Como lo prometido es deuda: Aquí está la conti. Tengo que responder a algunos comentarios, los cuales me han dejado contenta.
Chiharu Natsumi: Aquí está lo esperado. He estado leyendo tus fanfics, muy lindos y parejas poco comunes, tienen innovación. Sigue así.
marijf22: Como dice en el summary, la esmeralda será pulida atravesando por muchas cosas, por lo que no es lo único que le tocará vivir a Sakurita hehe, ya lo verás. Gracias por los ánimos del primer capítulo
Hatsune-san: Es genial el triángulo amoroso XD Estaré esperando tu continuación. Me alegro que te haya resultado la combinación de Kimimaro y Tayuya.
Esmeralda Ermitaña
Capítulo II
No había sido fácil para la pequeña familia establecerse en la Aldea de la Hierba, no en el sentido de que la gente había sido dura ni mucho menos, de hecho habían sido extremadamente amables y Sakura había disfrutado con los otros niños en su cumpleaños número 8. Lo difícil había sido para Kimimaro. Mantener su salud no había estado carente de dificultades, porque desde el segundo día en la Aldea había empezado a sentirse débil y con dolor, pero hasta el día de hoy había podido mantenerse con vida por otros medios poco honestos.
El patio trasero de su hogar —oculto por los árboles amontonados— servía mucho para entrenar fuera de la vista de los demás, así que lo usaban mucho, pues no querían que nadie supiera de la valiosa y maldita habilidad que llevaba la sangre del clan Kaguya. A pesar de que Kimimaro fuese duro cuando de entrenar a su hija se trataba, sólo quería que fuese fuerte mucho antes que los demás niños de su edad, porque sabía que su salud no le permitiría estar vivo en un tiempo prolongado. Quería dejarla lista.
Justamente en eso se encontraban, entrenando en el patio de atrás fuera de la vista de los demás para no desenmascarar su línea de sangre.
—Tsubaki no Mai—pronunció el joven modificando su húmero para crear su espada ante la mirada atenta de su hija— Has lo mismo.
—Tsubaki no Mai—dijo la niña y con mucho esfuerzo pudo sostener su húmero empuñándolo.
—Atácame —ordenó su padre.
Ante la mirada de asombro de su hija, buscaba tocarla con el filo de su hueso, a lo que Sakura respondía esquivando con mucha dificultad y sin tiempo de contraatacar.
—Vamos —exigía Kimimaro— no solo te defiendas, ¡atácame!
Frente a una fuerte estocada que propinó su padre, estuvo a tiempo de agacharse y no correr la misma suerte que un árbol que había cortado casi a la mitad. No le daba tiempo para ponerse de pié y ponerse en modo ofensivo, tendría que hacerse ella misma la oportunidad. Rodó por el suelo hasta alejarse un par de metros de su padre y con mucha decisión tomó su hueso en las manos.
El joven fue demasiado rápido y rápidamente tocó el estómago de la niña suavemente con la punta de su hueso, pero resultó ser un clon.
—"¿Un reemplazo?" —pensó tranquilamente el padre cuando sintió el sonido de unos pasos en su espalda.
Volteó justo antes del momento en que su hija, cerrando los ojos, pretendía atacarle, pero antes de que lo hiciera la detuvo poniendo su gran mano sobre la pequeña cabeza de la niña.
—Bien —pronunció el joven— Has mejorado, pero cerraste los ojos antes de atacarme. Jamás hagas eso, mantén siempre la vista al frente.
— ¿Estás molesto, Otousan? —preguntó la pequeña con extrema ternura.
Por toda respuesta, el joven acarició la cabeza de su hija revolviendo su cabello y la atrajo hacia sí. Era todo lo que tenía, sólo por ella seguía con vida, aunque a duras penas.
De pronto, irrumpieron en el patio un grupo de hombres que Sakura no había visto jamás. Kimimaro ocultó a su hija tras de sí y les habló, porque él sí que los conocía. Eran Jirobo, Kidomaru y Sakon.
—Quedamos en que no vendrían aquí —les recordó el joven padre.
