, ayúdame a poner esos lazos ahí arriba.

Para cuando la familia Weasley-Delacourt al completo llegó, ya habían terminado de decorar la Madriguera y ahora se estaban entreteniendo encantando a diferentes muñecos navideños que colgaban desde del árbol hasta de la lámpara para que cantasen villancicos. O, al menos, los pobres lo intentaban.

La alegría y el buen humor inundaban cada rincón de aquella casa destartalada que nadie quería arreglar porque a todos les parecía perfecta tal y como era. Había varias botellas de cerveza de mantequilla y tazas de té por varias mesas y estanterías y, sin darse cuenta, cada vez hablaban más alto y se reían más fuerte. Eso estaba bien. Ayudaba a que el plan de estar distraída de Rose funcionase. No había momento para tristezas o bajones cuando había tanto alboroto, y un olor estupendo salía de la cocina donde sus dos abuelas llevaban encerradas media tarde, y un calor familiar y envolvente les rodeaba.

Era raro. Charlaba con Roxanne, y con Louis, y con Molly, y sonreía, sonreía de verdad, y se reía. Soltaba carcajadas largas y ruidosas por una tontería de Fred o porque Albus se había tropezado entre tanto lazo y tanta guirnalda y casi tira el montón de regalos colocado junto al árbol. Lo estaba pasando bien. Y, al mismo tiempo, una tristeza abrasadora le quemaba los pulmones, como cuando jugaban a ver quién aguantaba más debajo del agua y se estaba quedando sin aire pero no quería que Teddy la ganase. Era la misma sensación, solo que ahora no se le pasaba cuando sacaba la cabeza fuera del agua.

—¡Todo el mundo a la mesa! ¡La cena está lista!

A ese grito, mayores y pequeños trotaron hasta la mesa y se sentaron, haciendo ruido y aplaudiendo al ver aparecer todas esas bandejas llenas de deliciosa comida. Había pavo asado, patatas asadas, empanadas de carne picada, una gran variedad de verduras y, por supuesto, el famoso pudding Weasley de Navidad. Todo acompañado por vino, cerveza de mantequilla y limonada; el agua no era la bebida más popular aquella noche.

Cada cena de Navidad en casa de los Weasley parecía una versión mejorada de la anterior. Todo era buen humor y diversión. Y Rose quería dejarse llevar y contagiarse de toda aquella alegría. De verdad que quería. Pero se sentía como una intrusa en un sueño en el que no debería estar participando. Cada bocado, cada risa, le devolvía como olas el recuerdo de la cena del año pasado, donde James y ella habían compartido algunas de esas miradas que fueron el preludio de lo que sucedería semanas después entre ellos. Este año James no había detenido su mirada en ella menos de segundo y medio.

De pronto, no sabía que estaba pasando, pero descubrió que toda la familia estaba tronchándose de risa. Lucy, al parecer, estaba contando una anécdota de lo más divertida que le había pasado en clase de Cuidado de las Criaturas Mágicas. Todos en la mesa empezaron a sacar del baúl de los recuerdos anécdotas sobre experiencias que habían tenido en esas clases mientras seguían degustando los deliciosos manjares que había sobre la mesa. Y, entonces, quiso, otra vez, odiar a James, aunque fuese un poquito, por tener más anécdotas que los demás, por reírse más alto y por hacer que el foco de la conversación estuviese en su lado de la mesa. Así era imposible distraerse de él.

Gose, ¿estás bien, cagiño? —le preguntó la tía Fleur en un susurro rodeándola con uno de sus brazos.

Rose miró a su tía Fleur y asintió esbozando una pequeña sonrisa, ante lo que su tía la apretó un poco más contra ella y la besó en la cabeza. Medio apegada a su tía, Rose terminó de cenar el pavo y las patatas que tenía en el plato mientras seguía atenta la animada conversación que estaban manteniendo en la mesa. Procuró concentrar su atención en el plato. Aunque no duró demasiado tiempo. La broma anual del tío George estalló justo en ese momento y los aspavientos de la abuela Molly y las carcajadas de los demás comensales no tardaron en acallar cualquier otro sonido en la Madriguera.

Cuando hubieron acabado de cenar, sin recoger, dejando todos los platos encima de la mesa, todos se precipitaron hacia el árbol para abrir los regalos de Navidad. Cientos de regalos se amontonaban a su alrededor y había tantos pares de manos intentando alcanzar uno que ni siquiera ellos mismos sabían si eran suyas o las de uno de sus primos. Rose empezó a abrir sus regalos y comprobó con alegría que todos le gustaban. Un vestido, unos guantes de quidditch, un juego de plumas de colores, y un montón de cosas más.

