II
Por el momento lo único que quería era bajar la tensión que sentía sobre todo su cuerpo, la cual estaba alcanzando niveles alarmantes para la salud de cualquier persona. Sin conseguir que su hermana escuchara siquiera alguno de sus argumentos, Ryouta decidió que se encerraría en su habitación… aunque muy a pesar suyo, esa persona había pensado en lo mismo. Siguiendo las palabras de la reina, Aomine permaneció todo el tiempo junto al joven príncipe, como si se tratara de alguna especie de sombra. En ese instante se encontraba sentado en un diván de terciopelo cubierto con la piel de algún animal. La espalda apoyada contra la firma pared de bloques de granito grisáceo, parecía estar demasiado concentrado en su lectura como para prestarle atención al hermano de Satsuki, quien al mismo tiempo permanecía sentado en el margen de su lecho tocando la fídula sin mucho entusiasmo. Al cuarto o quinto intento de intentar iniciar alguna conversación, Aomine se dio por vencido. Era imposible, cada vez que abría la boca el príncipe tomaba el arco con mayor fuerza y hacía que el instrumento gritara agónicos y agudos quejidos que a cualquiera le provocarían ganas de cubrirse los oídos y a más de alguno un fuerte dolor de cabeza.
El sol parecía ocultarse tras las lejanas montañas cuando Ryouta se rindió e hizo la viola hacia un costado y cayó de espaldas. Un breve suspiro escapó de sus labios cuando al fin fue audible el alegre murmullo del pueblo, colina abajo.
–¿Quieres bajar? –dijo tras un largo silencio el de ojos azules, sin siquiera detenerse a observar la mirada de hastío que el otro le ofrecía.
–Oye, ¿cómo es que conoces a mi hermana?
Aquella pregunta fue algo que sí llamó su atención, por primera vez en todo el día. Con el ceño arrugado, cerró el libro de golpe y lo depositó a su lado. Entonces su característica sonrisa asomó en su rostro.
–¿Podría su majestad dejar de llamarme hey, oye o tú? –su voz sonaba irritada, pero aún así el joven de ojos ámbar ni siquiera levantó su cabeza para mirarlo–. Tengo un nombre por si no lo recuerdas… Ki-chan.
No pudo evitarlo. Comenzó a reír a carcajadas cuando el príncipe se sentó de inmediato, y en tanto la expresión de su rostro reflejaba un profundo dolor al haber realizado un mal movimiento, le gritaba y ordenaba que dejara de llamarlo así.
–Bueno, da igual. Supongo que con sólo Kise será suficiente.
Ryouta lo observó incrédulo por mucho tiempo. El silencio sempiterno y los últimos indicios de luz solar que fallecían tras apenas llegar a su rostro fueron los protagonistas de la situación, hasta que finalmente todo quedó a oscuras. No era capaz de identificar lo que sentía en su interior; no podía esclarecer sus ideas ni mucho menos organizarlas de tal forma en que fueran comprensibles para sí mismo. ¿Quién era este sujeto? Si bien tenía la misma edad que su hermana, nunca lo había visto siquiera una vez en el reino y era aún más inaccesible la posibilidad de que lo haya conocido en alguno de sus viajes… toda su vida estuvo junto a Satsuki, incluso cuando se dirigían a otras tierras…
–Aún no me respondes…
–Bien –Aomine no parecía muy satisfecho con la situación–. Tienes razón, probablemente esta sea la primera vez que nos vemos como para decir que somos amigos de la infancia… Pero podría decirse que nos conocimos en otra vida…
–Estás… completamente demente.
–Dime una cosa, niño bonito: ¿cómo es que Satsuki me confió tú seguridad si no fuera cierto?
No respondió. Permaneció contemplando las baldosas de piedra del suelo, pensativo. ¿Por qué aquello que sonaba increíble y ridículamente falso de pronto le pareció que podría no serlo? No lo comprendía, no era capaz de hacer el intento siquiera.
–Kise, ¿aún le agregas el cchi final al nombre de las personas?
Oh no, rogaba a los cielos que por favor no haya sido su hermana la persona que le comentó al idiota que tenía en frente ese pequeño detalle que en la actualidad sólo lo decía con ella cuando estaban solos. No pudo ocultar la vergüenza y su inevitable sonrojo, y el hombre moreno lo notó y comenzó a reír suavemente.
–Lo siento, pregunta equivocada… Kise –tal vez habían pasado años desde la última vez que alguien lo llamó así, no podía recordarlo. Sus ojos apenados se encontraron con los fríos irises azules y un escalofrío recorrió su espalda–. ¿Aún le temes a los truenos?
Esta vez no fue el silencio, sino la música estridente del exterior. Ya habían encendido la pira y aún desde la distancia era posible divisar las siluetas de los bailarines danzando a su alrededor. Aomine no esperó respuesta alguna y sujetó al príncipe de un brazo, haciendo que se levantara.
–Ya no soporto estar encerrado ni deprimiéndome aquí contigo, nos vamos.