—Es algo urgente, no pudimos evitarlo—dijo Sakon— Tenemos que hablar, ahora.
La pequeña de ojos verdes no entendía nada. Esos hombres de rostros poco amigables no le agradaban y la mirada preocupada de su padre le produjo aún mayor inseguridad.
—Sakura —llamó Kimimaro — sigue entrenando, estos señores y yo tendremos una charla.
Pasaron adentro y a la niña no le quedó más que asentir. En la modesta sala de estar que poseían, Kimimaro cerró las cortinas y se aseguró de que no hubiera mucha gente cerca, porque en la Aldea de la Hierba —como era pequeña— bastaba con que hubiera una sola persona enterada de algo para que se convirtiera en un chisme a nivel local.
—Hablen —concedió el dueño del hogar.
—Se nos acaba el tiempo —dijo el más fuerte de los tres— Venimos de la guarida de Orochimaru.
— ¿Qué ha sucedido allá? —preguntó Kimimaro.
—Kabuto nos descubrió cuando robábamos la panacea—dijo Jirobo— Se había estado preguntando por qué sus frascos desaparecían tan rápidamente.
—El muy maldito había preparado todo —añadió el de los seis brazos— Tuvimos que huir de ahí… y ya no volveremos.
Eso no sonaba nada de bien, la única razón por la cual había estado bien estos ocho años era porque había recibido la panacea que le vendían sus antiguos compañeros a un elevadísimo precio, que era el de asesinar a quienes ellos dijeran.
—No podemos entregarte más medicina —dijo finalmente Sakon
La frase retumbó en la cabeza de Kimimaro. Pensó en todo en un solo momento, todo lo que significaría su muerte para Sakura, sola a los ocho años, a la deriva del mundo del cual la había intentado proteger.
—No es la primera vez que pasamos por un momento de receso—dijo el joven padre ante la mirada derrotada de los tres— Lo han hecho antes que no pueden obtener la panacea y pasado un tiempo corto sí pueden.
—Es diferente esta vez —le cortó Sakon—No podemos volver, sería suicidio. Esto no es una negociación, es un aviso. Vámonos.
Sin poder hacer ni decir nada al respecto, Kimimaro vio cómo su esperanza de seguir viviendo se marchaba por la puerta. Sabía que este momento llegaría más temprano que tarde, pero como iban las cosas esperaban que durara un poco más, especialmente al tener a su hija aún muy joven para dejarla sola. Jamás le había dicho nada acerca de su enfermedad, ya que no era sano para una niña pequeña saber que su padre tenía poca esperanza de vida.
…
Sin ganas, Sakura lanzaba kunai tras kunai entrenando su puntería y otras habilidades.
—"Papá esta raro" —pensaba mientras lanzaba uno de los cuchillos hacia ninguna parte— "Jamás me dice nada"
El último de los aceros lo envió con tanta fuerza que voló sobre el techo y pudo calcular con la vista que cayó en la parte delantera de la casa.
— ¡Ups!
Rodeando la casa, sin pasar por el interior, llegó hasta el frente de su casa. Efectivamente estaba clavado en el pasto. Fijó su vista en él y fue a removerlo, para cerciorarse de que el filo no se hubiere dañado, pero cuando caminaba hacia él, vio como dos figuras se aproximaban a lo mismo. Eran dos personas altas e imponentes, con abrigos negros de nubes rojas muy extrañas. Uno de los individuos tomó el kunai en su mano, de ojos tan nocturnos como los del más fiero de los depredadores.
Como por un instinto de supervivencia, Sakura no se acercó, incluso retrocedió un par de pasos. Una ráfaga de viento helado besó desde su espina dorsal hasta su cuello cuando la vista del extraño se posó sobre ella. No tenía cola de cascabel, ni garras, ni dientes, ni siquiera espinas, pero sabía que había que tener precaución.
—Me temes —dijo el desconocido— ¿por qué me temes?
—Y-yo… —balbuceaba la niña— no, no lo sé.