En medio de todo aquel revuelo de envoltorios y manos, Rose abrió el regalo que le había hecho James. Un libro. Uno de esos libros que había visto en el escaparate de la librería de Hogsmeade y que, estaba segura, James había escogido al azar. No habría pasado más de medio minuto pensando qué le regalaría y, aunque ella había hecho exactamente lo mismo, no pudo evitar sentirse decepcionada. Eso le pasaba por tonta. Porque solo puedes sentirte decepcionada cuando esperas algo. Y tenía que haber aprendido ya que con James Sirius Potter tenía que dejar de esperar. Y punto.

—¡Eh, Rose! —la llamó James abriendo uno de sus regalos— ¿Te gusta?

Rose estaba ojiplática. Tanto que solo atinó a asentir con la cabeza y sonreír como habría hecho si la pregunta hubiese venido de cualquier otro de sus primos. La cuestión era que James no era cualquiera de sus primos. Era el primo con el que había tenido una relación durante meses y del cual había estado —y estaba— profundamente enamorada. No entendía cómo podía hacerlo. Eso de comportarse con normalidad, no lo entendía. La saludaba con efusividad, bromeaba durante la cena y le preguntaba, con todo el morro, si le había gustado su regalo. Y ella, como era tonta, solo era capaz de asentir mientras James se comportaba como si siguiesen siendo los primos que ya no eran.

Y, ¿lo peor de todo?, lo estuvo haciendo durante toda la semana.

Rose intentaba mantenerse ocupada y elegir siempre los lugares en los que él no estaba. Con tanta gente en casa, era imposible no estar distraída. Siempre había algo que hacer y, sino, lo buscaba. Como esa mañana. Después de desayunar, los adultos se habían ido a trabajar —los días no festivos, por mucho que ellos tuviesen vacaciones, sus padres y tíos tenían que ir a trabajar— y sus primos salieron a jugar al quidditch y a echar del jardín a los pocos gnomos insensatos que se agazapaban tras los arbustos. Ella, por lo tanto, decidió ayudar a su abuela a preparar la comida.

Así que Rose se puso el delantal procedió a seguir las indicaciones de su abuela. Habían decidido hacer un delicioso guiso de atún y acompañarlo de varias verduras y patatas al horno. Primero limpiaron y cortaron las verduras y, mientras éstas se iban haciendo a fuego lento, la abuela Molly le mandó limpiar el atún antes de cortarlo en lomos para echarlos a la cazuela mientras ella iba a llevarle un poco de limonada a su abuelo, encerrado en el desván con todos sus cachivaches muggles.

Con las manos bajo el agua para limpiar el atún, escuchó la puerta abrirse y un delicioso olor a tierra y nieve derretida se adentró en la cocina. Antes de girarse ya sabía que era James el que había entrado. Porque James entraba como un huracán, resoplando, haciendo ruido, poniendo sus manazas por todas partes. El corazón pegó tal brincó que se quedó atorado en su garganta, cosa que agradeció, porque la idea de que se le saliese por la boca y se le cayese al fregadero con el chico delante no le hacía ninguna gracia.

—Hace un frío que pela —exclamó James juntando sus dos manos, formando un hueco entre ellas, y soplando con vehemencia con la intención de calentarse un poco—. Déjame ponerlas debajo del grifo.

Alucinada, Rose vio como James se acercaba al fregadero y movía la palanquita hacia la derecha para hacer que el agua saliese caliente, con toda la naturalidad del mundo.

—Mmm, mucho mejor —sonrió el chico mientras rodeaba a Rose para coger el trapo que tenía al lado de la tabla donde había dejado al atún para cortarlo para secarse las manos—. ¿Qué estás cocinando?

Rose, de nuevo, le miró alucinada. Pero esta vez no se quedó quieta como un pasmarote y tartamudeando. Esta vez cogió el cuchillo que tenía junto a la tabla de madera y se puso a cortar el atún en filetes tal y como su abuela le había indicado.

—Guiso de atún —le contestó la pelirroja secamente.

—¡Me encanta el guiso de atún de la abuela! Ya creía que no lo haría estas vacaciones —comentó James con despreocupación cogiendo unas cerezas de un bol cercano.

—Sí, qué bien —murmuró Rose sin el menor entusiasmo.

Un silencio bastante tensó se forjó a su alrededor y Rose casi agradeció que aquello sucediese. Era lo más parecido a un momento incómodo normal entre dos ex-novios, o lo que fuese que fuesen ahora, que había tenido con James. Los ojos del chico la perforaban mientras ella seguía cortando el atún con evidente energía.

—Oye, Rose... He estado pensando que... No tenemos por qué seguir así —propuso James de forma casual.

—Así, ¿cómo? —preguntó Rose haciéndose la desentendida.

—Pues así, como si fuésemos desconocidos. Vamos, que somos primos —le recordó James con una de sus medias sonrisas patentadas—. Quiero que volvamos a llevarnos bien, a ser amigos. Como antes. Venga, anda.