–¿Qué? ¡No, olvídalo! Ella te dijo que debías quedarte a mí lado y que yo no saldría de aquí, ¿lo recuerdas, idiota?
–¿Huh? Pero nunca dijo que no podías bajar conmigo. Ven a mi cuarto… hay que hacer algo con esa pierna y definitivamente no puedes pasear entre la multitud luciendo tan real. Cualquier imbécil se daría cuenta de quién eres con sólo mirarte la ropa.
Resistirse fue en vano, Aomine tenía mucha más fuerza que él y su pierna no lo estaba ayudando en nada. Fue arrastrado dos pisos más abajo, por escaleras y pasillos hasta la torre del ala oeste. Con un breve gesto le indicó al príncipe que se sentara en la cama mientras él revolvía los cajones de un armario en busca de algo. Tomó y arrojó al otro extremo de la cama varias prendas de ropa que podrían quedarle bien y por último se acercó a Ryouta con un pequeño frasco de vidrio entre sus manos.
–Quítate los pantalones –ordenó.
La mirada de consternación que Kise le ofreció como respuesta era algo por lo que Aomine hubiese pagado todo el dinero del mundo por tenerla inmortalizada en algún retrato. Conteniendo las ganas de reír, le entregó el recipiente que contenía un ungüento viscoso de dudosa procedencia.
–No recuerdo cómo fue que dijeron que se llamaba… anestésico, analgésico… narcótico –cerró sus ojos mientras rascaba su cuello–, no importa. Úntalo sobre la herida y luego véndala. No acelerará su curación pero te quitará el dolor, aunque sería mejor que aún así utilizaras un bastón para no hacer tanto esfuerzo –no esperó que el príncipe reaccionara o le brindara alguna respuesta, tan solo se dirigió hasta la puerta y agregó–: antes que lo olvide, escoge algo de lo que dejé ahí.
Continuó su andar hasta la salida, dejando solo al joven, perplejo ante lo que acababa de acontecer. El sonido de la pesada puerta al cerrarse lo hizo reaccionar y procedió a realizar lo que le dijo el hombre. El bálsamo era frío y olía a savia mentolada. Cambió los vendajes y se apresuró en probarse las prendas. Maldijo por lo bajo el que la mayoría de ellas le quedaran excesivamente grandes.
Lo mejor que le quedó fue una camisa de lino, algo ancha, que consiguió ajustar un poco gracias a un cinturón. Unas botas de piel bastante corrientes y unos pantalones de cuero que a duras penas fueron de su talla. Tenía razón, su pierna de a poco comenzó a perder sensibilidad y no dolía tanto. Cuando al fin emergió desde la recámara, el peliazul lo esperaba. Le entregó un cayado de madera y escondió sus cabellos bajo una pañoleta.
–Si no ven tu cabello es más difícil que te identifiquen.
El descenso hasta el corazón de Dianalund fue sencillo; todos estaban reunidos junto a la pira demasiados concentrados en el espectáculo de los acróbatas y bailarines como para notarlos. Se acercaron a las mesas y degustaron de los diferentes manjares que permanecían distribuidos sobre ellas. La noche continuó su rumbo y por un breve instante, Kise olvidó quién era y simplemente se sintió uno más de los aldeanos. Incluso se sorprendió a sí mismo al notar que estaba riendo.
Muchas de las personas se habían retirado hacia sus casas y pequeños grupos de gente aún yacían sentados alrededor de la hoguera, esperando a que terminara de consumirse. Ryouta recibió la jarra con aguamiel que Aomine le entregó, y ambos se sentaron en el suelo, mirando al fuego. Aunque no quería admitirlo, muy en el fondo sabía que debía agradecer lo que ese idiota hizo por él esa noche. De no ser por su insistencia probablemente estaría entre cuatro paredes, solo y deprimido.
–Hey, Kise –el tono de voz grave se deslizó como un susurro por sus oídos. Ninguno se observó, sus ojos continuaban fijos en los maderos que ardían frente a ellos–. ¿Nada de esto te trae algún recuerdo? –el príncipe volvió su rostro hacia el moreno, atónito. No era capaz de entender sus acciones ni leer entre sus líneas, ¿recordar qué? Tal vez una vaga idea cruzó por su mente pero no era algo que necesitara compartir con el mundo, nunca se lo había mencionado a su hermana y mucho menos lo comentaría con él. Despacio negó, meneando la cabeza y bajó sus ojos dorados para que Aomine no consiguiera ver su expresión–. ¿En verdad no recuerdas nada?
Pero antes de articular palabra alguna, una pesada manta se deslizó sobre su cabeza y cubrió todo su cuerpo. Unas manos familiares reposaron sobre sus hombros y de inmediato supo que se hallaba en problemas…
–¿No se suponía que debían permanecer en el castillo? –la reina sonaba molesta, más de lo que a Kise le hubiera gustado escuchar.