El acompañante del joven de la mirada depredadora rió ante los esfuerzos de la pequeña que hacía para pronunciar palabra alguna. Ese hombre le pareció desagradable y mal intencionado, además que desconfiaba de su color azul.
—Ya no molestes a la mocosa—reía la figura que se asimilaba a un pez— Tenemos trabajo que hacer.
Haciendo caso omiso a su compañero, el joven de pelo oscuro se acercó a Sakura dispuesto a entregarle su preciada arma.
—Eres fuerte para ser una niña —le dijo mientras examinaba el kunai— Vas a tener que reponerlo, la punta está chueca, no te servirá como está. Ten.
De uno de los bolsillos del espeso abrigo, el extraño de la mirada nocturna extrajo un kunai que al parecer era nuevo y lo depositó en la diminuta mano de la niña de ojos verdes. El hombre azul puso los ojos en blanco.
—Gracias —dijo Sakura sonriente y confiada
—Hn
—Vámonos de aquí, Itachi —dijo el hombre pez —ya veníamos bastante retrasados.
Sin emitir comentario y tal cual había llegado, el depredador nocturno se marchó junto a su compañero del frente de su casa. La pequeña se quedó mirando desde su misma posición el camino que habían tomado para continuar con sus planes. El polvo aún se encontraba en el aire.
—Sakura —llamó la voz de su padre a sus espaldas— ¿Qué es lo que miras?
—Otousan—dijo la niña de ojos verdes notando su presencia— Lancé un kunai hasta aquí sin querer y lo arruiné, pero un muchacho me pasó uno nuevo, mira.
—Dices que te lo dio un muchacho—reiteró el joven— ¿qué muchacho?
—No le vi muy bien el rostro—empezó la niña— pero llevaba un gran abrigo, el mismo que llevaba su amigo.
Eso encendió la alarma en la cabeza de Kimimaro, ya sabía que no era un solo muchacho el que había visto su hija, sino que dos y por si fuera poco llevaban el mismo abrigo.
—Dime una cosa, Sakura—ordenó su padre— ¿Acaso su abrigo tenía nubes rojas?
— ¿Los conoces, otousan? —preguntó la pequeña extrañada.
En ese momento, Kimimaro pensó que lo mejor sería mantener a su hija aparte de todo eso. Bastaba con que no mostrara sus habilidades en público y que no la vieran con él. Si es que acaso los veían juntos notarían el parecido y sabrían que Sakura es su hija. Lo primero que harían sería corromperla hasta llenarla de lujuria por la sangre, lo mismo que movía a todos los Akatsuki. Agradecía a Orochimaru por la información que le había brindado con anterioridad sobre la organización.
—Vamos adentro—ordenó el joven padre.
…
La habitación que contenía las camas de Kimimaro y Sakura era pequeña, pero acogedora. Ninguno de los dos disfrutaba de tener posesiones, pensaban que eran una carga y en verdad lo eran con un espacio tan pequeño. Bastaba con que tuvieran suficiente espacio para guardar el sueño y a un padre con su hija.
La pequeña niña se peinaba tranquilamente mientras su padre yacía recostado sobre su cama, pensativo. Ahora en cualquier momento su cuerpo podía fallar y terminaría alejándose de lo único que lo aferraba al mundo. Si bien no era un padre que dijese siempre lo mucho que ama a su hija, ni tampoco la abrazaba como eran abrazados la mayoría de los niños de su edad, sí que le importaba su niña.
—Otousan—llamó la niña despertándolo de sus pensamientos— pido permiso para hablar de algo.
—Habla —permitió el padre.
Fue entonces cuando la pequeña guardó su peine en el único cajón de la habitación para sentarse frente a su padre quien le empezaba a prestar más atención.
—Quisiera hablar sobre mamá—dijo Sakura.
—Ya hemos hablado de ella —recordó Kimimaro.
—Sólo que era muy joven cuando me tuvo, pero nada más —reprochó la niña— Por favor, tiene que haber algo más que yo no sepa.
—Hay cosas que no corresponde que las conozcas —limitó su padre— lo único que puedo decirte es lo que ya sabes, que éramos muy jóvenes cuando te tuvimos, ¿quieres que te diga más de ella? No puedo, porque ni siquiera nos conocíamos realmente.