Aquello ya era el colmo. ¿Cómo tenía la desfachatez y la poca decencia de decirle que quería que volviesen a llevarse bien, como antes? Rose mantuvo el cuchillo entre la carne del atún y tomó una bocanada de aire mientras decidía qué iba a hacer. Solo tenía dos opciones. Fingir que no le escuchaba hasta que llegase su abuela, asintiendo con la cabeza a lo que dijese como a los tontos, o enfrentarse a él. Llevaba metiendo la cabeza bajo tierra como las avestruces desde hacía mucho tiempo y su estrategia no había funcionado. Quizá era hora de pasar al plan B.

—Como antes —murmuró Rose antes de girarse hasta quedar frente a frente con James, cuchillo en mano—. ¿Quieres que volvamos a ser primos, igual que antes? Porque si mal no recuerdo, no se nos dio demasiado bien.

—Oh, vamos, Rose, tú sabes lo que quiero decir —exclamó James manteniendo su tono jovial, más o menos.

—No, no lo sé —abrió mucho los ojos la pelirroja—. Tú sabes tan bien como yo, que nosotros no hemos sabido ser amigos. Nosotros fuimos primos, luego fuimos algo más, y luego ya nada.

—Rose, somos familia. No puedes estar enfadada conmigo eternamente. Si no lo haces por mí, hazlo al menos por los abuelos, y por tus padres y los míos —continuó James—. Podemos volver a ser los mismos primos de antes, nos llevábamos bien.

Tras una breve pausa, Rose volvió a su atún.

—De acuerdo —asintió lentamente la pelirroja mientras cortaba un nuevo filete del atún—. Mark me ha escrito esta mañana y me ha dicho que no podremos vernos hasta que volvamos a Hogwarts, y que es una pena porque tiene mi regalo envuelto desde el día de Navidad. Seguro que es un regalo bonito. Mark siempre...

—¿Qué estás haciendo? —la interrumpió James perdiendo el tono jovial que había mantenido durante toda la conversación.

—¿Te gusta alguna chica? Igual podría ayudarte a que te líes con ella.

—Para —ordenó el chico con voz seria.

—¿Por qué? —quiso saber Rose, quien a estas alturas se había vuelto a girar en dirección a James apretando con tanta fuerza el mango del cuchillo que los nudillos se le habían quedado blancos— ¿No es eso lo que hacen los primos? Yo te cuento qué tal me va con Mark y tú me cuentas quién es la siguiente en tu lista para romperle el corazón. ¿Es que no funciona así?

—Deja de comportarte como una cría —esta vez, James había elevado el tono de voz.

—Por favor —entornó los ojos Rose—. Me llevas cinco meses, James, cinco. Y si no te parecía una cría cuando me follabas, no me trates como a una ahora.

—¡Entonces deja de comportarte como si lo fueras!

—Claro, porque tú eres el colmo de la madurez, ¿no? Pues déjame decirte una cosa, si crees que ser un auténtico cabrón es ser maduro, te equivocas. Ser un cabrón solo te convierte en un cabrón.

—Lo nuestro terminó. ¡Supéralo de una vez! Joder, ¿por qué lo tienes que poner todo tan difícil? —gritó James conteniendo el paso que quería dar hacia ella al verla con el cuchillo en la mano.

—¡Porque me duele! —confesó Rose gritando también.

La inesperada confesión de Rose sorprendió a ambos dos por igual y la cocina fue inundada por un silencio muy pesado y tosco.

—Me duele que me hables y me duele que me mires. Me duele hasta estar en la misma habitación que tú —dijo Rose, quebrándosele la voz, pero decidida a mantener la mirada en la del chico—. No lo llevo como una cría, James. Lo llevo como puedo. Así que no se te ocurra volver a llamarme cría solo por intentar arreglar lo que tú rompiste.

James no fue capaz de mantenerle la mirada a Rose y se vio obligado a mirar hacia otro lado. Ella no apartó sus ojos de la cara del chico. No pensaba agachar la cabeza. Esta vez no. Iba a mantenerse entera costase lo que costase. Pero el momento no duró mucho.

—Niños —dijo la abuela Molly entrando por la cocina—. ¿Pasa algo?

Antes de que pudiese reaccionar, James estaba sonriendo y se dirigía hacia su abuela con expresión zalamera.

—Nada, abuela —respondió el chico alegremente—. ¿Vas a hacer natillas de postre?

Con rabia contenida, Rose dejó el cuchillo sobre la tabla junto al atún y abandonó la cocina. Al salir, pudo escuchar a su abuela llamarla pero James le quitó importancia y empezó a hablarle sobre que los elfos de Hogwarts nunca podrían superar sus riquísimos platos. Eso pareció distraerla porque pudo llegar a su cuarto sin ningún problema.