–No seas ruidosa, Satsuki. La idea era que estuviera conmigo todo el tiempo y así fue, deja de ser tan escandalosa.
Entonces Ryouta cerró sus ojos, pues el idiota a su lado acababa de despertar a una bestia. La emperatriz recogió a toda prisa la manta que puso sobre su hermano y con furia la arrojó directo a la cabeza del moreno. No esperó a que el hombre reaccionara y de inmediato tomó al joven príncipe de un brazo y lo arrastró hasta el interior de un carruaje.
–¡Estúpido Dai-chan! ¡Más te vale que te encuentre en el castillo dentro de una hora, porque el que tu cabeza continúe en su sitio depende de ello!
Dio la orden para que el chofer hiciera avanzar a los caballos a toda prisa, y Kise ya no pudo escuchar los gritos de Aomine que había quedado atrás.
–Momoicchi, yo-
–No, Ryouta –oh Dios, estaba realmente molesta como para llamarlo por su nombre–. Apenas lleguemos quédate en tu habitación, tengo que hablar un pequeño asunto con el estúpido de Aomine a solas…
Él cerró sus ojos y suspiró. Probablemente en la mañana alguien debería limpiar un charco de sangre.
Había terminado de cambiarse cuando escuchó los fuertes gritos de la discusión a la distancia. A duras penas caminó hasta la puerta que daba a la habitación de la reina y se acomodó para descifrar lo que decían, mas fue en vano. Las gruesas paredes rocosas distorsionaban las voces y ya ahogadas perdían su contenido antes de llegar a sus oídos. También tuvo la impresión de oír varios objetos caer y otros tanto romperse en miles de fragmentos. Tal vez era peligroso quedarse ahí; volteó para regresar por donde vino cuando la puerta se abrió de golpe y se azotó con la pared, rebotando contra ésta por la fuerza con la que fue empujada.
–¡Ya cállate, eres molesta!
–¡Eres tú quien debe callarse de una vez! ¡¿No te das cuenta de lo que has hecho?! ¡No puedo permitirme perderlo otra vez!
–¡Te lo dije, no sabe nada! –Aomine vio de reojo a Kise que lo observaba estupefacto, sin atreverse a moverse de su lugar. Perfecto, lo único que faltaba era que Satsuki se asomara por la puerta para que todo siguiera empeorando. Prefirió actuar como si él no estuviera ahí–. No sé si te has dado cuenta, pero lo único que lograrás sobreprotegiéndolo tanto es que lo maten otra vez, pero ahora será tu culpa.
Entonces tomó a Kise de un brazo y raudamente desaparecieron del corredor, dejando a Satsuki gritando sola.
Aquellas últimas palabras rondaron por la cabeza del príncipe en todo momento, hasta que se detuvieron y pudo al fin apreciar que se encontraban en el exterior, en medio del bosque. Aomine tenía su mirada fija en él y la expresión seria; su ceño contraído y la ausencia de una mínima sonrisa eran atemorizantes. Ryouta buscó apoyo en el tronco de un árbol y sin dejar de contemplarlo le preguntó:
–¿Qué fue todo eso?
–¿Cuánto alcanzaste a escuchar?
–Bastante para mi pesar… ¿Q-qué fue todo eso? ¿cómo es eso de que m-me matarán… otra vez?
El hombre cerró sus ojos y dio un largo suspiro. Metió ambas manos en sus bolsillos y parecía estar en un debate consigo mismo, sin saber qué decir o por dónde comenzar.
–¿Qué crees sobre lo que te dije antes, de conocer a tu hermana en otra vida?
De pronto el joven dejó escapar el aliento que no sabía hace cuánto estaba conteniendo.
–En este momento no estoy seguro de nada…
–Muy bien, toma asiento… Tu hermana me matará por esto –los ojos del príncipe se abrieron de par en par ante sus últimas palabras, no obstante aún así obedeció y se sentó sobre la hierba–. ¿Alguna vez has oído hablar sobre el Cristal del Tiempo?
Su instinto le indicó que como primera reacción debía negar a la pregunta que le habían hecho, sin embargo había algo que no pudo identificar que, pronto se encendió en su subconsciente. Una ínfima flama de un recuerdo olvidado que había sido ocultado de sí mismo en los más profundos confines de su memoria comenzó a rondar como un fantasma invisible, pero cuya presencia era lo suficientemente poderosa como para hacer que su corazón diera un sobresalto cada vez que repetía para sí esas últimas tres palabras que el hombre dijo.
–Supongo que debo comenzar desde el principio…
No prometo nada de las fechas en las que vaya subiendo capítulos... porque todo depende del día y de cuánto puedo avanzar (tampoco funciono bajo presión si me pongo una fecha límite jaja *shot*)
¡Agradezco mucho sus comentarios, Mika, Lucía, Flavore y Rinachi! La verdad es que este tipo de género me es cómodo para narrar y también había leído unos cuantos en inglés. Entonces me dije ¿Por qué no hacer uno en español?
Gracias por tomarse el tiempo de leer~