—Entiendo —dijo la niña agachando la cabeza— pero tiene que haber algo más. Si se gustaron aunque sea un poco tenías que haber conocido al menos parte de su personalidad.
En eso su hija tenía razón, tampoco era que Tayuya hubiera sido una total desconocida para él. Fue con quien más interactuó de los cuatro del sonido, aunque de manera poco agradable en su gran mayoría. Desde el momento en que se "presentó" ante el grupo que le había inspirado temor a la joven de pelo rosado oscuro y se alejaba lo más posible de él, pero Kimimaro lo notó. Sabía que Tayuya le temía y desde que lo supo la provocaba apareciendo siempre sorpresivamente y hablándole con autoridad. Mas la línea entre el miedo y la atracción fue demasiado delgada y terminaron por intimar, concibiendo a Sakura.
—Ella era…—empezó su padre— como un rubí.
— ¿Un rubí?
—Sí —dijo encontrando la manera de explicar— Antes de conocernos pasó por bastante, sin embargo era resistente y no sufrió demasiado. Pero a la vez, lo que vivió la endureció mucho, era muy dura.
—Como un rubí—entendió la pequeña.
—Ya me entiendes—dijo el joven— Tenía mal carácter la mayor parte del tiempo, pero yo sabía que era para ganarse un lugar.
— ¿Era hermosa? —preguntó la niña con ilusión en sus ojos, sin duda que trataba de visualizar a su madre.
Kimimaro no sabía cómo contestar a eso, nunca pudo vivir una vida normal en donde conoces gente, aprendes lo que es bueno y malo, haces amigos y luego encuentras interés amoroso en una persona. Él solo había podido conocer la madera que lo vio crecer, aprendió a no mostrar su habilidad, se hizo amigo de los que lo valoraban y el interés amoroso lo reemplazó con la devoción a la única persona que lo había encontrado alguien de importancia: Orochimaru.
Su hija vio que tardaba en responder y lo decidió ayudar un poco.
—Alguien hermoso hace que sea agradable a la vista—explicaba la niña— y a veces, sin darte cuenta, te quedas pegado mirando y no prestas atención a lo demás, bueno, no mucho.
Recordó entonces una vez cuando hacían una misión que Orochimaru les había encargado sólo a ellos dos. Unos bandidos los atacaron en el bosque y Tayuya resultó herida en su espalda cuando uno de los vándalos le atacó por sorpresa con una katana. Los vencieron, desde luego, pero por su herida no podían seguir moviéndose y Kimimaro tuvo que abrir la ropa en su espalda para detener el sangrado. No pudo evitar quedarse contemplando unos minutos el aspecto blanquecino y delicado de la espalda de su compañera, fue tanto que al curar la herida le gustó mucho le sensación de sus dedos contra su sumamente suave piel. Bastó que empezara a insultarlo cuando él trataba de desinfectar su enorme herida para que con la intención de callarla impulsivamente la besara. Lo demás ya era historia.
—Ella era sin duda hermosa—dijo finalmente el joven padre guardando en su memoria sus más preciados y secretos recuerdos que se quedarían para el resto de su vida con él— Tú en cambio, eres como una esmeralda, porque representa el renacimiento. Tú debes hacerlo mucho mejor que nosotros, porque no vivimos bien tu madre y yo.
—Pero papá —alegó la pequeña— tú todavía vives.
El padre de la niña no pudo hacer más que poner una mano sobre su cabeza. Aunque le costara admitirlo, le dolía que su hija dijera eso, pero no podía culparla, todos los niños del mundo quieren que sus padres vivan para siempre, aún en el mundo ninja donde muchos eran huérfanos, incluso de padre y de madre. Por desgracia, él no gozaba de la salud que muchos ninjas caídos habían tenido. Mirando a los ojos de su hija de un color tan especial como el de una esmeralda, sintió que el final se acercaba raudo frente a él y su Sakura lo viviría.
….
CONTINUARÁ…