El corazón aun le latía violentamente dentro de su pecho cuando cerró la puerta. Aun no podía creer que hubiese sido capaz de decirle todo eso a James. Desde que habían terminado, las únicas veces que habían hablado había sido en el comedor, ya que no les quedaba más remedio que aparentar normalidad y, aun así, las palabras intercambiadas habían sido mínimas, y, obviamente, en el campo de quidditch. Nada más.

Siempre había creído que le había faltado eso. Uno de esos momentos incómodos que tenían las parejas tras una ruptura. Una discusión que acabase a gritos. Esas cosas. Pensaba que le ayudaría a sentirse normal, mejor. Pero no se sentía ni normal ni, mucho menos, mejor. Porque a ella le dolía exactamente igual que antes.

Al principio, después de que James la dejase, Rose estuvo absolutamente descolocada. Era como si no hubiese terminado de procesar lo que había pasado. Porque no entendía cómo había podido suceder. Un día la quería y al día siguiente, de repente... ya no. Así, sin más. Pasó horas enteras repasando todo cuanto había hecho los días anteriores a la ruptura, intentando hallar ese crimen horrible que había cometido para que James, de pronto, dejase de quererla. Pero iba en serio.

Se sentía incapaz de aceptar que ya no había un él y un ella. La única forma que tuvo Rose de lidiar con los primeros días fue seguir la misma rutina que cuando estaba con James y, sobre todo, fingir que James seguía queriéndola. Puede que así sobreviviese.

—¡Merlín, estoy empapada!

Roxanne entró como un huracán en la habitación que durante esos días compartían junto con Dominique y Molly. Empezó a desvestirse antes de llegar al armario y Rose, sobresaltada, solo pudo quedarse mirándola sin apenas parpadear.

—Tu hermano es un tramposo, que lo sepas. Me ha tirado un montón de veces de la escoba. Casi me parto la crisma. Menos mal que Teddy estaba ahí y ha parado las caídas. Y luego Louis ha montado una con uno de los gnomos que... ¡Hey, Rose! ¿Estás bien? —preguntó Roxanne interrumpiendo su monólogo y chasqueando los dedos delante de su prima.

Todo cuanto pudo hacer Rose en ese momento fue asentir, y encogerse de hombros. Roxanne se puso rápidamente una de las camisetas arrugadas que había metido como una pelota en el armario y se sentó junto a su prima. Sabía que algo no andaba bien con Rose. Había intentado sacar el tema unas cuantas veces pero ella lo había esquivado con maestría. Aunque no lograba engañarla. Llevaba demasiadas semanas viéndola apagada, y triste, e infeliz. Puede que la gente pensase que todo le iba fenomenal, que sacaba buenas notas, que era un fenómeno jugando al quidditch, que tenía un novio ideal. Pero si todo fuese tan maravilloso, no tendría esa cara.

—Cariño, ¿qué ha pasado? —preguntó acariciándole la cara y, en vista de que la única respuesta de Rose fue un encogerse de hombros y negar levemente con la cabeza mientras miraba hacia arriba, Roxanne se vio obligada a atraerla hacia ella y envolverla entre sus brazos— Vamos, Rose, dime qué te pasa. ¿Por qué estás así? Rose, por favor, dime qué...

—Ahora no, ¿vale? Por favor —pidió Rose manteniéndose unida a su prima por el abrazo.

Cuando vio que Roxanne no decía nada, que simplemente suspiraba y la abrazaba un poco más fuerte, Rose pensó que tenía que tener peor pinta de lo que pensaba para que su prima hubiese dejado de insistir con tanta facilidad.


¡Tadaaaaaá! ¡Y hasta aquí llega el segundo capítulo! ¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? ¿Qué pensáis sobre la pelea? ¡Quiero saber todas vuestras opiniones y teorías! Todo lo que queráis comentar sobre el capítulo, dejadlo en un review en el cuadradito que veis ahí abajo *_*

La primera mitad del capítulo relata, esencialmente lo que siente Rose respecto a pasar la Navidad con James y todo lo que eso le remueve por dentro. Además, vemos a James comportándose exactamente igual que en el primer capítulo, de forma alegre y despreocupada. Peeeero, cuando llegamos a la segunda parte del capítulo, las cosas cambian un poquito. James intenta hablar con Rose para que "vuelvan a la normalidad" y es ahí donde tienen la primera confrontación desde que rompieron. Y salen a la luz muchas cosas.

Antes de despedirme ya, os recuerdo que cuanto más reviews me dejéis, mayor será la inspiración para escribir y, por lo tanto, la velocidad a la que suba el siguiente capítulo.

Un beso y un achuchón,

Basileya